El cine de los hermanos Coen

  01 Enero 2011

Dos en uno: pasado y presente imperfecto

True grit, de Joel y Ethan CoenTom, el personaje protagonista de Muerte entre las flores, está preocupado por si pierde o no su sombrero. Es lógico, perder el sombrero es, para él, como perder la cabeza o quizás algo más, probablemente la propia vida. De ahí que en un instante, venga o no a cuento al estilo de los personales varones del cine de los Coen, cuente un sueño que tuvo relacionado con su sombrero. Ese mismo que, en la realidad, verá caer, arrastrado por el viento, en un bosque otoñal donde probablemente Tom acabará de ser ajusticiado. Al final el destino, sorprendente como siempre es el destino, dictará otra cosa.

El sombrero es Tom, su personalidad, un signo de distinción que le da una cierta dignidad dentro del mundo de mentiras y de corrupción total en el que se mueve.

Sin duda éste es el primer filme, de entre los tres primeros largometrajes de los Coen, en el que se vislumbra la fuerza de las imágenes que será capaz de mostrar su cine, lo cual ocurrirá cuando se olviden de homenajes, a veces simplones o torpes, en general poco convincentes sobre cineastas o películas, en sus vueltas por intentan atrapar, rehacer, recontar, el cine que les marcó. O les sigue marcando. Porque ante todo los hermanos Coen son grandes degustadores de películas de acá o de allá, del hoy pero sobre todo del ayer.

Su primera obra había sido Sangre fácil, un filme a veces incoherente y absurdo pero también sorpresivo por su arrogancia. Una película, de todas maneras demasiado simple, que no era sino una especie de ensayo personal sobre lo que para ellos era el cine negro. Un filme con grandes dosis de feísmo, que se acercaba o imitaba las novelas de James M. Cain y en especial El cartero siempre llama dos veces. Un intento de ser y no ser. De dotar al filme de una determinada personalidad al tiempo que se apropiaban de antiguos, y amados modelos desde una cierta visión onírica.

La crítica se dividió ante una propuesta por momentos incómoda, lo que no ha impedido, con el paso de tiempo, para que fuera recordada y hasta copiada. Curioso, los imitadores pasan a ser imitados. Y es que pocos de los que la vieron en su estreno (1984) podían imaginar que la primera película de los Coen, pequeñita, disparatada y gamberra, iba a ser años más tarde recordada y revisada nada menos que por Zhang Yimou, en el remake que filmaría en 2009 con el título San qiang pai an ping qui.

Joel y Ethan Coen

Los hermanos Coen

Joel (1954) y Ethan (1957) crecieron en una zona residencial de Minneapolis. Sus padres, ambos judíos, eran catedráticos de Universidad. Su padre de economía en la Universidad de Minnesota, su madre de Historia del arte en la Universidad de St. Cloud State.

Los hermanos desde muy pequeños devoraron películas. Una tras otra. Multitud de ellas.  Del hipnotismo de las imágenes se produjo su afán por ser ellos quienes las atraparan, reprodujeran, trasladaran, rehicieran. Es lógico que el cine de género, y el cine clásico americano, les atrajera, les marcara de forma decisiva. Sobre todo, por encima de todo, el western, pero sin olvidar el cine negro, el cómico e, incluso, el musical al que existen alusiones en algunos filmes como en la disparatada El gran Lebowski, cruce de géneros que convierte la película, como otras suyas, como inclasificable, desde, en ese caso concreto, su militancia freaki.

Al igual que otros directores —como por ejemplo Spielberg o Bertolucci— desde muy pequeños experimentaron con una cámara de súper 8. Así surgieron sus primeras películas. Pudieron comprar la cámara con el dinero que Joel ganó cortando el césped a los vecinos. No tenía Joel mucho más de doce años cuando, por ejemplo, realizó, a su manera, un remake de una película que le había entusiasmado. Se trataba de la interesante La presa desnuda (1966) de Cornel Wilde. Su versión la titularon Zermesi en Zambie. Zermesi, el protagonista, no era sino un vecino de ambos hermanos al que decidieron convertir en protagonista de sus delirios rodados en los jardines y las calles de su barrio. Pequeñas obras en las que imitan el cine que más les gusta de aquél que consumen a grandes dosis. También caerá en su lista la primera película de la perra Lassie: La cadena invisible (1943) de Fred M. Wilcox, que titulan Ethan… a Dog.

