Para pesimistas lúcidos e irónicos

  06 Diciembre 2010

No es país para viejos (2007)

No es país para viejos (2007), de los hermanos CoenEn 2003, el novelista Cormac McCarthy publica No es país para viejos, una durísima historia negra que narra la enloquecida huida de Lewelyn Moss, veterano de guerra cuya vida transcurre sin complicaciones ni demasiados sobresaltos, cuando por azar encuentra un maletín con dos millones de dólares procedentes del narcotráfico. Perseguido por  el misterioso y siniestro Anton Chicurh —mezcla de Terminator y fantasma vengador— al que buscan sin tregua el sheriff Bell y otros esbirros mafiosos, su vida se transforma en una delirante pesadilla en la que la violencia y la crueldad se imponen al deseo de justicia y desembocan en un mundo desesperanzado y absurdo.

Es éste un relato de cazadores cazados, cuyas vidas al borde del derrumbamiento se deslizan hacia los límites de la muerte, en  el territorio fronterizo que separa Méjico y Texas, un lugar anodino, seco y árido como las criaturas que lo habitan.

La trepidante acción que da lugar al desarrollo del argumento se ofrece al lector con el irónico, elegante y frío distanciamiento propio del estilo de Cormac McCarthy y cuyo resultado es una devastadora visión de la sociedad americana y sus gentes, que se traduce en el triunfo de la  codicia y del dolor sobre la esperanza el sentido del honor. El mundo se muestra como un lugar incomprensible para aquellos que representan los antiguos valores del heroico oeste o del viejo sueño americano, un mundo cambiante en el que ya no valen las antiguas normas morales y en el que es inútil e imposible luchar contra las fuerzas del mal.

Con esta novela, Cormac McCarthy entronca con los mejores autores de género negro americano, como Jim Thompson (1280 almas) o el menos publicitado pero no menos interesante Marc Behm (La mirada del observador).

No es de extrañar que el tono y simbolismo de la historia sedujeran a Joel y Ethan Coen y les impulsaran a seguir la brillante trayectoria iniciada en Fargo o Muerte entre las flores, abandonando así otros caminos menos fructíferos. Pues, salvo algunas críticas que consideran lenta, pesada y tediosa la adaptación cinematográfica de los Coen, la opinión más extendida considera esta película como uno de los productos más brillantes y sólidos de los dos hermanos, porque realizan el milagro de trasladar al filme la agobiante y delirante atmósfera de la novela mediante un sobrio y desnudo lenguaje visual.

Y lo hacen desde un punto de vista frío y cruel en el que no existen la esperanza ni la compasión, sólo una finísima ironía que roza el sarcasmo propio del mejor cine negro, ése que muestra la existencia de una América profunda y condenada al fracaso por unos personajes no son héroes, sino víctimas del destino trágico que impulsa sus vulgares y mediocres vidas.

Los hermanos Coen durante el rodaje de No es país para viejos

Los personajes

No es un secreto que los hermanos Coen son expertos en la selección y dirección de actores. En este caso repiten hazaña y sacan lo mejor de un elenco excepcional que hace posible el milagro de dar vida a unos personajes perfectamente creíbles y verosímiles.

Ellos y ellas forman parte de una historia cuyo argumento se estructura alrededor de dos personajes antitéticos: el sheriff Bell (Tommy Lee Jones), que encarna la bondad de unos tiempos desaparecidos, y se configura como la voz narradora que articula el relato y lo impregna de reflexiones tan nostálgicas como irónicas; a él se opone el psicópata asesino Antón Chigurh (Javier Bardem), misterioso depredador que no deja testigos vivos de su sangriento recorrido para conseguir un botín al que cree tener derecho.

Entre estos dos polos se encuentra el joven Lewelyn Moss (Josh Brolin), un hombre corriente de ingenua bondad, que pierde la cabeza cuando se encuentra en posesión del millonario maletín y concibe el estúpido deseo de un futuro rico y feliz en compañía de su mujer Carla Jean (Nelly Macdonald).

