Un lugar en ninguna parte (1988)

  04 Junio 2011

Otro mundo también es posible

un_lugar_en_ninguna-2En 1976, Martin Ritt filmó The front (La tapadera), una película sobre la intolerancia americana, referida a aquella triste historia de la caza de brujas. Habló en aquel filme de seres perseguidos, unos guionistas, a los que se les impidió trabajar por sus ideas. Intentaron, de diversas formas, salir adelante en un país que creían libre el paradigma de la libertad. Unos sueños rotos al descubrir que se les negaba incluso hasta sus derechos como ciudadanos. Cuando eso ocurrió, no hacía tantos años que en Europa los judíos junto a los comunistas, los homosexuales o cualquier ser distinto, no adepto, ni admitido por el nazismo,  fueron perseguidos, encarcelados, torturados, asesinados.

Estados Unidos, desde su posición privilegiada, engatusó con un lema convincente, que prendió en Europa y arrastró a la misma sociedad americana: entramos en guerra y enviamos a nuestros soldados para luchar en el viejo continente con el fin de salvarlo (a ellos y al mundo) de las tiranías y enseñarles lo que es la verdadera libertad. Mejor que nadie nosotros, parecían proclamar, que además también hemos ido a guerrear en la otra parte del mundo para impedir que nos arrase el peligro amarillo. Y como siempre hemos luchado (y seguiremos haciéndolo) en aquellos sitios donde se intente alterar la libertad (y la paz).

La realidad, la verdad, de aquella(s) lucha(s) no es tan simple. Se trataba (se trata) en realidad de mostrar —y demostrar— al mundo que los Estados Unidos son la potencia mundial por excelencia, la primera en todo. Son los amos de una tierra agujereada.

Los últimos estertores guerreros, fuegos de artificios nucleares sobre dos ciudades japonesas no fueron ni preventivos, ni defensivos, ni mucho menos necesarios para acabar con una guerra que estaba concluida. Era simplemente la demostración de un poderío: el gallo peleón enseñando sus espolones.

La intelectualidad americana poco a poco fue despertando del sueño idealista contado, por el cual eran los buenos de una historia contada o descontada, y por tanto los salvadores de la historia, los libertadores del mundo. Si en Rusia existía un férreo control sobre la disidencia, en Estados Unidos, aunque se emplearan otros métodos distintos a los del sanguinario dictador Stalin, la maquinaria del poder, aupada a un capitalismo salvaje, también apretaba. La libertad era —y es— tan sólo una entelequia.

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La excelente novela de Patricia Highsmith El libro de Edith narra el hundimiento del ideario y de los valores de la sociedad americana a medida que van descubriendo la falsedad en que sustentaron sus ilusiones. Mentiras que, en vez de azuzar a los ciudadanos para despertarles de de sus sueños, sirven para adormecerlos, en aras de un vano (tan goloso como ineficaz) poderío económico. La presión, el centro de poder, se dicta en los grandes trusts económicos. Se mantiene, con golosas e inalcanzables formas de vida, atados a los ciudadanos, evitando que cambien de ideología, o mejor, que sigan sin tenerla. O como máximo se cambia todo para que todo siga igual. Como explica El gatopardo.

La intransigencia, la delación, la persecución son algunos de los caldos de cultivo en una época en la que aumentan (se crean o se intensifican los ya existentes) los grupos violentos tanto de extrema izquierda como de extrema derecha. Y es que, por ejemplo, aunque pueda sonar raro, el movimiento nazi tuvo (¿y tiene?) una gran importancia en los Estados Unidos.

En el autodenominado (o idealizado) país de las libertades, también se ha perseguido en las diferentes épocas a los que son distintos, bien en raza, ideología u orientación social. Judíos, negros, asiáticos, comunistas, socialistas, homosexuales… han sido y son el blanco de grupos o de asociaciones que velan por la pureza americana. No hay que ir, en cine, muy lejos en el tiempo para ver cómo judíos y homosexuales tenían que ocultarse. Basta con asomarse a la interesante y cercana Beginners (Mike Milis, 2011) para hacernos una idea de ello.