Desde muy pequeños ambos hermanos producen, escriben, realizan y montan películas utilizado los métodos más rudimentarios. Joel, por ser el mayor o quizá por ser le más cinéfilo, se erige en director. En sus primeros largometrajes sigue apareciendo como director Joel, aunque probablemente todas las producciones las realicen en forma conjunta. Posteriormente unen sus nombres. Será siempre un filme de Joel y Ethan Coen. No solamente serán directores, también compartirán el guión, la producción y, en muchos caso, el montaje, labor que semiocultan bajo el seudónimo de Roderick Jaynes. Su unión es tal que en la industria del cine se les conoce como director bicéfalo. Están tan compenetrados que —como se puede comprobar— cuando se les entrevista a cada uno por separado dan las mismas respuestas.

Sangre fácil, de Joel y Ethan Coen

Después de haberse graduado ambos en Simon’s Rock Early College de Massachusetts, Joel marcha a la Universidad de Nueva York para estudiar cine. Allí realiza como práctica de fin de carrera un corto de treinta minutos donde da rienda suelta a ese planteamiento alocado, distorsionado, de su cine posterior al reflejar situaciones entre reales y oníricas. En este filme cuenta la historia de una pareja abocada al absurdo. Se trata de Saundigs que narra cómo una mujer mantiene relaciones sexuales con su novio sordo, al tiempo que imagina practicar el sexo con el mejor amigo de su novio, el cuál escucha el encuentro de los amantes desde la habitación contigua.

Ethan, por su parte, se doctoró en filosofía en la Universidad de Princeton.

Al terminar sus aprendizajes universitarios vuelven a unirse para comenzar su amplia colaboración cinematográfica. Antes de dirigir Sangre fácil, Joel produjo en principio varios vídeos musicales, luego pasó a trabajar como asistente de montaje.

El encuentro con el realizador Sam Raimi hace posible la unión de los hermanos Coen y su trabajo siamés en el mundo del cine. Ese encuentro tiene lugar en el rodaje de Posesión infernal (1981). Tres años más tarde realizan su primer filme, Sangre fácil, pero la colaboración, y amistad, con Sam Raimi no termina. Joel y Ethan intervendrán en algunos de sus guiones (Ola de crímenes, olas de risas) e incluso algunas de sus películas tienen un cierto aire al Raimi de aquellos años, como Arizona Baby. En justa correspondencia Sam Raimi realiza en 1998 Un plan sencillo, que recuerda en ciertos aspectos la excelente Fargo (1996).

De todas las maneras Joel es el más cinéfilo de los dos, mientras que Ethan es esencialmente el escritor. Ha llegado a estrenar en 2008 una obra de teatro, Almost an evening. Su mujer es editora, mientras que la de Joel es actriz de cine. La excelente Frances McDormand, que ha trabajado como protagonista, o actriz de reparto, en varias películas de los Coen.

Original y copia

Arizona baby, de Joel y Ethan Coen¿Dónde empieza la originalidad de los Coen y acaba su ansia por fagocitar el cine o la literatura que aman?

Su primera película, Sangre fácil, es un homenaje, encubierto por un espejo deformante tendente al absurdo, al cine negro, mientras que Arizona Baby cruza la comedia absurda con los cartoon, el policiaco y el spaghetti-western. E incluso con las bienintencionadas películas de Frank Capra, aunque ellas serán objeto primordial en otros títulos. Todo un cóctel que termina por ser algo indigesto por abusivo, incontrolado.

