El abogado del diablo (1993)

  02 Junio 2011

La defensa Lumet

 el_abogado_diablo-3Jennifer Haines es una abogada de primera línea que tiene la habilidad de lograr absolver a sus defendidos ante la justicia. Es una mujer de éxito, bella, inteligente y con unas relaciones más o menos estables, que siempre consigue la victoria. Su éxito en la vida se verá mermado en cuanto acepte el litigio propuesto por un atractivo playboy acusado de asesinato, David Greenhill, quien desafiará a la valiente fémina, adentrándola en un juego perverso donde ella será la víctima manipulada.

Jennifer se verá irremediablemente atraída hacia Greenhill, puesto que es el único personaje que le supone un verdadero desafío en su vida pero cuánto más próxima esté a él, más cristalizará su culpabilidad en el caso juzgado. Si bien Haines intentará eludir la trama en la que se verá envuelta, Greenhill la arrastrará hacia un diabólico plan donde hombre y mujer medirán sus fuerzas y sus vidas para comprobar quien resulta vencedor.

Con este argumento, Sidney Lumet retomaba un género al que ya se había enfrentado en anteriores ocasiones, el thriller judicial. Recordados por  muchos, son filmes hoy ya clásicos, como Doce hombres sin piedad o Veredicto final. El estreno de El abogado del diablo supuso, además, una ocasión para que, en el año de su producción, Lumet fuera galardonado con el premio D. W. Griffith, concedido por el Directors Guild of America, haciendo justo honor a la trayectoria del cineasta.

A propósito de este filme, Lumet declaró que el thriller debe estar siempre resumido en la habilidad de la trama para crear una tensión necesaria que impida al espectador poder adivinar las intenciones y voluntades de sus personajes, afirmando que se quedó profundamente impactado por el argumento de este filme cuando leyó su guión por vez primera.

No se equivocaba, si bien El abogado del diablo no pasará a la historia por ser uno de sus trabajos más notorios, es cierto que ofrece una de las tramas de género judicial que incluso hoy sigue teniendo carisma suficiente para dejar al espectador clavado en su butaca.

El realizador siempre afirmó que no podía saber de dónde le venía su afición por el universo de tribuna y estrado. Sin embargo, era un apasionado de la disección del mismo, poniendo siempre bajo su propio juicio los aciertos y errores del sistema. Lumet, según sus propias palabras, también fue un gran estudioso de la materia, pues había acumulado, a lo largo de sus años, abundante material sobre éste.

Sin embargo, Lumet quedó cautivado con la personalidad de su personaje femenino protagonista. Jennifer Haines es una mujer de carácter intenso, vanidoso, consciente de su valía y de su éxito y con una seguridad en sí misma que pocas personas —independientemente de su género— pueden hacer gala de poseerla. Pero Haines cree en la inocencia de Greenhill pese a que todas las pruebas evidencian lo contrario. Es la primera vez que alguien logra engañarla de una forma tan abrupta. No sólo la envuelve en la mentira sino que la atrapa en una tela de araña de la que Jennifer no podrá escapar.

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Haines contra Greenfield

O lo que viene a ser lo mismo, Rebecca DeMornay contra Don Johnson, son los ejes esenciales del filme. Cualquiera que lo haya visto recordará algunas de las poses de ambos intérpretes, tanto en unión mancomunada en pantalla como por separado en planos donde ellos son la única figura protagonista. DeMornay aportó una fortaleza muy definida a su personaje, mientras que Johnson le confiere a su personaje una genialidad y brillantez que pocos villanos han logrado en un filme de corte jurídico.

DeMornay, según las notas de producción de esta cinta, afrontó su personaje teniendo en cuenta la dualidad del hombre a quien debía enfrentarse y construyó su personaje en base a dos aspectos primarios: la fascinación y el miedo. Johnson, por su lado, dotó a su psicópata protagonista de sentido del humor, encanto y terror. En efecto, todas estas cualidades vislumbran en el filme cuando uno lo atiende pausadamente.

