Django desencadenado (2012)

  26 Enero 2013

La Southern movie de Quentin Tarantino 

django-desencadenado-10El sur de los Estados Unidos en los años previos a su guerra civil. El cinemascope de Sergio Leone sobre las plantaciones de algodón de David Wark Griffith. Morricone y Johnny Cash. La venganza de un héroe en busca de su amada. Disparos, sangre, risas y un festival de guiños a la mitología del spaghetti western. Epopeya y mala leche ante aquello que Hollywood nunca enseñó: la mirada de la esclavitud.

Django desencadenado es un espectáculo brutal, una película magnífica, una reinvención polémica de un género histórico a través del cual Tarantino encuentra su expresión más épica.

Historia, género y épica

Con Django desencadenado Tarantino vuelve a atacar el tema de la venganza para enseñarnos, más en la línea dramática de sus últimos años, aquello que querríamos haber visto pero la Historia no nos dio.

Si En Malditos bastardos el autor se tomaba la libertad de asesinar a Hitler antes que el cianuro hiciera su efecto; esta vez viaja al sur de los Estados Unidos en plena secesión previa a la guerra civil, para detonar la aventura de un esclavo liberto que cabalgó sin grilletes entre los campos de algodón donde su raza moría bajo el yugo blanco.

Los amantes del western pueden arrugar la nariz todo lo que quieran. Lo que Tarantino pone en escena es una revisión ya no tanto del género como del argumento más amplio de la conquista. El proceso a través del cual los americanos colonizaron una tierra y la levantaron con el trabajo de aquellos negros que Griffith —racista de cepa— sustituía por actores pintados. De aquí, probablemente, las ampollas levantadas, la polémica precedente a la revolución de la crítica.

Pero lo importante de volver, una vez más, a una de esas heridas macilentas que la Historia de occidente se lamió en silencio, es el peso cinematográfico de ese legado, la asertividad con la que Tarantino nos conduce a la yugular de la historia del cine.

Con la conquista, y a la luz de su épica, nació el clasicismo americano y la primera genealogía del star system primitivo. Django desencadenado recorre esa aventura desde los años diez a los sesenta, de El nacimiento de una nación a Por un puñado de dólares. De los copos de algodón inmaculados a las espuelas brillantes de Clint Eastwood. Del trenzado medieval de Lillian Gish a la épica silenciosa de la amistad masculina de los centauros del oeste. Alguien ha dicho que Django desencadenado es al western lo que Kill Bill fue al cine de samuráis. Y es que una vez más, Tarantino brilla por su cine y por su conciencia cinematográfica, tan sentida como irreverente.

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El negro, el raro y el malo

Todo el elenco hace un trabajo magnífico. Jamie Foxx, oscarizado por Ray, encarna un héroe distinto, totalmente atípico, de leyenda renacentista.

Christoph Waltz, adorable después de habernos regalado la náusea en Malditos bastardos, demuestra una vez más ser un actor superdotado y una importación de oro al cine americano por parte de Tarantino.

DiCaprio cumple con la parte más pegajosa, y aunque no estemos ante su mejor interpretación, en escenas como las de la calavera sigue siendo difícil entender la luz de gas que la Academia de Hollywood sigue haciendo a una de sus criaturas más ejemplares.

Kerry Washington es la única pieza que no parece alcanzar la justa medida del engranaje, y entre los secundarios brilla un Samuel L. Jackson muy veterano en el juego. Perfecto alter ego corrupto del heroísmo solar de Jamie Foxx.

La línea del cameo alcanza su justa medida con un magnífico Franco Nero (el Django de Sergio Corbucci), tan justa que quizás no lamentamos el experimento fallido de vestir a Lady Gaga de Lillian Gish para el papel de Lara Lee Candie. El mismísimo Tarantino riza el rizo con una simpática intervención. Una firmita un tanto entrada en años y en carne al final del genial conjunto.

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Southern movie

Tarantino ha defendido Django desencadenado como una película no tanto del oeste como del sur. Choca muchísimo, en los grandes angulares de plantaciones que podrían ser viñetas de cómic, contemplar la fotogenia perturbadora de la figuración. Recurso prácticamente neorrealista que abre pequeñas brechas en el discurso manierista del ya conocido festival de guiños.

Aquí, la voluntad de revisar ese primer legado cinematográfico roza algo más profundo. La poderosa imagen de la sangre salpicando las flores de algodón delata ese fuera de campo tramposo de Hollywood, y del esteticismo irreverente afloran las miradas amarillentas de los esclavos anónimos. Rostros, estos, más cercanos al legado europeo del realismo histórico, de los gestos veraces que el cine gestó en las posguerras mundiales. Algo debió cocerse en las intenciones de un autor que ha defendido esta también como una de sus obras más europeas.

A pesar de no tener el mejor montaje (es la primera película que de Tarantino que no edita la Sally Menke, fallecida en 2010), y de algún exceso de anacronismo estético —en la banda sonora especialmente chirriante—, el resultado es fantástico. Y el inusitado tono conciliador de su flujo sanguíneo —el detalle de que la amada Broomhilde tenga el nombre de las heroínas de los cuentos de niñez de Schultz, por ejemplo, habla de esa especie de cosmogonía universal— no hace mal equilibrio con las escenas de tiroteo y con los festivales de la carne abierta.

¿No es de lo mejor de su filmografía? Poco importa eso. Cada película de Tarantino es un espectáculo único. Y mientras siga siendo capaz de vestir un esclavo del siglo diecinueve de Tony Manero o regalándonos escenas como la de la caza de brujas nocturna de un Ku Klux Klan un tanto desorganizado, seguirá llevándonos al huerto.

Escribe Marga Carnicé


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