Eso sí, ellos, no se preocupan de ocultar sus gustos. Ahí está la alusión al pájaro loco o a correcaminos, que es donde se inspiran las desorbitadas persecuciones, y que se muestra tanto de forma implícita como explícita. Así, el protagonista y el antagonista lucirán un subrayado tatuaje. Por otra parte el rico industrial bonachón parece salido de un filme de Capra, sin olvidar el malvado caza recompensas resucitado sin duda de los filmes de Sergio Leone. Arizona Baby con sus abrumadoras repeticiones es una especie de borrador, no logrado y en el que no se aprecian muchas de las buenas cosas con las que luego, no siempre, nos sorprenderán.

Leone será nuevamente recordado, traspasado de Kurosawa, en la presencia del protagonista de Muerte entre las flores. Se ha dicho de este filme que es, sin que se acreditara como tal, un cruce entre dos novelas de Dashiell Hammett, La llave de cristal y Cosecha roja, que sí están reflejadas en el transcurso de la acción. Pero, sin duda, el personaje de Tom, moviéndose entre dos mundos, dos familias, vendiéndose al mejor postor, se identifica también con el Mifune-Eatswood de Yojimbo-Por un puñado de dólares. Un ser inconcreto, que en cierta manera también realiza su personal venganza final después de haber sido humillado, y que se mueve entre dos clanes. En este caso los italianos e irlandeses.

Cuando termina Muerte entre la flores a uno le queda la duda de por qué unos y otros quieren hacerse con los servicios de Tom, siempre indeciso a la hora de tomar una decisión. Un falso hombre indispensable. La otra cara de un personaje. O su inutilidad. Como la de cualquiera de los anti-héroes de los Coen: pobres seres perdidos en un mundo violento sin saber cuál es la razón de su vida. Esa verdad que se les niega en una falsedad fronteriza entre lo vivido, lo imaginado o soñado.

Su amor a las películas les lleva a repetir escenas, géneros, aunque a veces, como en Barton Fink, parecen renegar de, al menos, lo que Hollywood representa: la gran mentira del cine.

Ladykillers, de Joel y Ethan CoenDe arriba abajo su filmografía es un muestrario de amores compartidos, de recuerdo cinéfilos: desde el intento de recobrar la clásica comedia romántica en la fallida Crueldad intolerable, al cine capriano en El gran salto, el remake claro y contundente en la insignificante Ladykillers (inspirada en El quinteto de la muerte) o, en la a punto de estreno, True grit. El primer remake, inútil y descaradamente fallido, el segundo una incógnita que pronto se despejará.

Era difícil pensar que la extraordinaria película de Mackendrick, típicamente inglesa, estuviera en sintonía con su cine. Podrían encontrarse elementos o personajes no ajenos a su mundo: el dinero como referente, el absurdo de las situaciones que nadie desde fuera puede explicar, los personajes ridículamente tenebrosos, al borde del absurdo, la realidad o irrealidad de lo contado, propia de una pesadilla de la que quizá se despierte en algún momento… pero era difícil de encajar cómo era la real o falsa directora de aquella orquesta, la viejecita tipycal inglesa.

Quizá esa disociación no acontezca con True grit, la nueva versión de Valor de ley, aquella película de Hathaway con la que John Wayne ganó su único Oscar. Ambiente, paisaje, relaciones de amistad, búsqueda y venganza se adaptan sin duda a todo el imaginario dibujado anteriormente en la obra de los Coen. Entre otras cosas porque por allá cabalgan unos personajes que pertenecen a la propia historia del país. Otra cosa es que, para vender su imitación como propia, intenten aclarar que la rodaron para ser fieles a la novela original. Como si la película de Hathaway, que no es su mejor obra, no lo hubiera sido.

Invitada para abrir el festival de Berlín de febrero de 2011 se presenta peligrosa desde sus esperanzadoras perspectivas, sobre todo porque por primera vez abordan un género que de forma oculta su cine anterior ya había dibujado bastantes veces, el western. Detrás de títulos o escenas de Arizona Baby, Fargo o No es país para viejos aparecía la tipología o el paisaje propio de las películas del oeste.

