El mal en femenino

  16 Mayo 2009

Escribe Ángel Vallejo

Aristóteles: ¿misógino, poeta o tal vez visionario?¿Qué profundo sentimiento puede llevar a un hombre como Aristóteles, aún en las más altas cimas de la cultura y de la inteligencia, a decir del género de su madre o de su probable hermana que apenas representan una aportación material y por tanto imperfecta y perecedera a la suprema entidad masculina de la que se siente parte? ¿Por qué las considera varones malogrados, faltos de calor, incapaces de hacer hervir la sangre para producir la semilla de la vida y las denigra hasta el punto de considerarlas meros receptáculos para la misma? ¿Acaso el mismo sentimiento que hizo decir a Plinio el viejo que la proximidad de una mujer menstruante hace agriar el mosto; que a su contacto, los cereales se convierten en estériles, los injertos mueren, las plantas de los jardines se secan, los frutos de los árboles donde ella está sentada caen; el resplandor de los espejos se enturbia nada más que por su mirada; el filo del acero se debilita, el brillo del marfil desaparece, los enjambres de las abejas mueren; incluso el bronce y el hierro se oxidan inmediatamente y el bronce toma un olor espantoso?

¿Cuál sino el miedo, llevaría a los Heinrich Kramer y Jaume Sprenger de fines de la Edad Media, a escribir un tratado en el cual se define a la mujer como el ser más apto para pactar con el diablo y realizar maleficios y conjuros?

Para Freud: el narcisismo varonil debía quedar a salvo de la supuesta bajeza y perfidia que han mostrado a lo largo de la historia las mujeres¿Pero cómo el miedo puede llegar a destilarse de un ser que por su belleza y delicadeza no inspira más que devoción o ternura? Bien podría ser porque las apariencias engañan, y como dijera Odón, abad de Cluny en el siglo X: "La belleza física es aparente y no va más allá de la piel. Si los hombres vieran lo que subyace debajo, la visión de las mujeres les sublevaría el corazón". Bien porque su propia naturaleza es engañosa y astuta, y como nos muestra el Génesis, fue causante de nuestra ruina y perdición.

Pero también, atribuyendo ya un tanto de irracionalismo inconsciente a todo el proceso, porque el hombre, fuerte y seguro de sí, teme contagiarse de la supuesta debilidad del sexo débil, que al fin y al cabo lo ha engendrado y alumbrado sin excepción. La respuesta, según Freud, consistiría en abismar en nuestra imaginación la minúscula diferencia real entre ambos entes, y separar incluso moralmente nuestras naturalezas, de modo que el narcisismo varonil quedase a salvo de la supuesta bajeza y perfidia que han mostrado a lo largo de la historia las mujeres de la más diversa procedencia, y de las cuales el cine ha sido pródigo en ejemplos.

Aún hoy día se arrastran todo tipo de prejuicios sobre la menesterosidad femenina, pero el observador atento reparará en que, cuanto más malvada es una mujer, menos se distancia de un arquetípico hombre. No es sino la adaptación a un mundo cruel, machista y despiadado, lo que engendra el mal en el receptáculo femenino... y a fe mía que parece ser éste un lugar muy amplio, quizá casi tan vasto como la prolífica imaginación de los misóginos.

El mal femenino: cuestión de sexo

Cuestión de sexo

Ellas poseen algo que la parte más primitiva del cerebro varonil ambiciona; en su vertiente prosaica, apenas puede considerárselas la funda de la espada, el reposo del guerrero, la esclava más sumisa... pero en las profundidades del espíritu, se agita la impotencia y la envidia del hombre creador, que difícilmente puede animar la vida más allá de la imagen petrificada o del plano e inerte lienzo. No; la potestad de la vida les pertenece, y eso las convierte en supremo hacedor, en guardianas del secreto vital y de la nutrición primigenia... y lo peor es que ellas lo saben. ¡Cómo no van a saberlo, si nos observan desde las alturas cuando nos arrastramos como gusanos tras su encantos! ¡Y cuánto disfrutan algunas y qué de cosas obtienen a cambio!

¿Es acaso esto muestra de su malicia o de nuestra indigencia, de nuestra miseria vital? Juzguen ustedes, pues contados ejemplos hay de lo uno y lo otro.