En esta América abierta a todo el mundo y condescendiente si alguien además de judío era marxista el problema, su problema, sería mayor. Tales taras en una América blanca, pura, intransigente, fanática no serían (¿son?) fácilmente admisibles.

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Del filme de Lumet a Crépusculo

Habían transcurrido mas de diez años desde que Martin Ritt rodase The front cuando Lumet realizó Un lugar en ninguna parte (1988). Ambos títulos inciden en historias de seres perseguidos por sus ideas.

En la película de Lumet el padre de familia definirá a los suyos como “pobres judíos bolcheviques”. Unos seres pecadores por error u omisión sin lugar en el mundo, sin sitio en el que poder vivir. Una familia condenada a vagar como judíos errantes a la búsqueda de una imposible tierra prometida. La familia protagonista (un grupo, no un individuo) estará siempre en vilo, vigilante, para poder detectar la mínima señal que indica que la policía del Estado o el FBI ha localizado su rastro. De estado a estado, de ciudad en ciudad. Siempre errantes.

Hasta cierto punto esta huida familiar contada en una película de la segunda mitad de los años ochenta, puede recordar, como si se adelantara (o se copiara) la idea, al deambular sin fin de los buenos vampiros de Crepúsculo. Huyen, como esta familia, en busca de otro lugar donde poder rehacer y reorganizar la vida. Empezar de cero en un sitio donde sean totalmente desconocidos. Una nueva identidad, una nueva forma de vida que en el mañana, ante la nueva huida, dará lugar a una nueva identidad, partiendo siempre cero. Siempre iniciando una vida sin que pueda hacerse o rehacerse en forma definitiva.

La diferencia entre ambas historias consiste en que Lumet ofrece con seriedad y rigor una película adulta, un cine para hacernos pensar, mientras que Crepúsculo no es más que una vulgar trama romántica, con amenazas varias, planteada como un divertimento diseñado a gusto de quinceañeros complacientes.

El pecado cometido por los padres de familia de Un lugar en ninguna parte no es ser vampiros sino seres opuestos activamente a la guerra de Vietnam y formar parte de organizaciones de izquierda. En su activismo político habían hecho explotar un artefacto en una Universidad Militar con la mala suerte de que el conserje del complejo (“que nunca debería haber estado allí”) quedara sordo a raíz de esa explosión. Un hecho que tuvo lugar en el lejano 1971 y por lo cual ahora siguen siendo perseguidos. Más por sus ideas que por los hechos en los que intervinieron.

La comparación entre los argumentos de Un lugar en ninguna parte y Crepúsculo no es arbitraria aunque exista una gran diferencia, como queda dicho, entre la mediocridad vampírica y la reflexión socio-política que Lumet plantea en su interesante filme. Ambas obras se centran en lo mismo: la huida obligada de una familia (buena) de un sitio a otro cada vez que alguien empieza a investigar la razón por la cual aparecen como extraños, distintos. También deberán huir cuando sean acosados, en un caso por hombres lobos, vampiros malignos y otras cuantas rarezas misteriosas, en el otro por el FBI, la policía o la sombra del pasado que vuelve a envolverles de formas diversas.

En ambos casos el núcleo central viene dado por la familia como unidad de lucha, de defensa. La semejanza entre ambas narraciones también se aprecia por la historia de amor entre el guapo jovencito y la joven colegiala. Da la sensación de que la autora de las tontadas románticas y juveniles vampíricas  se hubiera inspirado en una visión televisiva (o un recuerdo lejano de la proyección en cualquier sala de cine) de Un lugar en ninguna parte.

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Un mundo, un cine

Running on empty (Un lugar en ninguna parte) se realiza en 1988, en pleno derrumbe del bloque soviético. El maligno enemigo enfrentado a Norteamérica se demuestra que como mucho es un gigante de barro. La destitución de Boris Yeltsin, ese año, da paso a la llegada al poder de Gorbachov, mientras América cambia a un republicano por otro: George H. W. Bush (el padre de un presidente tan discutible como George W. Bush), quien abanderará posteriormente la primera guerra contra Irak, es elegido como sustituto de Ronald Reagan, el presidente con el que el país se ha decantado, sin ocultarlo, por el más atroz de los conservadurismos.