Ambos personajes son el equivalente del otro en sus respectivos géneros, puesto que ambos están dotados de implacable autoridad; ambos se consideran un reto mutuo que afrontar —y superar— y ambos generan una ambivalencia de sentimientos respecto a su contrario que crea, además, una tensión sexual nunca consumada que le añade un voltaje aún más eléctrico a la historia.

Lumet contra DeMornay y Johnson

el_abogado_diablo-2O lo que es lo mismo, director contra actores. Los ensayos para el rodaje se prolongaron durante dos semanas como suele hacerse en el teatro. La intención de Lumet era que la química entre DeMornay y Johnson se hiciera palpable en todo el metraje, por lo que trabajó incansablemente con ellos hasta que cogieran la suficiente confianza como para que se dejaran llevar por el inconsciente de sus relaciones plasmadas en el guión. En otras palabras, logró que se desinhibieran, insuflándoles la moral (buena y mala) necesaria para afrontar la interpretación de dos personas tan sumamente complejas.

Por ello, el rodaje del filme fue increíblemente veloz. Los ensayos habían logrado que ambos actores funcionaran a la perfección. Y una película como ésta, en la que los principales pilares residen en la matemática de la interpretación, era simplemente lo que necesitaba para que no hubiera ecuaciones irresolubles en el proceso, por lo que unas pocas semanas de filmación bastaron para completar la obra.

DeMornay, además, aseguró que se había nutrido de material sobre derecho criminal para entender bien a lo que se estaba exponiendo como actriz. Pretendía entender las relaciones que se establecen entre un abogado criminalista y el cliente a quien defiende, aunque sea perfectamente consciente el primero de que está intentando dejar en libertad a una persona que ha incumplido la ley, o mucho peor, haber asesinado a alguien. Esta interiorización de DeMornay fue responsable en buena medida de conseguir que la actriz consiguiera uno de los mejores papeles de su carrera.

Lumet contra Rosenberg

O lo que viene a ser lo mismo, director contra diseño de producción. El abogado del diablo suponía la doceava colaboración entre Philip Rosenberg, diseñador de producción, y Lumet. Ambos ya habían fructificado su relación a lo largo de los años, lo que suponía un entendimiento y un conocimiento del otro que facilitaba las tareas típicas del rodaje del filme, concretamente de los exteriores que debían ser utilizados para ambientar esta perturbadora historia de abogacía y rivalidad de enteros.

Toronto fue la ciudad elegida para este fin. El objetivo era que la frialdad de sus protagonistas se viera reflejada en los lugares de rodaje. Toronto era el lugar perfecto, dada su topografía, su impresionante arquitectura o la belleza de sus paisajes, pues combinaban la modernidad con una apariencia de imperturbable gelidez. Si uno le presta atención a las construcciones arquitectónicas de la cinta, se percata rápidamente de que nada está escogido al azar. Los despachos de abogados que se pueden apreciar o el inmenso hall donde transcurre parte de la acción, además de su implacable conclusión final, son el escenario perfecto que funciona como espejo emocional de sus protagonistas.

La otra ciudad que acabó de rematar el contenido estético de la obra fue la ciudad estadounidense rica en arquitectura contemporánea y famosa por sus edificios imponentes provenientes del racionalismo más estricto, Chicago. Además, también ofrecía el contraste entre los barrios pobres y los ambientes propios de ciudad vanguardista que funcionaran como contrapunto de la acción.

Rosenberg y Lumet tuvieron ciertas diferencias en cuanto al riesgo que comprometían algunas escenas. La secuencia donde Johnson incendia el despacho del mejor amigo de la protagonista fue rodada con fuego real, prendiendo poco a poco todos los objetos de la oficina que finalmente se aprecia en la cinta. Las llamas tuvieron que ser estrictamente controladas por especialistas e incluso el propio Johnson, quien era responsable de incendio en la trama argumental, sufrió más de una quemadura durante la filmación de esta secuencia.

Pero, por supuesto, y quien haya visto el filme se lo podrá imaginar, la secuencia final fue la que entrañó más riesgos para el actor y DeMornay. Ambos actores tuvieron que estar suspendidos, a catorce metros de altura, durante dos noches. Hicieron falta cinco cámaras para rodar tanto la lucha de la última escena así como la caída de especialistas desde la torre de oficinas. Para ello, se fotografió cada piso y se hicieron ampliaciones que fueron impresas en globos, de tal forma que una de las cámaras pudiera rodar la caída directamente. Los actores rodaron sin red y especialmente DeMornay fue la que más pavor tuvo que soportar puesto que es ella la que se encuentra prácticamente con el cuerpo en el vacío.