La femme fatale

Cleopatra y Dalila, símbolos históricos del poder femeninoLa plasmación cinematográfica más relevante del mal femenino responde al prototipo de lo que conocemos por femme fatale, encarnado en la historia por mujeres como Cleopatra o Dalila, y que tuvo un auge desconocido desde los años 40, probablemente debido, por un lado, a la conquista de los derechos sociales que emancipaban a la mujer del dominio absoluto del hombre y, por el otro, a la actualización de los mitos vampíricos, que acabaron por mostrar a las féminas más como absorbentes de la energía vital por medio del sexo que como simples chupadoras de sangre. 

Quizá quien más sepa de esto sea Edward G. Robinson, que tuvo por compañeras tanto a la despiadada y cruel Joan Bennet  de Perversidad (Scarlett street, Fritz Lang, 1945), como a la fatalísima Bárbara Stanwick de Perdición (Double indemnity, Billy Wilder 1944), ambas mujeres muy bellas, conscientes de su magnetismo animal y de la superioridad de su sexo, que subyugaba a los hombres más fuertes y los llevaba a cometer locuras sin sentido, muy alejadas de la supuesta racionalidad masculina. Ellas poseían una llave que abría todas las puertas, aún sin necesidad de mostrar nada más que  una sugerente cabellera mojada o una pulsera encadenada al tobillo.

Instinto básico  (Basic instinct, Paul Verhoeven, 1992)Es cierto que la sugerencia del sexo no necesitaba por entonces de cruces de piernas, pero muchos cinéfilos habrán de agradecer eternamente la explicitación del rincón más oculto del vértice de las extremidades de Sharon Stone en esa obra menor y mal envejecida que es Instinto básico  (Basic instinct, Paul Verhoeven, 1992), donde la rubia de inteligencia suprema subyugaba al más aguerrido varón ya fuese por la excitación que en ellos provocaba su mirada felina ya por su habilidad con el picahielos.

Muchos hombres hubieran querido fenecer penetrados por tan poco sutil instrumento si les garantizasen que la ejecutora fuese la Stone, sex symbol de los noventa que aún protagonizó un remake funesto y más de una cinta interesante, como la excelente Casino (1995) de Scorsese, que le valió una nominación al Oscar por su interpretación de mujer fatal venida a menos, vencida por el alcohol, las drogas y el juego, unas tentaciones demasiado presentes en el submundo vamp a las que milagrosamente parecían resistirse todas las divas, pero que pareció más realista mostrar en una versión tardía del estereotipo.

No es baladí el hecho de hablar del magnetismo animal o de la mirada felina: todo amante de las mujeres misteriosas que se precie debe guardar en el subconsciente la poderosa imagen de la mujer pantera encarnada por Simone Simon (Cat people, Jacques Tourneur, 1942), momento seminal de la vinculación entre el sexo, la muerte y el atavismo ancestral de los mitos vampíricos o sobrenaturales de Centroeuropa que ya no abandonarían el imaginario cinematográfico en décadas posteriores, y que contó incluso con una segunda parte de Robert Wise, en 1942, y un remake (El beso de la pantera de Paul Schrader, 1982), cuya protagonista era la enigmática y bellísima Natassja Kinski. Prueba suficiente de la superioridad femenina debe ser el hecho de que semejante ninfa provenga de uno de los actores más extrañamente feos del siglo, el enigmático Klaus, que casi no necesitó maquillaje para convertirse en Nosferatu.

'El beso de la pantera' de Paul Schrader, 1982

Tourneur haría su propia aportación al género de la femme fatale con su magnífica Retorno al pasado (Out of the past, 1947), donde Jane Greer encarnaría probablemente a la más fatal de las criaturas que haya aportado el género femenino al mundo del celuloide y donde mejor se nos muestra la turbación que puede provocar en la mente de un hombre esa atracción que irremediablemente lo lleva al abismo, pero de la que no puede escapar aún contando con una alternativa más noble, más pura, pero también menos sustancial y satisfactoria de instintos primarios, como el deseo y el peligro. ¿Quién de nosotros, puestos a elegir entre Ann (Virginia Huston) y Kathy, no caería en las tortuosas redes de la segunda? A fe mía que no quiero verme jamás en tal tesitura, puesto que temo que la perdición me alcanzaría.

Retorno al pasado (Out of the past, 1947)

La fructífera tríada de belleza, sexo y muerte ha deparado agradables sorpresas, en ocasiones más notables por el atractivo de sus protagonistas que por su originalidad argumental.

