Web 2.0, redes sociales y tercer entorno

  06 Mayo 2011

Inteligencia racional versus inteligencia emocional 

laredsocial-26Acercarse a la personalidad de Mark Zuckerberg desde un punto de vista psicopatológico, tal y como ha hecho Sonia Molina no deja de ser estimulante. El interés casi morboso por el genio ha sido una constante en los estudios psicológicos, desde los más remotos orígenes en la Grecia clásica, donde no se dudaba en atribuir la inspiración genial a las musas o incluso a los dioses, hasta la eclosión de los estudios psicométricos desde los primeros años del siglo XX, con las aportaciones de Spearman, Binet o Stern, por citar sólo a los pioneros de la disciplina naciente.

El furor cientifista y clasificatorio pareció obtener una victoria segura sobre tan huidizo concepto gracias al establecimiento de una suerte de medida estándar para la inteligencia, cuyo mayor exponente fue el denominado Cociente Intelectual. Pero la asimilación acrítica de sus postulados, el discutible uso segregacionista de los tests y su rigidez para mesurar el inabarcable flujo del genio creativo, hicieron llegar su lento declive e incluso desprestigio hacia principios de los ochenta, precisamente con la aparición de las nuevas teorías sobre inteligencias múltiples (Howard Gardner) o la más conocida sobre la inteligencia emocional de Daniel Goleman, ya en 1995.

Las novedosas perspectivas que se abrieron sobre el estudio del genio, permitieron dar explicación de por qué algunos superdotados resultaban manifiestamente incapaces de llevar una vida emocionalmente estable o satisfactoria, y consecuentemente de por qué algunos genios no puntuaban demasiado alto en pruebas sobre cociente intelectual, cuando era obvio que sus capacidades eran sobresalientes.

En uno y otro sentido podría decirse que aquéllos no eran más que máquinas calculadoras de asombrosa capacidad racional, pero que descuidaban o simplemente no controlaban aspectos de su psique íntimamente relacionados con las relaciones humanas (y por tanto, deudoras del éxito social y afectivo), mientras que los genios no superdotados poseían capacidades no mensurables por la fría evaluación psicométrica, pero además, podían perfectamente resultar adorables, estimados y exitosos precisamente por saber granjearse la admiración y el cariño de sus congéneres en el ámbito emocional: los genios emocionales daban al público lo que el público necesitaba, y no lo que los tests exigían, que no era otra cosa que una respuesta exacta, lacónica y unívoca en el menor tiempo posible.

La caracterización de Zuckerberg en La red social corresponde inequívocamente al primer patrón establecido: la primera escena de la película nos muestra a un muchacho que alardea de su C. I. de 160 (correspondiente estadísticamente a una persona de cada 30.000) cuya mente salta de un tema a otro a una velocidad asombrosa, pero que resulta incapaz de mantener una conversación con una persona normal, en este caso su novia.

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Ello es quizá fruto de un constante monólogo consigo mismo, más que de un exagerado ritmo de procesamiento de datos que le hiciera discurrir más rápido que los demás. La relación con los otros consistiría en este caso en mediatizar al interlocutor como un simple títere dispuesto a asentir y dar la réplica a ese monólogo, sin importarle qué tenga que aportar al respecto.

En ese sentido, desde la perspectiva de la inteligencia emocional, nos hallaríamos frente a una persona cuyo egocentrismo bordea casi el narcisismo: un elemento cuya relación con los demás consiste en utilizarlos en su propio provecho, para alcanzar metas que cree merecer y por las que no duda en pisotear incluso a sus supuestos amigos.

El constante menosprecio (las más de las veces involuntario) hacia las virtudes intelectuales de su compañera, nos habla también de su torpeza para reconocer en los otros las cualidades que sólo él presume atesorar, y además, de una falta de empatía que lo incapacita para evaluar los sentimientos de las otras personas y ponerse en su lugar. Es por ello que le resulta incomprensible la reacción de la chica cuando hastiada de su prepotencia y su egocentrismo, ella se levanta y lo abandona, desencadenando el proceso que dará lugar a la red social más controvertida y famosa.

