Crueldad intolerable (2003)

  05 Diciembre 2010

¿Dónde está Macaulay?

Crueldad intolerable, de Joel y Ethan CoenReconozco que muchas veces los títulos son indicadores de la calidad del producto a que dan nombre, pero jamás contemplaba la posibilidad de que este axioma fuera a afectar a ninguno de los filmes que pudieran realizar los hermanos Coen.

Resulta increíble que los creadores de obras maestras como Fargo o de excelentes comedias (siendo más estrictos, pues a nadie se nos escapa cuánto de comedia negra tenía el título antes citado) como Arizona Baby o El gran Lebowski hayan perpetrado semejante despropósito. Tal vez la admiración se travista de improperio cuando a aquellos a los que se la profesábamos nos obsequian con un producto ramplón, insustancial hasta decir basta, en lugar de darnos la dosis de buen cine que nos corresponde y a la que, y gracias a ellos, estamos acostumbrados a recibir.

Creo que coincidirán conmigo en que, mirando el panorama cinematográfico americano actual, son estos dos siameses uno(s) de los pocos cineastas que pueden permitirse el lujo de manufacturar cine siempre decente y, casi siempre, bueno o muy bueno; amén de ofrecer una mirada propia, poco convencional y mucho menos acomodaticia. 

Así pues, no nos queda sino decepcionarnos y buscar el consuelo de los tontos en la maldad que invade al colectivo: que la película es un encargo, que el guión no es (sólo) suyo, que la hicieron porque Clooney se prestó, etc, etc, etc. Podemos buscar tantos argumentos como nos sean necesarios, pero la verdad es que la conclusión seguirá repitiéndose cada vez que veamos el filme: es una castaña (perdón por la vulgaridad).

Podemos empezar por la secuencia inicial, tan aparatosa e innecesaria como carente de sentido cómico (en ninguna de sus otras películas los Coen habían intentado hacernos reír y no lo habían conseguido) y podemos seguir por la reflexión manida, hueca y sin carga de profundidad que ofrecen sobre el mundo de la abogacía. Tampoco busquen rastros de la antigua comedia americana de los años 30 y 40, como han apuntado algunos críticos, cimentada sobre el conflicto sexual, pues nada va más allá de una somera pincelada en un par de tête à tête entre George Clooney (efectivo, aunque un tanto pasado de vueltas en ocasiones) y Catherine Zeta-Jones (simplemente deslumbrante).

Resulta increíble que los creadores de obras maestras como Fargo o de excelentes comedias como Arizona Baby o El gran Lebowski hayan perpetrado semejante despropósitoEn aquellas comedias se nos ofrecía un arquetipo de mujer activa, que desempeñaba una profesión liberal y que pretendía zafarse de su oponente masculino, si bien, al final, todo se resumía en una sumisión irrevocable para mayor gloria del sentimiento amoroso. En este caso, Marilyn Rexroth (Zeta-Jones) no es más que una mujer que pretende adquirir una fortuna lo suficientemente grande como para poder hacer del ocio su trabajo. Y todo ello gracias a un divorcio. Nada de atisbos de revolución o de nuevos roles sexuales. Todo se reduce a la confrontación de estereotipos: él, un abogado matrimonial con mucho éxito pero absorbido por su profesión; ella, una arpía irresistible dispuesta a todo para colocar tantos ceros como le sea posible en su cuenta corriente. De aquí tan sólo puede derivarse una situación: hacer que ambos se enfrenten y aliñarlo todo con un toque Coen (lo surreal de algunos personajes y situaciones) para vendernos un cucurucho de papel de periódico como si de un papel para envolver regalos se tratase.

Sólo queda, pues, bucear entre los restos del naufragio y salvar lo poco que pueda ser salvable: la secuencia en que Joe Resuello apunta con el inhalador e inhala con la pistola, las secuencias entre los dos protagonistas y la chispa de algunos diálogos (siempre entre ellos) y poco más (tal vez el personaje del viejo abogado director del bufete).

El resto podemos olvidarlo: la necesidad de incluir personajes desdibujados (Geoffrey Rush o Cedric The entertainer) para dar consistencia a un guión mal construido que necesita multiplicar las situaciones dramáticas para resolver el conflicto principal (porque no encuentran el modo de hacerlo de otra manera), el ñoño discurso de Miles Massey (Clooney) al resto de los letrados, tan maniqueo como poco efectivo, lo forzado de demasiadas situaciones, intentando dotarlas de comicidad y consiguiendo caer en el ridículo (por ejemplo el último encuentro entre ambos, cursi hasta la saciedad), etc, etc, etc,.

Para finalizar, y ya a título personal, les rogaría, en caso de que necesiten actores que griten (o que griten mucho), que le pidan a Maklakykulkin que haga un cameo en su próxima película. Independientemente de su capacidad para actuar, dejo patente que nadie, en el cine actual, es capaz de berrear como él.

Por cierto, el grado de crueldad tolerable por el organismo de este cronista ha sido sobrepasado, así que espero y deseo que no destrocen El quinteto de la muerte, aquella gran comedia de Alexander McKendrick, su próximo proyecto. Esperando que los improperios reviertan en admiración, les deseo que vuelvan a las andadas y se dejen de pamplinas.

Escribe Enric Albero

Crueldad intolerable, de los hermanos Coen