O Brother! (2000)

  21 Diciembre 2010

Los Hermanos Coen y el argumento universal

O brother, de Joel y Ethan CoenEverett (George Clooney), Pete (John Turturro) y Delman (Tim Blake Nelson), charlan, alrededor de una hoguera, de un futuro prometedor. Son tres prisioneros fugitivos en busca de un tesoro. Uno sueña con una cama de plumas y seda, otro con montar un restaurante de lujo. Otro con poseer una granja. “No eres hombre si no posees tierra”. Nada desdeñable reflexión sobre el sueño americano, tal y como lo conocemos desde las películas de David Wark Griffith.

Los Coen se animan con una explícita adaptación, nada menos, que del clásico de clásicos, La Odisea de Homero. Bautizando discretamente a su protagonista con el nombre de pila del rey de Ítaca, Ulises. Pero nada más lejos de la intención del tándem indie que convertir el Estado de Mississippi en tiempos de la depresión americana en la Mediterránea helénica precristiana de la posguerra de Troya.

O Brother! es, más que una reverencia al clásico o un reto dramático, una excusa para rizar el rizo que articula todo el arco cinematográfico de los hermanos Coen: la sencillez de articular una historia siempre y cuando se disponga de un dominio del ambiente que la acoge. Y en eso, en ese dominio, los hermanos de Minnesota siempre fueron unos auténticos maestros.

La obra ―que, por cierto, podría ser una ópera country―, se abre ante el espectador con una obertura musical. Una comparsa de presos pican piedra al son de Po’Lazarus, arrollador work song de James Carter and The Prisoners con historia propia, mientras los artífices invocan a la musa. Oh Musa, canta por mi boca la historia de aquel hombre avezado en la disputa, un viajero perseguido durante largos años”.

Como suele ocurrir en todas las películas de quienes firman, la atmósfera ya está construida desde las primeras imágenes. Las llanuras del sur, los morenos esclavos del nacimiento de la nación, los planos generales de los maizales y la certeza de una tierra rica a pesar de las vacas flacas, componen la pícara oda a una América que tiene que ver nacer, para bien o para mal, no pocas conquistas culturales. Una digna competidora de la cuna de la otra civilización, la Antigua.

O Brother! es, más que una reverencia al clásico o un reto dramático, una excusa para rizar el rizo que articula todo el arco cinematográfico de los hermanos Coen

Pero los Coen son tan americanos como espectadores, tocados de esa distancia un tanto ácida que Nietzsche atribuyó a todo buen contemporáneo de su tiempo, y, para ellos, cantar alabanzas siempre tuvo un feliz y estrecho vínculo con el arte de convertir la insensatez de ciertos lugares comunes en comedias únicas. Todo sueño hecho historia, americana o no, nace, según se mire, de una fantasía megalómana. Y a los Coen les gusta reflejar ése sueño atrapando del gorro a los monstruillos que acaban poblando toda quimera ida de madre. Simpática afición ésta, que les convierte desde Sangre fácil (1985), en generadores de personajes irrepetibles. Así, la obertura de O Brother! culmina con los tres protagonistas escabulléndose del pelotón operístico, dando saltos de libertad en un campo de trigo. Encarnados en una especie de sano desrigor histórico en el que los argonautas se americanizan en una forma más propia de los hermanos Dalton que de cualquier idea de guerrero helénico.

Seguimos con la tesis de la excusa para reconsiderar este octavo largometraje como una obra del todo coeniana. Cuando la película fue estrenada, en 2000, caía en la filmografía de los autores como graciosa pieza de transición. La década de los 90, que después del fracaso de taquilla de la superproducción El gran salto (1994), terminaría con la gloria de Fargo (1995) y de El gran Lebowski (1998), había servido tanto para la consagración como para determinar el legítimo lugar de los Coen en el cine.

Los hermanos, que siempre tiraron más al culto que al consenso de crítica y taquilla ―aunque tampoco aquí fueron nunca parte de listas negras, de todo salen airosos―, pronto declaran mayor comodidad en la historia mínima que en la narración épica. Hoy podemos decir que es la de la anécdota irreverente, la mejor formula de rentabilidad dentro de la narrativa que nos ocupa. Contra todo afán dramatúrgico, lo que hace grandes a los Coen son los giros de sus tramas y su siempre expansiva galería de tipos, y la vértebra de la que hacer mutar una espina dorsal como la de Raising Arizona (1987) o Fargo, debe ser, cuanto más mejor, una historia no sólo simple, sino también simplista. Es decir, que tienda a la nada por voluntad propia, por pura simpatía. Por ceder el trono a la anécdota que construirá el verdadero armazón de lo contado.