Excelentes son también los secundarios que complementan o contrapuntean a los tres principales: el elegante y pagado de sí mismo sicario Carson Wells, que aparece al final de la historia para replicar y perfilar las figuras de Moss y Chigurh respectivamente; y los tres personajes que sirven como destinatarios del escéptico discurso de Bell y cumplen la función de mostrar al espectador la personalidad del sheriff y su desengañada visión del mundo: el agente Wendell (Garret Dillahunt), su esposa Loretta (Tess Harper) y el viejo Ellis (Barry Corbin), confidente y mentor final.

Su atuendo vaquero —botas, sombrero y escopeta al hombro— nos remite a los personajes de los western clásicos

Moss

No es el centro del relato, pero es el que desencadena la acción al apropiarse de un dinero que no es suyo por lo que provoca la persecución de Chigurh primero y del sheriff Bell después. Su carácter le hace moverse entre el la imprudencia, la osadía  y la estupidez, cualidades que lo humanizan y lo hacen parecer cercano y tierno.

Su atuendo vaquero —botas, sombrero y escopeta al hombro— nos remite a los personajes de los western clásicos cuando lo vemos caminar tras su presa entre las pedregosas y secas tierras de Texas. Pero no es un cowboy ni un héroe del Oeste, sino un simple cazador de ciervos que entretiene su ocio disparando unos cartuchos antes de volver a dormir con su mujer en la destartalada caravana donde vive.

Así que se trata de uno de tantos ciudadanos que llevan una vida vulgar, mediocre y sin demasiadas expectativas, en los Estados Unidos de la década de los ochenta, tiempo en que se sitúa la historia del filme. Su comportamiento es el normal en alguien que persigue un ciervo herido y se encuentra con un hatajo de narcotraficantes muertos y un camión lleno de droga. Su primera reacción es el miedo cuando revisa la escena del crimen, y la cautela cuando busca y oculta el botín. Su gran error es volver a la hondonada donde se encuentra el único superviviente de la masacre para auxiliarle con el agua que éste le pidió, porque ese hecho que demuestra la bondad de Moss es también evidencia de su torpeza.

No nos resistimos a pensar que si no hubiera sido presa de remordimientos, Moss podría quizá haberse quedado con el dinero, pero entonces no habría habido película, al menos no ésta de la que hablamos. Su papel es el de cebo de otros cazadores que lo persiguen, aunque por distintos motivos: Chigurh, para apoderarse del maletín y liquidarlo, y el sheriff para detenerlo por robo.

En la historia es el personaje que huye movido por el instinto de supervivencia poniendo en práctica los clásicos trucos de veterano humilde y amante del bricolaje. Pero en el fondo Moss tiene conciencia de su trágico destino y de su función en el relato. Cuando sale por la noche con la garrafa de agua y su mujer le dice que no salga, él comenta: “supongo que es una estupidez”. Y al despedirse de su mujer en el autobús que la llevará a Odessa, ésta le pregunta: “¿vas a volver?”. A lo que responde Moss: “por supuesto”. Aunque antes hubiera afirmado de forma contundente: “Así es la vida. No se puede dar marcha atrás”.

Así que una de cal y otra de arena: Moss es torpe e ingenuo, pero también sabe que su rol le impulsa hacia delante en un viaje cuyo fin es la muerte y cuya anticipación percibimos al final de la película cuando llega al motel de El Paso con su escopeta al hombro, y la bañista que está en su tumbona al borde de la piscina le saluda: “Hola, cazador ¿te gusta la caza?”. Pronto caerá muerto y se convertirá  en el cazador cazado que no ha podido “soldar un sueño”, como le dijo a Carson durante su visita en el hospital.

