Policías y fiscales en el cine de Lumet

  04 Julio 2011

distrito_34-4Entre las constantes temáticas del cine de Sidney Lumet la más conocida quizá sea la que hace referencia a los juicios. De hecho su primera película, y tal vez la que con más fuerza perdura en la memoria del gran público, es Doce hombres sin piedad, dedicada, como bien se sabe, a las deliberaciones de un jurado sobre un caso en apariencia trivial.

Esa presencia del acto judicial se encuentra recogida en muchas de sus obras de forma explícita. Y en otras en las que esto no ocurre de manera tan rotunda, los personajes asociados a esta práctica (abogados, jueces, fiscales...) adquieren una relevancia notoria.

Pero con ello Lumet no pretende limitarse a utilizar un recurso que siempre ha resultado atractivo tanto en la literatura como en el cine, sino que se sirve de él para construir una mirada que lo trasciende y apunta al conjunto de la sociedad en el que ese ámbito reducido se inserta. De este modo lo judicial abre paso a lo legal. El discurso sobre la aplicación concreta de la ley se expande hacia la reflexión que hace de la ley misma su objeto central. La necesidad de respetar o no las normas legales en cualquier circunstancia, y las repercusiones que su defensa acarrea para quienes hacen de ellas su divisa, se superpone a los modos de su vulneración y a los matices que enriquecen la comprensión de las conductas delictivas.

Desde esta perspectiva, Lumet se va a alejar tanto de las soflamas apologéticas del orden establecido como de la esquemática denuncia de la corrupción de sus teóricos defensores. Aún compartiendo en cierta medida ambos enfoques, su obra posee en este campo una densidad y una complejidad interpretativas que permiten una reflexión alejada de los tópicos más reduccionistas. Sus personajes y sus historias rehúyen los arquetipos y proponen una mirada especular y desasosegante en la que el espectador acaba viéndose obligado a preguntarse por sí mismo. Y la respuesta a esa pregunta no está configurada de antemano, sino que permanece abierta, sin resolver.

Por lo tanto el “cine de juicios” es en realidad un cine sobre lo legal y sobre lo social. Y en este sentido queda estrechamente vinculado a otro de los temas recurrentes en su filmografía, el de la corrupción policial. Más aún, son numerosos los casos en los que ambos motivos se alían al plantear la secuencia que va desde la perversión policial a su resolución en los tribunales.

Sobre la viabilidad de esa ecuación se ocupan diversas obras del director norteamericano, las más significativas de las cuales quizá sean Distrito 34: Corrupción total y La noche cae sobre Manhattan, dos películas de su época más tardía, separadas por siete años (de 1990 la primera, de 1997 segunda) y en las que además fue el guionista (Lumet no se prodigó en esta tarea. Aparte de algunos guiones para la televisión sólo colaboró en las citadas y en Declaradme culpable y El príncipe de la ciudad).

la_noche_cae-2El planteamiento general es común a ambas historias. A unos jovencitos recién salidos de la facultad de derecho se les asigna una investigación, en apariencia rutinaria, en la que están implicados destacados policías. Pero poco a poco la persistencia de los investigadores va desvelando una oscura trama de intereses y corrupciones que afectan a gran parte del cuerpo policial y a los políticos que lo dirigen.

Lo primero que llama la atención en ambos casos es la dialéctica que se establece entre lo viejo y lo nuevo. El pasado lo personifican los viejos agentes cargados de años con sus viejos métodos de actuación. Es el caso de Brennan en Distrito 34... a quien presta su cuerpo y su arte interpretativa un magnífico Nick Nolte. El modo en que se nos presenta el personaje, con sus kilos de más, su bigote descuidado, sus ademanes toscos o su lenguaje soez es el contrapunto del encarnado por Timothy Hutton, guapo, pulcro, sosegado, intelectual y eficiente.

Algo parecido ocurre en La noche cae... En este caso el pasado lo representa el padre de Sean (Andy Garcia) y su compañero de toda la vida. No sólo la edad, también su relación con la ley, entendida  en muchas ocasiones como el escollo que impide realizar la justicia, establece la distancia que los separa de las nuevas generaciones. Son personajes que permanecen anclados en otra época y que, sin embargo, son obligados a vivir en un tiempo que no entienden, que se les torna, de repente, extraño. Como señala el viejo policía, “debería haber pedido la jubilación hace muchos años. Hay tantas cosas que no comprendo”.

Frente a ellos aparece ahora una nueva generación. Se trata de jóvenes que guardan relación familiar con la policía, pero que han elegido otro camino, digamos, más sofisticado. En el caso de Sean se da incluso el hecho de que fue policía antes de dedicarse a su trabajo en la fiscalía, representando además el ideal americano que cree en la capacidad individual de superar, con esfuerzo, los condicionantes sociales (en este caso el estudio como medio para salir del barrio pobre en el que nació).