Una representación que se fundamenta en los tipos, la valoración del paisaje, la violencia acallada y siempre presente, el regusto de la existencia de un pasado generador y espejo de la Historia, y por tanto de la realidad presente, de su país.

O brother!, de Joel y Ethan Coen

Paisajes e imágenes 

El paisaje es esencial en sus películas. Paisajes desolados que señalan una u otra estación del año. Paisajes y ambientes se unen de forma inseparable. Lugares, sitios desnudos en su elementalidad: una barbería, una habitación de un hotel, un desierto inacabable, bosques repletos de hojas, interminables espacios repletos de nieve… De arriba abajo, de un lugar a otro las películas de los Coen recorren la geografía de los Estados Unidos no solamente en espacios también en distintas épocas.

Todo ello tiene como fin presentar unas historias a través de las cuales se comprenda la Historia de un país en construcción o en destrucción. Tanto da. De lo que se trata, lo que buscan sus personajes, en cualquier caso, es enriquecerse o triunfar, aunque al final sus esfuerzos resulten inútiles. El dinero que pasa de unas manos a otras terminará para siempre escondido, la valía personal se diluye, el fracaso, la muerte, la espera de final feliz inexistente es lo que aguarda a unos personajes que no entienden, ni se entienden, que pierden constantemente el tren que les congratule con una vida soñada de imposible realización.  

Los protagonistas de las películas de los Coen son infelices individuos que se preguntan constantemente por su felicidad, por la razón de existencia. O no se preguntan porque ni siquiera saben hacerlo desde su incapacidad de razonar. Si pudieran terminarían por hacerse machaconas e inútiles preguntas.

Sobre la pantalla una serie de individuos tratan de huir para llegar a su personal Itaca. En el camino tratan de vencer a las actuales sirenas, al Polifemo que les sale por el camino, a brujas o enredadores que tratan de evitar su trayecto victorioso en esa su versión personal de La Odisea que es O Brother! El final del viaje es una casa. ¿Qué ocurrirá, que les esperará, cuando lleguen a ella… si llegan? ¿Qué encontrarán? ¿Acaso la felicidad, el deber cumplido, el descanso perenne?

Una película que también habla del racismo, que se desarrolla en el Sur y que, ¡cómo no!, rinde su homenaje personal al cine de Preston Sturges y concretamente a Los viajes de Sullivan, hasta el punto que el título del filme que vemos se corresponde con aquella película social que Sullivan tenía en mente cuando inició su viaje hacia el encuentro con la pobreza existente en su país aquejado por la depresión.

El hombre que nunca estuvo allí, de Joel y Ethan Coen

Recuerden al protagonista de El hombre que nunca estuvo allí, el peluquero que quita y quita cabellos de los otros como si quisiera eliminar sus propios problemas. Se muestra apático, fuera de un mundo en el que no se siente integrado. Su gesto es el mismo siempre. Ni siquiera se inmuta cuando tiene que morir por un crimen que no ha cometido. Da igual, porque se siente culpable de otro hecho por el que alguien cercano fue juzgado. La incongruencia, la sinrazón, el caminar incierto sin saber la forma en que se cumplirá el destino. La constante referencia a un principio de incertidumbre que marca la existencia de los personajes y del país. Unos y otro caminan juntos.

Uno de los absurdos malvados de Fargo esconde una gran cantidad de dinero, que no esperaba encontrar, delante de uno de los numerosos postes que acotan un inmenso cercado, extendido hasta el infinito, y que además se encuentra cubierto de nieve. ¿Cómo podrá saber con exactitud donde ha ocultado el dinero? No se le ocurre sino la genial idea de hincar una especie de espátula allá donde lo ha escondido. Un plano general que cierra el momento nos muestra cómo queda tal agujita perdida en el inmenso pajar… El dinero, claro, se perderá además porque el personaje morirá y nadie sabrá dónde ha ido a parar tal cantidad.

Mientras tanto, otros personajes se harán preguntas sobre las muertes, los hechos absurdos, sin sentido, que han ocurrido. No hay explicaciones sino perplejidad. Imposible aclarar todo el sinsentido de sangre, de muertes. No lo podrá hacer el más bien retrasado mental compinche de tal enterrador y mucho menos la policía que interpreta excelentemente Frances McDormand.