Casi todos los elementos de la personalidad de Zuckerberg (siempre desde las premisas impuestas por Ben Mezrich, autor cuyo libro The incidental billionaires dio lugar al guión de Aaron Sorkin) se encuentran en esta secuencia… pero dado el ritmo que Fincher impone a su película, como emulando la rapidez mental del protagonista, resulta difícil reparar en un detalle crucial, que se da pocos minutos después y que no es más que la primera de las insinuaciones de que el neoyorkino utiliza siempre las ideas de los demás en su propio provecho: cuando Zuckerberg se encuentra frustrado (otra de las características de los narcisistas es su bajísima tolerancia a la frustración) y “achispado” en su habitación a las diez de la noche del martes, dice que necesita una idea para olvidar a su exnovia Erica. ¿Quién se la proporciona? No esa cabecita magnífica e hiperveloz que posee, sino su compañero Billy Olson, que le sugiere establecer una comparación entre las fotos de chicas del directorio de Kirkland y ciertas fotos de animales “para que la gente vote a la más maciza”, lo cual Zuckerberg  reconoce con un discreto y por supuesto silencioso “buena idea, señor Olson”. Posteriormente completará la famosa idea con el “ingrediente clave”, el algoritmo para clasificar ajedrecistas que le proporciona su hasta el momento buen amigo Eduardo.

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Una de las líneas argumentales que recorre toda la película es esta supuesta actitud parasitaria del avispado Mark para hacerse con las ocurrencias de los demás: sucede también, y sobre todo, cuando los gemelos Winklevoss y Divya Narendra le proponen la construcción de Harvard connection, la exclusiva red social universitaria que más tarde dará lugar a Facebook.

Pero si nos dejamos llevar por la idea de que tal línea se constituye en la principal, si nos dedicamos a recolectar un catálogo de supuestas pruebas en su contra, corremos el riesgo de convertir la película en una simple historia de juicios, y lo que podría ser peor, en una suerte de libelo o diatriba contra el famosísimo y joven genio. 

En contra de semejante propuesta, Fincher y Sorkin no disimulan cierta simpatía por el protagonista: sus carencias emocionales, si bien es cierto que constituyen todo un filón dramático, no son lo único que reluce en un filme poliédrico. La prueba de esto es que Fincher se toma la molestia de hacer notar que, por ejemplo, el informático subió gratis a la red una herramienta que Microsoft quiso comprarle, haciendo buena una de las máximas de la Web 2.0 donde lo importante, más que ganar dinero, es compartir conocimientos y utilidades. Consecuentemente con esa actitud desinteresada, Zuckerberg se mostrará  reticente con la idea de Eduardo de empezar a poner publicidad en Facebook porque “dejaría de ser algo guay” para convertirse en un negocio.

No, la avaricia y el afán de enriquecimiento no parecen encontrarse entre sus muchos defectos. En realidad, sólo con la aparición de Bill Gates y Sean Parker, el inocente nerd acaba por transformarse en tiburón de los negocios. Más concretamente, Zuckerberg se abandona a los cantos de sirena del capitalismo financiero antes que por la conferencia del gurú de Microsoft, por la decidida irrupción del personaje más antipático y rechazable del filme: Sean Parker, el creador de Napster que hizo tambalearse el negocio de las discográficas, y que aparece como un encantador de serpientes paranoico y festero. Preso de sus encantos, como hipnotizado por un individuo que posee todo aquello de lo que él carece (éxito social), Zuckerberg se deja arrastrar por la fiebre del oro y los senderos de la traición, aunque lo haga con ciertas reticencias morales, que si bien no son efusivas (y no podrían serlo en semejante personalidad) sí se hacen patentes en el ensimismamiento culpable del personaje a lo largo de las vistas judiciales.

aaron_sorkin-2Fincher y Sorkin son, en resumen, demasiado hábiles como para elaborar una caricatura tan poco complaciente de uno de los individuos más influyentes del planeta: lo que se le reprocha a Zuckerberg quizá no sea tanto su malevolencia, su egolatría o su falta de escrúpulos como su ingenuidad, fruto también de una inmadurez emocional de la que antes hablábamos.

En realidad, el maquiavélico en La red social es Parker, no Mark; a éste último puede acusársele como mucho de apático.

