El desconcierto ante las nuevas tecnologías: La red social

  27 Abril 2011

Quizá la novia de Zuckerberg tuviera razón 

laredsocial-45Me enteré del tema del presente Rashomon y comenzó el desconcierto. No todo me lo provoca, así por ejemplo, en mi vida he atravesado un desierto sin gota de agua, nunca he escapado a tiros de un poblado del oeste en la frontera con Méjico ni he repelido un ataque extraterrestre; sin embargo con todo ello me encuentro bastante cómodo y ninguna de estas acciones me resulta demasiado extraña. Resulta por lo tanto muy raro que un fenómeno como las redes sociales, presente a diario en mi casa y absorbiendo gran parte de las energías de mis hijos, al final me resulte tan ajeno y me genere sensaciones tan contradictorias.

Todo ello viene a cuento de La red social, la última película de David Fincher, en la que se nos cuenta la historia del inventor de Facebook, Mark Zuckerberg (Jesse Eisenberg), alternando mediante un esforzado montaje de estructura poliédrica, el pasado reciente (donde somos testigos de la creación de Facebook) con los distintos pleitos judiciales que enfrentan al protagonista con su socio y “amigo” Eduardo Saverin (Andrew Garfield), y con los hermanos  Winklevoss , que se atribuyen la verdadera paternidad de Facebook.

El guión de Aaron Sorkin  nos presenta a un Zuckerberg antipático, de verborrea aplastante, prepotente y con nula empatía en sus relaciones con amigos, socios, o con su supuesta novia. Incluso la actuación de Eisenberg, nominada al oscar, apoya en mi opinión esta falta de empatía, siendo conscientemente  inexpresiva y con escasos registros.

La habilidad del tándem Fincher-Sorkin en el excelente resultado final resulta innegable. Por un lado tenemos la dirección de David Fincher, con un ritmo acelerado (en ocasiones difícil de seguir) y de impactante perfección técnica (véase como ejemplo la secuencia de la Regata Henley, un autentico videoclip incrustado en la historia, pero de indudable efectividad que nos deja boquiabiertos). Por otro lado, vemos cómo esta elaborada puesta en escena apoya el preciso guión de Sorkin, que consigue trascender el asunto principal (las redes sociales), para hablarnos de los temas humanos, más profundos como la amistad, la traición, la ambición, las clases sociales, el desamor o la venganza.

En definitiva, un moderno Ciudadano Kane o si preferimos un compendio de lo mejor de Shakespeare. Pero por desgracia cuando finaliza la película no puedo dejar de pensar que aunque las líneas maestras de este film (y por extensión de casi todos) sean la traición, el dinero y la ambición, en el origen de todo estaba… Facebook.

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La distintas redes sociales (Facebook, Twitter) son un fenómeno social y económico de innegable importancia que han logrado conectar a más de seiscientos millones de personas en todo el mundo, y lo que es más importante, de crecimiento imparable, con por ejemplo trescientas mil personas registrándose al día en Twitter que puede estar a punto de alcanzar (si no los ha alcanzado ya) los 200 millones de usuarios.

Resulta por lo tanto absurdo minimizar la importancia de este fenómeno tan complejo y sujeto a multitud de implicaciones de todo tipo (sociales, políticas, económicas), aunque sí me gustaría resaltar al menos dos aspectos que a mi parecer podrían explicar parte del desconcierto al que aludía en el título del artículo.

En primer lugar, existirían aspectos puramente generacionales que podrían influir en la manera de acercarse a las nuevas tecnologías y en concreto a las diversas redes sociales. Los datos aportados por Eurostat (la oficina estadística de la Unión Europea) señalan que el 80% de los jóvenes europeos de 16 a 24 años hacen uso de las redes sociales, cifra que se reduce a la mitad (42%) entre los 25 y los 54 años, y que desciende hasta un 18% de los 55 a los 74 años (aunque también se destaca que este ultimo grupo, dada su baja tasa de utilización, es lógicamente el que mas tiende a crecer).

