Una historia de idiotas

  07 Diciembre 2010

Quemar después de leer

Quemar después de leer, de Joel y Ethan CoenLa película de los hermanos Coen es, por encima de otras consideraciones, una historia festiva en la que una serie de personajes verdaderamente zoquetes, transitan por ella en base al funcionamiento de un artefacto narrativo eficaz.

Podríamos decir que se trata de un gran enredo generado a partir de una situación trivial que pone en marcha un mecanismo desencadenante de una gran “bola de nieve” que arrastra finalmente a todos los personajes de la historia sin que se libre ni uno. La diversión es consecuencia de la idiotez de todos ellos; y la gran paradoja es que la lógica con la que dichos personajes se desenvuelven es perfectamente identificable con la vida real. Empezando por el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, que podría ser sin duda un personaje más de esta película, aunque off the record, ya que detrás de esta historia está la CIA.

Quemar después de leer cuenta cómo la paranoia generada por el miedo al “enemigo invisible” acaba idiotizando a la sociedad hasta límites disparatados. Sin embargo, el carácter desenfadado de la historia, al modo de otras películas de estos grandes cineastas, como Arizona Baby o El gran Lebowski, aligera las consecuencias trágicas de ser idiota y no ser consciente de ello.

Aquí el detonante es un CD repleto de banales recuerdos que su autor, un ex miembro de la CIA con la cabeza poco amueblada (debe ser un requisito valorado en esa empresa), pretende convertir en un libro, supuestamente para pasar factura a sus superiores por el despido sufrido. Su incapacidad para escribir hará parecer intrigantes unas notas absurdas que unos empleados de un gimnasio encuentran y valorarán como “información sensible”. Su decisión de tratar de venderla a “los rusos” será el inicio de los acontecimientos siguientes.

Con su habilidad característica para entrelazar historias, Joel y Ethan Coen han logrado aquí de nuevo combinar varios géneros, como el thriller, las películas de espías, el drama o la comedia en una historia donde el necio en sus más diversas modalidades se desenvuelve de forma aparentemente cómoda.  

Quemar después de leer puede ser considerada un compendio de los distintos registros cinematográficos de los Coen; un sutil y divertido punto de encuentro donde la combinación de géneros citados da juego a un grupo pintoresco de personajes de mediana edad, que viven en Washington DC, y que están pasando por crisis personales, profesionales y sexuales; están obsesionados por el muy actual culto al cuerpo y la belleza, y caen bajo la sospecha de los Servicios de Inteligencia.

Quemar después de leer puede ser considerada un compendio de los distintos registros cinematográficos de los Coen

Sin duda, igual que ocurre con el teatro de vodevil, la película se beneficia de la labor de los actores y actrices que participan en ella. En un reparto coral, el casting aporta su buen hacer en sus disparatados papeles: el iracundo y torpe John Malkovich como analista de la CIA; el petulante, paranoico y absurdo agente federal George Clooney, obsesionado con el sexo; el inmaduro y ridículo monitor de gimnasio que interpreta Brad Pitt –un actor que carece de vis cómica–; su chiflada compañera de trabajo obsesionada con las operaciones de estética, que  Frances McDormand resuelve bien; o la fría y cortante Tilda Swinton como esposa del analista de la CIA y amante de Clooney.

Los acontecimientos se precipitan en una serie de oscuros e hilarantes encuentros fortuitos hacia un final tan brillante como inquietante. Todos los personajes, sin ningún sentido del humor –signo evidente de su falta de inteligencia–  son utilizados por los Coen para burlarse de la sociedad americana y de su establishment.

Las conversaciones difusas entre dos altos cargos del Centro de Inteligencia tratando de explicarse qué es lo que está ocurriendo entre los tipos que ellos han empezado a investigar a partir de un “chivatazo” son desternillantes, además de alarmantes: pero, ¿en qué manos está el mundo?

Todos los personajes, sin ningún sentido del humor –signo evidente de su falta de inteligencia–  son utilizados por los Coen para burlarse de la sociedad americana y de su establishment

Como buena comedia, está película transmite la sensación de ser un mecanismo bien ensamblado en el que todos los elementos funcionan y encajan con precisión, al igual que ocurre en los filmes anteriores de esta pareja de cineastas, tanto los “serios” como los “festivos”. Es decir, Fargo, Sangre fácil, Muerte entre las flores, No es país para viejos, o bien, Arizona Baby, El gran Lebowski, Oh Brother! o Crueldad intolerable.

El contexto de la historia, sus paisajes y personajes son inequívocamente americanos: el individualismo, el recurso a la violencia y la fe en sí mismos los identifica. Su materialismo y falta de miras hacen que resulten patéticos para los espectadores. Sin embargo, los hermanos Coen consiguen crear una cierta empatía hacia ellos gracias a que su estulticia los hace reconocibles y hasta universales. Su comportamiento es por momentos tan infantil que enternece.

Basado en un buen guión escrito en clave de parodia, este filme, rodado casi simultáneamente con No es país para viejos, aporta una mirada aparentemente desenfadada, pero sin duda corrosiva sobre la sociedad y los estamentos de poder norteamericanos.

Escribe Juan de Pablos

 Los hermanos Coen: unos tipos serios