Anton Chigurh: Es la personificación del mal sin fisuras, con una apariencia aterradora que aúna su falta de compasión con la inexpresividad del gesto

Anton Chigurh

Es la personificación del mal sin fisuras, con una apariencia aterradora que aúna su falta de compasión con la inexpresividad del gesto. Cuando sonríe es aún peor porque todavía da más miedo. Es un depredador eficaz y contundente: aparece de la nada, mata con precisión y sigue su sangriento camino. Más que una persona parece una máquina, un buldózer automático y devastador que sigue su ruta llevándose por delante todo lo se interponga entre él y su objetivo: el dinero.

Su pragmatismo se combina con un singular sentido del honor y de la justicia, lo que le hace cumplir la palabra dada por encima de todo y dejar en manos el azar el destino de sus víctimas. Lo que le dice al dueño de la tienda de Texaco mientras le ofrece una moneda para que éste elija entre vivir y morir es una muestra de su particular filosofía: “Elija, tiene que elegir… Todo se reduce a cara o cruz… todo está en juego”.

Otro aspecto de su personalidad es su aparente locura, tema que es recurrente en los diálogos del mercenario Carson con Moss en el hospital y con el propio Chigurh en la habitación del hotel donde éste le dará muerte. A Moss le dice de forma insistente que Chigurh es un psicópata y que él es el único que puede enfrentarse al monstruo. Pero cuando se lo encuentra sentado en el sillón de enfrente, con la mira de la pistola apuntando a su frente, su rostro se contrae en una rigidez que presagia la muerte. La secuencia es terrorífica: un primer plano muestra la espeluznante sonrisa de Chigurh y el contraplano, el semblante petrificado de Carson. El diálogo —como corresponde a dos villanos tan distintos— es espléndido:

—Carson: ¿Eres consciente de lo loco que estás?

—Chigurh: ¿Lo dices por el carácter de esta conversación?

—Carson: Lo digo por tu carácter, simplemente.

En ese momento se oye el tiro que acaba con Carson, cuya muerte se produce  fuera de campo como otras de esta película, menos sangrienta de lo que podría ser, dada la dosis de violencia que Chigurh genera. En ese mismo momento suena el teléfono, el homicida descuelga y habla con Moss amenazándole con matar a su mujer si no le entrega el dinero. La conversación evidencia el dominio absoluto del criminal sobre sus víctimas:

—Chigurh: ¿Sabes cómo va a acabar esto?

—Moss: No.

—Chigurh: Yo creo que sí.

Moss está condenado. Nada puede salvarlo. En una secuencia anterior la demencial conducta de Chigurh le lleva a disparar a un pájaro desde el coche mientras atraviesa un puente. El volumen de la detonación y lo imprevisto de la acción hacen que el espectador dé un salto en la butaca, pero el ave sale volando despavorida como si fuera un símbolo de la huida y la salvación. Pero en este punto de la historia el sueño de la felicidad no es posible y sólo queda una desquiciada lucha por la supervivencia.

Si la sonrisa de este personaje es sobrecogedora, más lo es la silueta de su cabeza y espalda. Muchas veces aparece y desaparece como un fantasma que se mueve en un mundo de sombras y misterio. Ese  carácter espectral le vuelve más peligroso y amenazante, con el rostro hierático e imperturbable, lo que le hace parecer una quimera o un mito.

Este rasgo se constata casi al final del filme, donde los diálogos desvelan numerosas claves, en la secuencia en que Chigurh se reúne con el sumo jerarca del narcotráfico. En el lujoso despacho del edificio de cristal y acero, distintivos del poder, se encuentra también un desventurado contable que le pregunta a Chigurh si va a matarlo. Éste le contesta: “Depende ¿puedes verme?”. Como es habitual, todos son asesinados. Pero es que este siniestro personaje aparece sin más de forma repentina y sigilosa: su amenazante sombra se adivina tras los cristales esmerilados de las humildes oficinas de campings y moteles, o se perfila al contraluz en los vanos de las puertas como si emergiera de los infiernos.

