Up: el álbum de la vida

  09 Septiembre 2011

up-100Fieles a su premisa de utilizar técnicas de animación fotorrealísticas sólo para objetos inanimados, que cobran así un aspecto absolutamente "realista" (las dos entregas de Toy story y, sobre todo, Wall·E son un buen ejemplo de ello), los magos de Pixar regresaron en el verano de 2009 a su cita anual con una aventura en la que el realismo cede paso a la fantasía y la imaginación (1).

Los protagonistas de esta animada aventura son en esta ocasión un pájaro bobo, un perro bastante torpe, un niño entre bobo y torpe, y un abuelito definitivamente torpe (por la edad) y bobo... porque se ha pasado la vida soñando con una gran aventura en unas míticas cataratas sin darse cuenta que la gran aventura estaba pasando a su alrededor, conviviendo junto a la mujer de sus sueños.

En busca de la excelencia

Quizá lo primero que hay que destacar en esta aventura de Pixar es el guión; frente a su habitual competencia veraniega (pongamos por caso Ice age 3) resulta casi insultante comparar ambas premisas argumentales y su desarrollo sobre el papel: en Pixar se preocupan de atar todos los cabos antes de ponerse manos a la animación, son expertos en "guiones de hierro" (que diría Rossellini), mientras en Dreamworks (pensemos en las secuelas de Shrek) y en Blue Sky, el estudio de Chris Wedge (cuya filmografía se centra en Ice age) se empeñan en repetir fórmulas gastadas y manoseadas una y otra vez, porque hubo un tiempo en que tenían éxito; así, cada nuevo título se empeña en acudir una vez más a los gags de doble sentido para adultos, la reutilización más o menos irónica de temas musicales populares y el abuso de anacronismos históricos.

Dicen continuamente quienes trabajan allí que el gurú de Pixar, John Lasseter, no se conforma con que los trabajos sean buenos, quiere la excelencia a todos los niveles, de ahí que continuamente haga interactuar a los distintos equipos de trabajo, haciendo que cada grupo exponga su proyecto ante el resto de trabajadores de la casa, para explicar los pasos que están dando y recoger críticas o sugerencias de los demás. El mismo método ya lo está aplicando, al parecer, al resto del departamento de animación de Walt Disney desde que es su máximo responsable.

Puede que sea verdad o sólo una idea más de los expertos en marketing, pero en todo su cine se aprecia un interés tan minucioso por el detalle, por justificar cada elemento que aparece en la trama, que es obligado aplaudir sus guiones y resaltar la construcción de sus historias por encima incluso del nivel técnico que alcance su animación. Up no es una excepción a esta premisa.

Veamos tres ejemplos.

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Primero: el prólogo inicial, en blanco y negro envejecido, narra en forma de No-Do la ascensión y caída de Muntz, un joven aventurero ídolo de multitudes que se retira de la vida pública cuando le acusan de fraude al presentar el esqueleto de un ave desconocida hasta entonces. Estos elementos (ascensión y caída) serán fundamentales en la última parte del filme, cuando descubramos que el aventurero sigue vivo y obsesionado por cazar vivo a ese extraño pájaro para poder volver a la civilización con su honor intacto.

En ese breve prólogo también se habla de su amor por los perros, de su dirigible adaptado para sus mascotas y de unas míticas cataratas. En apenas dos minutos, con un documental, Pete Docter (ya veterano en las lides de dirección) y Bob Peterson (el "aprendiz" que siempre incorpora Pixar) ya han logrado presentar todos los elementos que van a ser fundamentales en la aventura de los protagonistas durante el resto del filme.

Curiosamente, esta idea no es nueva. Brad Bird ya la había utilizado para situar al espectador al inicio de Los increíbles, una aventura de Pixar anterior en la que también se hablaba de la convivencia entre seres cotidianos, héroes y superhéroes. En cualquier caso, es un admirable ejemplo de cómo situar al espectador y ofrecerle abundante información sin necesidad de acudir a un diálogo explicativo o fórmulas aún más groseras.

Segundo: tras el prólogo, una breve secuencia sirve para presentar el espíritu aventurero de dos mozalbetes que sueñan con emular al famoso aventurero Muntz, ya desaparecido. Esta breve secuencia en una casa abandonada basta para ilustrar perfectamente el empuje de la niña y la torpeza de él, que es, además, un poco bobo... al menos así se comporta tras el flechazo que sufre al conocerla.

Tercero: presentados todos los personajes de la aventura, sólo falta llevarlos al punto de arranque... y he aquí una de las grandes escenas construidas por Pixar en su ya larga trayectoria, una de esas escenas inolvidables, como la carrera inicial de Cars, la batalla final de Bichos, la comida especial para el intransigente crítico en Ratatouille o la presentación del robot protagonista de Wall·E. En apenas cuatro minutos, ayudados por una magnífica partitura de Michael Giacchino y el tema Married life, vemos la vida completa de estos dos mozalbetes ya juntos, repasando momentos como si viéramos un álbum de fotos: su boda, su imposibilidad de tener hijos, su casa, sus paseos por la montaña, su vejez... y la muerte de ella.

