A serious man ( 2009)

  09 Diciembre 2010

Un tipo serio, de Joel y Ethan CoenRecibe con sencillez todo lo que te suceda” (Rashi)

Esta sentencia hebrea, con la que comienza esta enigmática película, nos expone (ya de entrada y no sin cierta ironía típica de los Coen) el carácter desconcertante del protagonista de esta historia, un tal Larry Gopnik. A continuación presenciamos una sibilina parábola judía sobre la eterna lucha entre fe-razón ante los hechos inexplicables de la vida.

Pero en seguida la acción se traslada a la trama principal, que transcurre en 1967, acompañada de unas más que oportunas canciones sesenteras de los Jefferson Airplane  Somebody to love y Coming back to me —este último tema también lo utilizó pertinentemente Sean Penn en su ópera prima Extraño vínculo de sangre (The Indian Runner, 1991)— que resultan ser un recurso más que eficaz para explicar (en ambas cintas) la soledad del personaje principal: y en el caso que nos ocupa, el de un solitario (pese a estar casado y tener dos hijos) en los EEUU de finales de los 60.

Este impasible “hombre serio” ve como de repente su vida parece sacudida por un dibuk (espíritu maligno) y abocada sin remedio y de forma progresiva al abismo y, lo que es peor, sin aparente explicación racional. Con un tono tragicómico, incluso casi kafkiano —como en Barton Fink (1991)—, se van sucediendo las numerosas y encadenadas desgracias del personaje protagonista —en el que muchas veces no sabes si reír o llorar—, y nos viene el recuerdo de las peripecias vividas por Paul Hackett (Griffin Dunne) en aquella noche surrealista y ridícula que describe la magnífica ¡Jo, qué noche! (After Hours, Martin Scorsese, 1985).

Pero, pese a la subvaloración (por parte de cierto sector de la crítica) que precede a esta cinta, quisiera reivindicar esta obra atípica, compleja, cínica, crítica, extraña, difícil y de extrañas y contradictorias emociones, en definitiva: a esta obra maestra de Joel y Ethan Coen. Y voy a intentar explicar el porqué de esta aseveración tan aparentemente eufórica: normalmente los directores intentan que sintamos simpatía hacia el personaje principal al que le ocurren las vicisitudes, para que sigamos y disfrutemos / suframos con sus vivencias.

Pero, en esta ocasión, no tenemos claro si el personaje principal nos cae simpático o no, si empatizamos con él (o no): de hecho, dudamos muchas veces si es “un justo”, un tzaddik, un cándido seguidor acérrimo de la Cábala, o simplemente un ser pasivo e impávido que ve como las desdichas van pasando por su vida sin expresar un aparente impulso vital por recuperar lo que se supone que conforma su vida. Es, como su hermano, un genio en las ciencias físico-matemáticas, pero son unos retrasados (en mayor o menor grado) en las habilidades sociales y vitales.

Y ahí radica la complejidad del filme, donde lo visionamos más como una sátira que como un drama, aunque el fondo y las intenciones autorales respondan a la indudable e inquietante verdad de que la vida no tiene sentido

Y ahí radica la complejidad del filme, donde lo visionamos más como una sátira que como un drama, aunque el fondo y las intenciones autorales respondan a la indudable e inquietante verdad de que la vida no tiene sentido, que la mala suerte existe y que no se puede ni se debe encontrar respuesta ante la fatalidad porque forma parte de la vida y que el Hashem (dios hebreo y nombre que utilizan los judíos para no nombrar al innombrable Yavhé) o no tiene poder para ayudarnos —crítica hacia la inverosímil omnipotencia del dios hebreo—, o directamente no le incumbe nuestra miserable existencia (una vez más, los Coen hacen una crítica mordaz hacia su propia religión).

Y es aquí donde entroncaríamos también con el eterno debate cristiano sobre el problema del mal en el mundo —que tanto ha tratado la filosofía (Ockham, Tomás de Aquino)— y que, en el arte cinematográfico, cuenta con la presencia destacable de, ¡qué duda cabe!, Woody Allen, el eterno inquisidor de su propia religión, que imbuye todos sus filmes de crítica hacia la más pura ortodoxia y costumbres cerradas hebreas —como en Delitos y faltas (Crimes and Misdemeanors, 1989)—.

