La caída del imperio americano

  28 Diciembre 2010

Sobre No es país para viejos, Fargo y Un tipo serio

No es país para viejos, de Joel y Ethan CoenEn el año 2007 se estrenaron en las pantallas de cine dos películas estadounidenses, distantes en su concepción artística, pero cercanas en el mensaje final que nos transmitían. Una era En el valle de Elah, y la otra, No es país para viejos; curiosamente en ambas intervenía el actor Tommy Lee Jones en un papel muy similar.

En el primer filme, En el valle de Elah, dirigida por Paul Haggis, bajo una trama centrada en la investigación del asesinato de un marine mientras se encuentra en un permiso rutinario durante la guerra de Irak, subsistía un análisis de la situación social y política del país norteamericano en relación con este conflicto bélico, siendo la tesis del filme que EE.UU. se encuentra en ese momento en peligro pues todas aquellas cosas sobre la que se asienta el país, están en entredicho.

El personaje encarnado por Tommy Lee Jones terminaba suplicando auxilio izando la bandera americana del revés, acto que según se explica en la película tenía precisamente el significado de solicitar auxilio. Hay en este filme una plasmación del pesimismo que vive la sociedad americana y que lleva a personajes fuera de toda sospecha a dudar de su propio país, a pensar que el enemigo está dentro y, desde luego, pone en tela de juicio la intervención bélica en el país asiático.

No es país para viejos no tenía una alusión directa al conflicto de Irak, pues el filme bascula entre la adaptación de la novela de Cormac McCarthy (escrita en el año 2005 y ambientada en los años 80) y los temas que los hermanos Coen han ido cimentando a lo largo de su filmografía. Pero reflexionando sobre el filme podemos intuir que éste es un reflejo de un momento histórico, una foto de la situación en la que se encuentra EE.UU. cuando se rueda el filme.

Y esa foto coincide mucho con el mensaje que también nos llegaba de En el valle de Elah, pues el filme de los hermanos Coen es un pesimista retrato de la América actual. La visión del filme nos deja una desazón, una inquietud interior por ese muestrario de perdedores que van muriendo físicamente delante de nuestros ojos y que acrecienta la tensión por la comparación con un tiempo pasado donde las cosas, para bien o para mal, tenían establecido su código ético.

La estructura sobre la que se asienta la trama del filme es la novela negra, heredada de su origen literario y que se resume en una serie de acontecimientos entre los que tenemos: un veterano de la guerra de Vietnam, el encuentro ocasional de un botín perteneciente a unos narcotraficantes, un pequeño detalle que complica la situación, un asesino a sueldo despiadado, un policía encargado del caso, muertes y asesinatos, etc. Elementos que combinados y puestos al servicio de la historia, en clave de cine negro, ponen de relieve lo peor de la sociedad.

Pero No es país para viejos va más allá del thriller, pues bajo ese modelo que los Coen han aplicado en gran parte de su filmografía, en realidad el planteamiento que subyace es el del western

Pero No es país para viejos va más allá del thriller, pues bajo ese modelo que los Coen han aplicado en gran parte de su filmografía, en realidad el planteamiento que subyace es el del western. Toda la secuencia inicial, tras los primeros asesinatos de Anton Chigurh (Javier Bardem), donde el protagonista se encuentra con los restos de una masacre provocada por el choque de bandas rivales de narcotraficantes, tiene un sabor que recuerda directamente a esta clase de filmes. El anacrónico paisaje físico y social de Texas, donde se desarrolla la acción, se impone en la pantalla incorporando elementos que van tejiendo la imagen del western: el desierto, la vestimenta (sombreros, botas), los cowboys que pueblan el filme, los duelos que se entablan entre los personajes, la persecución por el botín, pero sobre todo la épica emocional que trasmiten todos los que tienen algo que decir en la película.

Y es que el género del oeste se acopla perfectamente a la finalidad que persiguen los autores de Barton Fink, finalidad que se resume en la desesperanza de unas personas que viven su tiempo sabiendo que no hay posibilidades de escape de un mundo pesimista y cruel, y que se hace patente en el personaje de Tommy Lee Jones, secundario en cuanto a presencia cuantitativa, pero protagonista esencial para el significado último del filme.

Es por ello que el guión de los Coen acaba con el supuesto protagonista (Josh Brolin) y con la incertidumbre narrativa sobre el botín 25 minutos antes de terminar la película. Es decir, parece que todo aquello que mantiene el suspense del espectador finaliza repentinamente (casi como el modelo de Hitchcock en Psicosis) y la parte final concede la importancia a las reflexiones del viejo policía.