¡La muerte de ella!

Silencio absoluto e incredulidad en la sala.

Apenas llevamos diez minutos de proyección y la que se suponía vida feliz en pareja ya se ha consumido: la animada esposa ha fallecido y sólo nos queda Carl, un viejo cascarrabias (muy parecido en su aspecto a Spencer Tracy). Por momentos, la sombra de Hitchcock y su Psicosis planea por la sala: uno de los protagonistas fallece en el primer acto. Algo difícil de ver en el cine de Hollywood, pero, que este cronista recuerde, algo absolutamente insólito en el cine de animación.

Es hora de pasar página y comenzar una nueva aventura: la vida.

Aún están vivos

up03La presión inmobiliaria, la lucha contra el inmovilismo al que es sometida la tercera edad y una necesidad de gritar "¡sigo vivo!" son los motivos que llevan a nuestro entrañable Carl a echar a volar su imaginación y, literalmente, viajar con su casa a los confines del globo... ayudado precisamente por una buena cantidad de globos.

La idea de abandonar la rutina y escapar a un mundo fantástico no es nueva, ni en literatura ni en cine, y sería fácil encontrar en este viaje referencias desde Julio Verne a H. G. Wells, aunque personalmente dos alusiones creo que han sido tenidas en cuenta a la hora de crear Up: por un lado, la novela de Roald Dahl James y el melocotón gigante, llevada al cine por Henry Selick, en la que un grupo de aves transporta un enorme melocotón desde Europa a Nueva York para hacer realidad el sueño de un niño; por otro, El castillo ambulante, esa mágica producción animada de Hayao Miyazaki en la que una vieja pasa a formar parte de la familia que habita un castillo que anda y vuela para desplazarse por distintos mundos y distintas épocas.

Y aquí comienza la segunda parte del filme: un viejo gruñón y un boy-scout ingenuo embarcados juntos (a su pesar) en un viaje hacia la madurez (en el caso del niño) y hacia la comprensión del sentido de la vida (en el caso del adulto).

Su viaje a Sudamérica les dejará a un paso de cumplir su ansiado sueño, instalar su casa en la misma cima de las míticas cataratas con las que siempre había soñado. Falta un último empujón, que lo deberán hacer tirando de la casa suspendida en el aire con globos. Todo un símbolo de lo que cuesta llevar adelante una casa… y un ejemplo de lo que es el cine de Pixar: amistad, colaboración, sacrificio, esfuerzo compartido, afán de superación.

Ya con los pies en el suelo, nuestros amigos conocerán al mítico pájaro (algo bobo y con malas pulgas) que durante tanto tiempo ha intentado cazar Muntz; también se codearán con una manada de perros que hablan, gentileza (lo habéis adivinado) de ese mismo explorador que tanto amaba a sus caninos como odiaba a la humanidad; entre los perros, uno particularmente torpe, que acabará aprendiendo la importancia del valor y el valor de la amistad, lo que repercutirá no sólo en la mejora de su autoestima, sino también determinará que abandone definitivamente su papel de bufón en la jauría.

Y, por supuesto, se enfrentarán al explorador que siempre han admirado, ahora ya envejecido y con el alma herida: acostumbrado a la vida entre perros, Muntz ha olvidado cómo tratar a los seres humanos. Convertido en prisionero de su odio y su orgullo, luchará hasta el final para demostrar que ha llegado a lo más alto... sólo para caer, literalmente, desde un dirigible y confirmar lo que todos sabemos: cuanto más alto se sube, más dura será la caída. Quizá por ello su aspecto remite por igual a Peter Cushing y Christopher Lee, las dos caras del Bien y el Mal enfrentadas en multitud de ocasiones en filmes de la Hammer Films.

Como cierre de la historia y del filme, Docter y Peterson (ambos también coguionistas del filme) retoman el álbum de fotos que el viejo y su mujer siempre desearon llenar con la cosas que les gustaría hacer en la vida, sólo para descubrir que ese álbum ya está lleno: mientras Carl soñaba despierto, ella estaba viviendo su sueño y había ido completando el álbum con algunas instantáneas de los bellos momentos vividos juntos.

Una lección sobre el valor de los pequeños momentos, sobre la importancia de vivir la vida, que los genios de Pixar subrayan haciéndola formar parte de los créditos finales de la película, que prolongan la idea del álbum de fotos lleno de pequeños detalles inolvidables. Ahora que la competencia copia sus títulos de crédito finales, ahora que otros usan esas tomas falsas en un filme animado, ellos vuelven a demostrar que juegan en otra liga y son capaces de cerrar este álbum de toda una vida con una coherencia impecable.

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Los detalles, siempre los detalles

La película no es perfecta y resulta más atractiva esa primera mitad en la que todo está perfectamente atado, perdiendo algo de empuje tras la llegada a Sudamérica, que de hecho parece una segunda película más blanda y convencional (algo parecido a lo que sucedía con Monstruos, S.A.). Con todo, la sensación global que transmite es de un filme coherente y muy alejado de lo que se hace al mismo tiempo a su alrededor.

