Niños malvados

  05 Mayo 2009

Escribe Marcial Moreno

la_profecia.jpgLa insatisfacción que muchas generaciones han mostrado con la realidad que les ha tocado vivir las ha llevado a idealizar ciertas épocas pretéritas en las cuales estaban ausentes los males del presente. Cuanto más lejanos fueran los tiempos a los que se remontaban, mejor consideración se les otorgaba, hasta el punto de forjar el mito del paraíso originario en el cual se depositaba el ideal, casi siempre irrecuperable, frente al cual calibrar las miserias contemporáneas. La referencia más poderosa quizá sea la de Rousseau y su estado de naturaleza, aunque en su concepción se despliega inequívocamente la influencia de la idea cristiana del paraíso y hasta la de la mitología que Ovidio expuso en sus Metamorfosis.

Esta nostalgia del origen ha conducido a la metáfora de la "Infancia de la Humanidad", con la que se quiere señalar la época en la que se recogen las características de una edad en la que no han aparecido aún los diversos problemas que corroerán la época adulta, y que se resumen en la inocencia jovial y benefactora de quien no conoce el mal.

La infancia es al hombre, por tanto, lo que el paraíso originario es a la sociedad actual, una época en la que no existía la maldad, y de cuyo abandono debemos en mayor o menor medida hacernos responsables, ya que, aunque el tiempo no se pueda detener, sí cabe preservar la nobleza que se poseyó y que nunca debió abandonarse, o, si ese abandono era inevitable, la tarea de su reconstrucción.

La vigencia del mito de la infancia bondadosa es indiscutible. El cine se refiere a los niños casi siempre bajo la óptica que hace de ellos el reservorio de los valores más excelsos, lo cual no es óbice para que resulten la mayoría de las veces violentados por los adultos, quienes encarnan de este modo la esencia del mal. El sintagma "víctimas inocentes" resume la imagen que de la infancia ha mostrado recurrentemente el cine.

La profecía (The Omen)Pero no siempre es así. En un número sobre el mal en el cine cabe referirse a la infancia no sólo como la destinataria de ese mal, el objeto de su manifestación, sino como la causa de él. Frente a la concepción dominante pueden encontrarse ejemplos que nos muestran a los niños desde una perspectiva más inquietante, la que hace de ellos la fuente de la maldad.

El modo en que se ha llevado a cabo esa traslación de significado es diverso y ha asumido perspectivas variadas. La más simple es la que presenta a los niños como individuos de un determinado segmento de edad, pero les hurta todas las demás características. Se trataría de niños que en realidad no lo son, y es en virtud de ese "no ser verdaderos niños" que puede atribuírseles su carácter maléfico. Todas las películas sobre posesiones demoníacas y similares irían en esta línea, como, por ejemplo, El pueblo de los malditos (John Carpenter, 1995), en la que hasta la apariencia física de los infantes delata su naturaleza espuria.

En 'La profecía', ¿el niño es malvado o son los adultos quienes lo imaginan?El caso de La profecía (Richard Donner, 1976) podría parecer uno más de esta categoría, pero posee características que lo hacen singular. Si nos quedamos en la superficie del relato, Damien es hijo del diablo, y en virtud de esa filiación y de los planes que avalan su llegada a la Tierra se desencadena la destrucción que lo envuelve. El hecho de que se trate de un niño es un aspecto meramente técnico. Si al maligno le hubiese convenido llevar a cabo sus propósitos a través de un adulto o de un animal, así lo hubiera hecho, siendo la maldad por tanto ajena a su condición infantil.

Sin embargo, las imágenes dejan aparecer una lectura alternativa. En ningún momento de la película se produce nada que permita observar en Damien algo que lo distinga de un niño cualquiera. Ni sus gestos, ni sus expresiones, ni sus comportamientos, tomados por sí mismos y de forma aislada, poseen ninguna extrañeza. En realidad Damien se comporta como lo que es, un niño de pocos años, y si al espectador le resulta inquietante no es por lo que en él observa sino por la información que se obtiene de los adultos. Es decir, llegamos a considerar al niño causante de las calamidades que la película nos muestra porque los distintos personajes que van apareciendo se las atribuyen. Sólo por eso.

Desde este punto de vista, maldad e infancia seguirían siendo conceptos antagónicos, y su eventual conexión obedecería a la atribución realizada por los adultos. Es por tanto en éstos donde reside la maldad, y son ellos los causantes de la contaminación de la pureza infantil. El mito de la edad originaria que se degrada con el paso del tiempo no sólo no se destruye, sino que sale reforzado.

Lo que La profecía delataría sería más bien el miedo a la infancia, el temor ante aquello que se ha perdido y que no se comprende, es decir, que ya no se domina. La ingenuidad infantil se torna sospechosa, pero no porque en sí misma posea nada que la haga merecedora de tal actitud, sino porque hace patente la degradación que el transcurso del tiempo acumula sobre quienes la padecen.

Viento en las velas¿Significa esto que si admitimos la asociación entre infancia e inocencia la maldad queda excluida? No necesariamente, y así lo atestigua la magnífica Viento en las velas (Alexander Mackendrick, 1965).

Nos encontramos aquí con un grupo de niños que ejercen de tales durante toda la película. No rechazan el mal porque ni siquiera lo conocen; no cabe en sus cabezas. Su comportamiento es jovial e irreflexivo, despreocupado y feliz. No sólo son ajenos a cualquier mala intención, sino que son incapaces de percibirla en los demás. Su secuestro por parte de los piratas (casual y provocado por ellos mismos) es vivido como una parte más del juego continuo en el que transcurre su vida. Pero a partir de ahí surge el mal. No viene de fuera, no es provocado ni buscado, no es consecuencia de un lado oscuro que anide en su naturaleza. Es la cruel consecuencia de su aparente bondad. El mal brota de la inconsciencia, de la ingenuidad. Es consecuencia de ellas.

