Ciudadano Zuckerberg

  04 Mayo 2011

laredsocial-24Hacer una película sobre el poder y sus ramificaciones no es nada original. Es un tema muy cinematográfico, y a la vez cuenta con una predisposición favorable de la crítica, por cuanto es un blanco seguro en el que refugiarse sin temor a ser acusado de claudicación.

Revisar las nuevas formas de poder que acompañan a las transformaciones sociales (todo ha de cambiar para que todo siga igual) no es sino el corolario de lo anteriormente dicho. Si además esas nuevas expresiones tienen la imagen reconocible por todos de las redes sociales, la apuesta por contarnos la gestación del fenómeno Facebook tiene un riesgo muy limitado: un recurrente biopic (ajustado en su desarrollo, dada la juventud del retratado), algunas gotas de humor y la consabida corrupción. Algo de amor también.

Esa podría haber sido la película que sin duda se auparía, con el habitual lanzamiento publicitario, a los primeros lugares de las listas de recaudación durante algunas semanas. Y tan rápido como su ascenso tendríamos que contar la caída en el olvido en el que definitivamente reposaría. Esa podría haber sido la película, pero no lo fue.

Los caminos trillados del éxito no parecen ser los que más le interesan a David Fincher. Sin ser un suicida en el aspecto comercial, sus películas siempre ofrecen una dimensión incómoda, inconformista, heterodoxa. Con sus aciertos y sus errores, su obra parece a la búsqueda de un lenguaje que, aunque esté lejos de ser revolucionario, huye del adocenado patrón con el que parecen estar cortadas todas las producciones hollywoodienses.

Hacer una película sobre Facebook puede convertirse en algo rutinario, pero trascender ese proyecto para embarcarse, como ha hecho, en una revisión de Ciudadano Kane requiere de la osadía implícita en todo sacrilegio. Eso es lo que ha arriesgado y ha conseguido con La red social.

A veces los alardes de este tipo vienen exigidos por la necesidad de llamar la atención sobre un producto que, de no ser así, pasaría desapercibido. No es el caso que nos ocupa. La repercusión estaba garantizada desde el mismo proyecto, y por lo tanto la compleja apuesta que aquí se plantea tiene que ver más con una decisión relacionada con lo que significa la autoría artística, e incluso con la cinefilia, que con una estrategia publicitaria.

Con su propuesta, Fincher se reivindica a sí mismo como un autor, con lo bueno y lo malo que, a día de hoy, podamos atribuir a semejante concepto, pero con la honestidad que, en ningún caso, podemos negar a quien en él se reconoce. Y también con el consiguiente riesgo.

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El reverso de lo obvio

Verse reflejado en Ciudadano Kane es ir mucho más allá de lo esperado. El análisis del éxito y el poder que le acompaña es sólo la cara externa de la trama, la invitación al maniqueísmo. La obra del Orson Welles lo deja claro desde el principio: el cartel de “Prohibido el paso” con el que se abre, la violación de su imperativo, es la invitación a mirar la otra cara de la realidad.

Esa realidad está apresuradamente contada en la primera película, apenas diez minutos de rutinario noticiario, y en cierto modo elidida en la segunda. No importa, es bien conocida.

Pero lo realmente importante comienza ahí, en la transgresión hacia una Xanadú decadente, envuelta en brumas, espectral. En la mirada que va desde el “eres un gilipollas” de Erica al “no eres un gilipollas” de la ayudante del abogado. La mirada inconformista, insatisfecha, incompleta, incierta y necesaria. La mirada que, a pesar de todo, devuelve la humanidad a los personajes, los acerca al espectador, los rescata de la simplificación y los restituye en su complejidad. Ni Kane era sólo un magnate de la prensa ni Zuckerberg es, sin más, un gilipollas. A pesar de todo. A pesar de ellos mismos.

La estructura fragmentada de ambas obras es la forma imprescindible para dar coherencia a sus propuestas. En ambos casos se trata de mostrar el lado oculto del discurso oficial (el noticiario, los lugares comunes en el juicio) y esto no puede ser hecho a través de un nuevo discurso.

