El hombre que nunca estuvo allí (2001)

  02 Diciembre 2010

Cine que sí estuvo allí

El hombre que nunca estuvo allí, de Joel y Ethan CoenSituada entre O brother! y Crueldad intolerable y rodada en 2001, El hombre que nunca estuvo allí no guarda ningún vínculo con estas dos obras entre las que se encuentra. Sin embargo, puede considerarse una de las obras más coherentes dentro de la filmografía de Joel y Ethan Coen por entroncar con ese espíritu de cine clásico teñido de azabache que tan buenos frutos les ha dado a los hermanos. Se trata de una obra cercana a piezas hoy ya clásicas, como Sangre fácil, Muerte entre las flores o la notoria Fargo.

Con todo, la fama de la que han gozado estos notables ejemplos de cine negro fue desigual si la comparamos con la frialdad con la que se recuerda el filme que hoy nos ocupa. El hombre que nunca estuvo allí se reveló, y sigue revelándose, como un perfecto ejercicio de intenciones y estilo (¡y qué estilo) que necesita una revisión urgente. Curiosamente, cuando alguien cita a los hermanos Coen, raramente le viene a la cabeza esta obra, por lo que ha quedado casi como un filme empañado por los demás y, empero, es una de las joyas maestras de estos consanguíneos cinéfilos.

Ganadora del premio a la mejor dirección en el festival de Cannes, compartido ex aequo con David Lynch y su ejemplar Mulholland Drive, este trabajo intelectual y plenamente cinéfilo se erige como un retrato de un mundo derrumbado en el que sólo podemos contemplar a unas clases medias-bajas que luchan por la supervivencia. Clases en las que sólo caben los anti héroes, los perdedores y los mezquinos. Se trata de la fotografía de una sociedad que ha llegado a una alienación absoluta donde no hay posible redención ni progreso. Por ello, también es quizás uno de los filmes más existencialistas de los Coen.

La acción del filme se emplaza en 1949, cuando la época dorada del Hollywood tendía a la realización de piezas maestras del clasicismo noir. Sólo la contemplación de la fotografía que realizó para este filme Roger Deakins ya nos demuestra que estamos delante de una pieza homenaje que recoge la mejor tradición de aquel tiempo pretérito. Unos ambientes plagados de sombras, unos claroscuros expresionistas y una revisitación de la política que rige el género y sus tópicos así lo declaran ante su visionado. Podría considerarse incluso que esta es la obra por la que los Coen han decidido apostar por el respeto absoluto hacia los cánones.

La acción del filme se emplaza en 1949, cuando la época dorada del Hollywood tendía a la realización de piezas maestras del clasicismo noir

El respeto por el pasado

Es este respeto el que la hace una de sus películas más elegantes y solventes que mostró que, quizás, era un avance hacia la madurez narrativa que hasta el momento no se había dado con tanta afirmación. También se puede considerar el uso del blanco y negro como una operación nostálgica, además de como un reto. Lo primero por reverberar un cine que hoy parece no interesar demasiado y lo segundo por considerar que era la primera vez que se enfrentaban a la elaboración casi artesanal de una pieza de orfebrería que requería ceñirse a unos parámetros ya establecidos.

Recordemos su trama. Se desarrolla en Santa Rosa, California, donde un ayudante de peluquería, de nombre Ed Crane, vive su vida desde la modestia y con el añadido de la infidelidad de su esposa. El personaje perfecto para arriesgar su vida en pro de un cambio que vire las circunstancias tristes que le rodean. Por supuesto, la oportunidad le vendrá al taciturno protagonista en forma de propuesta jeroglífica que le obligará a realizar su propio camino a los infiernos.

Se trata de un personaje “negro”, así como de un personaje “Coen”. Es decir, si bien Eddy Crane es el perfecto exponente del perdedor embaucado que caracteriza el cine negro (con un ligero aire a un Bogart castigado por la vida), también es el personaje masculino que encarna a un ordinario (por no decir casi mediocre) y advenedizo individuo que será víctima de su entorno. Casi como una suerte de determinismo ambiental se tratara, el hombre se ve supeditado por lo que le rodea y por su propia condición. Recordemos a William H. Macy encarnando al Jerry de Fargo, o a John Turturro en Barton Fink. Incluso el Nota, interpretado por Jeff Bridges en El gran Lebowski, se puede considerar un varón de reminiscencias similares.

Encontramos a un Billy Bob Thornton impecable en su actuación, a unos siempre excelentes James Gandolfini y Frances McDormand y a una Scarlett Johansson que aún no había conseguido ser musa de medio planeta, marcas variadas y otros menesteres ajenos al cine. Todos ellos conforman el conjunto perfecto para la filigrana narrativa que trazaron aquí los Coen.

Encontramos a un Billy Bob Thornton impecable en su actuación, a unos siempre excelentes James Gandolfini y Frances McDormand y a una Scarlett Johansson que aún no había conseguido ser musa de medio planeta

Clasicismo y modernidad

Cabe pensar que, con este filme, dejaron a un lado sus pretensiones más independientes para abocarse a una exposición/conjugación perfecta de espacios y tiempos. Deliberadamente pausada y perfectamente hilvanada, los hermanos juegan con un manejo de los tiempos fílmicos que hasta el momento no habían plasmado de forma tan plausible. Cierto es que tampoco lo habían precisado antes de enfrentarse a esta estatua de orden clásico. Y decimos estatua porque el filme es una estructura compacta, sólida, en la que no hay aristas mal esculpidas. Cada encuadre es simplemente perfecto, cada imagen es un rectángulo que implica belleza, cada fotograma también conduce inequívocamente a la reflexión.

En su momento fue acusada de ser un producto demasiado frío. Cine distante que, pese a la armonía de sus intenciones se quedaba en reducto vacío. En efecto, es una película donde no existe el sentimiento sino la atmósfera como metáfora de las circunstancias. Aquí es donde la obra parece querer provocar una afortunada tendencia vanguardista. Precisamente, esa ausencia emocional que guarda lo desaforado en un cajón es lo que la convierte en algo cercano al experimento nuevo, tratándose de todo un guiño a un pasado fallecido.

Y es que El hombre que nunca estuvo allí podría bien ser una síntesis de la obra anterior de los Coen antes de su realización. Guarda la coherencia necesaria y resume todas las posibilidades hasta el momento vistas en los cineastas. Y el radicalismo de este filme reside en una curiosa paradoja. Su perfecto aroma de clasicismo impecable la convierten en una rara avis que incluso se puede considerar un esfuerzo absolutamente iconoclasta, tanto para la filmografía de los propios brothers como para el cine de cambio de década donde se enmarca la obra.

Quizás el tiempo la ajuste en el nivel que le pertenece, quizás se convierta en uno de esos filmes de culto reducido, quizás permanezca como película maldita de público escaso, pero sabemos que es un trabajo que enlaza el presente y el pasado de la herencia del mejor Hollywood. El hombre que nunca estuvo allí es puro cine en mayúsculas.

Escribe Ferran Ramírez

Y es que El hombre que nunca estuvo allí podría bien ser una síntesis de la obra anterior de los Coen antes de su realización. Guarda la coherencia necesaria y resume todas las posibilidades hasta el momento vistas en los cineastas