Como para sustentar nuestras tesis y suavizar un tanto el torniquete sobre el cuello de Zuckerberg, la película también se permite sugerir, justo en la última escena, que “cuando las emociones están implicadas, un 85% de lo que se dice resulta exageración, y el otro 15%, perjurio”. Una adecuada revisión del filme respecto de semejante sentencia debería: por un lado, hacernos reconsiderar la más que (en apariencia) cuestionada paternidad de Zuckerberg sobre Facebook y su denostada tendencia a apropiarse del trabajo ajeno; y por el otro, centrar el foco en el tercer personaje en discordia, Eduardo Saverin, el supuestamente exagerado perjuro que se convirtió en la garganta profunda que suministró todas las entretelas de su relación con el pelirrojo de Harvard al autor de Multimillonarios por accidente.

Bajo esta nueva mirada, un tanto más condescendiente, quizá fuera más justo poner como ejemplo de la verdadera personalidad creativa la reacción de Zuckerberg cuando Dustin Moskovitz (otro de los socios fundadores) le pregunta si determinada chica tiene pareja. En ese momento de patente cansancio, de bloqueo creativo, se hace la luz en su mente y el geek sale disparado hacia su habitación, donde hace rato que lo espera Eduardo; ese es el punto crucial en el que Facebook despega, deja de ser una interminable e inesencial línea de código, y adquiere su verdadero espíritu, bien que banal, revolucionario: 

Y en grandes letras, “tu sexo”, “Lo que buscas” “Tu situación sentimental” y “lo que te interesa”.

Esa era la gracia, el detalle que iba a hacer que funcionara. Busco. Situación sentimental. Me interesa. Aquellos eran los ítems que resumían el alma de la vida universitaria. Aquellos tres conceptos atrapaban, definían la vida universitaria: desde las fiestas hasta las aulas y los dormitorios, ellos eran el motor que movía a todos los chicos del campus.

En Internet sería lo mismo; lo que movía toda esta red social era lo mismo que movía la vida en la universidad: el sexo. Incluso en Harvard, la escuela más exclusiva del mundo, todo giraba alrededor del sexo. Acostarse con alguien o no acostarse. Por eso ingresaba la gente en los Clubs Finales. Por eso escogía unas clases en lugar de otras, por eso se sentaba en ciertos lugares en los comedores. Todo tenía que ver con el sexo. Y en el fondo, en su núcleo más íntimo, de eso iría también Thefacebook. Una corriente subterránea de sexo”.

Multimillonarios por accidente (Ben Mezrich)

Así pues, si dejamos de enfrentar la película como una especie de relato sobre la apropiación indebida de unos planos detallados, lo que sería tal y como sugería Sabín una suerte de MacGuffin que se desarrolla durante todo el metraje y en el que parece basarse una primera lectura apresurada, lo que tendríamos es la historia y los antecedentes de la típica chispa de inspiración, el clásico eureka del genio que puede asomar en las circunstancias más inverosímiles, a lo que deberíamos añadir un detallado catálogo de los estímulos que la originan: la necesidad de encontrar una idea para olvidar a una chica, la sugerencia de tres pijos redomados y clasistas, la intervención inocente de un amigo enamorado, o sobre todo, la necesidad de ingresar en un final club.

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Pero, para completar el retrato, habría que añadir lo más importante: las consecuencias que todo ello traería en una microsociedad (Harvard, pero también a su manera todos los EEUU y por extensión, occidente) altamente competitiva donde la popularidad y el éxito social constituyen la aspiración máxima de todo sujeto, aún a costa de las verdaderas relaciones sociales como la cooperación, la amistad e incluso el amor.

Y es que esa chispa de inspiración caprichosa y de múltiple procedencia acaba por prender la mecha de una película cuya complejidad es deudora de la personalidad de su protagonista, pero que no debe confundirse con una biografía suya. Esa milagrosa chispa lleva detrás toda una carga de trabajo casi invisible, pero colosal; como en cualquier página web, lo que observamos es sólo el frontispicio, una fachada que esconde innumerables páginas de un código hermético, pero tan bien trabado que dan lugar a una obra perfecta: La red social, como Facebook, no se cuelga nunca, y ello es así porque tanto la película como la utilidad web llevan la indeleble marca de su progenitor en la frente.

En ese sentido, Facebook se parece enormemente a su creador, del mismo modo que Mark se parece enormemente a su creación, y como todo en la vida, esto dista mucho de ser una mera casualidad.

Gran parte de la película se centra precisamente en eso, en explicar por qué nada de eso es casual, y lo hace de un modo complejo, pero preciso.  

