Uma, levántate y anda

  25 Octubre 2009

Sobre el sudoku Kill Bill (I y II)
Escribe Angel Vallejo

Podría decirse de Quentin Tarantino que es un realizador demasiado fiel a sí mismoPodría decirse de Quentin Tarantino que es un realizador demasiado fiel a sí mismo. Semejante calificación, honrosa para el común de los mortales, epítome de la autenticidad, puede no significar un halago para un director de cine, en la medida en que se refiera a su escasa capacidad para reinventarse.

Pero, ¿cómo? ¿Acaso Tarantino puede ser acusado de semejante falta, él que ha tocado (y retocado) todos los géneros, que ha elaborado un nuevo sincretismo casi con fervor religioso? No, quizá no sea eso; quizá debamos ser un tanto más precisos.

Lo que podríamos comenzar resaltando es que a lo largo de su no muy dilatada trayectoria como director de largometrajes (seis filmes en diecisiete años, siete si concebimos Kill Bill como dos películas distintas), las constantes se repiten una y otra vez: a la mezcla de géneros con afán elegíaco, quizá debida a su muy devota dedicación primigenia como empleado de videoclub que mataba las horas visionando el catálogo, hay que añadir la división episódica de sus largometrajes, la condensación de los diálogos en torno a temas intrascendentes que acaban por develar verdaderas intenciones profundas, las situaciones bizarras y casi dantescas que amenazan con presentarse en lo cotidiano de un trayecto en coche, en una tienda de ropa o en la cama de un hospital, además de un sinfín de pequeños tics más o menos simpáticos que hacen las delicias de los incondicionales y que han venido a delimitar eso que puede llamarse "marca de la casa" y que constituye esa fidelidad o autenticidad autoimpuesta de la que queremos hablarles.

Recuperar actores perdidos, como Travolta... o David CarradineUno de esos tics, la recuperación de actores míticos que, como Travolta, han acabado resucitando una carrera agonizante, hipotensa, es uno de los logros que ha de computarse en su haber. En esa larga lista podemos consignar el nombre de la fundamentalmente televisiva Pam Grier, antaño protagonista de numerosos filmes blaxploitation de los setenta y lanzada a un efímero pero prestigioso estrellato gracias a una de las mejores películas de Tarantino, Jackie Brown (1997), un thriller crepuscular de la que no cabe dudar que sea la más seria de todas sus realizaciones.

Pero es curiosamente en el caso de la película que nos ocupa, Kill Bill, donde se lleva al paroxismo esta tendencia. Lo primero que a uno puede llamar la atención del mencionado filme es el título. El hecho de llevar el nombre de uno de los protagonistas, puede conducir a la equivocada idea de que se refiera a uno de los actores principales. No es el caso.

Para comprender bien esa supuesta paradoja, habría que reparar en que lo que realmente se quiere con ese título es hacer un juego de palabras que remita al argumento del filme, dado que puede traducirse también por saldar una deuda. Lo segundo, que curiosamente el tal Bill viene a ser encarnado por una de esas estrellas revitalizadas y recuperadas de la televisión para el gran formato, el malogrado David Carradine.

David Carradine

Golpes de la pequeña China

Hijo del mítico John Carradine, uno de los actores fetiche de John Ford, David fue estrella principal de la serie Kung Fu, hecho que aparte de encasillarlo sin remisión en papeles de experto luchador, le dio cierta notoriedad allá por los primeros años setenta.  Aquella mítica serie debió sin duda despertar ciertas pasiones a nuestro obsesivo Quentin: el gusto por la escuela Shaolín tan presente como veremos, en la segunda parte de la película, debió de ser inspirado por las múltiples aventuras que acontecieron al pobre Carradine, discípulo en la ficción de la misma. Puede ser, además, que su devoción avivara un interés emergente por las artes marciales en general.

Es bastante fácil imaginar la posible cadena de figuras y acontecimientos que componen el puzzle Kill Bill; intentémoslo desde la premisa del homenaje y rehabilitación que acabamos de mencionar. Para ello, nada mejor que empezar con una leyenda.

Como todo amante de las disciplinas de combate orientales que se precie, Tarantino acaba por rendir pleitesía a Bruce Lee, el más grande entre los grandes maestros de las artes marciales, siquiera desde un punto de vista estético ¿Imaginan quién vestía igual que Uma Thurman en Kill Bill, un traje amarillo con franja negra? Nada más y nada menos que Lee, también conocido como "el pequeño dragón", en su obra póstuma  Game of death (Juego con la muerte, rodada en 1973, pero estrenada en 1978).