Lo vemos casi en cada uno de sus actos. Cuando al comienzo de la película la niña se empeña en salvar a su gato, ese gesto casi le cuesta la vida a ella y a su padre. Ya en el barco, sus juegos inocentes alteran hasta el enfrentamiento la convivencia de la tripulación. Ocurre cuando se pierde el ancla o cuando se le gira la cabeza al mascarón de proa. Y cuando despreocupadamente juegan a los fantasmas, no reparan en las consecuencias que esos juegos tienen sobre los fieros piratas.

Aunque en principio estas situaciones se solventan y no parecen ir más allá de las simples travesuras, su persistencia abocará a la tragedia. La niña resulta herida por la despreocupación de sus hermanos con el cuchillo, y eso la hará presenciar la llegada del capitán holandés a quien, impresionada aún por sus juegos, confunde con un fantasma y apuñala. Más tarde, su comportamiento en el juicio es el propio de una niña asustada y confusa, pero esa actitud tiene como consecuencia la condena del capitán pirata y su tripulación, inocentes por una vez de aquello de lo que se les acusa. La expresión de su niñez acaba con la muerte de sus amigos.

Viento en las velasEn resumen, la ignorancia del mal no excluye su materialización. Es más bien al contrario. Justamente es la ingenuidad, el desconocimiento de las consecuencias de los propios actos la que origina la destrucción. No se requiere por tanto intencionalidad. Si ésta va ligada a la culpabilidad, los niños no son culpables del mal, pero sí causantes de él. De este modo la infancia podría seguir siendo considerada el paraíso perdido, si bien un paraíso completamente ilusorio. Los niños serían los únicos seres vírgenes, incontaminados, pero es justamente esa pureza la que los vuelve peligrosos.

En cierto modo, son bondadosos en tanto que no desean el mal, pero el deseo es aquí inocuo. A su pesar, son la causa del caos que les rodea. Sólo el conocimiento, la cultura, puede corregir esa situación. Con ella aparece la distinción entre el bien y el mal, y la voluntad toma las riendas de la actuación. Viento en las velas se convierte así en una desmitificación de la infancia, en una exposición de la crueldad que la acompaña.

Esta dualidad ingenuidad-civilización que la obra de Mackendrick invierte es abiertamente tematizada en otras películas, las cuales depositarán en la infancia el origen del mal en estado puro. Son aquéllas para quienes el estado natural no es sinónimo de inocencia sino de crueldad, y que por tanto consideran la niñez como el estadio en el que mejor se expresa esta maldad. En cierto modo se produce la sustitución de la concepción rousseauniana por la hobbesiana, y se considera a la cultura como el remedio que pone coto a la pulsión destructora presente en cada uno de nosotros. Un Hobbes pasado por Freud.

La clase (Entre les murs)

En esta línea podríamos recoger aquellas películas en las que los niños juegan el papel de acosadores gratuitos desprovistos de cualquier sentimiento de culpa o remordimiento. En cierto modo obedecen a su naturaleza a la hora de dar rienda suelta a su crueldad, y ninguna convención o acuerdo social es capaz de detenerlos. Aunque con niños un tanto creciditos, esto es más o menos lo que ocurre en La clase (Laurent Cantet, 2008) o en la recién estrenada Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008).

Déjame entrar En esta última nos encontramos con los acosadores de Oskar, el niño protagonista, quienes responden a los patrones señalados. Pero es más interesante la contraposición que se establece ente Oskar y Eli, su amiga vampiro. En cierto modo se trata de un desdoblamiento del personaje principal, el cual sufre el acoso de sus compañeros en silencio, siendo incapaz de enfrentarlos con las armas que ellos mismos utilizan. Eli, en cambio, es la pura animalidad, la sumisión a su naturaleza agresiva y la puesta en práctica de sus deseos por encima de cualquier impedimento. Eli simboliza, desde este punto de vista, los deseos reprimidos de Oskar.

A lo largo de la película la relación entre ambos conducirá a la asunción por parte de Oskar de esos deseos, o, lo que es lo mismo, a la aceptación de Eli en su propio ser y la manifestación de ella en su actuación. Es así como, tras los consejos de la niña, consigue enfrentarse a sus agresores, guardando su reacción, los daños que les causa, una innegable similitud con los provocados por la actuación de los vampiros. Es decir, el comportamiento por fin violento de Oskar no es producto de un aprendizaje, sino la manifestación de su propio ser, la exhibición de su naturaleza sometida a las convenciones sociales. El inconsciente siempre latente.

El otro (The other)Quizá la película que mejor ha mostrado la maldad inherente a la infancia sea El otro (The other, Robert Mulligan, 1972). El desdoblamiento de personalidad es aquí evidente. Niles transfiere a su hermano Holland sus peores instintos reservando para sí mismo una inocencia ficticia. En Holland se llevan a cabo sus auténticos deseos sin que la conciencia moral que ya posee se vea violentada.

La infancia es así el territorio de la vileza, de las pasiones sin freno, ante las cuales la sociedad debe imponer sus normas para lograr una siempre incierta convivencia. El paraíso perdido no es tal. Más bien se trata de la barbarie originaria frente a la cual, a través de un combate inacabable, quizá puedan aparecer destellos de bondad.

Decía Hitchcock que había que evitar hacer películas con gatos y con niños. No sé si tendría razón con los felinos. Respecto a los niños, que no nos confunda su aire angelical (a veces).

El otro (The other)