Pixar, los herederos de Frank Capra

  14 Septiembre 2011

Valores 

losincreibles02Tengo que admitirlo: No me gustan las películas de Pixar. Pero que no se entienda esta declaración como una enmienda a la totalidad. Puedo y debo reconocer numerosas virtudes en su cine: su perfección técnica es incuestionable. Los guiones están trabajados hasta el mínimo detalle. El ritmo de sus historias es frenético y con sentido. Y las referencias cinematográficas que pueblan sus obras son casi siempre hermosas.

¿Cuál es la razón entonces de mi desagrado? ¿Se le debe exigir algo más a sus películas? La cuestión no es lo que falta, sino lo que sobra. Y para mí hay algo que se sobrepone a todos estos méritos y me impide disfrutar de su cine. Justo aquello que suele ser más valorado, el aspecto al que más veces se refieren con afectado arrobo los colaboradores de este Rashomon y que es poco menos que una marca de la casa: los valores.

No me gusta Pixar como no me gustan las ONG, Guardiola o el Dalai Lama. No soporto que me muestren la senda de la bondad, el camino correcto a  seguir, la virtud institucionalizada, el pensamiento fetén. No puedo digerir el aroma a sacristía que desprenden.

Las películas de Pixar me recuerdan el viejo argumento que escuchaba de niño: “Al fin y al cabo ahí no van a aprender nada malo”, sin tener en cuenta que lo malo está justamente en el procedimiento más que en el contenido, en el hecho de utilizar una inmensa autopista para desarmar al espectador y conducirlo hacia donde se quiera.

Pero también en el contenido.

Amistad

El tema recurrente en Pixar es la amistad, el valor de la amistad, su exaltación. Nadie en su sano juicio renegaría de tal propuesta, pues hacerlo equivaldría a renunciar a los propios amigos, y eso no hay quien se atreva a hacerlo. La amistad que aquí se nos propone es absoluta, sin límites. Exige una entrega total, a costa incluso de la propia vida.

En este sentido la amistad lleva aparejados otros valores que comienzan a resultar más problemáticos: fidelidad, colaboración, sacrificio, abnegación, sumisión... Y llegados a este punto las dudas pueden comenzar a aflorar.

El paradigma lo constituye, sin duda, Toy Story. La amistad entre los juguetes resiste cualquier prueba, y el riesgo personal es secundario cuando se trata de ayudar al amigo. Y cuando no es así (Buzz) se debe a un error en la programación, es decir, a una enfermedad, a una anormalidad. Una vez resuelta ésta todo vuelve a ser como antes, como debe ser. Dicho de otra manera: la anormalidad, la diferencia, se cura.

Sin embargo donde se expresa de forma más cruenta esta relación es en la asimetría que relaciona a los juguetes con su dueño. Cada uno desempeña una función, y la de los juguetes es servir al niño, someterse a él, estar listos para ser utilizados cuando éste los requiera. Cualquier atisbo de rebeldía que pudiera darse no pasa de ser simbólica y efímera. No caben revoluciones que alteren el orden establecido. La estructura social está perfectamente definida y es bueno que así sea. Llamar a eso amistad, embobarse ante la nobleza de estos valores, eso sí que merecería alguna sesión terapéutica. Y no olvidemos que la película se dirige sobre todo a los niños, ante los cuales los efectos son duraderos y mucho más efectivos.

Es decir: tras el buen rollito pixariano se esconde una carga ideológica más que notable.

El ideal americano

Toy_Story-20No es pues, sin más, amistad y solidaridad. Se trata de mantener una forma de vida y una comprensión de la realidad determinadas, aquellas que se corresponden con los ideales de la sociedad americana.

En casi todas las películas podemos encontrar rastros de lo que acabamos de decir, pero es quizá en Los increíbles donde mejor utilizado está.

En esta película se produce una reivindicación de la excelencia frente a la mediocridad. Se nos narra cómo el afán por la igualdad conduce a la castración de las virtudes de los individuos, los cuales se ven obligados a simular ser como los demás y renunciar por tanto a lo que les diferencia.

Si soslayamos el mensaje en contra de la igualdad que ahí está contenido, la propuesta puede resultar aceptable. Las estrategias educativas de los países desarrollados parecen ser un buen ejemplo de la losa que oprime a la familia del señor Increíble. Pero de este modo lo que se está haciendo no es sólo apostar por el desarrollo personal frente a las trabas que desde fuera quieren aniquilarlo, sino reivindicar al superhéroe, es decir, aceptar la existencia de individuos salvadores, seres dotados de características especiales (inteligencia, carisma, fuerza...) que nos pueden guiar en la resolución de nuestros problemas. Seres en los que confiar y a los que abandonarnos sin temor. Las referencias saltan a la vista.