La explicación al escaso uso de las redes sociales en el segmento poblacional de mayor edad podría explicarse por una actitud generalmente más inmovilista y por ello menos predispuesta hacia “lo nuevo”, lo innovador, o lo aparentemente complejo desde el punto de vista intelectual o instrumental. También podrían influir en esta desafección los temas predominantes que se tratan en estas redes sociales; así, en líneas generales las principales razones para entrar en la red serían: mantener contacto con amigos (61%), saber de gente con la que hace tiempo no se tiene contacto (36%), y en menor medida conocer gente nueva. Sería en la práctica un medio de afianzar relaciones afectivo-sexuales. Así, hasta un 43% de los internautas europeos opinaban que el uso de internet había mejorado sus oportunidades de conocer a gente. Sin embargo en los grupos de mayor edad van ganando más peso las relaciones profesionales y algo menos las relaciones afectivas o de amistad y así vemos como Twitter tiene un uso que podríamos considerar “laboral” en un 75% de los casos, utilizándose para mejorar profesionalmente, promocionarse o relacionarse con otros expertos del mismo ámbito laboral.

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El otro aspecto desconcertante sería la importancia que están adquiriendo en los últimos tiempos las redes sociales en la difusión de fenómenos políticos, sociales e incluso revolucionarios (algunos las llaman “wikirrevoluciones”). El ejemplo más reciente lo tenemos en las revueltas políticas en el norte de África, donde las redes sociales han servido para evidenciar el descontento y la situación desesperada en cada uno de los países y han logrado coordinar a un amplio segmento del la población contra los distintos tiranos.

Pero la realidad final es mucho más compleja, y sin negar la importancia de las redes sociales, algunos analistas confieren mayor trascendencia a las decisiones tomadas por estamentos claves, como el ejército o por países influyentes del entorno (Moisés Naím. Ni facebook, ni Twitter: son los fusiles. El País). Resulta para colmo paradójico y quizá clarificador conocer que parte de las ideas que corrían como la pólvora entre los jóvenes lideres revolucionarios en Túnez y Egipto, pertenecen a Gene Sharp, un viejo profesor de la universidad de Oxford, que apenas sabe utilizar Internet o lo que es Facebook  o Twitter. Por chocante que nos parezca, las ideas de viejos pensadores en el final de sus vidas, como el propio Sharp, Stèphane Hessel o Sampedro, podría ser el combustible que acabara alimentando la faceta más revolucionaria de las redes sociales.

Las redes sociales pueden tomar, a la vista de los recientes acontecimientos, una impronta “progresista” como medio de difusión de ideas revolucionarias o de lucha contra las dictaduras, pero sin embargo también existe el peligro contrario. Así, ideas retrogradas, autoritarias o racistas podrían difundirse por la red e implicar a gran cantidad de jóvenes, dejándose estos influir no tanto por la idea transmitida, sino por el medio “revolucionario” en que esas ideas se han difundido.

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Asumiendo que es realmente difícil abstraerse de la desorbitada importancia social y económica del fenómeno Facebook, la impresión final que en mi opinión transmite la película del binomio Facebook-Zuckerberg no es demasiado halagadora, y así lo demuestra una de las escenas más reveladoras del film, cuando nuestro protagonista intenta reconquistar a Erica (la magnifica Rooney Mara) y por ello le interrumpe la conversación “real” que mantenía con un grupo de amigos en un restaurante mientras tomaba relajadamente una copa de vino. Aquí se enfrentan dos modelos de relación, la real y la virtual. Lo lento y lo veloz. Casi dos modelos de entender la vida. Evidentemente la chica lo larga con cajas destempladas y creo que no cabe duda de por quien se decantan Fincher y Sorkin. Al no conseguir Zuckerberg lo que verdaderamente quería (a Erica), por despecho nos regaló lo que al parecer todos estábamos deseando (Facebook), y en el fondo el joven genio lo hubiera tenido bien fácil: saber escuchar, una caricia y una copa de vino.

Al final tengo la sensación que todos los argumentos anteriores no son más que excusas, y debo reconocer que toda esta avalancha tecnológica me viene grande y es por eso que siento una admiración oculta cuando leo que Javier Marías utiliza todavía una vieja máquina de escribir, Fernando Trueba no usa móvil o Woody Allen no sabe programar su video. A lo mejor es mentira o sólo es una pose, pero sólo pensar que sea verdad me reconforta.

Ahora espero con impaciencia lo próximo de Fincher, con hombres que no aman a las mujeres, asesinatos, misterios y oscuros secretos familiares. Esta vez, estoy seguro, sin desconcierto.

Escribe Miguel Ángel Císcar 

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