Los amantes pasajeros (2013)

  22 Abril 2013

Tiempos pasados 

los-amantes-pasajeros-1Después de una serie de películas en las que Almodóvar había dejado atrás el humor y había intentado nuevas propuestas, se ha decantado por los orígenes. Ni siquiera por un intento de vuelta a Mujeres al borde de un ataque de nervios.

No. Opta de forma clara por el cine con el que se inició en la movida madrileña de los años ochenta, cuando realizaba cortos demenciales o cantaba en los cabarets travestido, por la vuelta a aquellos años en los que rodó sus primeros largometrajes: Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) y Laberinto de pasiones (1982) o Entre tinieblas (1983).

Mientras trabajaba como ordenanza en telefónica, Almodóvar se iba haciendo un personaje, mitad real y mitad ficción, lleno de arrebato. Formó parte de un dúo denominado punch-glam rock donde cosechó éxitos, en las noches locas de Madrid, con canciones como Quiero ser mamá. Incluso escribió novelas, fotonovelas y cómic.

Después, fue pasando de la contracultura a la cultura. Se centró sobre todo en sus películas y poco a poco pareció irse domesticando, es decir, su cine fue menos desastrado, ya no estaba realizado a trompicones. La vulgaridad pareció refinarse y, al igual que Woody Allen, comenzó a absorber el cine que le gustaba pasándolo por su impronta personal, haciéndolo suyo.

De un género a otro fue pasando, mirándose en espejos múltiples que iban de Sirk a Hitchcock, del cine americano (sea comedia, cine negro o melodrama) al italiano (desmelenado).

Eso sí, en su obra siempre iba detrás de unos temas y unas obsesiones anidadas en esos personajes que esconden su identidad o se van transmutando en otros, quizá en busca de una identidad perdida y difícilmente recuperable. Si era necesario hasta, de manera despistante, se miraba en algunas de las disparatadas películas mexicanas de Buñuel, en el Franju de Ojos sin rostro, en el Oshima de El imperio de los sentidos o en el Sirk de Imitación a la vida.

Nada había que objetar. Se trataba de meros espejos en los que trabar sus obsesiones, sus problemas.

Alabado por los medios, catapultado hacia el éxito, vía Cannes o el Hollywood de los Oscar, su cine siempre se ha abierto a la polémica basada en los extremos: o una discrepancia absoluta o en un aplauso incondicional por su obra.

Lo más curioso es que, se quiera o no, en sus películas, con influencias múltiples, detrás de sus imágenes siempre ha reproducido la realidad de una España esperpéntica. Folklore y populismo centran un cine que a veces se encarga de arrojar al espectador tremebundas historias propias de la más desaforada telenovela latina, que a su vez refleja antiguos seriales radiofónicos patrios.

Y, desde sus propios planteamientos, curiosamente su cine se abre también a unas determinadas proyecciones socio-políticas de la época y sobre la época… y no sólo nos referimos a Carne trémula.

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Después de la disparatada Todo sobre mi madre, su cine parece hacerse más adulto, pero también más pesaroso y distante en su relación con los espectadores —como ocurre con La mala educación o La piel que habito—, escoltadas por películas reflexivas —como Hable con ella— o recurrentes —como Volver—.

Ahora nos llega Los amantes pasajeros. Y al verla da la impresión que el cine de Almodóvar siempre ha estado encerrado en el punto inicial.

Cine despistante y aparentemente despistado que se revuelve en su estructura de cómic mal digerido y, se supone, en homenaje y recuerdo a su primer cine. Lo que ocurre es que la movida queda atrás y el cine de Almodóvar, para bien o para mal, ha evolucionado demasiado para que se contente con volver a unos orígenes que suenan a arcaicos.

Centrada en un espacio reducido (un avión) y con salidas al exterior condicionas por la relación de unos personajes con los que se encuentran dentro del aparato, el filme, con esas entradas-salidas parece tratar de crear una continuidad narrativa (basada a veces en un disparatado azar) entre lo que transcurre en el interior del avión y usando las salidas al exterior como forma de dar aire y posibilitar una mayor ramificación de las historias.

Pocos espacios, claustrofóbicos en su totalidad, intentan reproducir el caos de la propia realidad en la que nos movemos. No es extraño que el avión, imposibilitado de utilizar el tren de aterrizaje, se llame Península y que dentro del avión existan asesinos, meretrices, embaucadores… donde además la acción viva se circunscribe a los pilotos (y responsables del vuelo encargados de animar al personal) y a los pasajeros de primera clase. Los otros (en los que se vislumbran emigrantes), los de clase turista, han sido drogados para que no se enteren de los problemas (los peligros) que acontecen en su hábitat.

La metáfora no da para más.

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El resto no hace más que repetirse hasta la saciedad con un humor coreografiado por el trío homosexual de mozos de cabina, que hasta se desmelenan en un deplorable repertorio-baile para solaz de los bussines. Todo ello con agua de Valencia (de los ochenta) mezclada con drogas a go-go, mamadas y sexo en cualquier forma y modo. Y como colofón, las alusiones a los aeropuertos sin aviones y a los chanchullos de su construcción, se van al de Castilla-La Mancha y no al del Castellón.

Aunque, eso sí, una de las mejores secuencias del filme, un ejemplo de lo que pudo ser y no es, se produce con una cámara que muestra, sin ver, el aterrizaje del avión en unas instalaciones totalmente vacías. El vacio como norma. Como realidad del momento en que vivimos. También de una película que a pesar de su escaso metraje no hace sino repetir situaciones. Como corto hubiera, quizá, funcionado.

El variopinto reparto, con inclusión en un prólogo —tan inútil como el resto— de Penelope Cruz y Antonio Banderas, no sirve para mucho más que para lamentar la falta de valor de un filme que en todo momento trata, en sus tonos y en su forma, de reproducir las viñetas de un fallido cómic, como aquellos que formaban parte del mundo inicial de los largometrajes de Almodóvar.

Con Los amantes pasajeros su cine se enrosca en el carácter cutre de un periodo ya pasado, ya cumplido.

Quizá es el reflejo-espejo de la vulgaridad acomodaticia del momento histórico que vivimos. Del dejarse llevar hacia la nada más absoluta hacia la que volamos, del desastre, en espera de un aterrizaje feliz.

Lo sorprendente es que los personajes del filme, al final, se sienten todos muy felices y contentos, incluidos los drogados pasajeros de la clase turística que no se han enterado de nada de lo que ha acontecido a su alrededor. Ni siquiera del orgasmo durmiente de alguno de ellos.

Escribe Mister Arkadin

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