Abundando un tanto en la idea del MacGuffin, puede que la idea primordial sobre Facebook se la dieran los Winklevoss, puede que sin las puntuales aportaciones de aquí y allá, de una u otra índole, Facebook no hubiera tenido en un principio ese aspecto, pero todo esto no es más que un juego del director y del guionista para dar consistencia a una trama enormemente compleja: lo que parece seguro es que si Facebook no hubiera existido, alguien lo habría inventado. Y si no hubiera nacido de la mente de Zuckerberg, es muy probable que hubiera nacido de alguien muy parecido, porque lo que explica el enorme éxito de la red social es su asombrosa capacidad para plasmar las necesidades y los anhelos de los jóvenes de hoy día, y Zuckerberg, mal que le pese a su muy trabajada excepcionalidad, no deja de ser uno de ellos.

El retrato del rarito Zuckerberg y sus problemas con las chicas no es más que una excusa para hacer el retrato de toda una sociedad (es decir, de una red social gigantesca a la que probablemente se refiere el título de la película): la de la juventud universitaria y estadounidense de hoy día, que tiene sus propios códigos y sus propios rituales.

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De tal palo, tal astilla

Parece naturalmente aceptado que las criaturas deban parecerse a sus padres. Si trasladamos esa máxima al entorno de la película que nos ocupa, resultaría obvio que la criatura cibernética del pelirrojo Mark debiera parecerse a él, pero ¿en qué sentido podría parecerse a él y a casi todos los jóvenes de su generación, una utilidad de software?

Para responder a esa pregunta, quizá primero debiéramos hacer otra más primordial: ¿Qué es Facebook? Una red social, es decir, una herramienta de comunicación que establece vínculos entre personas en forma reticular, pero también, si atendemos a su significado etimológico, una especie de utensilio que sirve para atrapar todo tipo de seres vivos, en este caso, amigos o parejas.

Mark Zuckerberg se nos presenta como un tipo poco empático, incapaz de mantener relaciones sociales de persona a persona, pero que se revela como un genio informático, cuyo mundo ideal bien pudiera ser exclusivamente aquél al que se accede mediante un interfaz de usuario, un elemento de profilaxis entre su apabullante racionalidad y su deficiente emotividad, que disimule su incapacidad en la medida en que nos muestra a los potenciales amigos como simples perfiles de datos que intercambian mensajes átonos, desprovistos de emotividad y empatía. Amistades artefactuales, desabridas, perfectas.

Ningún amante de la amistad real podría haber postulado la sustitución de aquélla por Facebook; sin embargo, la red social goza de un considerable éxito porque nos ahorra los preliminares, va directamente al grano y establece unos códigos comúnmente aceptados que ya se dan por supuestos en nuestro perfil. Todo lo que hay que hacer para moverse por Facebook es controlar esos códigos.

laredsocial-21En lo que respecta al desencadenante de la crisis emocional entre Saverin y Zuckerberg, es fundamental este punto: Saverin no controla esos códigos.

En el proceso explicativo de semejante desencuentro no carece de importancia la agria discusión entre Eduardo y su novia cuando ésta le recrimina que en su perfil aparezca como soltero; a ojos de todos, Eduardo ha hecho saber que está dispuesto a encontrar pareja, y eso deja en muy mala situación su relación con ella.

El hecho de que Eduardo confiese que no sabe cómo cambiar su estado, no es más que el último síntoma de un síndrome que certifica su destierro de Facebook: en la medida en que desconoce su funcionamiento, se encuentra aislado, desconectado del mundo, del mismo modo que nunca está donde debe estar cuando se le necesita, del mismo modo que se pasa media película viajando en busca de un patrocinio inútil, incongruente con la realidad de las nuevas redes sociales.

Eduardo es esa parte del entramado (de la red) social que pertenece al pasado, a las relaciones clásicas, a la economía del mecenazgo, y sobre todo, a las anquilosadas pruebas de selección de los exclusivísimos final clubs. En una palabra… Eduardo está desconectado, y es por ello que acabará fuera de juego.

Facebook evoluciona sin él, y lo hace precisamente porque no necesita de nadie, o más bien, porque necesita de una implicación más seria de todos para evolucionar, y en ese marasmo las personalidades individuales también se diluyen.

