Antes que el diablo sepa que has muerto (2007)

  02 Junio 2011
Ojalá estés en el cielo media hora

1.

antes_que_diablo-4Sidney Lumet siempre se distinguió por hacer muy buenas películas, en ocasiones excelentes, como ésta que comentamos. Es una obviedad, pero conviene resaltarlo cuando todo hijo de vecino hace pinitos con sus cámaras digitales. Y no precisamente para contarnos algo, sino para presumir de píxeles, encuadres, y alardear de su sentido de la imagen, suele ocurrir que nunca lo tienen, aunque sus amigos, afines, y tontos útiles, le digan que lleva camino de ser un genio.

Píxeles aparte, eso ha ocurrido tantas veces que ya no debiera sorprendernos. Sin embargo, tenemos un ejemplo, en relación con Lumet y su Antes que el diablo sepa que has muerto, que debemos comentar. Y no porque James Gray pretenda ir de genio, y su película de importante, La noche es nuestra (2007), sino por las connotaciones que algunos han visto entre ambas.

Allá cada cual con sus comparaciones, pero el cine, las imágenes que lo conforman, nunca debieran ser gratuitas, y mucho menos cuando pretenden reflejar nuestras vivencias, bien para hacer un melodrama realista, de impacto, o resaltar la moralina más tópica, empalagosa y falsa. Vayamos con orden, que siempre es útil.

2.

Rodadas en 2007, tienen la curiosa similitud de que ambas empiezan con escena de sexo. Mientras Lumet lo muestra real, sin alardes, Gray quiere mostrarse tórrido. Y después, cada uno va a su aire para desarrollar dos historias, que algún punto tienen de contacto, pero tanto en el desarrollo, los personajes, las situaciones, como en las conclusiones, difieren más allá de imágenes, palabras y sensaciones.

Viendo La noche es nuestra, y sin haber pasado ni quince minutos de proyección, te da la sensación que parece un mal remedo de aquellas películas de policías y ladrones —aquí narcos— con los tópicos al orden del día y un guión estructurado a la medida del director —él lo escribió— y sobre todo de los productores, en este caso los protagonistas Joaquín Phoenix y Mark Wahlberg; eso sí, contando con el siempre eficaz Robert Duvall.

No es que los actores estén mal. Es que no nos parecen creíbles; dan la impresión de estar gestando la que podría ser la interpretación de su vida, nos referimos a Phoenix y Walberg; porque a Duvall le sobran tablas, aunque no está convencido de lo que hace. Y es así todo se asemeja a una suerte de caricatura, donde está englobada la visión de los hechos y el tratamiento que reciben.

En otras palabras, aunque James Gray acierta en algunos momentos, tenemos el convencimiento de que no se cree nada, tal vez porque el guión no es ni sólido ni testimonial, ya que rezuma esa empalagosa moralina, muy del peor cine norteamericano —diríamos de lo más inculto de esa sociedad, que alardea de dirigir el mundo—, como si siempre debiéramos estar pendientes “del bien de la patria” y zarandajas similares.

Al final hay una frase del jefe del narcotráfico que lo demuestra: “No sabía que era tu familia”. Se lo dice a Phoenix y se refiere a la policía, porque es el hijo del jefe de policía (Duvall) —y hermano de otro, Wahlberg—, y él mismo convertido en policía, luego de apoyar a los narcos. Nos damos cuenta de que la peor caricatura predomina, más allá de unas imágenes que nunca han tenido mucho sentido.

Película a olvidar, La noche es nuestra se sostiene por la industria que la hizo posible, ¿a fin de moralizar al personal? El resto es de una nimiedad y falsedad tal que a nadie puede interesar.

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3.

El caso de Antes que el diablo sepa que has muerto parte de unas premisas tan realistas como desoladoras. Sidney Lumet decide dejar de lado toda complacencia, y las posibles salidas para un “final feliz”; y se enfrenta con seres reales que se sobrepasan a sí mismos. Esta es una de las raíces para que el realismo de ficción enlace, mediante el melodrama exasperado, con la realidad cotidiana.

¿Quién no se ha propuesto alguna vez vivir por encima de sus posibilidades? La gran mayoría nos retiramos al balbucear la idea, asustados ante la ingente tarea que nos aguarda; y que suele ir desde el planteamiento, hasta las dificultades que conlleva asimilar que ese “por encima” implica desde aprovecharse de los demás, hasta renunciar a nuestro íntimo yo, para adaptarnos a esas “posibilidades” que la vida pudiera depararnos.

Los protagonistas de Antes que el diablo sepa que has muerto, sobre todo los dos hijos, excelentes Philip Seymour Hoffman (Andy) y Ethan Hawke (Hank), llevan un estilo de vida tan dispar como confluyente: necesitan dinero para vivir más allá de su día a día. Andy porque es listo, autoritario, bon vivant, y enganchado a la heroína; y Hank porque tiene madera de perdedor, y hay que mantener a la ex mujer y complacer a su hija.