Un traje que es todo un homenaje a Bruce Lee

Bruce Lee no sólo fue filósofo por la Universidad de Washington y creador de un estilo de lucha, el jeet kune do. Fue también la figura central de toda una saga cinematográfica que surgió en el Hong Kong de principios de los setenta y que triunfó y medró en los Estados Unidos, gracias a personajes que incluso tomaron de él la alternativa, como el afamado Chuck Norris. Norris, quien ha seguido curiosamente una carrera inversa desde la pantalla grande hasta la pequeña, fue el enemigo final a quien se enfrentó Bruce en la mítica El furor del dragón (1972), en el marco incomparable del coliseo romano que estaba por escenificar la caída de imperio Lee con su tempranísima muerte muy pocos meses después, en 1973.

Por continuar el hilo argumental que nos ha llevado hasta aquí, habríamos de señalar que debió ser Bruce Lee el protagonista de la serie Kung Fu; sin embargo, fue Carradine quien se llevó el papel, quizá porque el pueblo norteamericano, inmerso desde mediados de siglo en luchas feroces contra todo tipo de orientales (japoneses, coreanos, vietnamitas), no estaba preparado para darle un protagonismo excesivo a un tipo de ojos rasgados que se movía tan rápido como el mismísimo diablo.

Si algo ha conseguido Tarantino con su Kill Bill ha sido sintetizar todo este marasmo de influencias en algunos afortunados detalles, en ocasiones apenas guiños como el traje amarillo de la Thurman o fundamentalmente en la elección de determinados actores para ciertos personajes.

En ese sentido, la presencia en ambas películas (volúmenes 1 y 2) de un actor como Gordon Liu no es en absoluto accidental. Liu, el jefe enmascarado de la banda de los 88 es un veterano actor que dio vida al protagonista principal de la muy extensa saga Shaolín, un ciclo de más de quince películas en las que encarnó en principio a un desarrapado aprendiz en la seminal Las 36 cámaras de Shaolín (Shao Lin san shi liu fang, 1978), hasta llegar a ser un maestro capaz de realizar las más inverosímiles proezas en las sucesivas secuelas. No parecería exagerado decir que Kill Bill, volumen 2 puede considerarse la última de las películas de la saga, en la medida en que Liu aparece caracterizado como Pai Mei, el muy exigente maestro de Kung Fu que enseña a Beatriz Kiddo el secreto de los cinco golpes que revientan el corazón y de quien se llega a decir que se enfrentó a sesenta de aquellos monjes, dejando huérfana una escuela a la que en anteriores ficciones él se había honrado en pertenecer.

También los yakuza tienen presencia en la película

La conexión japonesa

Pero el puzzle aparecería incompleto si nos centráramos tan solo en la vertiente hongkonesa de las influencias de Kill Bill. Un poco más al norte, al otro lado del mar de la China se alza imponente el poderío del antiguo imperio japonés. Toda vez que el Japón ha visto igualmente reflejada su belicosa idiosincracia en la cinematografía mediante su vinculación a las artes marciales, no deja de tener unas características propias: el cine yakuza, o de mafia japonesa, lo dota de una riqueza y fuerza argumental muy superiores a la mayoría de las producciones chinas.

No obstante, en la intensa pugna sobre la superioridad espiritual y técnica de sus respectivas disciplinas de combate que ha venido teniendo los dos imperios, el Japón no podía resignarse a dar por perdida la batalla de la propaganda. Kurosawa es en este sentido un referente fundamental y mucho más antiguo que las películas de Kung Fu hongkonesas, dado que la ópera prima del maestro nipón, La leyenda del gran judo data de 1943, y en ella se aprecia, como es notorio, una seria reivindicación del do o camino, en japonés: un estilo que engloba al Kárate, el Aikido, el Kendo y el Judo, todas ellas disciplinas derivadas de la antigua técnica de lucha de los samuráis, el Jiu Jitsu.

Tanto Kurosawa como Mizoguchi, el otro gran maestro nipón, no han dejado nunca de mostrar su querencia por el período medieval japonés, y han legado obras de una grandeza insuperable que han inspirado incluso westerns. Tal es el caso de Los siete samuráis (Shichinin no samurai, 1954), cuyo remake estadounidense fue Los siete magníficos (Magnificent seven, John Sturges, 1960). Pero a Kurosawa le debemos además el honor de abrir junto a su actor fetiche Mifune el vasto campo de las películas yakuza, con su magnífica El ángel ebrio (Yoidore tenshi, 1948).