Habíamos comenzado este comentario hablando del fotorrealismo en Pixar. Nuevamente aplican su máxima de desmarcarse de la competencia y, cuando algunos presumen ahora del realismo de los pelos en cualquier bicho nuevo (ignorando los años que ya tiene a sus espaldas Monstruos, S.A.), ellos optan por ese diseño propio del cartoon, con líneas muy sencillas y un aspecto de los personajes vivos muy alejado de la realidad, llegando incluso a dibujarlos con simples bosquejos, como ese jefe de la obra que amenaza con avasallar la casa de Carl, personaje que es visto siempre desde la distancia, de forma turbia y con rasgos poco definidos.

La idea no es nueva y obedece a esa línea marcada por Pixar que ya comentamos en su momento en la crítica de Wall·E (1): el realismo queda reservado a los seres no vivos, a los decorados, a los muñecos, a los robots; en definitiva, a los personajes animados.

Un detalle adicional, no dejen que se les pase por alto la partitura de Michael Giacchino que, lamentablemente, sólo podrán comprar en Internet, ya que Disney ha decidido dejar de editar CDs y obligar a todos los interesados a descargar desde su web.

Durante su presencia en el festival de música de cine Ciudad de Úbeda en 2009, Giacchino comentó lo agradable que es el entorno de Pixar para trabajar de forma creativa y la respuesta está en la banda sonora que aquí nos ofrece: su acompañamiento musical de este canto a la vida contiene momentos memorables, como la presencia continua de la esposa fallecida (subrayada con unas breves notas al piano que contienen el tema principal) o esa magistral secuencia de la vida del matrimonio, resumida en cuatro minutos sólo con música. Lástima que su banda sonora, muy cercana al mickeymousing en muchas escenas, pierda algo de fuerza separada de las imágenes... o quizá ése sea precisamente su gran mérito: se ajusta como un guante a la película.

Lo mismo sucede con el cortometraje que acompaña la proyección de Up, también con música de Giacchino: una historia de nubes que dan cobijo a las cigüeñas y que son en realidad el centro de la creación: un juego entre el mundo infantil y el adulto también con más de una lectura...

En este excelente corto encontramos sólo música y una cuidada animación en 3D donde no hay gratuitos lanzamientos de objetos hacia el espectador. Las tres dimensiones son una herramienta más que no tienen por qué interferir la correcta planificación de lo que estamos viendo, de ahí que dentro de unos años, cuando se hable de aquellos filmes que aprendieron a lidiar con este nuevo "viejo sistema tridimensional" se tenga que citar nuevamente a Pixar como ejemplo de productora que se adelanta a su tiempo e integra la técnica de una forma funcional en sus producciones.

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Un juego de espejos

Para finalizar, destacar que Pixar sigue contando historias para todos los públicos y es importante subrayar este detalle, todos los públicos, porque en gran parte ése es el secreto de su éxito.

Su cine puede verse como una aventura sin más, incluso una aventura infantilizada en muchos momentos (Toy Story, CarsRatatouille serían buenos ejemplos), pero siempre hablan de temas más profundos, más ambiciosos, que están ahí y a los cuáles uno puede acceder de forma espiral, es decir, puede profundizar tanto como desee en la película, sin que por ello pierda coherencia.

La amistad y la familia son dos de los temas que recorren todo su cine y que también están presentes en Up. Aunque no en la forma en que nos tenía acostumbrados Walt Disney en otras épocas. Ni la jauría de perros, ni el pájaro bobo (con sus crías), ni el abuelito con el boy-scout responden desde luego al modelo de típicos protagonistas del filme infantil al uso… por no hablar de la ausencia de bellas princesas o apuestos príncipes. Definitivamente, Pixar apuesta por “otro” cine infantil.

Pero es que en la elección de los personajes hay un juego más, un juego de espejos, de reflejos: todos acaban siendo, de una u otra forma, reflejos de otros protagonistas. Así, el joven explorador torpe, bobo y gordito es sin duda la misma imagen que podía transmitir Carl en su preadolescencia: un aspirante a explorador que se echaba a temblar, literalmente, cuando la chica de sus sueños le proponía alguna aventura conjunta que, inevitablemente, debía acabar en batacazo; Carl, a su vez, es el reflejo de Muntz, el explorador obsesionado: ambos aspiran a hacer realidad su gran sueño, sin ser conscientes que la realidad está más a mano, es aquello que nos rodea mientras vivimos soñando, sin poner los pies en la tierra; incluso el pájaro bobo y su familia, o la jauría de perros con ese torpe colaborador, contienen suficientes elementos en común para que advirtamos que son posibles derivaciones de esas familias no siempre tan convencionales como las que el cine nos suele mostrar.

Un gran ejemplo de cine infantil adulto.

Escribe Sabín


(1) Esta crítica fue publicada en el verano de 2009 con motivo del estreno de Up en los cines españoles. Con algunas pequeñas modificaciones la incorporamos también al monográfico de Pixar en verano de 2011.

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