Con la visión poliédrica de ambas historias se alude a la necesidad de romper con lo establecido sin construir un nuevo discurso canónico, a la constatación de la irreductible complejidad de lo narrado, a lo inaprehensible que resulta, en definitiva, lo humano. No es ya que estas historias sean complicadas; es que es la realidad misma la que lo es.

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Rosebud

En los dos casos la película concluye clausurando un círculo. El final nos remite al comienzo. “Rosebud”, la última palabra pronunciada por Kane, es el nombre del trineo con el que jugaba de niño. La solicitud de amistad virtual a Erica es el intento de revertir la situación que provocó el arranque de Facebook.

¿Qué queda en medio? Cuando un círculo se cierra, cuando al final se añora el principio, lo que media resulta automáticamente desvalorizado. La resolución de ambas películas, tan hermosa, es la constatación de un fracaso: el fracaso personal.

Kane acepta el Inquirer para divertirse, como se divertía con el trineo jugando en la nieve. Pero su intento es vano, ya que finalmente no lo conseguirá. Zuckerberg crea Facebook para vengarse-suplir a Erica, y tampoco lo logra. Ambos personajes acaban solos. Repletos de dinero, de objetos, de usuarios-amigos virtuales, pero completamente solos. Justo lo que no querían, lo que intentaron evitar a toda costa. Pueden comprarlo todo, como Kane compraba a los periodistas de la competencia. Pueden pagarlo todo, como hace Zuckerberg con las indemnizaciones fijadas, y más, en los juicios. Incluso podría comprar Harvard con todos sus clubs, pero no por ello, ni uno ni otro, logran satisfacer sus anhelos más íntimos.

Hay momentos en que parecen conseguirlo, pero son puro espejismo: la fascinación de Mark por Sean Parker se desvanece al poco tiempo, y cuando Kane conoce a Susan cree verse reflejado en ella, con esa alusión a la madre que siempre quiso lo mejor para su hija, tal y como, por desgracia, le ocurrió a él. Es en ese momento cuando es capaz de pasar toda una noche jugando con ella como un niño y cuando, en un arranque de orgullo y quizá de fidelidad a lo que fue, asume el sacrificio de su carrera política.

Pero todo resulta inútil. La pérdida es inexorable, y el vacío el destino final de sus actos. Su vida, en definitiva, es un triste paréntesis henchido de inanidad.

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La amistad

Los paralelismos entre ambas películas son múltiples, y en muchos casos obvios. No insistiremos en ellos. Sí que merece en cambio la pena detenerse en las diferencias, en ocasiones sutiles, que pueden ser detectadas.

Una de ellas es la que se refiere a la amistad. En los dos casos el protagonista se refugia en un único amigo, y en las dos películas se expresa de modo explícito esa limitación: tanto Eduardo como Jed Leland afirman ser los únicos amigos de Kane y Mark, y en ambos casos esas amistades fueron sacrificadas.

Aunque tampoco eso es del todo cierto. En uno y en otro hay un momento en el que florece un arrebato de la amistad aniquilada. En lo que respecta a Kane lo vemos por una parte en el conato de orgullo y fidelidad a partes iguales que le lleva a concluir la crítica a mitad escribir con la que Leland destrozaba a Susan, y descubrimos el reconocimiento de Leland cuando al final de sus días se lamenta por no haber contestado la carta que Kane le remitió desde su soledad. Los rescoldos de la vieja amistad siguen, por lo tanto, ardiendo.

En lo que atañe a Mark y Eduardo también es así: Mark restituye el nombre de Eduardo en los créditos de Facebook, pero el destello más hermoso se produce durante las declaraciones, cuando Eduardo, a pesar de todo, se niega a denunciar a Mark por hacer trampas en el examen, ya que los amigos no hacen eso. O cuando el abogado de Mark confiesa que éste defendió a Eduardo en el tema de las torturas a la gallina.

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Cien años más tarde

Sin embargo el tiempo no pasa en vano. Los casi cien años que median entre ambas historias han dejado un poso que no puede ser soslayado. Aunque todo haya de seguir igual, las formas en que se manifiesta lo que perdura ya no son las mismas. Ni la manera de entender el poder, ni la propia genialidad, ni siquiera los fundamentos de la incierta amistad permanecen iguales.