El sheriff Bell representa el desencanto y la nostalgia por una sociedad que ha desaparecido, un mundo de viejos valores que se ha venido abajo y donde los buenos no tienen cabida

El sheriff Bell

Es el personaje que más espacio ocupa en la historia. No podemos decir que sea el principal pues conforma con los otros dos una entidad en la que cada uno representa un aspecto del ser humano.

Sin embargo la actitud, comportamiento y reflexiones de este personaje constituyen un discurso que prevalece sobre los demás y se convierte en el eje vertebrador de la historia y en el fundamento del mensaje que se pretende transmitir a los espectadores.

Bell representa el desencanto y la nostalgia por una sociedad que ha desaparecido, un mundo de viejos valores que se ha venido abajo y donde los buenos no tienen cabida, porque no se respeta la ley y las reglas las dictan el dinero y el crimen organizado. Su voz narradora abre y cierra la historia mostrando tanto los hechos como las impresiones, sentimientos y  opiniones que éstos le sugieren. Sus juicios y argumentos se ordenan a lo largo de las secuencias en que interviene para configurar un análisis de la evolución psicológica de sí mismo como encarnación del común de ciudadanos de la sociedad estadounidense actual, y en aras de la globalización, de otras muchas partes del mundo.

En los inicios de la historia, el sheriff Beell se muestra confuso y desorientado ante un tipo de delincuencia distinta a la de antes, lo que le provoca un estado de desorientación y desasosiego e incluso de miedo ante una realidad que no entiende, aunque se ve obligado a formar parte de ella.

El siguiente estado es el de impotencia ante los riesgos de su misión, que se patentiza en el diálogo con su esposa Loretta cuando ésta le recomienda que se cuide y no haga ni se haga daño. Bell apostilla: “Es fácil decirlo”. A continuación el personaje manifiesta un sentimiento de pérdida por las formas del pasado y expresa su pesadumbre ante Carla Moss, tras narrarle una anécdota sobre la antigua manera de sacrificar reses, con el fin de que colabore en la rendición de su marido: “Hoy en día se hace con una pistola de aire”, concluye Bell.

Más adelante, el sheriff le cuenta a su ayudante lo que le había impresionado la noticia sobre un grupo de jóvenes que acogían a ancianos y les asesinaban para cobrar sus pensiones, y que sólo fueron descubiertos cuando uno de ellos salió desnudo a la calle. El escéptico tono de Bell evidencia su desengañada e irónica respuesta: “Se asustaron de un loco desnudo y a nadie extrañó que durante años cavaran fosas en el jardín… Yo también me río a veces… No se puede hacer más”.

El sarcasmo va en aumento a medida que el sheriff se siente más impotente para controlar unos hechos que parecen seguir leyes propias, fuera del alcance de un hombre que parece haber arrojado la toalla. De nuevo es el agente Wendell el destinatario de sus comentarios sobre los mejicanos muertos en las refriegas de los narcotraficantes. El diálogo es casi un chiste bien traído para constatar el estado de ánimo de Bell:

—Bell: Parece que murieron por causas naturales.

—Wendell: ¿Eh?

—Bell: Naturales, dada su profesión, hijo.

El pesimismo y la confusión se establecen definitivamente entre Bell y el sheriff de El Paso, cuando la inevitable muerte de Moss es ya un hecho. “Es una corriente, una corriente de pesimismo. Sin embargo eso no explica lo de tu hombre”, apunta el de El Paso. “Creo que es un fantasma… ¿cómo te defiendes con un tipo así?”, concluye Bell.