Pero Los increíbles, como la luna, tienen también su cara oculta. Compatible con lo que acabamos de decir resulta la idea de que todos llevamos un superhéroe dentro. El camuflaje de la familia Increíble puede leerse como la heroicidad de lo cotidiano, esto es, como la afirmación de que en cualquiera de los congéneres cabizbajos que nos rodean se esconde un genio, un potencial salvador. Lo que equivale a reivindicar la posibilidad de triunfo del más insignificante, la capacidad de éxito más allá de las circunstancias de partida, la fe en el esfuerzo y el empeño personal. El jardinero que puede llegar a presidente.

Y mientras eso no ocurra no olvidemos que cada uno de nosotros es un superhéroe, y su labor oscura y callada debe ser valorada, pues nuestra tarea, por muy despreciable que parezca, contribuye al funcionamiento del sistema. Aunque presidente sólo haya uno, todos somos importantes. Abnegación y buen espíritu.

Nuevos valores para nuevos tiempos

wall-e02Pixar no se aleja mucho, como vemos, del rígido esquema moral americano. En este sentido no difiere de la labor que la historia del cine ha ido realizando, con menos excepciones de las que se cree, a favor de la mano que le da de comer.

Pero al mismo tiempo sus películas han ido evolucionando y adaptándose a las nuevas circunstancias, en una especie de corrección de lo superficial para mantener la esencia.

En Up cobran protagonismo por primera vez los viejecitos, esos que van a tener que seguir trabajando más años por haber cometido la imprudencia de morirse más tarde, y que tan buen papel están desempeñando al suplir las funciones que el estado no puede o no quiere asumir.

Pero son Wall·E y de nuevo Toy Story quienes mejor ejemplifican la acomodación a los nuevos tiempos.

Wall·E es la respuesta de Pixar al cambio climático. Ya desde las películas de Disney los animales, y con ellos la naturaleza, son objeto de reconocimiento y admiración. Pero las amenazas que sobre ellos planeaban eran parciales y fácilmente superables. Sin embargo el problema es ahora global, planetario. Y se hace responsable de él no sólo a los malvados sino al género humano entero. No hay un enemigo a combatir, sino que el enemigo somos todos y cada uno de nosotros en tanto que no hacemos lo que debemos. ¡Mirad hacia dónde nos dirigimos! ¡Despertad!

La alternativa que plantea Wall·E es un tanto inquietante. En una especie de reivindicación de la vida auténtica (aquellos objetos que ya no existen y que el robot atesora con nostalgia) parece cargar contra el maléfico influjo de la tecnología, la cual es además responsable de la obesidad, el eterno problema norteamericano. Su mensaje, amén de azuzar a las conciencias para que se pongan manos a la obra sin renunciar a sus obligaciones, parece consistir en una vuelta a la vida natural, a esa vida tranquila y relajada que parece estar de moda ahora, a la lentitud como tempo vital. Si el desaforado consumismo nos ha llevado a la destrucción, retornemos a esa especie de arcadia feliz donde el equilibrio aún era posible, donde las malévolas máquinas no nos gobernaban, donde recuperaremos la humanidad.

Tanta ingenuidad da grima.

up02La evolución, o más bien el cambio brusco que se produce en Toy Story es aún más apreciable.

La segunda parte de la saga es una película absolutamente machista. Disfrazada con las habituales monsergas sobre la amistad y la fidelidad se esconde una visión recalcitrante sobre el papel social de la mujer.

En primer lugar, la participación en la aventura corresponde únicamente a los juguetes chicos, mientras que las chicas se limitan, una vez preparado el equipaje, a despedirlos en la puerta de casa y a sufrir hasta su regreso. Como Penélope esperando a Ulises.

Pero además, cuando Woody conoce a la vaquera y le propone acompañarlo a su casa, ésta se decepciona al saber que su amo es un chico y no querrá jugar con un juguete chica. Menos mal que Andy tiene una hermana, y así queda resuelto el problema.

Estos son los valores que transmitía Toy Story 2.

En la tercera parte las cosas cambian. La mujer tiene cada vez más relevancia en el ámbito público y las reivindicaciones feministas han conseguido resituarlas en la sociedad. Lo políticamente correcto es ahora otra cosa, y como no podía ser menos Pixar se hace eco de ello.

Ahora la aventura no es sólo masculina, sino que las chicas participan codo con codo con sus compañeros, y la distinción entre juguetes de chicos y de chicas ha desaparecido, como queda simbolizado en el hecho de que sea una niña quien herede los juguetes que Andy no va ya a utilizar, incluido Woody, su vaquero favorito.

En resumen: Pixar, con sus películas, refleja una sociedad, pero no cualquier sociedad. Sus propuestas sólo son universales en cuanto a la pretensión que las anima. Existen otros modos de pensar, pero la magia de sus obras, su perfección técnica y visual, ejerce de antídoto ante el espíritu crítico. La modelación de las conciencias no es un invento de la factoría Lasseter, pero tampoco le es algo ajeno.

Pixar. Los herederos de Frank Capra.

Escribe Marcial Moreno 

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