Serpico (1973)

  17 Junio 2011

Uno contra todos

Serpico-0El mismo día y a la misma hora (según las noticias) que fallecía Sidney Lumet en su residencia de Manhattan, estaba yo revisitando en la pantalla del televisor uno de sus más famosos filmes, Serpico, realizada en 1973 con un emergente actor que aquel año alcanzaría reconocimiento general por esta película, y su fama se consolidaría aún más en su carrera con El padrino parte 2 de Francis Ford Coppola que rodaría a continuación.

Sidney Lumet, junto con Arthur Penn, Robert Mulligan, Sidney Pollack y otros son los que afianzaron el lenguaje cinematográfico en la televisión. Ésta, que había vivido en un estado larvado en sus primeros años, eclosionó en los años sesenta y setenta con el empeño y el arte de estos directores. Todos —y Lumet confirma la regla— con unas realizaciones plenas de preocupaciones sociológicas y a la vez sociales, con unas obras de verdadero compromiso social, educativo y un discurso dramático cargado de un fuerte y fiero pésimo existencial.

A mí el cine de Sidney Lumet —y tiene algunas cintas que me gustan mucho— me ha parecido siempre muy compacto, cargado por un aire enrarecido y donde sus personajes luchan con denuedo y a veces desesperación por emerger de un entorno, negativo, opresivo.

Pienso que muchas veces por mor de la censura implícita y los intereses de las productoras, Lumet remató sus películas con un final optimista que contradice el duro discurso que ha desarrollado en el resto del filme. Esto ocurre sobre todo en sus primaros largometrajes. Después, seguramente por la autonomía e independencia que alcanzó debido a sus éxitos, ocurriría al revés. Los finales despiadados, inconsolables, sin esperanza, son en sus filmes últimos de una contundencia que aturde al espectador.

Como todas las realizaciones de esta generación de cineastas, la puesta en escena nacida de los escenarios teatrales pesa a veces en demasía sobre su cine. Seguramente porque comenzaron dirigiendo para el plató escenificaciones de famosas obras teatrales, una especie de aquellos Estudio 1 que la televisión de nuestro país emitía con notable éxito.

En Sidney Lumet esto es patente sobre todo en sus primeras obras, al igual que en la predilección por actores procedentes del Actor’s Studio, como fueron Paul Newmann, Al Pacino y otros.

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También el tiempo, que todo lo coloca en su sitio y que es inmisericorde con la blandura, ha hecho mella en algunas de sus películas. Serpico, por ejemplo, que es un exponente del cambio social cuyo signo externo fue la revolución hippie no se aguanta en ciertas escenas, muy deudoras de aquella época y aquellas preocupaciones.

No sólo en el aspecto del atuendo del policía íntegro que quiere limpiar de chanchullos y corrupciones a su cuerpo de policía, sino también en las preocupaciones de un sueño de pureza y renacimiento que el movimiento hippie creía poseer.

El tema del hombre puro que quiere contagiar con su pureza al resto que le rodea y que lucha por realizar el sueño de una sociedad más justa, que viva en cotidianidad con los demás, que se frustra porque choca con los intereses creados de los poderosos, es ahora casi un cliché que utilizan con demasiada frecuencia en estos tiempos de sequía de los guionistas.

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Serpico arranca con unas imágenes devastadoras, como son el rostro ensangrentado del policía —Al Pacino— destrozado por un disparo en la cara. Después, Sidney Lumet acude a un flash-back arrancando del tiempo de academia de policía, donde su protagonista se está formando.

Su integridad, su rebeldía no se nos llegan a explicar del todo. Su tozudez y resistencia a ser cómplice de la corrupción de sus compañeros no alcanza la más perfecta lógica. Lumet prefiere cantar un himno —eso sí, violento y duro—  al héroe que desea redimir a los que están a su alrededor, incluso sacrificando sus propios bienestar, seguridad y existencia.

Al final, lo consigue: la sangrienta refriega final, de la que se nos ha mostrado al inicio su resultado, no es tan grave. Serpico, como nos dice un rótulo final, acabó sus días viviendo en Suiza (!). Supongo que a fecha de hoy —la película tene ya 40 años— habrá fallecido.

Escribe José Luis Barrera

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