Así, la obertura de O Brother! culmina con los tres protagonistas escabulléndose del pelotón operístico, dando saltos de libertad en un campo de trigo

En este aspecto, encarar la historia de historias, la épica homérica en O Brother!, no debe ser vista como nada parecido a una pretensión, sino como una deliciosa paradoja y una discreta ―y quizás por eso afortunada― declaración de principios.

Las andaduras del poco interesante capitán Everett articulan una trama que camina sólo hacia una probable verdad. Hay un conflicto de base, que es el encontronazo entre la épica clásica y la aventura cinematográfica. La primera de Europa, la segunda de América. Si el héroe antiguo era europeo, el moderno es indudablemente americano, y el híbrido entre el Ulises de Homero y el de Joel y Ethan Coen no puede tener un resultado más lógico que el que nos da la ecuación: Ulises Everett McGill. Un héroe al que sólo le preocupa el aspecto de su pelo ―que unta narcisistamente con brillantina Dapper Den, condenando toda marca blanca―, y permanecer en el legítimo lugar de paterfamilias de su prole.

Penny (Holly Hunter), una Penélope que no teje ni desteje, sino que más bien no pierde el tiempo aceptando al primer pretendiente de paso, ha educado a sus seis hijas en la creencia de que el padre ha sido atropellado por un tren y que es necesario, cuanto antes, un cambio de apellido como vuelta a la decencia. Las seis Telémacas que no conocen la lealtad y más bien se desdicen del padre con soberana perversidad a sus tiernas edades, legitiman a la Penélope coeniana como digna fundadora de su peculiar y propio matriarcado.

En su particular descenso a los infiernos, aquél en el que el personaje clásico recibía el coraje de la visión de la madre (Anticlea) en el Hades, Everett se encuentra en un cine ante una película de Norma Shearer (o similar starlette pecaminosa). “Las mujeres son el objeto de tortura más infernal inventado por el demonio para destruir a los hombres”, dice Everett, ninguneado por su prole de hembras. Si el relato clásico había inventado a la heroína mediterránea y pasional, Hollywood inventó la femme fatale. Y contra ella, el galán pocas veces tuvo algo que hacer, más que imponerse por la fuerza del androcentrismo masculino (esa legitimidad del apellido del paterfamilias), y el aspecto pulcro. Es decir, aferrándose al nombre y a la brillantina más que a cualquier oráculo. Ahí están todas las víctimas, desde Theda Bara hasta el cine de gangsters: galanes brillantemente peinados. Casi, casi cortados en serie de Errol Flynn a Humphrey Bogart. Ulises Everett no podía ser un lobo de mar de método salido del Actor’s Studio, sino un galán como el asiduamente coeniano George Clooney.

“Americanizar” la Odisea en una comedia de aventuras sirve a los Coen también para permitirse otra serie de esa galería de tipos al antojo de los autores. De la profusión de personajes que nos legó la leyenda homérica, brillan menos los guiños épicos que las irreverencias. Más que la hechicera malhechora Circe, apetece ver, en esas llanuras del Mississippi arruinadas y dejadas de la mano de Dios, a un vendedor de biblias tuerto y bandolero. Simpático cíclope renacido en astucia, en la piel de John Goodman. Más que una comparsa de marineros leales, ilustra el ambiente escogido un séquito fundamentalista del Ku Klux Klan desfilando entre crucifijos en llamas. Más que las ascuas de la guerra de Troya, apetece ver una campaña electoral donde no sabemos quién es más chaquetero, si Menelao o Agamenón. Gobernadores que no aman la tierra por lo que da, sino por lo que se puede proyectar en ella. Otra vez, el sueño yanqui vence la épica del vínculo esencial, el de la tierra como madre de dioses y de hombres que tanto emociona el corazón occidental europeo desde el canto antiguo. 

Está también la elegantísima escena de las sirenas. Los prófugos enloqueciendo ante los cantos a capella de esas lavanderas o bañistas que seducen como serpientes a los tres hillbillies

Con todo, el homenaje es declarado y los guiños están presentes en pequeñas incursiones de la fábula que no expanden el alma al intelectual pero tampoco molestan al espectador de la aventurilla. El equívoco de la conversión de Pete en sapo resulta casi más creíble que la de los verdaderos marineros de Ulises en cerdos bajo hechizo de Circe. También está ese entrañable profeta-oráculo, el anciano negro que recorre las vías del ferrocarril cantando el destino de los tres antihéroes, tan ciego como Raffaello pintó a Homero en el Monte Parnaso. Porque si el pobre Homero fue ese vagabundo cuenta cuentos e invidente que dicen que fue ―que, paradójicamente, jamás pudo empuñar una pluma aun siendo el mayor autor de relatos que conozcamos―, en el sur de los Estados Americanos de los años 30, seguro que habría sido negro y habría circulado en uno de esos carros manuales de las viñetas de Lucky Luke.

