Quemar después de leer (2008)

  19 Diciembre 2010

Los escombros del sueño americano

Quemar después de leer, de Joel y Ethan CoenLa primera sensación que provoca Quemar después de leer es la certeza de que sus artífices se lo han pasado muy bien haciéndola. Recuerda poderosamente a lo que ocurre cuando un grupo de viejos amigos se reúnen a recordar aventuras y a burlarse de todo lo que se les pasa por la cabeza, contando para ello con un inmenso bagaje de complicidades mutuas.

No cuesta nada imaginarse a Brad Pitt, a Frances McDormand o a George Clooney incorporando ocurrencias sobre la marcha a sus personajes ante la risa generalizada de quienes les observan. Y como todos ellos son tipos divertidos e inteligentes, el jolgorio se contagia de inmediato. Son también buenos actores, aunque la grandeza que desprenden en esta película está íntimamente ligada a la naturalidad con la que realizan su trabajo, es decir, al ambiente distendido que con toda probabilidad lograron crear durante el rodaje, y que diferiría muy poco del que a buen seguro se da también en el ámbito de sus relaciones personales. El esfuerzo que en muchas ocasiones acompaña al trabajo del actor, el agotamiento que se trasluce con frecuencia incluso en los papeles más livianos, no aparece por ningún lado en esta película. Es como si tras el “corten” con el que finaliza la escena nada cambiase, pues nada ha cambiado cuando el director grita “acción”.

El resultado, con estos mimbres, no puede ser otro que una comedia magnífica. Más aún: a pesar de la extrema estupidez de la mayoría de los personajes no podemos evitar que nos resulten entrañables, tiernos, próximos. Son tipos reales, carentes de artificio, de esos que reconoceríamos entre el vecindario, en uno mismo, y a los que se les puede disculpar cierta mezquindad porque a fin de cuentas la realidad que nos envuelve es mezquina.

Pero como muy bien saben los Coen, toda gran comedia requiere de ciertas gotas de vitriolo para convertirse en una gran película. Y ésta vaya si las tiene. Más allá de la risa provocada por un diálogo chispeante y un guión enrevesado (aunque cuidadísimo) y surrealista, Quemar después de leer lanza una mirada feroz a su entorno, esto es, a la sociedad americana de nuestros días, la que se despliega de modo manifiesto tras los atentados del 11 de septiembre y lo que éstos trajeron consigo, pero cuyas características esenciales pueden ser rastreadas desde mucho tiempo antes.

Lo más evidente es quizá lo menos importante: la estupidez generalizada de los personajes, cuya máxima expresión la encontramos en aquél que interpreta Brad Pitt. Adicto al chicle, al ipod y al gimnasio, representa la intrascendencia absoluta, la superficialidad extrema, la cual, como no podía ser de otro modo, se traduce en una temeridad sin límites.

qLo más evidente es quizá lo menos importante: la estupidez generalizada de los personajes, cuya máxima expresión la encontramos en aquél que interpreta Brad Pitt

Es magnífica la escena en la que se reúne con Ozzie (John Malkovich) en el coche de éste y acaba recibiendo un golpe del antiguo espía. De repente parece caer en la cuenta de que el perfecto plan que ha trazado no funciona como él esperaba. Ni siquiera se le ocurrió pensar en la posibilidad de que su estrategia comportase algún peligro, y de ahí su sorpresa. Algo parecido ocurre con el primer contacto telefónico. El tono cuidadosamente estudiado para amedrentarlo no acaba de causar el efecto previsto, y eso provoca en él un desconcierto inesperado.

Y es que en las películas no ocurre eso. Chad (Brad Pitt) está reviviendo una película. Pone la voz del gangster, acude a la cita con la seguridad del gangster, espera que el adversario caiga rendido ante el poder del gangster tal como ha visto muchas veces en el cine (o en la televisión). Incluso adopta el seudónimo idóneo para un gangster (señor negro: Tarantino, Reservoir dogs). Hasta en la escena de su muerte se hace patente ese juego con la ficción: cuando se ve descubierto, un segundo antes de caer acribillado, esboza una sonrisa como de niño travieso que ha sido descubierto con las manos en la masa. Una sonrisa que viene a decir: vale, el juego ha terminado, no te enfades. Apaguemos la televisión y volvamos a la realidad.

Pero resulta que la vida no es un juego. O a veces ocurre que hay otros que juegan un juego distinto, que viven en una película diferente, en la cual el malo acabará corriendo peor suerte. Una película en la que se utilizan armas de verdad, y de la que uno no puede salirse cuando las cosas no le gustan. No es ya que no se distinga entre la ficción y la realidad, sino que es la ficción (cinematográfica) la que ofrece el modo (incuestionado) de comprender lo real. Cuando los desajustes se manifiestan acontece el caos.