Si hablamos de bichos, no podemos obviar Species de Roger Donaldson (1995), un producto mediocre pero que sirvió para mostrar al mundo los encantos de Natasha Henstridge y la facilidad que los extraterrestres pueden tener para obtener alimento y progenie de la parte menos evolucionada de la especie humana, a saber, el macho alfa, que como en la mantis religiosa, apenas guarda una función alimenticia y fecundadora, fin último de toda cópula que se precie tal y como mandan las leyes divinas y naturales.

 La madre por antonomasia: 'Psicosis' de Hitchcock

Mater amantísima

¿Y qué sucede cuando aun cumpliendo su legítima función reproductora el sexo femenino alcanza este fin? Que no hay fuerza sobre la tierra capaz de vencer el amor de una madre... a menos que el odio suplante sus fuentes.

Contamos con el caso de madres sobreprotectoras hasta más allá de la muerte, como es el caso de la señora Bates, toda vez que no quede claro en Psicosis (Alfred Hichtcock, 1960) si la locura del hijo estaba a la altura de la obsesión de la madre y si en último caso era ésta quien originó el desequilibrio de aquél. En lo sucesivo, para no embrollarnos sobre tales disquisiciones, nos atendremos a tratar con las vivas, excepción hecha de la inquietante Nicole Kidman de Los otros (Alejandro Amenábar, 2001), que no parecía querer abandonar este mundo sin el acompañamiento de sus dulces vástagos, con lo que hubo de resolver forzarlos a cruzar el umbral a escopetazo limpio.

'Rebeca': un ama de llaves que es más que una madre

No podemos dejar de reparar en la inquietante presencia de un ama de llaves (Fionnula Flanagan) que como la maligna Mrs. Danvers (Judith Anderson) de Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940), parece conocer todos los secretos de una historia reciente que la señora de la casa ignora. Resulta banal constatar que la complejidad del personaje hitchcockiano es muy superior, pero no podemos evitar la tentación de comparar ambos personajes y su función como guardianas de todas las llaves/claves del filme.

La señora Robinson de 'El graduado' (Mike Nichols, 1967), Si queremos fijarnos, pues, en las vivas, lo mejor es que lo hagamos en las más frescas. Tal puede ser el caso de una seductora Anne Bancroft que sobrepondrá al amor materno-filial la satisfacción de los impulsos más básicos, aunque fuera a costa del apocado estudiante encarnado por Dustin Hoffman.

Aunque hay que reconocer que por lo general una madre no siempre aprueba tan gustosamente las preferencias de sus hijos: baste oponer a la frescura de Mrs. Robinson, la podredumbre corrupta de Vera Cosgrove (Elizabeth Moody), una madre tan posesiva que no duda en reintroducir a su hijo en el útero cuando éste alcanza una dimensión lo suficientemente grande como para acogerlo... es decir, cuando mamá alcanza los quince o veinte metros de altura merced a la transformación que sufre tras ser infectada por la mordedura de la rata-mono de Sumatra.

En Braindead (Tu mamá se ha comido a mi perro, 1991), la señora Cosgrove intenta apartar a su hijo de los poco recomendables amores de una inmigrante española (Diana Peñalver) guareciéndolo dentro de sí. A pesar de lo que pueda parecer, no es una de las escenas más repugnantes de una película que pretendió acabar con el gore por exceso empleando hasta tres mil litros de sangre. Su director era el ahora afamado Peter Jackson, a la sazón responsable de la exitosa trilogía del anillo y que aún tendría más profundos devaneos con la encarnación del mal femenino en su Criaturas celestiales (1994), suerte de oscuro cuento de hadas donde narraba las aventuras de dos amigas del alma (Kate Winslet y Melanie Lynskey) que acabaron matando a la madre de la segunda de ellas por considerarla una amenaza a su amor incipiente.

'Criaturas celestiales' (1994) de Peter Jackson

Esto nos deja en la situación de comprender que una madre puede también ser víctima. En ocasiones, lo será de un amor mal entendido, en el que la reintroducción uterina será de una sola parte de la anatomía del hijo. Del incesto materno-filial abundan ejemplos: sin obviar casos como el de la sonámbula Mary Brady (Alice Krige), criatura de la prolífica imaginación de Stephen King (Sonámbulos, Mick Garris,1992) que yacía ocasionalmente con su monstruoso vástago, quizá el más significativo es aquél que interpreta la siempre delicada emperatriz Romy Schneider en Mi hijo, mi amor (John Newland, 1970): Francesca Anderson, madre de James, no llega a consumar el nefando acto, toda vez que no puede evitar sentir una devoción especial por su hijo, secreto fruto de la relación con su amante Macer, del cual James era el vivo retrato. Para redondear el edípico relato, James acabará liquidando a su padre adoptivo por indicación de la madre, aunque no por ello consentirá en llevar una vida en común con ella, y la abandona por su novia Julie.