Es por ello que el guión de los Coen acaba con el supuesto protagonista (Josh Brolin) y con la incertidumbre narrativa sobre el botín 25 minutos antes de terminar la película 

Insistimos en lo del western porque ese viejo policía recuerda a los personajes de Duelo en la alta sierra (en el filme de Peckinpah son dos personas que han sido sobrepasadas por los nuevos tiempos). De hecho, las arrugas del personaje, el aspecto físico que los primeros planos se empeñan en resaltar y las viejas historias que cuenta sobre sus familiares se remontan precisamente a esa época. No es el western de grandes ideales rodados en los años 50 sino esa clase películas del oeste que realizó el ya citado Peckinpah en el ocaso del género (Pat Garret and Billy the Kid, Grupo salvaje o La balada de Cable Hogue).

El filme concluye además apostando por el pesimismo pues certifica que el personaje de Anton Chigurh (Javier Bardem), ese asesino implacable, sigue su camino, sin que haya nada que impida que continúe por el mundo ejerciendo su violencia, pues es ajeno a cualquier situación (va a casa de la mujer de Josh Brolin porque esa era su promesa, aunque haya terminado su trabajo, posteriormente sufre un accidente de coche, sobrevive, se levanta y desaparece por la calle). Es la pura encarnación del mal, la metáfora del miedo y la violencia que se extiende allá por donde va.

Este final frío y exento de cualquier atisbo de esperanza (que termina con uno de esos finales cortantes típico de los Coen) remarca esa lectura de No es país para viejos como radiografía de la sociedad de ese momento. Además, hay que tener cuenta que todo el asunto que cuenta la película comienza casi sin importancia, en realidad no tenía que haber ocasionado consecuencias, pero todo se complica por un gesto —sin sentido— de humanidad (llevar agua a un moribundo), que desencadena toda la terrible historia. Terrible por la ristra de asesinatos y terrible también para aquellos personajes que no mueren, pero que tienen un destino lamentable pues son los que se dan cuenta de cual es la tragedia que se ha desarrollado, y de eso es lo que realmente habla este filme, de la impotencia que sienta alguien que, a pesar de la lógica —o quizá por ello— que dan los años, es incapaz de comprender qué está pasando. Por eso la única solución para el personaje de Tommy Lee Jones es la renuncia al puesto de trabajo.

No es país para viejos tiene una lectura política en la cual se plantean todos los interrogantes de una sociedad que se descompone y que demanda un cambio 

No es país para viejos tiene una lectura política en la cual se plantean todos los interrogantes de una sociedad que se descompone y que demanda un cambio. El año de estreno del filme, 2007, fue el momento concreto donde se llegó al fatídico número de 3.000 soldados americanos muertos en Irak (con la consiguiente repercusión mediática en la sociedad americana), tres millares de muertos por una guerra “ganada” y que, al igual que ocurrió en Vietnam, el país no era consciente de la necesidad de ir a la otra parte del mundo para defender sus intereses (el propio Bardem comentó en una entrevista que se inspiró en Bush para el personaje del cruento asesino).

Junto a todos estos elementos, el hecho de que la acción esté situada en los años 80 remite también al inicio del auge del conservadurismo con el periodo de Reagan. Insisto, En el valle de Elah el tema de las consecuencias de la guerra se trata directamente, pero en No es país para viejos encontramos una carga de profundidad mayor pues plantea los miedos de una sociedad que siente que ya no cuenta con la moralidad o la ética necesaria para afrontar los retos que se le vienen encima.

Un año después, en 2008, la sociedad norteamericana daría la respuesta a esa necesidad de cambio a través del triunfo de Obama en las elecciones presidenciales.

Pero además hay que tener en cuenta que el diagnóstico sobre el declive de una sociedad no es nuevo en el cine de los Coen. Si nos remontamos unos años atrás, en Fargo, película realizada en el año 1996, los hermanos Coen ya apostaban por el pesimismo y la falta de moralidad, mostrando a través de todo el filme cómo los diferentes personajes eran unos mediocres, con unas vidas grises y apagadas, donde todos esperan su oportunidad para conseguir sus deseos de la forma más mezquina, y donde la ética en sus actuaciones brillaba por su ausencia.