Porque Facebook es también el final club que Zuckerberg crea en su obsesión por el éxito social del que su personalidad, su ascendencia o sus logros parecen apartarlo. Pero de lo que no parece ser consciente es que, gracias a las nuevas reglas que impone, a los nuevos códigos de admisión, Facebook adquirirá entidad por sí misma, y ya no dependerá del capricho de la tradición centenaria de Harvard, de sus ridículas pruebas de acceso y de la exclusividad clasista que los Vinklevoss buscan.

Cuando Zuckerberg decide enviar la solicitud de amistad a Erica, no puede reclamar ningún derecho sobre ella, muy a pesar de ser el creador de la red; en ese momento, Facebook, como la Skynet de Terminator, ha adquirido vida propia, y no permite preeminencias. Zuckerberg debe esperar, como todo el mundo, a que Erica lo acepte como amigo, y ese es sólo el primer paso que Facebook da hacia la independencia total de su creador.

La imagen final de Zuckerberg actualizando constantemente su cuenta para ver si Erica lo acepta, es una muestra de la soledad a la que se enfrenta la persona que ha creado una red de 500 millones de “amigos”, pero que ni siquiera con ello puede solucionar sus carencias emocionales.

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El tercer entorno y la innovación social

Pero no retrasemos las cuestiones principales… ¿Por qué se parece esta generación tanto a Facebook y viceversa? Hemos apuntado que si bien ningún ser humano en su sano juicio preferiría la amistad virtual a la real, parece obvio que Facebook nos ahorra muchísimos pasos en falso. La velocidad es hoy día el valor imperante, y como todo el mundo sabe, la velocidad se mide según la cantidad de espacio recorrido en un tiempo, en este caso, el espacio que separa el aula de la universidad del dormitorio de los estudiantes. 

Es obvio que semejante proceso necesita una respuesta más elaborada, y ésta podemos hallarla en algunos de los postulados del filósofo y matemático Javier Echeverría.

Echeverría habla del tercer entorno como ese nuevo espacio social que ha venido a sustituir el antiguo, mediatizado por las relaciones personales en el ámbito del campo o la ciudad, en un aspecto físico y local. En ese sentido, el tercer entorno carece de espacio (a no ser el espacio virtual), pero por eso mismo también carece de tiempo: el intercambio de información es casi inmediato (sólo media la profilaxis de la interfaz), puede realizarse desde casa y en cualquier momento, y además se hace simbólicamente, mediante códigos establecidos fundamental, pero no únicamente, de forma lingüística. Ese intercambio simbólico, abstracto, uniformiza de tal modo a los sujetos que todo lo que nos queda de ellos es un perfil en ocasiones arbitraria o incluso falsamente establecido, de modo que no sabemos realmente con quién estamos hablando.

En esa circunstancia, hasta el más locuaz e irreverente narcisista puede resultar simpático, puesto que no tenemos que enfrentarnos con su yo real, sino con la imagen que él mismo quiere (y por fin, puede) transmitir a los demás. El resultado, no hay que descartarlo, puede ser la ocasional idealización del perfil, con lo que algunos de los sujetos de Facebook podrían muy bien responder a patrones establecidos que les aseguraran un mayor éxito social en el tercer entorno; pero lo que realmente uniformiza es el modelo de integración social, aquél que precisamente recogen las preguntas de Facebook y que orienta indefectiblemente la imagen que de nosotros mismos tienen los demás, al limitarse a un determinado número de cuestiones clave: ¿Quién eres? ¿Cuáles son tus estudios? ¿Dónde trabajas? ¿A qué dedicas el tiempo libre? ¿Qué te interesa?

Facebook logra reunir en grupos virtuales a gente con determinados intereses, de un modo rápido y en un lugar donde no importa si llueve, hace frío o has conseguido una reserva. Es la perfecta síntesis de inmediatez, eficiencia y economía emotiva: puedes conectarte y desconectarte a voluntad, encontrar un amigo a las tantas de la mañana o despedirte de ellos sin necesidad de tomar otra copa de más.

Toda una metáfora de la generación de la prisa, que ha encontrado eco en las reflexiones de algunos intelectuales como Jorge Majfud, quien habla de la twitterización de las habilidades intelectuales (esto es, la atomización de su contenido) y de la facebooquización de las emociones, que se reducirían como mucho a todo aquello que pueda expresar un emoticono.

Pero eso no explica el parecido más que en una dirección. ¿En qué sentido se parecería Facebook a nosotros?