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El filme contra el público

O lo que viene a ser lo mismo, director contra viento y marea, léase crítica y audiencia. El abogado del diablo, o por su título original Guilty as sin (algo así como Culpable como el pecado), supone todo un reto para el público. Para empezar, el personaje de Jennifer Haines no crea una especial empatía en el espectador. Incluso, se puede decir que su altiva seguridad provoca cierta antipatía en quien la observa.

Pero su adversario se revela como aún más malsano. No sólo mezcla gentileza y malicia a raudales sino que su fina elegancia y su certera ironía hacen que cree un extraño vínculo de atracción con los que le atienden en el patio de butacas, al igual que le sucede a su defensora.

Y al igual que le sucede a su abogada, el espectador también duda de su presunta culpabilidad. Cuando se revela que el maquiavélico personaje es “tan culpable como el pecado” el impacto es incluso superior porque crea un debate ético tanto en quien la observa como en la propia criminalista. Su relación rebasa todo terreno legal mientras Greenfield crea una insidiosa red en la que va a caer Haines sin salvación posible. Como en las luchas de titanes clásicas, sólo puede quedar uno, puesto que el enfrentamiento conlleva la muerte tanto física como psíquica de uno de ellos.

Podemos pensar que la trama que cuenta este filme no es nada del otro mundo. Y de hecho es cierto. En el mismo año de su estreno, teníamos otro ejemplo de thriller judicial con unas líneas más o menos parecidas. Estamos hablando de El cuerpo del delito (Uli Edel) con el concurso de la por aquel entonces deslenguada e impúdica Madonna. Se trataba de una vuelta de tuerca, con los papeles de hombre y mujer invertidos, del argumento que presentaba El abogado del diablo.

Pero donde aquella fallaba en crear una tensión evolutiva hasta llegar a un desenlace más o menos esperado por todos, El abogado del diablo ganaba enteros por explicitar cómo envuelve el pérfido sociópata a su abogada hasta tenerla a su merced, detallándole  sus crímenes a sabiendas de que la mujer no puede revelarlos, ni revelarse, por ser su defensora contratada así como por no poder violar el código deontológico del secreto profesional. En este sentido, toma su referente de Alfred Hitchcock y su Yo confieso, obra celebérrima y magistral donde Montgomery Clift no podía romper el secreto de confesión de su asesino. Aunque el resultado final no tenga nada que ver con aquella.

El abogado del diablo es, esencialmente un filme menor dentro de la carrera de Lumet que, pese a todo, demuestra una correcta funcionalidad y eficacia y exprime a dos actores que se encontraban en momentos más o menos álgidos de sus carreras. Si bien DeMornay acababa de salir de la famosa La mano que mece la cuna, su papel más recordado, Don Johnson había realizado por aquel entonces dos filmes con su ex consorte Melanie Griffith.

Lumet no intenta demorar la acción con trampas innecesarias ni requiere que los guapos protagonistas vivan un tórrido romance pre-pugna y centra sus esfuerzos en ese duelo psicológico concentrado en la mujer independiente y altamente competente y el guapo y adinerado playboy que ha logrado su fama gracias a la muerte de otras personas. Es en este lance sin tregua en el que se encuentra el aspecto más imaginativo del filme y en donde se apoya Lumet para crear una seriedad insólita que daba crédito de su veteranía como realizador.

Como hemos dicho, esta obra no pasará a los anales por ser de sus más poderosas y demoledoras críticas sociales, pero echando la vista hacia atrás seguro podemos afirmar que se trata de una de las obras del llamado cine procesal más destacadas de la década de los noventa. Recordemos que era una moda del momento y que ahora, y pese a algunos buenos exponentes que salen de tanto en cuanto, se trata de un género en caída libre aunque goce de buenos momentos contemporáneos.

Escribe Ferran Ramírez

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