Las relaciones con sus padres fueron dispersas, nunca entregadas y menos íntimas. Los años los distanciaron y los acontecimientos que narra la película les unen justo para el estallido final, del que son todos responsables; si bien las decisiones de su padre, Charles —extraordinario Albert Finney—, son las que determinan el grado de violencia exacerbada que impera en las conciencias, más allá del realismo.

La historia se articula en torno a un atraco, que por ser familiar, debe ser perfecto, sin sangre, sin problemas. Naturalmente, se complica al pedir Hank ayuda a otro colega perdedor, que decide emplear el revólver, y termina con la vida de Nanette —estupenda Rosemary Harris—, que también le dispara y muere con estruendo. Desde ese principio todo se desarrolla con acertados e intensos flash-backs, que nos cuentan las impresiones, errores y visiones de padre e hijos.

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4.

La intensidad de estas situaciones desembocan, en tiempo real, con la muerte de Nanette, enganchada a una máquina para vivir: “Dejen que se vaya”, dice Charles; y la huida hacia delante de Andy, que aparte de cargar con Hank y sus errores —hay una secuencia, escalofriante, en que piensa en matarle— debe hacer frente al abandono de su esposa Gina —muy bien Marisa Tomei— y a su necesidad de la heroína.

Charles ha descubierto que Andy es el culpable, le sigue; comprueba las fechorías que sigue haciendo, y se ve en la necesidad de invertir el deseo de matar al padre, que muchos hijos sienten. Charles mata a Andy, y su conciencia queda tan atribulada, y en blanco, que comprende que su vida ha sido un desdichado, trágico error. Ha matado al hijo; y Hank huye, desaparece (antes apunta un intento de suicidio).

La soledad es el destino final. Como una consecuencia de un postulado, llamémosle así, del propio Sidney Lumet: La familia es un lugar terrible de nuestra sociedad. Antes que el diablo sepa que has muerto viene a confirmarlo, y sin cargar demasiado las tintas; basta dejar que los personajes vayan hasta más allá de sí mismos.

Este melodrama perturbado, violento y excesivo tiene su anclaje en nuestro subconsciente: esa realidad que no queremos pensar, ni sentir, pero que existe; y hunde sus raíces en la propia condición humana. Lumet, en su afirmación de la familia, tiene razón. Lo demás, atrofiantes, falsos y necios consuelos que sólo sirven para que tantos débiles, pacatos, inútiles, faltos de raciocinio y sensibilidad, puedan sentirse algo así como seguros.

No hay que olvidar que la realidad va siempre más allá de las imágenes que el cine nos muestra. Las truculencias melodramáticas que el mundo cometió, y comete, nos lo demuestran cumplidamente. A tanta historia individual y colectiva, de ahora mismo, nos remitimos.

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5.

Esto nos lleva al antetítulo de la película, después de la secuencia de sexo en Río, Brasil. Sobre fondo negro se lee “Ojalá estés en el cielo media hora” y en el siguiente “Antes que el diablo sepa que has muerto”.

Sidney Lumet afirma que es un dicho irlandés, “bonito y cínico”. Leyéndolos al revés, como están en este escrito, tienen parejo significado. Incluso diría que se agudiza dicho significado, pues es evidente la sugerencia de que el diablo va buscando muertos, para poder justificar su ajetreada y penosa existencia, claro. Y si nos encuentra media hora después de estar en el cielo, ¿es lo que hemos ganado?

Es obvio, el cinismo está aquí, Antes que el diablo sepa que has muerto, porque Lumet sabía tanto de la debilidad como de la ambición humana. Y la estancia en el cielo, asumida en el “ojalá”, denota la triste experiencia a que puede conducirnos nuestra apasionante condición humana.

Sin contar, como se insinúa en una secuencia, que todo puede venir por aquello de “los pecados de los padres”, sin especificar ni qué pecados y a qué son debidos; aparte de que han dado muy buen juego en el cine. La ambivalencia del dicho irlandés condiciona la fuerza y la emoción de esta excelente película, que roza la maestría tantas veces.

Meditémoslo una vez más. Como aparece en la pantalla “Ojalá estés en el cielo media hora antes que el diablo sepa que has muerto”: una posibilidad que se nos desea para que, llegado el momento final, la esperanza nos haga descansar en paz, al menos subconscientemente.

Expresado al revés: “antes que el diablo sepa que has muerto ojalá estés en el cielo media hora”. ¿No parece esa esperanza menor, con menos entidad, más subjetiva? Son el haz y el envés del mismo problema: la vida humana y cómo la hemos entendido, sufrido, disfrutado, vivido.

En esta última película de Sidney Lumet, cincuenta años después de su nacimiento para el cine, encontramos que sus imágenes nos hablan y sugieren lo poco que podemos llegar a saber y entender sobre nosotros mismos, sobre nuestras ideas, sentimientos, emociones. Y esto ocurre, lo habéis adivinado, aún estando en el cielo esa media hora, naturalmente, antes que el diablo sepa que has muerto.

Escribe Carlos Losada

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