No es país para viejos (2007)

  30 Noviembre 2010

Desierto

No es país para viejos, de Joel y Ethan CoenEl filme de los hermanos Coen, basado en la novela homónima de Cormac McCarthy, se abre con una serie de postales desérticas. Un paisaje desolador convertido en la metáfora del sinsentido que gobierna No es país para viejos, una película aterradora que explora el dominio que el absurdo ejerce sobre la existencia.

Todo arranca cuando Lewellyn Moss (Josh Brolin) se encuentra con una reproducción a escala del duelo en O.K. Corral, aunque esta vez Wyatt Earp y los hermanos se trocan en banda de mexicanos con marihuana suficiente para llevar al séptimo cielo al mismísimo Bob Marley.

Quieren los hados que este ex soldador metido a cazador de antílopes se tope con un par de millones de dólares sin propietario conocido. Ahora bien, en realidad, lo que enciende la mecha de esta historia de violencia no es el hurto en sí, sino el remordimiento que experimenta Moss al haber dejado medio moribundo, en el lugar del tiroteo, a un mexicano que, antes de exhalar su último aliento, rogaba por un sorbo de agua.

Ese rasgo de humanidad supondrá, a la postre, su condena. En un mundo en el que la causalidad se revela como un artificio humano; en una época en que dispensar la muerte no necesita de motivos porque, precisamente, cualquier excusa es buena para validar un buen número de pasaportes al Hades; en un tiempo en que Dios ha colgado en su puerta el cartel de “no molestar”, no hay nada a lo que aferrarse.

La huida de Moss de Antón Chirguh (Javier Bardem) uno de los encargados de recuperar el montante extraviado y la intervención, puramente tangencial en un principio pero decisiva al final, del sheriff Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones), concentran la narración.

Realmente, el argumento es sumamente sencillo, cercano y está desarrollado de forma concisa, sin excesos visuales –tan propios de los Coen en la mayoría de sus filmes–, aplicando patrones puramente clásicos que, no obstante, chocan con la parte final de la trama.

Es como si el lenguaje clásico no sirviera para definir el mundo actual. Es como si el último tren de Gun Hill hubiera arrollado a Kirk Douglas antes de enfrentarse a Anthony Quinn.

Realmente, el argumento es sumamente sencillo, cercano y está desarrollado de forma concisa, sin excesos visuales –tan propios de los Coen en la mayoría de sus filmes–, aplicando patrones puramente clásicos

El espectador queda descolocado, no sólo por el giro de la trama, sino porque la traducción de ése tour de force habla de la implacabilidad del hoy, antropomorfizada en ese androide con corte de pelo hortera que reparte billetes al infierno como un cáncer abominable capaz de arrasar con todo sin tener que dar cuentas a nadie. Ni siquiera la naturaleza, que todo lo puede, acierta –accidente de coche mediante– a desviarlo de su epopeya destructiva. Este mundo, señores, es horrible.

En No es país para viejos encontrarán referencias al western, a la road movie, a las constantes que rigen el cine negro, pero, en realidad, sólo están ahí para demostrar que ya no sirven, que la lógica que las regía ha sido devastada por el único genero posible: el terror.

La vida es una jodida tómbola, aunque en manos de los Coen más parece una macabra partida a la ruleta rusa.

Puede que el desierto sea una de las mejores representaciones visuales de la nada. Un lugar en el que nada sobrevive colocado en el único sitio del universo donde hay vida. ¿Existe mayor paradoja?

Afortunadamente, siempre nos quedará el humor de ultratumba del que hace gala el filme para poder sobrellevar mejor esta mierda (o al menos la hedionda existencia que rodea a la “América profunda”).

Escribe Enric Albero

No es país para viejos, de Joel y Ethan Coen