Ya no es que se sustituya la prensa por el mundo virtual de Internet como medio de uniformar las conciencias, sino que el poder que se pretende no es ya la posesión de esas conciencias, sino el rédito que ofrece. El hecho de que en La red social el poder político esté ausente por completo es significativo. Su irrelevancia es cada vez mayor, pues el verdadero núcleo dominante se sitúa ahora en otro sitio.

El dinero ha pasado a ocupar el centro de atención. Nada es más importante. La relación causa-efecto que mantiene con el éxito social ha ido paulatinamente invirtiéndose. El triunfo económico se constituye en la escala que todo lo mide, en el parangón del éxito, y bien que se encarga Mark de repetirlo en diversas ocasiones.

laredsocial-07Tanto es así que lo crematístico impregna el resto de los ámbitos, incluso los que en apariencia deberían encontrarse más separados: no olvidemos que el motivo de la ruptura entre Mark y Eduardo no obedece a la traición a unos ideales, a un proyecto común (como Leland le recuerda a Kane al devolverle el cheque hecho añicos con su vieja declaración de principios), sino a su pérdida patrimonial. Eduardo es capaz de soportar las reiteradas humillaciones a las que es sometido, la traición personal que supone su sustitución por Sean Parker, y es sólo cuando observa que su participación en Facebook se ha diluido cuando rompe con Mark. En este sentido, y aunque sea el perdedor de la historia, Eduardo no es mejor que su antiguo amigo.

Es la dimensión pecuniaria de las relaciones la que aboca al individualismo tan acentuado que La red social muestra. No es sólo la soledad de los personajes, también detectable en Ciudadano Kane, sino el progresivo desplazamiento que lo social ha sufrido en favor de lo individual. Las propias redes sociales y su éxito delatan ya la necesidad de restituir lo colectivo, seriamente dañado en los tiempos actuales. Si creamos lo que necesitamos, el éxito de Facebook es un claro indicio del deterioro del tejido social.

Esa misma idea puede rastrearse en la diferente concepción de la genialidad que contienen las dos películas. Kane y Zuckerberg son dos genios, pero cada uno lo es a su manera. A pesar de su innegable similitud, en cada caso se pone el acento en un aspecto ligeramente distinto. Mientras que la genialidad de Kane la reconocemos en sus obras, en el caso de Zuckerberg se insiste más en su persona.

El triunfo de Kane es el triunfo de su imperio, de los medios de comunicación que consigue dominar, de la capacidad de influencia que alcanza a poseer, de los objetos que logra atesorar, del poder político que está a punto de obtener. Su personalidad es el correlato necesario de estos aspectos, pero la medida de su poder se sitúa en la dimensión social de su expresión, en su manifestación, en su plasmación en el seno de la colectividad.

Por su parte, el genio de Zuckerberg obedece a lo que él mismo es. Aún antes de conseguir nada sabemos de su excelencia. La película se recrea en sus respuestas ingeniosas, en las soluciones brillantes a los problemas que sus profesores le plantean, en su heterodoxia. A pesar de sus limitaciones personales, Zuckerberg posee el atractivo de la inteligencia, del carisma personal, aunque no social. Es la antítesis de la mediocridad. Y sus logros serán, en todo caso, la consecuencia lógica de sus características, que son las que determinan su éxito. El creador de Facebook es por lo tanto uno de esos tipos geniales cuya genialidad no necesita traducirse en nada para ser reconocida. En ese caso Kane hubiera pasado desapercibido.

Decíamos al principio que la apuesta de Fincher era arriesgada. Pero lo cierto es que el riesgo es un componente necesario del éxito. Así lo vio Mark Zuckerberg frente al pusilánime Eduardo (impagable esa escena en la que, cuando la red de Harvard cae, Eduardo se asusta mientras Mark sonríe), y así queda constatado en La red social.

La aventura salió bien, y, lejos de convertirse en una historia más, Fincher ha conseguido con esta película una auténtica obra maestra.

Escribe Marcial Moreno

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