Cerca del final de la película, la conversación entre éste y Ellis explicita con claridad las diferencias de juicio que ambos mantienen sobre la crueldad y violencia imperantes en la sociedad. Ellis, más curtido y veterano, recomienda a Bell que tapone sus heridas y no se lamente por  lo que le han arrebatado, pues eso le impide disfrutar de otras cosas. “Lo que te ocurre no es nada nuevo” —remata Ellis—. “Esta tierra te trata con dureza. No puedes detener lo que vendrá. Las cosas no esperan a nadie”. El más viejo propone al menos viejo la aceptación de la cruel brutalidad de los nuevos delincuentes como manifestación de la violencia en estos tiempos y como algo consustancial a la naturaleza humana de cualquier época y lugar. Pero el discurso de Bell refleja su profundo dolor ante la imposibilidad de enmendar el mal y subsanar la injusticia: “Supuse que cuando me hiciera viejo, Dios irrumpiría en mi vida. Y no lo ha hecho… y no le culpo”.

El abandono del hombre por Dios: he aquí el mensaje último de Cormac McCarthy, cuya esencia tan bien han captado los hermanos Coen y han trasladado brillantemente a la película.

La acción se desarrolla en dos espacios: una naturaleza inhóspita y dura que abarca las grandes extensiones de los desiertos tejanos, frente al espacio urbano

El lenguaje del cine en el relato

La acción se desarrolla en dos espacios: una naturaleza inhóspita y dura que abarca las grandes extensiones de los desiertos tejanos, frente al espacio urbano.

La naturaleza es una tierra seca, árida y caliente que propicia la lucha por la supervivencia y la muerte de los más débiles. Los silenciosos y dorados planos del comienzo de la película están llenos de un mágico silencio sólo roto por la voz en off del narrador, que articulará  el filme para dotarlo de una coherencia sólo posible mediante la más exquisita planificación.

En estos espacios se gesta el conflicto y se inicia la tragedia. El genio de la fotografía Roger Deakins transforma el paisaje áspero y marchito del desierto tejano en una atmósfera inquietante a pesar de su conmovedora belleza. La noche se llenará de amenazadoras sombras solamente rotas por los intimidantes faros de los todoterrenos enemigos o la azulada luz del amanecer.

El espacio urbano se resuelve en un mundo de luces y sombras que funcionan como fronteras morales entre el bien imposible y el mal imperante. Los personajes huyen y se persiguen envueltos en la oscuridad de la noche apenas rota por  el ruido del tráfico, o abrumados por la luz plana y sofocante de calles, habitaciones y pasillos convertidos en terreno de caza para Chigurh y en trampa angustiosa para Moss.

La dureza del ambiente se combina con la ausencia de multitudes o figurantes urbanos por lo que se incrementa la sensación de soledad de los personajes ante el destino trágico que les une. Los personajes que aparecen a lo largo de las secuencias que estructuran el argumento son los justos para que la acción progrese y se desarrolle la historia. De esta forma el paisaje se convierte en elemento esencial del filme y con alto contenido simbólico.

Respecto al ritmo narrativo y la articulación de las secuencias que componen la acción de la historia, se trata de una película lenta pero no morosa, donde todo sucede de forma pausada pero gradual y dirigida hacia un final abierto en el que lo de menos es el desenlace y lo de más las reflexiones que suscita. Y es precisamente esa deliberada atonía en contraste con la agitación sentimental de los personajes lo que perturba y quiebra la atención del espectador rompiendo una hipotética reacción indiferente o tediosa.

Por otro lado, el montaje en paralelo de las acciones en que intervienen Moss, Chigurh y Bell se complementa con algunas secuencias de suspense, que se ciñen a los cánones clásicos propios de este género. Dos ejemplos evidentes son los de la espera de Moss con la luz apagada en su habitación, y las dos secuencias del vestíbulo del hotel y las escaleras en las que Chigurh aparece por detrás de Carson sin que éste lo sepa.

El lenguaje cinematográfico se ajusta a las necesidades del guión y al tono de la narración mediante una selección de recursos bastante clásicos sin excesos ni esnobismos. Las tres historias se traban por medio de fundidos y encadenados entre los planos que abren y cierran las secuencias. Como es habitual, los planos generales ubican a los personajes en su contexto y los planos medios y de detalle responden a la necesidad de mostrar características de los personajes o bien potenciar la economía del discurso en el relato.