Inductora del parricidio es también la fantástica Morgana interpretada por Helen Mirren en Excalibur, mítica bruja que se encamaba bajo la influencia de secretas pócimas con su hermano Arturo para engendrar un hijo poderosísimo, quien por cierto, se verá ataviado por su maléfica madre con una armadura que resplandece áureamente del mismo modo que el monstruo draconiano de Beowulf (Robert Zemeckis, 2007), igualmente encargado de liquidar a su padre por indicación de la fatalmente atractiva y tentadora Angelina Jolie, que aunque resulta ser una emulación virtual, está bastante bien conseguida en el diseño infográfico de sus desnudas curvas, y a la que ningún ser humano parece resistirse, aún constatada su naturaleza maléfica.

Con respecto al indefenso varón, en ocasiones ha de hallarse preso del poderoso triángulo constituido por la madre y la amante, como en el caso de Los timadores, de Stephen Frears (1990), donde  John Cusack procuraba sobrevivir al odio encendido que se profesaban Angelica Huston y  Annette Benning, por el control sobre la persona amada y el poder que otorgaba el dinero.

Las dos versiones de 'El mensajero del miedo'

El poder, la maldad, ellas pueden controlar...

Uno de los casos más notables de transversalidad en estas concepciones del mal lo hallamos en la doble versión de The Manchurian candidate, invariablemente traducido en España por El mensajero del miedo" (John Frankenheimer, 1962; y Jonathan Demme, 2004) en el que la madre no sólo constituye un ejemplo de ambición y poder, sino de amor incontrolado hacia el fruto de su vientre.

La versión interpretada por Ángela Lansbury (sí, sí, la inocente abuelita de Se ha escrito un crimen) es bastante más ligera que la pérfida caracterización de Meryl Streep, quien no tiene reparos en besar pasionalmente a su hijo en momentos de intimidad, pero tampoco en sacrificar la integridad intelectual y moral del niñito para que alcanzara la presidencia de los Estados Unidos, como una moderna Cleopatra que buscase coyunta con el divino César para obtener la llave maestra del imperio encarnada en su hijo Cesarión.

Pero no sólo del sexo vive la fémina... una de las encarnaciones más logradas de la ambición de poder la encontramos en el personaje interpretado por Lucy Liu en Kill Bill vol. 1 (Quentin Tarantino, 2003). O-Rein Ishii es una asesina implacable que ha de abrirse paso en un mundo de hombres katana en mano. La muestra más palpable de su poder es su capacidad para cesar a los jefes Yakuza por los medios más expeditivos, esto es, descabezándolos, y así acabar alzándose con el dominio de la temible mafia japonesa.

Margaret Hamilton en 'El mago de Oz', Victor Fleming, 1939

Las reinas del mal

Pero indudablemente, el personaje arquetípico del mal femenino es la bruja. De lo variado de sus manifestaciones podemos dar fe en la medida en que abundan en los relatos infantiles, como es el caso de la madrastra de Blancanieves o las malvadísimas brujas del este y oeste (ambas interpretadas por Margaret Hamilton en El mago de Oz, Victor Fleming, 1939), sin obviar a la reina Bavmorda  (Jean Marsh) de Willow (Ron Howard 1988), a la Tilda Swinton de Narnia (Andrew Adamson 2005) o a la magnífica Lamia interpretada por Michelle Pfeifer en Stardust (Matthew Vaughn, 2007). En todos estos casos las connotaciones sexuales son, por motivos obvios, completamente inexistentes, del mismo modo que hay toda una caterva de brujillas inocentes como las interpretadas por Kim Novak (Me enamoré de una bruja, Richard Quine, 1958) o Nicole Kidman (Embrujada, Nora Ephron, 2005) que apenas utilizan la magia para mejorar su apariencia con trucos de tocador y que no merecen un espacio en la imaginería del mal.