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Javier Echeverría ha completado su estudio del tercer entorno con un concepto denominado innovación social, casi específicamente aplicado a las redes sociales, y según el cual la invención del software, del programa en una palabra, no es sino el comienzo de una creación ilimitada y autogenerativa: no será ya sólo Zuckerberg o sus ingenieros quienes desarrollarán nuevas aplicaciones para Facebook… tal y como se sugirió más arriba, la web 2.0 se caracteriza por dejar en manos de los usuarios la implementación de nuevas utilidades, la colaboración desinteresada en su desarrollo. Bien que Facebook ha acabado por convertirse en un monstruo financiero, sigue creciendo casi exponencialmente gracias a esa característica: la innovación a la que lo someten sus usuarios.

Es cierto que últimamente hemos visto a Zuckerberg aparecer a lo Steve Jobs (cofundador de Apple) para promocionar las nuevas herramientas de Facebook, pero si hay algo que Mark no ignora, es precisamente el carácter de la innovación social a la que se somete su criatura. Según Echeverría, tan sólo un 25% de la innovación depende de la investigación y el desarrollo convencionales; el resto procede de la innovación social. El resultado es que cualquier herramienta (también Facebook) acaba por parecerse a aquello que sus usuarios demandan de él.

El problema sería… ¿Qué está en condiciones de demandar a un producto así la generación de la prisa? Para dar una de cal y otra de arena, diremos que lo mismo puede crearse una granjita virtual en la que las horas muertas se nos van cuidando lechugas y pollitos, que toda una revolución social como la de los países árabes. Quédese cada cual con aquello que le resulte más gratificante, pero hágase a la idea que tanto la una como la otra tienen aproximadamente el mismo número de usuarios (unos 90 millones, si sumamos las diferentes versiones según países o juegos del mismo estilo).

Por lo general, esta generación sabe manejarse lo suficiente en el tercer entorno como para desarrollar nuevas herramientas o al menos para saber exigirlas, pero si hay algo que a Echeverría no se le escapa, es que hay un tipo de agente llamado a convertirse en un innovador social, que desarrolla con muchísima mayor eficacia ese cometido:

Hay que detectar a los agentes innovadores en el sector público. Lo normal es que el jefe impida la innovación en las estructuras verticales. Hay que buscar a gente que no está bien vista, gente considerada como rara, gente convencida de que hay cosas que no funcionan bien. Las quejas deben trabajarse para detectar a los agentes innovadores.

Javier Echeverría en Levante EMV

Gente rara. No sé si les suena, pero lo que es seguro, es que en un concurso de raros, Mark Zuckerberg debería clasificarse entre los finalistas.

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Aunque después de todo, ser raro quizá no sea culpa suya; puede que, como decían los griegos, algún dios lo haya confundido… o puede que simplemente sea hijo de la generación de la prisa y el éxito. Lo que parece indudable es que una persona de semejante talento, capaz de convertirse en un innovador social, no debería tener que enfrentarse a una soledad tan profunda. Quizá después de todo el raro no sea él, sino todos nosotros, que aceptamos diluir la amistad en un intercambio de mensajes cortos y de emociones postizas, cosa que Zuckerberg, como mente privilegiada que es, supo ver y aprovechar para lanzar su herramienta.

Lo que parece seguro es que, del mismo modo que la innovación social es capaz de implementar nuevos usos y costumbres dentro del tercer entorno tecnológico, debería igualmente estar en condiciones de recuperar los siempre revolucionarios valores de crecimiento personal, empatía y cooperación. Alguno de los dioses de la antigüedad debería poner más empeño en deshacer las confusiones de los actuales: no todo puede ser competitividad, hipervelocidad, inmediatez y éxito a cualquier precio, puesto que a ese ritmo, la red social correría el riesgo de transformarse en una maraña de micropuntos insolidarios incapaces de relacionarse más allá de la profilaxis de la interfaz cibernética.

La miseria de Zuckerberg, que no deja de ser un triunfador según los cánones actuales del éxito, es que ha prostituido, sin saberlo, aquellos valores por los nuevos.

¿Y por qué no puede saberlo? Porque no es más que un nodo, uno de esos micropuntos enchufados, aislados del exterior mientras crean el código que servirá para interconectar otros puntos.

La red ya no es, en ese sentido, un elemento de comunicación: es un utensilio que nos atrapa y del que no sabemos salir, puesto que ya formamos parte de su propio tejido.

Escribe Ángel Vallejo

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