Tarantino dirigiendo la secuencia del hospital

Ni que decir tiene que la presencia yakuza es más que evidente en Kill Bill; esa curiosa reunión de jefes en torno a un mesa rectangular presidida nada menos que por una mujer, O-Ren Ishii (Lucy Liu) en el Volumen 1, constituye un sacrilegio de las costumbres yakuza, tal y como se encarga de hacer notar el jefe Tanaka. Tanaka es interpretado por Jun Kunimura, un actor que trabajó en la mediocre Black Rain de Ridley Scott (1989), un fallido intento del británico de adentrarse en el género, casi tan dramático como el intento del jefe Tanaka de hacer valer la autoridad de la tradición, puesto que la malvada mestiza O-Ren Ishii, deja bien a las claras quién manda en las familias japonesas no sólo por lo expeditivo de sus métodos, sino también por lo afilado de sus encantos. Pareciera que en tal trifulca sobre la superioridad de ambos imperios, Tarantino prefiriese la versión China, de no ser por la aparición de otro mítico personaje en la trama, que además tiene prevista su vuelta en el Kill Bill, Volumen 3.

Quentin Tarantino sólo tenía palabras de elogio para Sonny Chiba. De él dijo que era el mejor actor de artes marciales que jamás hubiera actuado en una película. Su admiración está más que justificada, Chiba fue considerado el "Bruce Lee japonés", alcanzando gran fama con una película cuyo nombre debe sonar incluso a los profanos: Street Fighter (1974).

Sonny Chiba

Además de ser un referente en sus anteriores filmes (los protagonistas de Amor a quemarropa entran en un cine a ver un ciclo de sus películas), Chiba puede atribuirse el honor de haber servido de inspiración para, adivínenlo, los asesinos a sueldo de Pulp fiction (1993). Tarantino reconoce que los monólogos de Samuel L. Jackson en esa película están basados en aquellos que Chiba recitaba en su papel en la serie Shadow warriors.  No es extraño, entonces, que reservara a este mito del celuloide nipón uno de los papeles más amables de la película, el forjador de espadas Hattori Hanzo que además llevaba, en uno de esos guiños tan característicos del realizador norteamericano, el nombre de uno de los más famosos ninja de la historia.

Como ha podido observarse, nada en Tarantino es en balde: sus referencias se cruzan, su mitomanía se reivindica, y lo que es más importante: sus amistades se premian. Samuel L. Jackson, uno de sus actores fetiche, cuenta con un pequeño papel en el Volumen 2: es el músico que ambientará la boda de Beatrix, lo cual nos lleva al nodo central de Uma Thurman, su musa, protagonista de la más curiosa de las devociones... ¿La necrofilia?

La Mamba negra, la novia, Beatrix Kiddo

Sobre las muchas muertes de Beatrix Kiddo

La Mamba negra, la novia, Beatrix Kiddo. Tres nombres para un mismo personaje, tres caras de la misma mujer: la asesina implacable, la inocente desposada, la madre vengadora, que recorre más de medio mundo con una sola obsesión: cobrar una deuda, matar a Bill y recuperar a su hija, todo lo cual no viene a ser sino una y la misma cosa.

Kill Bill está realizada en torno a su figura; o mejor dicho, está hecha a mayor gloria de Uma Thurman, a quien Tarantino no duda en acreditar como coautora del filme. Su papel es riquísimo, lleno de matices y de vicisitudes. Beatriz Kiddo sortea la muerte con la habilidad de una serpiente, toda vez que no pueda decirse que no muera en ciertas ocasiones. ¿Acaso no llega en una ocasión hasta a ser enterrada?

La relación de Tarantino con Uma Thurman se remonta a su muy famosa colaboración en Pulp Fiction. En ella, la Thurman interpreta a Mia, la esposa del jefe a quien Vincent Vega (John Travolta) debe acompañar y cuidar en una noche de juerga. Ha pasado al imaginario colectivo cinematográfico lo mejor de esa noche inolvidable: el baile de ambos en una discoteca/restaurante ambientada con los mitos cinematográficos de los cincuenta, los chistes nefastos de Mia, los apuros de Vincent frente al espejo diciéndose a sí mismo que no debe tocar a la mujer del jefe... y la involuntaria orgía de droga de Mia, dada su obsesión por empolvarse la nariz con lo primero que pilla.

Las consecuencias de tal acto son bien conocidas: un coma gravísimo inducido por la confusión de la heroína de Vincent con la cocaína de habitual uso de Mia, y su consecuente traslado a casa del camello que ha de despertar a la accidentada esposa del más macarra entre los macarras antes de que muera y aquél se dé cuenta.

Una de las muchas 'muertes' de Uma Thurman en la película

Contemplemos la escena: Uma Thurman tumbada en el suelo, inerte, esperando ser resucitada; una punción entre las costillas con una dosis de adrenalina y... podemos ver a la actriz saltando como un resorte preguntándose dónde diablos está.

Memorable, ¿no es cierto?

Quizá demasiado memorable. Esa imagen tan poderosa, Uma Thurman en decúbito supino, inerte, es demasiado recurrente en Tarantino como para no ser tomada en cuenta. Parece haberse transformado en icónica; no menos de seis veces se repite a lo largo de Kill Bill. Tomen nota:

Primera escena. La muerte de la novia. Uma Thurman yace boca arriba ensangrentada y vestida de novia, balbucea unas palabras; es rematada por un invisible Bill. Acto seguido, aparecen el sheriff y su hijo. La novia no está muerta; resucita como un resorte entre esputos de sangre.