Ella, la policía, espera ¿ilusionada? un hijo, santa bendición en el país de la prosperidad y de la belleza que es esa América profunda, profundísima en la que vive o vegeta. La realidad es muy otra. Aquella América, y la otra, es una gran mentira, donde todos ocultan algo y se mienten para ser felices.

El final de la película, con el matrimonio viendo, desde la cama, un programa de televisión y sonriendo bobamente, es uno de los retratos más descarnados del fracaso que ha dado el cine de los Coen. Detrás de esos rostros se esconden historias, como la de ella que —con su embarazo muy avanzado y siguiendo el caso que tiene que resolver— va al reencuentro de uno de sus admiradores del pasado para descubrir que, aquel ser adorable del ayer, es un fraude. Desde su falsedad, su apariencia de ser amistoso sólo trata de acostarse con ella  (o, acaso, si llega el caso, seducirla, maltratarla e incluso asesinarla) contándole mentiras piadosas, sin importarle el estado de aquella vieja compañera. ¿Acaso conoce a los otros, aunque sean los cercanos? ¿Se conoce realmente a sí misma?

Fargo, de Joel y Ethan Coen

Erráticos caminares

Personajes perdidos, ingenuos o listos cogidos en una muralla de mentiras o de historias que no comprenden. Eso son los personajes que pueblan el mundo de imágenes de los Coen. Muy parecida a la policía de Fargo será el sheriff de No es país para viejos. No entiende nada de la historia en la que se ve envuelto. Cansado, agotado se refugia en su casa perdida en algún lugar de América, en este caso cerca de la frontera mexicana. Hasta él mismo es una pura mentira disfrazada de ley y orden. Un personaje no tan lejano al que interpretara Gregory Peck en Yo vigilo el camino.

Las películas de los Coen, una tras otra, se mueven por la geografía de los Estados Unidos, del Este al Oeste, del Norte al Sur, procediendo a radiografiar su devenir, la realidad del país, dibujar su Historia repleta de sombras, de dudas, mentiras, fracasos.

No solamente es la andadura por la geografía sino también por los años, por las etapas que han dibujado todo un panorama que lleva desde la incertidumbre al caos. Los años treinta, los cuarenta, los cincuenta, los sesenta y decenas más hacia arriba o hacia abajo, son recorridos por unos personajes que nos recuerdan hechos representativos y quizá pocos edificantes de su andadura: la época de la ley seca, la guerra fría, la del Vietnam, la segregación racial, la depresión de los años veinte, la segunda guerra mundial…

Todo finalmente conlleva al más general de los fracasos. Un caminar que lleva a descubrir lo inútil de lo recorrido. En este sentido tal calidoscopio podría —en otro orden y forma— equivaler a la representación que Patricia Highsmith hizo de de la realidad de tal huida, del esplendor a la más fragante de las mentiras, en su excelente novela El libro de Edith.

Nada les queda a los personajes de los Coen. Ni siquiera pueden apiadarse de sí mismos. Un mal en forma de liquidador total puede aparecer en cualquier momento para destruir todo, bien en forma de persona o de fenómeno natural. Uno y otro ejemplarmente vendrían representados por el personaje de Javier Bardem en No es país para viejos o por el huracán que se aproxima al final de la excelente y mal comprendida Un tipo serio.

Javier Bardem, al parecer, interpretó su personaje pensando en el presidente George W. Bush. La fuerza bruta del poder aniquilador e imparable del destructor quería señalar a aquel presidente. El huracán del segundo filme, desde su simbolismo, trata de expresar lo que se viene sobre el país, y las personas. Una fuerza, también bruta pero se significado inconcreto, que arrastrará a todos hacia un destino incierto. De ahí esa bandera americana a merced del huracán. Un elemento simbólico más preclaro que el representado en el final de En el valle de Elah de Paul Hagáis, con el protagonista colocando la bandera a media hasta.