Al igual que pasaba en El hombre que nunca estuvo allí o No es país para viejos, en Fargo también los pequeños detalles comienzan a tener significado y al final se complica toda la situación inicial Al igual que pasaba en El hombre que nunca estuvo allí o No es país para viejos, en Fargo también los pequeños detalles comienzan a tener significado y al final se complica toda la situación inicial (pasando de un secuestro a un rosario de asesinatos), lo que le sirve a los Coen  para demostrar hasta qué punto es endeble el sistema establecido. La acumulación de problemas termina por aniquilar toda esperanza en unos seres que están acorralados y que nos muestran una amarga visión de la sociedad donde ya no hay reglas ni decencia.

Fargo, dentro de su tono irónico, con el delicioso protagonismo de un personaje tan bien trazado como en el de la mujer policía (McDormand), que suaviza un poco la dureza del filme, es un tremendo varapalo para esa América profunda (y conservadora) que se describe en el filme.

Declive de una sociedad que los Coen continúan profundizando en su filmografía pues en su última película (hasta que se estrene True Grit), Un tipo serio, volvemos a tener el mismo planteamiento. Un individuo, que hasta ese momento lleva una vida relativamente tranquila al amparo de sus creencias (en este caso, el microcosmos viene representado por la pertenencia a la comunidad judía), empieza a complicarse la existencia debido a esos pequeños problemas que se van acumulando y que crecen sin cesar hasta desequilibrar todo su sistema.

En este caso, parece que los Coen nos están diciendo que en esos convulsos años de finales de los 60 comenzó la decadencia de ese imperio americano que hasta ese momento funcionaba como un mecanismo de relojería. Hay que recordar que en ese periodo la sociedad norteamericana asistió a cambios de todo tipo, desde los movimientos juveniles que cuestionaban las reglas de la sociedad existente hasta ese momento fomentados por los aires de cambio y el conflicto de Vietnam, hasta la América profunda que reacciona con violencia para frenar cualquier intento de cambio (asesinatos de Robert Kennedy, Luther King), es decir, toda una serie de elementos que trastocaron el orden imperante.

En el caso de Un tipo serio, lo que nos vienen a decir los Coen es que la religión tampoco es capaz de resolver todo este galimatíasEn el caso de Un tipo serio, lo que nos vienen a decir los Coen es que la religión tampoco es capaz de resolver todo este galimatías. El personaje acude a las personas representativas de su comunidad pero no obtiene respuesta, o la respuesta, no es satisfactoria para él.

Si al principio de este artículo comentábamos el juego simbólico de la bandera como llamada de auxilio ante la grave situación en que se encuentra el país en la escena final de En el valle de Elah, ahora, en Un tipo serio vamos a ver cómo la bandera vuelve a convertirse en un icono representativo de la amenaza que se cierne sobre la sociedad, al ser víctima de ese tornado, físico y simbólico, con el que se cierra la película y que entendemos se va a llevar todo por delante, dejando bien claro que siempre puede aparecer algo peor (al protagonista le dicen que pase a recoger unos resultados médicos que parecen desfavorables, pero la situación siempre puede empeorar, y por eso aparece el tornado que es mucho peor).

Con estos tres filmes que hemos citado, y teniendo en cuenta que este motivo se puede rastrear también en otras partes de la ya extensa trayectoria fílmica de los hermanos Coen, se puede afirmar que de su análisis se obtiene un fresco en imágenes donde se reflexiona sobre el modo en que la ética y la moralidad de un país se desvanecen poco a poco. Es un cine de ficción, pues cada historia tiene su origen particular (unas veces es un relato propio, otras son adaptaciones, otras basadas en algún suceso acaecido en algún lugar), cine en el que vamos encontrando una política d’auteur que se va confeccionando película a película y donde podemos entresacar unos temas comunes que se van repitiendo.

Pero, además de todo esto, el cine de los Coen es también un cine histórico. Cine histórico entendido como una mirada explicativa sobre la sociedad que los rodea, es decir, no es un cine sobre fechas o acontecimientos concretos, pero aun así, es tan revelador como si describiera situaciones reales pues en el fondo nos está ayudando a comprender una situación social, son fragmentos que intentan explicar lo que está pasando en un país, su país, de una manera absolutamente esclarecedora.

Ficción y realidad, arte y certeza, puestos al servicio de historias que entretienen y que incluyen su reflexión sobre la sociedad, en este caso, una sociedad que a través del encuadre de los Coen se muestra en descomposición.

Escribe Luis Tormo

Un tipo serio, de Joel y Ethan Coen