Tarde de perros (1975)

  14 Junio 2011
Mundo canino y algo más

tardedeperros01La década de los 70 fue tan fructífera para Sidney Lumet como gratificante para los fans de este director tan genial como irregular. Si atendemos a la cronología en que se enmarcan sus producciones cinematográficas, observamos que Lumet parece poseído por un afán creativo que le lleva a realizar casi un proyecto por año y a desarrollar una variedad temática acorde con los tiempos. La guerra del Vietnam, la influencia de Malcolm X, el Watergate y las reivindicaciones feministas configuran un contexto sociopolítico en el que se imbrica el interés de Lumet por los problemas de la sociedad estadounidense.

En el 73 abordó con Serpico el conflicto entre la honestidad y la corrupción policial, adecuando el discurso dramático a sus preocupaciones sociológicas; en el 74 inauguró la tendencia a las adaptaciones cinematográficas de las novelas de Ágatha Christie con Asesinato en el Orient Express, movilizando a todo un elenco de actores de moda y poniendo en práctica un perspectivismo cinematográfico, todo un reto técnico para el espacio cerrado y mínimo  del interior del tren; y en el 76, Network supone un alegato contra el capitalismo salvaje en el mundo televisivo.

En suma, un conjunto de películas que sintetizan la adscripción relativa de Sidney Lumet a los movimientos cinematográficos que surgieron durante aquellos años, entre la disidencia política y una tímida innovación en el lenguaje visual, fruto de la adecuación de su formación teatral a sus necesidades narrativas como dramaturgo social.

En 1975, el estreno de Tarde de perros, una tragicomedia donde se combinan suspense, acción policial y una sarcástica visión del mundo, pone de manifiesto el talento y el genio de este director.

Basada en un hecho real sucedido en 1972, relata el estrepitoso fracaso del atraco al First Brooklyn Saving Bank por dos excombatientes de la guerra de Vietnam, Sonny Wortzik (Al Pacino) y Salvatore Naturile (John Cazale). Tras haber reducido a las empleadas y al director de la sucursal bancaria, Sonny descubre que la caja no contiene apenas dinero, y lo que debería haber sido un asalto rápido y productivo se convierte en una pesadilla, en la que policía, FBI y medios de comunicación contribuyen a crear un caos espectacular, con miles de curiosos, que unas veces actúan como público y otras como parte del drama.

El tema de los atracos ha sido y es recurrente en la historia del cine y constituye ya un subgénero cinematográfico que dio mucho juego y no pocos dólares a la industria. Muestra de ello son filmes como The Killing (1956) de Stanley Kubrick, el supuesto atraco perfecto, cuyo desarrollo saca a la superficie la vida frustrada de los delincuentes, acrecentada por la adversidad que echa por tierra sus pretensiones.

Otros directores optaron por proyectos más comerciales y con mayores concesiones al relato sobre robos, de acción convencional, con héroes de diverso pelaje y final feliz, como Heat (1995), donde Michael Mann reunió a Robert de Niro y a Al Pacino en los papeles de delincuente y detective respectivamente; o el mismo Lumet, que rodó Negocios de familia en 1988, una comedia bastante intrascendente sobre los conflictos familiares de varias generaciones de ladrones de guante blanco.

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La singularidad de Tarde de perros es que la película trasciende el referente del atraco bancario y el suspense que este tema genera, yendo más allá de la mera confrontación entre policías y ladrones, entre buenos y malos. La historia (desarrollada a partir del impecable y medido guión de Frank Pierson, basado a su vez en el libro de Leslie Waller y los artículos periodísticos de Kluge y Moore, todos sobre el atraco real de 1972) va desvelando a lo largo de las casi dos horas que dura el filme todo un universo ficcional que configura un retrato demoledor de la sociedad estadounidense.

Nadie se salva, ni la desmesurada e hiperbólica intervención policial, ni el cruel y friamente eficaz FBI, ni los medios de comunicación, más interesados en el espectáculo y su sensacionalismo comercial que en el drama de los rehenes y sus secuestradores. Solamente los personajes correspondientes a los dos atracadores, Sonny y Sal, inspiran cierta ternura, tanto al espectador   como a la masa de curiosos que esperan en el exterior del banco el desenlace de los hechos. Sentimiento que se transforma en clara complicidad y apoyo, a medida que avanza el argumento, y se definen los roles y circunstancias de los conflictos que padecen los protagonistas.