Esos antecedentes hacen de ellos seres ingenuos y confiados en sus inicios, lo cual ahonda aún más el carácter de pureza que los envuelve. Y es en parte esa ingenuidad, esa confianza inicial en aquellos a los que tiene que investigar, además de sus firmes convicciones, lo que les lleva a enfrentarse al orden establecido.

Tal enfrentamiento no es de ningún modo premeditado, ni siquiera producto de una reflexión. Su confianza en la ley, candorosamente adquirida en su entorno, tiene las características del enamoramiento romántico (de romántico es tildado Sean en La noche cae...). Se creen omnipotentes a la par que destinados a resolver los conflictos del mundo. Estiman que la realidad debe ser de un modo determinado, y si no lo es ellos serán los destinados a restablecerla en su sentido pleno. Como afirma en un momento Sean, “Todos serán iguales ante la ley, como siempre nos han enseñado”.

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Sin embargo esta visión está muy alejada de una simplista dicotomía entre buenos y malos. Resulta que los viejos policías, con sus corruptelas, son los mejores policías. Así lo es Brennan, el cual, como se dice en la película, “es el mejor policía, el primero en alcanzar una ventana o un tragaluz”. Es el que arriesga su vida para que los delincuentes no alteren el sueño de la “gente decente”.

Algo parecido ocurre en La noche cae... Cuando se ha de transgredir la ley para detener al narcotraficante, la opción está clara. Quienes se arriesgan a ser tiroteados, incluso con sus miedos, son los mismos que no se detienen ante la menudencia de una orden de registro caducada. Las fronteras entre lo legal y lo ilegal cada vez coinciden menos con las que delimitan lo justo de lo injusto. (El paralelismo que mantiene un tipo como Brennan con Quinlan, el policía interpretado por Orson Wells en Sed de mal es más que notorio. Ambos hacen justicia a costa de vulnerarla. Recientemente películas como Tropa de élite insisten en este tema.)

Se están contraponiendo dos mundos, el ideal, en el que gobiernan las leyes, las leyes que han de cumplirse bajo cualquier circunstancia, y el real, donde el bien y el mal van muchas veces cogidos de la mano. Más aún cuando es precisamente el funcionamiento del sistema el que impide el recto cumplimiento de la legalidad, como ocurre en el caso de que resulte imposible en fin de semana encontrar a un juez que renueve una orden de registro.

El corrupto cuerpo policial, en definitiva, no hace sino recoger las migajas que la sociedad le permite saborear a cambio de mantener alejada la escoria social (negros, maricas, yonquis...) del grueso de la población, de ejercer de parapeto para que la inmundicia no salpique a quienes detentan el poder y a quienes prefieren mirar hacia otra parte. El racismo y la discriminación no son, sin más, actitudes de algunos seres depravados, sino el magma del que se alimenta la sociedad y que todo lo impregna. El mismo Alberto Reilly (Timothy Hutton) ha de cargar toda su vida con la culpa de haber despreciado al padre de Nancy por ser negro, con lo que combatir el racismo es combatirse a sí mismo.

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El deseo de legalidad acaba finalmente en entredicho. Como anuncia el fiscal retirado a Sean Casey, quien quiera mantener las manos limpias que se haga sacerdote. El propio Vigoda, el experto e implacable abogado, renuncia a utilizar la información que posee para ayudar a su cliente, es decir, se erige por sí mismo en juez que decide quién debe ser salvado y quién no. De ahí a los linchamientos del lejano oeste no hay más que un paso.

Pero lo peor está por llegar. Sean cae en la desesperación al comprobar que su propio padre puede estar implicado en la trama que él investiga. Y de ahí su exigencia de que jure sobre la tumba de su madre que no es así. Por otra parte el deseo de Alberto de denunciar a la prensa lo que ocurre se ve bruscamente desactivado cuando se entera de que su propio padre era también un corrupto. Entre salvaguardar su buen nombre, y de paso la pensión de su madre viuda, y cumplir con su deber, Alberto escoge el lado de los malos. Su aspiración a regenerarse partiendo de la reconquista de Nancy no suena más que a una excusa autocomplaciente.

La conclusión de ambas películas no puede ser más desesperanzadora. Como se dice al final de La noche cae sobre Maniatan:pasarán mucho tiempo en la zona gris, y sólo así podrán saber cómo son”. ¿Cómo somos? Esa es la gran cuestión. Ambas películas nos muestran cómo es la sociedad, las instituciones, las autoridades. Pero resta saber cómo somos nosotros. La elección no es fácil, pero en ella nos jugamos mucho.

Como dice Vigoda, no somos perfectos. Pero ¿qué grado de imperfección estamos dispuestos a tolerar? Lumet parece haberse vuelto taciturno con el paso del tiempo. El triunfo del jurado bueno en Doce hombres sin piedad o la quijotesca apuesta con la que concluye Veredicto final se torna mucho más problemática en estas dos obras, por no hablar de la negritud de su última propuesta, Antes que el diablo sepa que has muerto.

Es difícil mantener impolutos los ideales de juventud.

Escribe Marcial Moreno

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