Muerte entre las flores (1990)

  17 Noviembre 2010

Otra vuelta de tuerca al cine negro

"Muerte entre las flores" (Miller's crossing) de Joel y Ethan Coen“Está tan claro como el barro” (Leo O’Bannon a Johnny Caspar).

La tercera película de los hermanos Coen, cuyo cine se ha caracterizado por una visión postmoderna y rompedora de los géneros cinematográficos, se mostró sin embargo como una relectura clásica del cine de gangsters de los años 30. Inspirada fundamentalmente en la novela negra La llave de cristal de Dashiel Hammett publicada en 1931 y, sobre todo, en su segunda traslación al cine (realizada por Stuart Heisler en 1942) propone a través de una enrevesada trama la reunión de una serie de personajes que se transforman en verdaderos paradigmas del cine negro. 

La historia retrata la amistad y traición entre el jefe de una banda de gangsters irlandeses —Leo O’Bannon (Albert  Finney)—  y su lugarteniente —Tom Reagan (Gabriel Byrne)—, enmarcado en una guerra feroz entre bandas rivales (irlandeses frente a gangsters italianos comandados por Caspar (John Polito), y todo ello aderezado con un triángulo amoroso con mujer fatal incluida, la enigmática Verna (Marcia Gay Harden).

Reconocemos el aliento clásico de las viejas historias de gangsters en los abundantes diálogos, precisos y literarios, que no cesan ni en medio de los aparatosos tiroteos, y que nos van definiendo a los personajes principales: Tom, mano derecha de Leo, superviviente nato, inteligente, perdedor y cínico, en la línea del detective privado taciturno, que durante toda la historia no para de recibir palizas sin desdibujar una media sonrisa escéptica. Nos recuerda, con su discurso lacónico y sus respuestas cortantes como cuchillas, al Alan Ladd de la citada segunda entrega de La llave de cristal o al Bogart de las películas de Huston y Hawks.

El personaje de Verna, novia de Leo y amante ocasional de Tom, conforma junto a éste último, la tipología clásica del cine negro. Fría, independiente y carnal, busca solamente su propio provecho y el de los suyos (en este caso proteger a su hermano homosexual, verdadero detonante de toda la trama). Quizá la Verna de los Coen no tenga el hálito sofisticado y misterioso de otras heroínas del género negro, pero la sentimos más cercana y real, tan desesperada y obligada por las circunstancias como el mismo Tom.

El clima social que se describe en el film, con una corrupción generalizada y unas fuerzas políticas y policiales al servicio de los gangsters, es una pieza del puzle que no podía faltar al retratar el trasfondo que domina la acción, siendo el ansia de poder el verdadero motor de toda la trama. No obstante el tratamiento de este aspecto resulta demasiado caricaturesco, siempre observado a través de escenas jocosas donde se ridiculiza al jefe de la policía y al mismo alcalde (al que se llega a expulsar de su propio despacho). Poderes públicos que son mostrados como verdaderas marionetas en manos de los hampones.

El clima social que se describe en el film, con una corrupción generalizada y unas fuerzas políticas y policiales al servicio de los gangsters, es una pieza del puzle que no podía faltar

Francamente, preferimos el tono más sutil que describe la podredumbre social en títulos como Chinatown (Roman Polanski, 1974). Aunque no nos extrañaría que la actitud chabacana de los hampones respecto a las fuerzas del orden que retratan los Coen estén más cercanas a la realidad de lo que podamos imaginar.

Todos estos aspectos se complementan con el trabajado aspecto visual de la película, que nos retrotrae a las viejas películas del género negro. El impecable trabajo de ambientación del diseñador de producción Dennis  Gassner, con muchas de las localizaciones rodadas en las viejas calles de Nueva Orleans y la fotografía oscura (casi cercana al blanco y negro) de Barry Sonnenfeld, nos crean una realidad “negra”, repleta de sombras y ambientes sucios y opresivos, que conecta perfectamente con la situación vital (en ocasiones cercana a la desesperación) que motiva a la mayoría de los personajes.