1988 roza la caída de todo el bloque soviético (al año siguiente comienza la reunificación alemana al desaparecer el muro de Berlín). Un año en el que se produce la colisión de un barco de guerra americano y otro soviético. También es el momento en que parte del mundo respira cuando Pinochet pierde sorprendentemente el plebiscito que él mismo se ha preparado para perpetuarse en el poder.

Es un año en el que la partida de ajedrez, con sus fichas blancas (siempre en poder americano) y negras (cambiantes de acuerdo a la época), va a iniciarse en otros lugares y más concretamente en Oriente Medio. Sobresalen tres hechos aparentemente sin relación alguna, pero con protagonistas (o al menos con planteamientos) idénticos o parecidos: un crucero americano confunde un avión comercial iraní con un avión de combate y lo derriba en pleno vuelo provocando la muerte de 290 pasajeros; termina la guerra que durante varios años a enfrentado a Irán e Irak; y, el más importante de ellos, en agosto de 1988 se funda Al-Qaeda.

En este mundo de cambios políticos, de piezas cambiadas y juegos políticos es en el que se realiza el filme de Lumet, de clara resonancia política, realizado al margen de la gran industria con actores poco conocidos. Dos simples nominaciones al Oscar dan un cierto aire a un filme cuya repercusión será mínima.

Como era de esperar, en la gran ceremonia no obtiene ningún premio. Es el año de la corrección humanística que supone la endeble (pero apaciblemente engañosa) Rain man de Barry Levinson (acaparadora de varios Oscar), pero también es el momento de películas (americanas) denunciadoras de mayor o menor calidad, como Arde Mississippi de Alan Parker o El sendero de la traición y La caja de música, ambas de Costa-Gavras. En gran parte esas, y otras más, inciden en algunos de los temas que señala el filme de Lumet.

Los Oscar a los que estuvo nominado Un lugar en ninguna parte fueron el de mejor actor de reparto, para el joven Danny-Michael interpretado por River Phoenix y al mejor guión, o sea, a Naomi Foner.

El joven actor nominado moriría en 1993, a los veintitrés años, por una sobredosis. Era el triste destino que cerraba una carrera (como años antes, aunque en otras circunstancias, había ocurrido con James Dean, del que algunos, curiosamente, lo consideraban el sucesor) que se consideraba exitosa. Phoenix había interpretado varios papeles en programas televisivos antes de iniciar su carrera cinematográfica con Exploradores de Joe Dante (1985) a la que seguirían, antes de ponerse a las órdenes de Lumet, Cuenta conmigo (1986) de Rob Reiner o La costa de los mosquitos (1987) de Peter Weir. Después de trabajar en Un lugar en ninguna parte daría vida al joven Indiana Jones en Indiana Jones y la última cruzada (1989). Una de sus mejores interpretaciones sería posteriormente en Mi Idaho privado de Gus Van Sant (1991).

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El guión como premisa

Naomi Foner a pesar del extraordinario guión, ninguneado por lo académicos que prefirieron la vacuidad de Rain man, no posee ni siquiera un mediano currículum en el campo cinematográfico. Poco ha trabajado en este mundillo. Sólo algunos guiones para series televisivas y cinco para largometrajes, uno de los cuales, Very good girl, supondrá si se lleva a cabo el próximo año (se encuentra en pre-producción) su debut en el campo de la dirección.

El no haber recibido Naomi Foner el Oscar al mejor guión supone una total injusticia. Se trata de un excelente trabajo sólo chirriante en alguna trampa demasiado evidente en la concatenación y desarrollo de los hechos. Tal es el encuentro de Danny con su abuela, ya de por si dado en una secuencia demasiado forzada: la actuación de la prueba pianística del joven en el teatro. Por lo demás la escritura del guión, su manera de estructurar el filme, es sobresaliente. Se abre y se cierra con una situación parcialmente idéntica: marchas forzadas en ambos casos del lugar donde habita la familia Pope.

Ambas huidas dan lugar a una resolución diferente. Al final se ha producido un cambio en la vida, al menos de Danny. Un itinerario de despedida y al mismo tiempo de encuentro, de desesperanza y esperanza, probablemente compartida, en un encuentro familiar en un mundo diferente y apacible donde la sociedad (vano intento) sea otra.