Además, es importante resaltar que es el realizador también de la extraordinaria Match Point (2005), en la que se postula en el lado opuesto a esta cinta, ya que aquí Allen ve el azar desde el punto de vista de un arribista con buena suerte; mientras que el protagonista de A serious man padece de lo contrario: pese a esforzarse continuamente en ser recto en todas las facetas de su vida, el sino quiere verle precipitado al fracaso y la desesperación. En lo que sí se asemejan ambas posturas es en mostrar la relación directa del principio de incertidumbre de Heisenberg con la existencia (una de las sentencias que el profesor Larry Gopnik recita con pasión en su clase, aunque sin ningún tipo de aptitud ni actitud pedagógica), y es que nada (ni siquiera la ciencia) consigue predecir o comprender el azar (algunas veces para bien y otras para mal) innato y consustancial a la vida.

La parte cómica del relato aparece en las consultas que mantiene el profesor Gopnik con los rabinos, que recuerdan a las típicas frases allenianas sátiras con la religión judía, como en Recuerdos

La parte cómica del relato aparece en las consultas que mantiene el profesor Gopnik con los rabinos, que recuerdan a las típicas frases allenianas sátiras con la religión judía, como en Recuerdos (Stardust Memories, 1980): “Para ti soy ateo. Para Dios, soy la fiel oposición”. El primer rabino le da como respuesta la más estúpida e ineficaz que todos hemos recibido alguna vez cuando hemos solicitado consejo a alguien ante un problema: “no te preocupes, todo va a salir bien” (que, en realidad, esconde indiferencia ante nuestra dificultad).

El siguiente “gag” proviene del segundo rabino, que siempre relata la misma historia y viene a decir que intentemos solucionar nuestros problemas haciendo el bien, porque, según palabras textuales del hebreo “no te hará ningún daño” (y esto está muy bien como modus vivendi en general, pero cuando tenemos un problema concreto queremos soluciones especificas y no divagaciones y filosofías vitales generales).

Por eso, el tercer rabino —el tipo más inteligente de la película— es el que nos ofrece, no sólo al protagonista, sino también al espectador, la respuesta más sutil (y, por otra parte, inquietante) a cualquier problema, al responderle: “cuando la realidad es una patraña y la esperanza carece de sentido, ¿entonces qué?”. Es decir, que no hay un dictamen clarividente y único, que la salida la tiene/tenemos que encontrar él/nosotros solo/s.

Los Coen, ya desde su frase inicial, rechazan con ironía la pasividad a la que incita el judaísmo (y las religiones en general)

Con todo, pese a tanta “mala suerte” que parece sufrir el personaje, el final abre una cierta esperanza (por lo menos a nivel profesional), aunque también deja abierta una puerta, para que cada espectador decida dentro de su propio optimismo/pesimismo trascendental.

Por todo esto, los Coen, ya desde su frase inicial, rechazan con ironía la pasividad a la que incita el judaísmo (y las religiones en general), porque, si bien es verdad que hay cuitas que escapan a la razón y en las que poco podemos hacer, la mayoría de los acontecimientos que le suceden a Gopnik (o a cualquiera de nosotros) son solucionables (por ejemplo: el divorcio y todo lo denigrante que conlleva su traslado a un motel y ¡¡¡¡¡el pago del funeral del amante de su mujer!!!!, lo podría sobrellevar con menos pusilanimidad).

La crítica fundamental de esta película proviene, pues, de la exhortación acérrima de las religiones hacia la inactividad y la aceptación del dolor, y el rechazo hacia la acción, que parece ser la respuesta más natural ante cualquier complicación. Pero la sedición es más propia de ideologías de izquierdas que incitan a la rebelión ante la fatalidad, la iniquidad y el sufrimiento en pos de los derechos, la dignidad y cierto bienestar al que todos tenemos derecho.

Las injusticias nos pueden ocurrir a cualquiera, pero lo que nos diferencia es nuestra postura y la respuesta que tomamos ante las circunstancias que nos va llevando la vida, en la que no debemos ser meros espectadores pasivos de los avatares de la existencia, sino actores de nuestra propia historia.

Escribe Arantxa Bolaños de Miguel

Joel y Ethan Coen