Está también la elegantísima escena de las sirenas. Los prófugos enloqueciendo ante los cantos a capella de esas lavanderas o bañistas que seducen como serpientes a los tres hillbillies (también Clooney pierde aquí su porte de ser el inteligente del trío de payasos y se lleva las mismas tortas que los demás). Paréntesis poético, esta escena, que merece mención aparte porque, hay que decirlo: los Coen no solo guiñan, cuando quieren, son de una sofisticación más que anecdótica, y ésta estación más o menos gratuita en el camino aporta una curiosa aria femenina al musical de bluegrass hacia el que camina la película casi sin quererlo (la banda sonora llegó a ganar un Grammy).

No equipara a las sirenas en elegancia pero sí en peso dramático el simpático personaje (interpretado por el cantante Chris Thomas King) de Tommy Johnson, joven rapsoda de blues que, siguiendo la leyenda de esas voces negras sobrehumanas de la América del algodón ―se dice que algunas llegaban a conseguir indultos ablandando los impenetrables corazones de algunos jefes de prisiones―, vende su alma al diablo y acaba formando grupo con los tres presidiarios: The Soggy Bottom Boys (O Los Traseros Mojados).

Quizás sea ésta la picardía más americana con la que los Coen tiñen el clásico: tres muertos de hambre que acaban amansando a la masa con un single de poca monta, a lo Jonas Brothers, convirtiéndose, de la noche a la mañana, en los héroes nacionales que ni de lejos pretenden ser. Como tampoco lo pretendía Odiseo, que, a la par que el trío hillbillie, sólo quería volver a casa, aunque por el camino se corra la juerga que convirtió al referente clásico en argumento de argumentos: el viaje como motor de narración, al margen del color o realidad de sus estaciones. Viendo la actuación musical de los fugitivos, recordamos que sólo el prestigio histórico hizo que olvidáramos que Ulises, entre el amor a la patria, al hogar y a los dioses, tenía algo de Peter Pan. Que el lugar de un rey es el gobierno de la tierra, y no la deriva. Y que, en el fondo, Everett y él comparten algo de ese aventurerillo entrado en años que el intelecto cultural ha obviado y que los Coen celebran como auténtico canon de todo lo contado. 

Quizás sea ésta la picardía más americana con la que los Coen tiñen el clásico: tres muertos de hambre que acaban amansando a la masa con un single de poca monta, a lo Jonas Brothers, convirtiéndose, de la noche a la mañana, en los héroes nacionales

Para que las cosas vuelvan a su cauce y la crítica sonría, Everett consigue llegar a casa, y la insolente sinusoide de este homenaje modernamente americano a Homero se cierra con sendos sombreros levantados sobre los cráneos del par de autores. Incurre un último giro de trama, una especie de delirio bíblico en el que una inundación hace desaparecer la humanidad de un valle en el que hay que construir una presa, dejando que las vacas invadan los tejados de las casas, restituyendo un extraño orden al mundo desmantelado en esta aventura de viñeta de Al Capp.

“El sur está cambiando”, dice Ulises Everett, profetizando el futuro a flote sobre un tablón de madera. “Todo será electrificado. Adiós a las monsergas espirituales y a las supersticiones. Veremos nacer un nuevo mundo en el que todos estaremos conectados a una red”. O Brother!, en última instancia, se lleva de La Odisea ese relato de transición del mito al logos. Las de Homero son las últimas aventuras humanas antes de los filósofos, de la imposición de ésa lógica que los Coen no prefieren sobre el libérrimo delirio de hacer de la heroína americana una policía encinta o del héroe de culto al Dude de Jeff Bridges.

Los Coen que homenajean al poeta antiguo son también los cineastas que aman un relato no porque de su magma salga el argumento universal y de sus lectores el guionista intelectual, sino porque el ambiente de Ulises es el de la mente humana todavía fabulando quimeras, sumido en la feliz ignorancia del género y del canon, tan lejos del concepto de hermenéutica como del de industria.

Y en esos pastos y llanuras del paraíso de la inocencia original, que invitan a Ulises a tres décadas de travesuras ―como invitaron en su día, al Quijote, y a todos sus buenos discípulos―, nada mejor que correr con el pelo gustosamente abrillantado y lejos del peso de toda ley ajena a la propia. Al ritmo de A Man of a Constant Sorrow, o de lo que sea que tenga que cantar la musa de los Coen. Como dice Everett a las puertas del hogar perdido, rescatando la lucidez del poeta que, en el fondo, lleva dentro: “Todo ser humano puede exaltarse en un momento de angustia”.

Escribe Marga Carnicé 

Como dice Everett a las puertas del hogar perdido, rescatando la lucidez del poeta que, en el fondo, lleva dentro: “Todo ser humano puede exaltarse en un momento de angustia”.