Por eso no podemos dejar de señalar que lo que cabe esperar de toda bruja que se precie es su vinculación demoníaca; en este caso resulta necesario destacar no por su calidad, sino porque es el comienzo de una larga amistad, la mediocre Las brujas de Eastwick (George Miller, 1987), donde el diablo encarnado por Jack Nicholson seduce por primera vez a una Michelle Pfeiffer que, años más tarde, se pasará por amor hacia el mismo protagonista al lado oscuro de la licantropía en Lobo (Mike Nichols, 1994). La Pfeiffer no puede pasar por esta crónica sin mostrar su lado felino, magistralmente encarnado en la Catwoman de Batman vuelve (Tim Burton, 1992).

La Catwoman de 'Batman vuelve' (Tim Burton, 1992).

Aunque si de brujas se trata, preferimos citar a Suspiria, de Darío Argento (1976), que cuenta con un comienzo brutal y un final atropellado, aunque no creo que por ello pueda dejar de hacer las delicias de los admiradores del maestro italiano. Una joven se matricula en una escuela de danza clásica y acaba descubriendo que lo que allí se aprende tiene más que ver con bailar desnuda a la luz de la luna en torno a un caldero y esperando a ser poseída por un macho cabrío. Aunque lo que acontece en la película tenga poco que ver con esto, les ruego me permitan la licencia poética... no encuentro mejor manera para expresar que lo que allí sucede es que hay un nido de brujas.

Lo curioso es que, como el macho cabrío, las brujas en ocasiones ni tan siquiera se manifiestan. Dejando a un lado su insufrible secuela, El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999) constituyó un curioso experimento mercadotécnico que más allá de sus escasísimas aportaciones al mundo del cine (un falso documental compuesto de cintas de vídeo supuestamente encontradas en un bosque de las que no cabe esperar siquiera un montaje decente), contenía momentos de tensión ciertamente logrados sin mostrar un solo hecho sobrenatural. Todo lo contrario a la espectacular Carrie (Brian de Palma, 1976), que si bien no puede considerarse una película sobre brujas, debe englobarse dentro de los parámetros del mal femenino, quizá más por la figura de la madre de Carrie (Piper Laurie) que por el personaje protagonista encarnado por Sissy Spacek, que, al fin y al cabo, sólo respondía a los ataques y vejaciones de los verdaderos malvados del filme del modo en que sabía hacerlo.

Carrie (Brian de Palma, 1976)   Angelina Jolie (virtual, eso sí) en 'Beowulf' de Robert Zemeckis

La polifacética Turner

No podemos acabar este artículo sin hacer un pequeño homenaje aparte a la más prolífica de las malvadas del cine, que ha sido entre otras cosas madre psicópata y asesina en Los asesinatos de mamá (John Waters, 1994), o simplemente madre autoritaria en Las vírgenes suicidas (Sofía Coppola, 1999), fatal femme animada (puso la voz a Jessica Rabbit en ¿Quién engaño a Roger Rabbit? Robert Zemeckis, 1988) y real en Fuego en el cuerpo (Lawrence Kasdan, 1981) o el honor de los Prizzi (John Huston 1985). Esposa vengativa, fatal y cruel en La Kathleen Turnerguerra de los Rose (Danny de Vito, 1989), aprovechada sin escrúpulos en El hombre con dos cerebros (Carl Reiner, 1983) o prostituta de doble vida en La pasión de China Blue (Ken Russell, 1984) y por último bebedora impenitente en la vida real, y potencial sex symbol de los ochenta cuya carrera resultó malograda (si puede decirse eso de una mujer con más de veinte películas a sus espaldas) por el feo vicio de la etilia.

Para nosotros, Kathleen seguirá siendo siempre la Matty Walker con fuego en el cuerpo... o acaso la Barbara Rose que con su sola presencia, hacía volver fumar a Danny de Vito tras más de diez años de abstinencia. A pesar de su deteriorada salud y su aspecto descuidado, la Turner aún alimenta nuestros inconfesables sueños... acaso no por lo que fue físicamente y ya no será más... sino porque nadie como ella ha sabido encarnar ese sutil equilibrio entre lo maléfico y lo irresistible que nos rinde a los pies de las devoradoras de hombres.

Apenas queda ya saber sazonarse y dejarlas disfrutar del banquete. Buen provecho.

Jessica Rabbit: una mujer muy, muy animada