El conocido “síndrome de Estocolmo” atrapa a todos los que se identifican con los fracasados y los perdedores, los maldecidos por un destino adverso y por la mala suerte que les condena a la marginación o la muerte. Para entender este modo de presentar y desarrollar una historia, hay que partir de la idea de que el atraco no es el núcleo narrativo principal del filme, sino el marco en el que el director desliza los indicios que conducen al espectador a una profunda reflexión sobre las injusticias de la sociedad y sus víctimas; así como lleva a la percepción de una radiografía tan sarcástica como poco amable de los más variados aspectos que configuran la feliz sociedad norteamericana: las injusticias de las diferencias económicas de clase, el carácter depredador de los medios de comunicación, la sobreactuación de una policía excesiva en número y absolutamente inoperante, el comportamiento acrítico y anestesiado de una masa amorfa que sólo se mueve al son del morbo y del espectáculo, la frívola superficialidad ante la homosexualidad, la familia como fuente de conflictos...

La galería de personajes se puebla de arquetipos, todos paródicamente ridiculizados: la madre falsa y agobiantemente protectora, la esposa pesada y parlanchina hasta extremos insoportables, el ama de casa ñoña y un poco tonta, el policía brutal y estúpido, el periodista inmoral...

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El propio Sidney Lumet reconoce en una entrevista que lo que pretende es “mostrar la realidad hasta el punto en donde casi uno no se la puede creer”, y se reconoce a sí mismo como dramaturgo social “piadoso con la imperfección, sarcástico con la hipocresía social”. Es probable que en estas palabras esté una de las claves para desvelar el sentido de Tarde de perros: las cosas van tan mal que parece imposible que puedan empeorar. Y efectivamente no nos podemos creer que a los infelices Sonny y Sal les salga todo al revés y más aún.

La intención crítica de Lumet se hace evidente en el prólogo que precede el relato del atraco propiamente dicho. Tras el vuelo de las cámaras sobre los barcos que se deslizan por las aguas del Hudson, se muestran los contrastes económicos y sociales de algunos espacios neoyorquinos. De forma alternante las imágenes de unos perros olisqueando basura son seguidas de adolescentes disfrutando en las transparentes aguas de agradables piscinas; un mendigo regando las sucias calles con su manguera y los finos chorros de aspersión sobre el césped de elegantes jardines; los viejos jubilados y los ejecutivos que salen y entran en sus exclusivas oficinas. Todo un flash de planos que anuncian la historia que dará comienzo: el atraco a un banco por unos desgraciados procedentes de un mundo que no les da oportunidades de sobrevivir.

La narración de una historia como esta debe atenerse a las reglas y convenciones del género a que pertenece: los empleados y el director deben ser debidamente encañonados y robados con la mayor rapidez posible para que los ladrones puedan poner pies en polvorosa antes de que llegue la policía. Pero en el filme de Lumet las cosas no son así, son peores, mucho peores.

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El carácter antiheroico de los protagonistas les impedirá superar los obstáculos que se les presenten para alcanzar su objetivo. Steve, el tercer compinche, se volverá atrás y se retirará de la misión apenas comenzada ésta, las empleadas no podrán ser encerradas en la cámara acorazada porque se asfixian o tienen que ir al aseo, el marido de una de ellas llama por teléfono para consultar cuestiones domésticas, el vigilante sufre un desmayo y todo se va al garete. Es el colmo de la mala suerte, la estupidez y el sinsentido.

El discurso narrativo sigue avanzando a merced de las convenciones al uso: policía, conversación y negociación de las demandas de los asaltantes. Todo sucede con una desmesura que raya en el esperpento y en el absurdo. El punto trágico lo pone la llegada de León (Chris Sarandon), el novio de Sonny, y la revelación de la condición homosexual de ambos, hecho que no desaprovechan ni los medios ni las masas.

El clímax narrativo tiene lugar con la muerte de Sal y el derrumbamiento de Sonny, en una larga secuencia que cumple las reglas de este tipo de final: tiro en la frente de Sal, cara de pasmo de Sonny, gesto de dolor y llanto, mientras la ambulancia se lleva al muerto con el fondo del ruido de un reactor que despega y se lleva consigo todas las esperanzas. Las últimas palabras de Sonny ponen el contrapunto irónico a los acontecimientos: “Sal, ¿ves cómo no soy tonto? Lo hemos conseguido”. La conclusión es que éste es un filme sobre la fatalidad y la estupidez de los seres humanos, línea temática que retomará Lumet en su última película, Antes que el diablo sepa que has muerto.

Pero Tarde de perros es algo más.

Tras el relato de un atraco fallido se percibe otro discurso lleno de guiños críticos resueltos con un sentido del humor inteligente y sutil, que recuerda al teatro del absurdo. El recurso al contraste entre lo dramático de la situación y la trivialidad con que la viven los personajes produce una distorsión de la realidad e incluso una inversión de la misma, algo así como el mundo al revés. El procedimiento pertenece a la retórica clásica, y aunque no lo invente Lumet hay que reconocer el talento  con que Frank Pierson construye un guión sólido, con diálogos breves y eficaces, portadores de sentidos profundos, que provocan la sonrisa a la par que definen y caracterizan a los personajes.