Primera escena. La muerte de la novia

Segunda resurrección, en el hospital; Beatriz Kiddo yace acostada en la cama. Evidentemente, boca arriba. Está en coma, pero despertará como un resorte con un trozo del labio de su agresor en la boca cuando intenten violarla por enésima vez.

Tercera, muy próxima en el tiempo, la novia se acuesta boca arriba en "La coñoneta"; su cuerpo no responde, está inmóvil. Por sugestión acaba resucitando desde la punta del dedo gordo hasta la cabeza.

Cuarta, en el restaurante japonés, vale decir saloon. La Mamba negra yace boca arriba vencida sobre la nieve que cubre el jardín zen. Pero se recupera y vence a O-Ren Ishii.

Quinta, Volumen 2. Le acaban de disparar en el pecho unos cartuchos de sal. Tendida inmóvil, boca arriba en medio de la noche, tiene la cara pálida como un cadáver por el polvo del desierto. Budd (Michael Madsen), le inyectará una droga para dejarla dormida.

Sexta, continuando la anterior, Beatrix es enterrada viva, boca arriba. Su lucha por salir del ataúd, agónica, prodigiosa, inverosímil, será una metáfora que signifique su victoria definitiva sobre la muerte. Quizá haya que esperar al Volumen 3 para volver a verla vencida.

Todo el puzzle gira en torno a esta escena: la muerte de la novia embarazada

Epílogo sobre la autenticidad

Hemos trazado hasta aquí un retrato robot de lo que podría ser Kill Bill desde la premisa del homenaje, la rehabilitación y el amiguismo. Aunque probablemente estaríamos siendo injustos si nos quedáramos sólo con eso. Para completar el puzzle del que antes hablamos (aunque visto lo visto quizá fuera mejor hablar a estas alturas de sudoku), no podemos ser insensibles a ciertos hallazgos, es posible catalogar a Kill Bill como una suerte de tallarín/western.

Un nuevo estilo que mezcla yakuzas con venganzas bien dilatadas en el tiempo y en el espacio de un mundo global, además de las clásicas peleas en el saloon (no debemos olvidar la sangrienta secuencia final del Volumen 1), pero también es una reivindicación de los géneros menores, como la televisión y el cómic. De este último aspecto cabe resaltar toda una secuencia del Volumen 1, sobre la vida de O-Ren Ishii, virada al formato del manga, el cómic japonés por excelencia que aúna las más de las veces el código de honor y la violencia exacerbada de los superhéroes, no sin recaer constantemente en el mórbido atractivo oriental del sexo, tan fuertemente vinculado a la sangre por aquellas latitudes.

Pero también debemos recordar que toda la secuencia final, dilatadísimo diálogo entre Bill, Beatrix y la niña, desgrana como uno de sus argumentos principales una particular hermenéutica de la personalidad de los héroes del cómic clásico norteamericano y por extensión, de la principal heroína de la película.

La secuencia final, el dilatadísimo diálogo entre Bill, Beatrix y la niña

Kiddo, como Superman,  puede pretender ocultar su naturaleza extrema bajo un disfraz ridículo, pero no puede negarla. Tarde o temprano ésta emerge y se desencadena, arrasando todo cuanto encuentra a su paso. Beatrix Kiddo siempre será la Mamba negra, o lo que es lo mismo, según nos recuerda Tarantino en un guiño no exento de mala intención: una asesina nata, por mucho que se disfrace de inocente vendedora de discos. El hecho de que ella misma se encuentre allí ahora, frente a Bill al final del camino, viene a demostrar que sigue siendo la mujer más letal del planeta y que no puede renunciar a su naturaleza.

Al fin y al cabo, hemos de concluir esta crónica volviendo al principio: Kill Bill es a pesar de todos sus homenajes, sus elegías y sus exaltaciones, una metáfora sobre la autenticidad. ¿Y qué puede considerarse lo más auténtico que un hombre posee sino la amistad?

Esa es la clave que explica por qué precisamente Uma Thurman y el resto de amigos de Tarantino han protagonizado este filme, por qué se ha dedicado a reconocer en ella todo lo que le gusta,  todo a lo que se siente ligado. Todo lo que él, desde su particular punto de vista considera auténtico está ahí, y nadie puede convencerlo de que la época de aquellas antiguas epopeyas de guerreros orientales ha concluido. Tarantino se ha limitado, como Uma Thurman, a sacudir la fina capa de polvo que la cubría y decirle: "Levántate y anda".

Tarantino se ha limitado, como Uma Thurman, a sacudir la fina capa de polvo que la cubría y decirle: 'Levántate y anda'