Final señalado con un tímido signo de victoria por la mano de Danny mientras ve partir a su familia para adentrarse en el seno de su otra familia, como son los abuelos maternos aposentados y ricos. Se trata de proseguir un camino que lleve al entendimiento entre las partes y al mismo tiempo selle un futuro diferente. Dos jóvenes insatisfechos con el sistema, pero entroncados en él, van a recorrer otro camino.

Mientras la furgoneta familiar inicia su recorrido-itinerario-fuga, el padre de Danny, en esa despedida, cierra su esperanza en la unión, en el amor familiar y en el no olvido. “Nunca olvides que te queremos” son sus palabras, añadiendo “por si alguien te dice lo contrario”. Falta añadir: venceremos. Danny está seguro de que su mundo será distinto.

El final cierra un camino y abre otro. Algún día puede que las cosas sean diferentes. Es la esperanza desesperanzada o las ilusiones rotas de una sociedad que aún piensa que el mundo puede ser otro. Parece ser que lo único que se necesita es que jóvenes como Danny y Lorna tomen las riendas del mundo. De su mundo que, aunque lo crean, no es el de todos. Su propuesta es el soñar despierto. En definitiva, probablemente el futuro de la joven pareja —si se casan— será el mismo que viven el falsamente abierto profesor de música con su (casi ausente, inexistente) mujer. El mundo que existe ya que el resto no parece tener cabida en ninguna parte.

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Naomi Foner estructura el casi perfecto guión de acuerdo a un lógico proceso donde todo se encadena de forma consecuente, siguiendo un esquema claro y sencillo, basado en una fácil relación entre pregunta y respuesta: ahora que estamos aquí ¿qué es lo que va a ocurrir? Un guión sencillo y consecuente hasta en los más mínimos detalles y en el que cualquier elemento (potenciado por la funcional y excelente realización de Lumet) se encuentra en su sitio, funcionando admirablemente.

Fijémonos en dos momentos concretos, casi imperceptibles pero fundamentales para la continuidad del relato, evitando que el espectador pueda hacerse demasiadas preguntas que no pueda responderse.

El primero tiene lugar casi al principio cuando, en la primera huida que contemplamos, los cuatro personajes —padres y dos hijos— llegan al motel. La secuencia da pie a que se explicite de manera natural la razón de esa huida. Las preguntas del hijo pequeño a su hermano mayor sirven también como forma de explicación al espectador. De esa manera sabemos que son unos luchadores contra las injusticias desde planteamientos izquierdistas. Se opusieron a la guerra del Vietnam de forma activa, poniendo artefactos en edificios militares donde se experimentaba con el Napalm que luego sería arrojado sobre los vietnamitas.

Una secuencia en la que también se informa de otros hechos: los años que lleva huyendo el matrimonio, su rechazo a la violencia, así como su procedencia o entidad (él de familia proletaria, ella de familia rica). Un periódico y una noticia de televisión sirven además como elementos añadidos, tan necesarios como precisos. El periódico muestra, además de las antiguas de los padres, las fotografías de los abuelos maternos, lo que llevará a Danny a recortarlas. Detalle nada gratuito y cuyo sentido (ese recorte) tendrá su explicación casi al final.

El otro momento que expresa la coherencia del guión (en cine cualquier detalle marcado tendrá una razón en el posterior desarrollo) se refiere al encuentro de la madre con un antiguo compañero de lucha política. Fijémonos en la trampa y en la necesidad de existencia de ese instante.

La mujer (Annie, la madre de Danny) es enfermera-recepcionista en una clínica. Está en su trabajo. Pide a una paciente que pase a la consulta. Al fondo vemos la sala de espera. La paciente se da cuenta que se ha dejado el bolso en la sala. Se da la vuelta y pregunta dónde puede estar. Un hombre le dice que si es ése que le tiende. Ambos personajes han estado, como se ha podido comprobar, sentados uno cercano al otro en la sala de espera. La mujer toma el bolso y pasa a la consulta mientras que Annie descubre que el (falso) paciente de la sala de espera es un antiguo compañero de lucha. Tal escena, lógicamente, ha sido resuelta por medio de una trampa ya que no es posible que Annie no haya descubierto hasta ese momento al amigo.