Pero si los diálogos, los personajes icónicos, el referente social y la ambientación nos acercan al cine negro clásico, la presencia de otros aspectos como el tratamiento de la violencia, la creación de personajes “atípicos” y de algunos recursos simbólicos, todo ello aderezado con el “toque Coen”, conforman un producto final que aunque de apariencia clásica presenta destellos de indudable modernidad.

El personaje de Verna, novia de Leo y amante ocasional de Tom, conforma junto a éste último, la tipología clásica del cine negro. Fría, independiente y carnal

La violencia que aparece en el film resulta artificialmente exagerada, estilizada y en alguna ocasión gratuitamente sangrienta (como por ejemplo el asesinato de Eddy “el Danés”). Esta exageración del hecho violento, alejado de un tratamiento realista, y con alguna escena que casi roza el absurdo (cuerpos acribillados que se mantienen en pie, batallones de hampones disparando...), acaba provocando un distanciamiento en el espectador, que entiende que aquello que ve no es real, sino una relectura de los Coen de unos hechos y una época especialmente crueles.

Una secuencia más desarrollada que ejemplifica este aspecto sería el ataque a la casa de Leo, con banda sonora de fondo de aires operísticos (Danny Boy, interpretada por Frank Patterson), que recuerda  momentos de similar factura vistos en otros filmes, como el asesinato de Sean Connery en Los intocables (1987). En esta escena, la habilidad de Leo para deshacerse de sus atacantes resulta asombrosamente irreal, al igual que el fuego que escupe ininterrumpidamente el cañón de su metralleta.

La exposición de elementos simbólicos resulta importante en el film, la mayoría de veces unidos a la expresión de la violencia (como la insistencia de los sombreros que “se pierden”, o que vuelan lentamente, de significado incierto aunque muy llamativo visualmente), junto al tratamiento de algunas escenas destacadas (como los ajusticiamientos en el bosque), resultan a la postre claves en el desarrollo del film e indudablemente efectivas, quedando prendidas en el imaginario del espectador. Las escenas en el bosque (el cruce de Miller del título original) acompañadas por la música de aires celtas de Carter Burwell, resultan estilizadas, de parsimoniosa lentitud, con profusión de planos generales, donde los personajes se ven disminuidos alrededor de una naturaleza opresiva y con un sadismo que nos recuerda al spaghetti western.

una obra hipnótica, oscura y valiosa dentro de la filmografía de los Coen, que nos resulta difícil de olvidar, y que podemos etiquetar de puro cine negro

Finalmente, en cuanto a la presencia de personajes atípicos siempre presentes en el cine de los Coen, observamos una cohorte de secundarios perfectamente caracterizados; la mayoría de ellos sórdidos, nerviosos, pusilánimes y violentos, aunque uno de ellos engloba todas estas cualidades, constituyendo uno de los hallazgos del film. Se trata del personaje interpretado por John Turturro (el judío  Bernie Bernbaum), que conformará otro triangulo sentimental, esta vez de tinte homosexual, que desde luego sería difícil de imaginar de forma explicita en el cine clásico de los años 30, aunque no deja en el fondo de recordarnos a un sudoroso y sinuoso Peter Lorre en filmes de Lang, Hitchcock o Huston.

Como vemos, al final nos resulta difícil destacar aquellos aspectos que convierten a esta obra en fundamental dentro de la trayectoria de los hermanos Coen, si por un lado los aspectos que más la acercan al cine negro clásico, o bien aquellos que entendemos mas cercanos a la modernidad.

Lo que no cabe duda es que la combinación de ambas visiones crea una obra hipnótica, oscura y valiosa dentro de la filmografía de los Coen, que nos resulta difícil de olvidar, y que podemos etiquetar de puro cine negro.

Escribe Miguel Angel Císcar Vilanova

La violencia que aparece en el film resulta artificialmente exagerada, estilizada y en alguna ocasión gratuitamente sangrienta