Otro hito en la intrascendencia lo representa el culto a la imagen. Toda la trama se origina por la necesidad de pagar una operación de cirugía estética

Otro hito en la intrascendencia lo representa el culto a la imagen. Toda la trama se origina por la necesidad de pagar una operación de cirugía estética. Y todo se da por bien empleado cuando al final se consigue. Puede pensarse que tal actitud responde al vano capricho de una mujer insatisfecha, pero no es así. El valor de la imagen se asocia al triunfo, y quien lo desprecia queda relegado a la categoría de los perdedores. En una sociedad en la que te juegas tu futuro por una foto colgada en Internet, o por la impresión que causes a quien la colgó, qué menos que hacerte una liposucción. Ganar ya no está en tus manos, sino en las del cirujano plástico. Los escombros del sueño americano.

Podría considerarse, de todos modos, que la estupidez es anecdótica, restringida a unos tipos que se moverían en los márgenes de la sociedad. Para desmentirlo basta un detalle genial, uno de esos momentos que dignifican una película y que muestra la demoledora acidez de los Coen. Nos referimos al cartel que cuelga en la puerta de una biblioteca y en el que se puede leer: “Cerrada por fiesta privada”. No se podía decir mejor.

De todos modos, si la imbecilidad fuera el único rasgo de los personajes la fuerza de la crítica quedaría atenuada. La carga de profundidad tiene mucho más calado y afecta a la absoluta inmoralidad de quienes deambulan por la película. Todo el mundo engaña a todo el mundo. Las infidelidades de pareja son múltiples y cruzadas (se engaña a mujeres, amantes, maridos y amigos), y hasta las separaciones se supeditan a un previo rastreo de las finanzas. Por otra parte esa infidelidad se convierte en sospecha generalizada. La mentira se ha constituido en el engranaje que articula las relaciones sociales, y en consecuencia cualquiera representa un traidor potencial. De este modo, toda la trama de espionaje sobre la que se construye la película no es sino la plasmación novelada del modo de ser de una sociedad. No cuesta imaginar un argumento tan retorcido por cuanto se trata de lo que la cotidianidad ofrece.

¿Y qué hacer en un medio como éste? Sin duda los justos no tienen posibilidad alguna de triunfo. Esto parece tenerlo bien claro todo el mundo, y así se expresa cuando la ocasión lo permite: Ozzie sabe muy bien el motivo de su expulsión cuando exclama “¿qué trasero no he besado?”. Pero es Linda (Frances McDormand) la máxima expresión de esta actitud. Para ella sólo hay dos maneras de progresar en la vida. A saber: resbalarse a la puerta de un restaurante elegante o la extorsión a la que va a dedicarse, ya que “es una oportunidad de las que no se presentan muchas”. Dicho con otras palabras: o te toca una especie de lotería que te permita esquilmar a alguien, o te construyes tú mismo esa situación para esquilmarlo igualmente.

No cuesta nada imaginarse a Brad Pitt, a Frances McDormand o a George Clooney incorporando ocurrencias sobre la marcha a sus personajes ante la risa generalizada de quienes les observan

¿Qué queda pues de ese mito que aseguraba que el trabajo personal y el esfuerzo eran el camino seguro hacia el éxito? ¿Dónde está el viejo ideal americano? ¿Qué ha cambiado para destruir la confianza en las propias fuerzas?

Los Coen nos muestran una sociedad inmoral y asustada, sin que quede muy clara la dirección causal entre ambas características. La referencia más inmediata a la que se suele recurrir para explicar este hecho es, claro, los atentados de Nueva York en 2001, pero la película no se conforma con esta explicación y apunta un poco más lejos, concretamente a la guerra fría, añorada por tipos como Ozzie, quienes recuerdan esos tiempos como una época en la que se sentían protagonistas, y que les permite seguir disfrazando de patriotismo sus miserias y sus venganzas.

Pero junto a los profesionales del honor están los que ni siquiera son conscientes de que la guerra fría es cosa del pasado, los que continúan viviendo en una película de espías en la que la información se vende al mejor postor. En consecuencia, ¿qué mejor que acudir a los rusos cuando los compatriotas no se pliegan a tus requerimientos? Como ya no existen valores que defender, como la fidelidad es un vocablo sin contenido, ni siquiera el temor al enemigo mítico es capaz de frenar el ansia por una operación de cirugía estética. La guerra fría ha pasado de ser un aglutinador de las conciencias a una posibilidad de negocio. O lo que es lo mismo, una oportunidad de medrar en el submundo en el que se ha convertido toda la sociedad.

Curiosamente son los rusos los únicos que introducen un punto de sensatez en esta locura.

Escribe Marcial Moreno

Los Coen nos muestran una sociedad inmoral y asustada, sin que quede muy clara la dirección causal entre ambas características