Ese momento ha servido para introducir a un nuevo personaje con un motivo tanto narrativo como generador de conflicto y discusión: su amor hacia la mujer y su planteamiento de llevar la lucha ideológica a la violencia por la que aboga. Un momento además que incluye un dato tan fuera de lugar como es el del bolso olvidado. Un pequeño detalle (señalado hábilmente) y que tendrá toda la razón de ser en la parte final cuando se descubra que el personaje cogió durante un instante el bolso para apropiarse de las tarjetas de la paciente. Hecho que, además, precipitará el final de la película.

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La familia

Si en las primeras escenas se ha dicho claramente quiénes son los abuelos maternos se debe a que hacia el final van a tener un cierto protagonismo. La abuela es reconocida por Danny, como hemos dicho, por la fotografía que ha recortado al principio en el motel, lo que llevará al joven a averiguar dónde vive. Él sabe que es su abuela, algo que ella ignora, mientras que la abuela desconoce al muchacho (2). Por su parte, Annie se entrevistará con su padre, en una emotiva secuencia a la que Lumet despoja de cualquier tono sensiblero.

La película, con estructura de (falso) thriller, se centra en las relaciones familiares.

La familia (o grupo) es una de las señales de identidad del cine de Lumet. La siguiente película que realice lleva el clarificador título de Negocios de familia, un filme que quiere estructurar el director en forma de comedia, pero tal tratamiento (que ha intentado en más de una ocasión) no es su fuerte.

Las escenas familiares se prodigan a lo largo del filme, alterando las de felicidad con las de desasosiego, entre otras cosas porque cualquier elemento que interfiere en su paz o la unidad pondrá en peligro un trabajo en equipo, una necesidad de estar, luchar u oponerse al sistema. La colectividad enfrentada a esa individualidad tan típica y querida del cine (y de los héroes) de Hollywood. En la parte central del filme, algunos elementos de la familia son tentados por la inclusión de un componente, como ellos, contra el sistema pero predicando la lucha armada, la violencia como forma de subvertir las reglas sociales. Tal personaje, importante para el desarrollo posterior, va a unir más a los protagonistas, al tiempo que director y guionista expresan sus pensamientos sobre la forma de enfrentarse a un sistema que no les gusta.

El arte contrapuesto a la persecución o la sinrazón. Un arte que aquí se expresa a través de la música. Que se une a la alegría y el amor en la unidad como formas de proseguir, y hacer frente a la vida que se les niega. Hay que mirar con atención ciertos momentos de tranquilidad, de paz, de felicidad que aparecen en el filme. Se centran las imágenes en un mundo distinto, en una isla perdida, en definitiva, en un océano turbulento. Lumet mima esos instantes con una realización pausada en la que domina el plano secuencia.

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Hay tres momentos precisos, ejemplares: Danny tocando el piano en la escuela frente a la atenta mirada del sorprendido profesor; Danny descubriendo el piano en la casa del profesor y tocando una pieza creyendo que no hay nadie en la casa, mientras es observado en silencio por Lorna, la sorprendida hija del profesor; y, en tercer lugar, la admirable secuencia del cumpleaños de Annie celebrado por tota la familia y en el que también (formando también parte de la unidad) estará presente Lorna.

La película propone y se abre a diferentes temas, como las relaciones familiares, las formas diferentes de oponerse y hacer frente a un mundo dormido y conservador, las variadas propuestas sobre las relaciones existentes entre los padres y los hijos, el dominio y las imposiciones sobre la libertad de ser y de escoger, un proceso iniciático que lleve quizá a alguien a encontrar un lugar en alguna parte mientras que otro alguien —probablemente un niño— aprehende el aprendizaje que recibe de unos seres que optan por otras formas de vida. Formas de preguntarse, de responder, de actuar sobre un sistema que discrimina a aquellos que son diferentes.

Un lugar en ninguna parte habla de todo eso y de mucho más. Sobre todo de la necesidad de mirar cara a cara a un mundo distinto, donde todos (ricos y menos ricos, proletarios, empresarios y magnates) convivan y logren que exista un lugar en el que todos puedan vivir.

Escribe Adolfo Bellido López

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