La tragedia en las películas de los Coen se desata de forma absurda e incoherente, a veces como una especie de condena por los hechos producidos, otras como incongruentes, absurdas o necias acciones que nunca se sabe la razón por la que se la han provocado.

No es país para viejos, de Joel y Ethan Coen

La certeza imposible

En Fargo una pequeña espoleta genera una gran explosión. Las cosas nunca salen como se piensan. Al final, unos y otros se encuentran incapaces para apagar el pequeño rescoldo que han encendido y que se está convirtiendo en un fuego de grandes proporciones. Y sin saber cómo se seguirá extendiendo. En el filme, alguien que está viviendo, con fraudes, por encima de sus posibilidades teje una red de mentiras. Todo el mundo a su alrededor termina por ser destruido.

Parecido es lo que le ocurre al protagonista de El hombre que nunca estuvo allí o a los que pueblan el mundo de No es país para viejos, Un tipo serio, la divertida Quemar después de leer… Denominador común de todos ellos el enriquecerse, el falso sentido de enmendar un error.

El caso más claro aparece en el inicio de No es país para viejos. Alguien que se lleva un dinero que encuentra en medio de lo que ha sido una gran masacre y que vuelve, arrepentido de no haberlo hecho, para dar agua a alguien que se estaba muriendo.

¿Caminamos hacia el desastre? Una pregunta, que aparece siempre en su cine desde una curiosa propuesta científica del principio de la incertidumbre, pero que ellos adaptan a unos condicionantes personales de la vivencia humana. Una incertidumbre que conduce a los personajes hacia la destrucción o a entender, o no, las catástrofes que se avecinan.

Un tipo serio, de Joel y Ethan Coen

En este sentido, Un tipo serio es una reflexión sobre su cine, sobre sus obsesiones personales. Alguien se pregunta sobre la razón de la existencia, de la felicidad, desde su propia religión. Podría ser desde cualquiera. La respuesta es que no hay respuesta. Que cada uno debe enfrentarse a su destino desde sí mismo.

En el filme el personaje decide dar un paso adelante, al que anteriormente se había negado, en contra de todo aquello en lo que había creído. Entonces el mundo se resquebraja: todo, el suyo y el exterior. Es imposible dar marcha atrás. La danza ha comenzado y todos serán arrastrados inmisericordemente hacia el abismo. El pelo seguirá creciendo igual que los problemas, los sombreros rodarán por los suelos, el dinero, enterrado o perdido, permanecerá por siempre oculto sin que sirve a nadie, las muertes y las mentiras se multiplicarán, los secretos que valen millones serán vagas fantasías, los guionistas generarán historias extrañas, los peluquines desaparecidos misteriosamente estarán en posesión de un niño, algunos persiguen a alguien (sin dinero) que no es sino otra persona que se llama como él (y que es rico), una alfombra será objeto de pérdida y deseo… Todo ello y mucho más forma parte del mundo real, oscuro, perverso, onírico, absurdo, cínico, gamberro de los hermanos Coen.

Deberán agarrase fuerte antes que el viento de la Historia absorba a sus personajes, les arrebate la bandera que les cobija. Puede ser que después de la hecatombe sólo queden las tierras inhóspitas, los terrenos baldíos, las grandes planicies, pero sin nadie. Sólo silencio y ausencia de seres. Tierras desérticas o inmensas praderas abandonadas a su suerte. Esas mismas por las que en el ayer fueron conquistadas a los nativos sangre y fuego.

Historias, muchas de ellas, generadas por la duda de estar aún vivos en un mundo desconocido en el que se inquiere sobre la razón de la existencia sin encontrar respuesta alguna. La razón —y la sinrazón— de la vida y de la muerte. En una palabra de la existencia y del paso del hombre sobre la tierra. En este caso de la tierra, el lugar, que los dos hermanos conocen, en el que nacieron y viven: los Estados Unidos de América.

Escribe Mister Arkadin 

Joel y Ethan Coen: dos tipos serios... o quizá no tanto