Las violentas muertes fuera de campo y los detalles como el agujero en una cerradura son muestra de un lenguaje sucinto y conciso que dota al filme de un estilo sobrio, elegante y desnudo propio de los hermanos Coen.

Un infierno de soledad, abandono y muerte sin esperanza en un futuro mejor. Menos mal que las situaciones humorísticas alivian de tanta angustia

Algunos guiños no exentos de humor aligeran la densidad y hondura del mensaje, como el gusto de los dos directores por las repeticiones y simetrías, y así lo refrendan las secuencias de Moss y Chigurh heridos pagando la camisa de los jóvenes y adolescentes con que se cruzan respectivamente. De burla socarrona se pueden calificar las dos secuencias que muestran de forma idéntica a Chigurh primero y a Bell después bebiendo leche en el sofá de la caravana de Moss, mientras un duplicado de sí mismos se refleja en el televisor como si de un juego de espejos se tratara. Los impávidos rostros de ambos personajes parecerían una ocurrencia divertida si no fuera por los macabros acontecimientos que anticipan.

El humor, unas veces negro y otras surrealista, planea sobre todo el filme como lo demuestran el uso de la botella de oxígeno —fuente de curación y vida— para matar; las monedas en la palma de Chigurh para abrir la trampilla de aire acondicionado y no para aterrorizar a las víctimas, y sobre todo, los absurdos mariachis cantando a un desvalido y lastimado Moss que yace medio inconsciente en las escaleras mejicanas.

La utilización de metáforas visuales está dentro de lo establecido por los cánones cinematográficos, heredados muchos de ellos de los tradicionales tópicos literarios. Así, el símbolo del río como frontera que separa la vida de la muerte o la felicidad del dolor; lo mismo podríamos decir del empleo de las metáforas “meteorológicas” presentes en muchas películas, y tomadas de los “locus” de la poesía clásica, como las nubes grises y tormentosas que no sólo anuncian mal tiempo sino problemas gravísimos para el ingenuo Moss; o el claroscuro que impregna el relato con sus luces planas y asfixiantes en contraste con las sombras de las que emergen el mal, la crueldad y la impiedad.

Como contrapunto, algunas hipérboles paródicas para representar a personajes habituales en las películas norteamericanas, como la recepcionista de los moteles, gorda, fea e impertinente; o el policía altanero y perdonavidas con las inevitables gafas oscuras: personajes de serie B que viven en un mundo mediocre, anodino, gris.

Queda por decidir si este filme es un “western crepuscular”, expresión muy de moda últimamente. Sin ánimo de polemizar, la película sería un western sólo desde un punto de vista formal, debido a la abundancia de planos cortos de pies, enfundados en polvorientas botas, que caminan por el territorio hostil del desierto. O por las siluetas a contraluz en los dinteles de las puertas, o por que se trata de una acción que sucede en territorio fronterizo entre Texas y Méjico.

Sin embargo los personajes son hombres y mujeres vulgares, que no protagonizan hazañas heroicas ni se enfrentan en nobles duelos. No son valientes ni controlan la ley ni el orden sino que se limitan a dejarse llevar por una enloquecida historia de codicia, persecución, violencia y huida sin retorno.

Un infierno de soledad, abandono y muerte sin esperanza en un futuro mejor. Menos mal que las situaciones humorísticas alivian de tanta angustia. Como el diálogo entre Moss, ya en desesperada huida con Chigurh pisándole los talones, y el camionero que le ha recogido en la carretera:

—Camionero: No deberías hacer eso, aunque seas joven.

—Moss: ¿El qué?

—Camionero: Autostop. Es peligroso.

Esto no es propio de un relato épico. Más bien parece una tragicomedia.

Escribe Gloria Benito

Un infierno de soledad, abandono y muerte sin esperanza en un futuro mejor. Menos mal que las situaciones humorísticas alivian de tanta angustia