Los placeres del cinéfilo

  27 Diciembre 2010

El hombre que nunca estuvo allí

El hombre que nunca estuvo allí, de los hermanos CoenAdvertencia: todo aquel que no se sienta identificado o de alguna manera agradecido con el cine de los hermanos Coen, que no se moleste en ver El hombre que nunca estuvo allí, ya que deseará realmente no haber estado.

Como se dice en el filme “a veces nuestra mirada altera lo que vemos”, y lo entendemos de una manera o de otra. Al preguntarnos qué hemos visto, a la salida de la sala, nos decimos: una historia con mucho de cine, o mucho de cine con lo que se ha creado una historia; sin duda, las dos cosas, o ninguna, con duda.

Lo cinematográfico desborda el filme. Un claro homenaje al cine negro de la época de los grandes estudios, temáticamente la presencia del antihéroe (y qué antihéroe, Billy Bob Thornton/Bogart, impresionante cómo desmonta con la mirada), la femme fatale (impagable Frances McDormand, señora de Coen),el tabaco, la bebida, una voz en off, el chantaje, la infidelidad y el asesinato.

Plagada de detalles que evocan más allá del género: la adolescente pianista que recibe a Billy Bob Thornton en su habitación con la misma postura corporal que Lolita (Stanley Kubrick) en su primera aparición; un final penitenciario que recuerda a Ángeles con caras sucias (Michael Curtiz); o una simple botella de whisky Rosewood, marca que nos pide a gritos que nos emborrachemos de cine.

Factura clásica para representar una temporalidad no menos clásica, 1949 en Carolina del Norte, y presentado con un estricto blanco y negro (aunque rodada en color, fue positivada en blanco y negro), de una factura que cada encuadre merecería más tiempo para ser disfrutado.

Casi sin escape nos deja esta negra visión de la vida, aunque pensado de otra forma queda como un goce, un disfrute en cuanto espectáculo, en cuanto cine.

Crítica a la vulgaridad de la existencia a través de un simple peluquero, que se ve tan absurdo como el cabello que corta, que aún estando muerto su propietario éste sigue creciendo. Alguien que busca una salida, una vía de escape para dejar la cotidianeidad a un lado.

El hombre que nunca estuvo allí, de los hermanos Coen

Un sujeto callado, casi ausente, que sobrevive a duras penas a la incomunicación en su matrimonio, y cuando tiene la necesidad de romper el silencio, requiere una médium porque su mujer está muerta. Entonces topa una vez más con la falsedad de la sociedad, y el engaño de las personas. 

Los hermanos Coen combinan sus ambigüedades y unas antigüedades genéricas concretas. Maneras muy bellas de aturullarnos con ideas, salpicarnos de significados, y bañarnos en símbolos a los que atribuir un sentido. El absurdo lógico de su guión, la hibridación de materias que chocan, y entran en conflicto pero que no se molestan, sino que se compenetran en un engarce casi imposible.

Quizás habría que verla más veces para sacarle mayor jugo, aunque también, como dicen en la película, “hay veces que cuanto más observas menos comprendes”.

Yo sin embargo, me alegro de haber estado allí.

Escribe Israel L. Pérez

Los hermanos Coen combinan sus ambigüedades y unas antigüedades genéricas concretas