Miller's crossing: reformulación genérica

  26 Diciembre 2010

Muerte entre las flores

Muerte entre las flores (Miller's crossing) de los hermanos CoenMuerte entre las flores representa un punto de inflexión determinante en la trayectoria cinematográfica de los hermanos Coen.

Su debut, seis años atrás, con Sangre fácil (1984), mostraba las ansias de renovación conceptual de unos cineastas que llevaban a cabo un delirio cinéfilo, casi como una catarsis impregnada de furia juvenil. Arizona Baby (1987), con su regusto al cartoon de Tex Avery, incrementaba los grados de singularidad exhibidos en su opera prima, desde una vertiente mucho más superficial, donde el nervio de éstas primeras piezas de los Coen adquiría su mayor grado de expresión. Muerte entre las flores sirvió para depurar las señas de identidad de las dos piezas ya mencionadas. De igual manera, con ella, los dos hermanos ofrecieron una arriesgada fusión estilística, completamente inusual en el cine estadounidense posterior a los años setenta.

La película plantea, ante todo, un apasionante híbrido entre la tradición y la modernidad sustentada, en su base argumental, en la narrativa de Dashiell Hammett. El riesgo del film consiste en asimilar, con gran precisión y profundidad, una infraestructura argumental propia del cine negro de los años cuarenta y cincuenta, con el fin de envolverla en unas directrices formales contemporáneas, completamente alejadas de los preceptos del clasicismo.

En efecto, no únicamente en la estilización de la violencia, sino en su propia puesta en escena, Muerte entre las flores va mucho más allá de los pretendidos homenajes o los tan socorridos estereotipos en los que basa la construcción de sus situaciones y personajes. Los característicos travellings que definen parte de la caligrafía fílmica de esta primera etapa de los hermanos Coen (paulatinamente relegados a un segundo término a medida que su filmografía ha ido avanzando), así como la contundencia de su dirección (por momentos cercana al exceso, apuntando influencias directas de Scorsese) chocan, aparentemente, con un fondo poco dado a variaciones y heterodoxias. No obstante, la extraña comunión que los Coen logran entre ambas vertientes sitúa a Muerte entre las flores como uno de los ejercicios de sincretismo cinéfilo más poderosos de todo el cine contemporáneo.

Más allá de estos rasgos, otro de los elementos que fija la fascinante personalidad del film se halla en un guión tan complejo como absorbente

Más allá de estos rasgos, otro de los elementos que fija la fascinante personalidad del film se halla en un guión tan complejo como absorbente. Sin ningún género de dudas, la adopción que los Coen realizan del universo de Hammett está repleta de los recovecos propios de la compleja escritura del autor, convenientemente filtrados por los lugares comunes de un género cuyas matrices se hallan completamente delimitadas.

El personaje interpretado por Gabriel Byrne responde a un tipo de antihéroe cínico y distante, más próximo al Alan Ladd de El cuervo (1942) que a la icónica imagen de Humphrey Bogart. Parco en palabras y sin un pasado explícito, la visión que los Coen ofrecen es la de un ser cuya historia comienza, precisamente, cuando el film termina. Previamente, Byrne ha ido persiguiendo su propia personalidad (simbolizada en la recurrente presencia del sombrero) alejada de un ambiente completamente hostil. No sabemos cómo este personaje se ha integrado en dicho ambiente, pero sí sabemos cuál es el punto de inflexión que le hace replantearse su situación.

La secuencia final (donde se esboza un pequeño homenaje a El tercer hombre ―1949― en el desprecio de Marcia Gay Harden) así lo demuestra, con Byrne cubriéndose parte del rostro con el sombrero, al tiempo que los Coen realizan un expresivo travelling que muestra su mirada. La mirada de alguien distinto al del inicio del film.

Muerte entre las flores, por tanto, se sitúa en la cima de la trayectoria cinematográfica de los posteriores autores de No es país para viejos (2008)

Es esta consecución del antihéroe como un ser totalmente desvinculado de su esencia monolítica lo que hace que la esencia de Muerte entre las flores se encamine, igualmente, hacia una reformulación genérica respetando, eso sí, sus cánones seminales. Algo que se extiende, perfectamente, a la femme fatale interpretada por Marcia Gay Harden, quizá, algo más esquemática que el resto de personajes, pero no por ello carente de un prisma muy sugestivo, en este caso, relacionado con su hegemonía sexual. Núcleo temático dispuesto de manera completamente explícita (se habla de la homosexualidad o de un conato de incesto), abandonando la sutileza del periodo que toma como referente y evidenciando (de manera, quizá, un tanto abrupta) los nuevos tiempos en que los Coen llevan a cabo el film.

Muerte entre las flores, por tanto, se sitúa en la cima de la trayectoria cinematográfica de los posteriores autores de No es país para viejos (2008). Una trayectoria tremendamente irregular que, en muy pocas ocasiones, ha logrado acercarse a la extraordinaria inteligencia y lucidez con la que concibieron este título referencial del cine estadounidense de las últimas décadas.

Escribe Joaquín Vallet Rodrigo

Sin ningún género de dudas, la adopción que los Coen realizan del universo de Hammett está repleta de los recovecos propios de la compleja escritura del autor