La historia está salpicada de momentos sublimes como cuando Sonny le pide a Steve las llaves del coche y éste le replica: “¿y cómo vuelvo a casa?”. Sonny suelta un taco y la cajera, muy puesta en su papel, le recuerda que hay señoritas en la sala. La empleada cursi pregunta a Sonny la hora en que acabará el atraco para quedar con su marido. Sonny pide un reactor para irse a Argelia y su amigo Sal quiere ir a un país que se llama Wyoming.

tarde_perros-4En otras ocasiones las acciones secundarias dibujan situaciones absurdas, como las rehenes riendo o haciendo ejercicios militares con el fusil de Sonny para entretener el tiempo de espera. Si estos son ejemplos que ilustran los efectos de oponer realidades antitéticas y la deformación que de ello resulta, la inversión se produce cuando el absurdo se lleva al extremo de la hipérbole y el disparate. Es lo que sucede en las salidas de Sonny para comunicarse con el detective Moretti (Charles Durning), con la policía empuñando armas y francotiradores apostados en tejados y azoteas con sus rifles a punto. Sonny agita un pañuelo blanco, arenga a la policía, grita desaforado, da instrucciones, corre de un lado para otro tirando billetes al aire y reclama la colaboración de las masas entregadas, que le aclaman entusiastas. La locura se ha apoderado del mundo: el ladrón amenaza y la policía obedece y retrocede.

El último ingrediente a considerar en el análisis del contenido del filme es la crítica sociopolítica que se infiere de los diálogos y que es evidente en algunos ejemplos, que reflejan el sarcasmo con que Lumet aborda los conflictos de su tiempo, ante los que se posiciona sin ninguna ambigüedad.

Sonny le dice al director de la sucursal bancaria, mientras avanza con su arma: “Soy católico y no quiero hacer daño a nadie”. Cuando va rociando las cámaras con pintura murmura: “Odio la televisión”, toda una declaración de principios teniendo en cuenta lo que se está preparando en el exterior. En las conversaciones con Moretti, Sonny pretende hacerse el duro y afirma: “Somos excombatientes de Vietnam. Para nosotros matar no es nada”. La crítica a la política laboral estadounidense y a la manipulación de los medios se pone de manifiesto en la entrevista que Sonny concede a la televisión, y que se corta en el momento en que éste critica a los sindicatos. También se percibe cierto racismo en la respuesta de Moretti da a Sonny cuando éste es derribado por el novio de María, una de las rehenes. A la pregunta “¿Quién es ése?”, el detective contesta: “Bah, sólo es uno de esos portoriqueños”. Conclusión: los diálogos no tienen desperdicio.

Unas observaciones sobre el lenguaje fílmico de Lumet en esta película, seguramente la mejor de su producción durante la década de lo 70. A diferencia de otros filmes sobre atracos, en éste apenas hay unos pocos planos en picado, pues la mayor parte de la filmación se hace como si fuera con “cámara al hombro” a semejanza de los reporteros de televisión, lo que confiere a la historia la verosimilitud necesaria para hacer creíble lo imposible de creer.

De acuerdo con este modo de filmar, parecido al de los documentales o reportajes, los actores van maquillados con tal realismo que apenas se nota que lo están,  “con un raccord de sudor perfecto”, como comentó alguien con gran acierto. A estos factores hay que añadir una fotografía perfecta (Victor J. Kemper), una iluminación realista, tanto en los interiores (cerrados, claustrofóbicos y agobiantes) como en los exteriores. La cámara sube y baja, y se desliza por grupos y personas sin sobrepasarlas, acentuando así la sensación de caos que la historia requiere.

La apariencia de realidad se acentúa con un recurso difícil y que exige una gran planificación: salvo en el prólogo, no hay música. Pero sí un mapa sonoro en que se oyen las teclas de las máquinas de escribir e irritantes timbres telefónicos en el interior, mientras los ruidos del tráfico acompañan la acción que transcurre en las calles. La dirección de actores, excelente, como acostumbra Lumet, con uno de las mejores interpretaciones de Al Pacino, que borda su personaje de hombre tímido, inseguro e ingenuo, al que todo se le viene encima. Y John Cazale en su papel de pistolero frágil y tembloroso está espléndido. El Oscar al mejor guión estuvo muy bien dado así como los numerosos premios que cosechó esta película, que es bastante más que la historia de un desastroso atraco a un banco.

Escribe Gloria Benito

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