¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984)

  23 Marzo 2009 Una mujer al borde de un ataque de nervios
Escribe Fernando Ramírez
 

El cartel del estreno fue diseñado por Iván Zulueta, como todos los primeros filmes de Almodóvar¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984) es el cuarto filme de Pedro Almodóvar, después de sus dos primeros trabajos, caracterizados por una vertiente más punk, para luego levantar dos empresas en las que se dejó llevar por unas influencias más propias del cine de Berlanga, e incluso podríamos citar a Fellini. Éstas fueron Entre tinieblas (1983) y la que aquí nos ocupa. Ambas fueron rodadas con un año de diferencia, ambas contienen a las actrices más recurrentes de su obra y ambas despliegan una temática social-contemporánea que entronca con las distorsiones surrealistas-sexuales más propias de su primer periodo, aunque también encontrarían cabida en algunos de sus esfuerzos posteriores, como Kika (1992).

En éste, Almodóvar nos regala, y de paso nos advierte, sobre ese naturalismo a contra corriente al que, hoy por hoy, ya nos tiene acostumbrados y que tantos placeres, así como sinsabores, le ha proporcionado.

Encontramos todos sus elementos, fomentados ya desde sus secuencias iniciales, enraizados en su planteamiento argumental. Exteriores filmados desde la degradación, marujas de armas tomar, homosexuales, chaperos, familias marginales, prostitución, sexo impúdico y heterodoxo, corrupción policial, consumo de drogas, todo ello sin desistir de su humor, irreverente y característico como pocos.

Carmen Maura, la protagonista absoluta de la funciónLa tradición y la trasgresión suelen ir de la mano en sus metrajes; el costumbrismo suburbial más proletario se enlaza siempre con una exaltación de una estética feísta, que encontramos sobremanera en sus primeros tiempos y entre ellos encontramos esta joya, pequeña y sencilla, y perfectamente sincronizada con toda su filmografía. En esta obra encontramos lo más importante. Pregonaba con preaviso un mundo propio que, cual demiurgo, estaba aún por acabar de perfilar.

Esta es una película que define perfectamente el espíritu almodovariano que tanto éxito le ha reportado. Ensalada de comedia social, unas gotas de cine negro, momentos de ternura y compasión, y apuntes varios sobre la sexualidad más abrupta con un plantel de actores de excepción, ¿Qué he hecho yo...? es, pues, una de sus películas más celebradas y la que quizás más llamó la atención de la crítica en su momento por considerar la película más "seria" y adulta fechada, además de ser precursora de los grandes clásicos ya de su autor.

El camino de Gloria

Las miserias cotidianas de una ama de casaEl punto de partida es simple: una sufrida ama de casa que tiene hacer frente con aplomo y esmero a las vicisitudes de la miseria para tirar hacia delante a toda su familia y no morir en el intento por ello.

Almodóvar construye, partiendo de esta premisa, una suerte de vidas cruzadas a la española más profunda y vitriólica. La familia trazada no podía ser más rocambolesca: una madre analfabeta asistenta de limpieza adicta a las anfetaminas y al pegamento; un marido rudo e ingrato experto en falsificaciones aún enamorado de una mujer alemana que conoció en su juventud; la madre de éste, avara y diabética, que se pasa el día comiendo magdalenas y adicta a los efervescentes; dos hijos, uno camello y ladronzuelo de tres al cuarto; el otro prefiere ejercer de efebo precoz, ganarse el favor de hombres mayores que le sodomicen y que de paso le mantengan, así acaba siendo adoptado de liviana manera por un dentista pedófilo. Completa el cuadro familiar un lagarto bautizado como Dinero, que ejerce de contrapunto a todos los integrantes, correteando por el piso a sus anchas.

Los vecinos de Gloria tampoco tienen desperdicioLos vecinos y circundantes de Gloria tampoco tienen desperdicio: una vecina prostituta ingenua pero de buen corazón que roba cheques en blanco a sus clientes para ganarse un sobresueldo; otra vecina cascarrabias que tiene martirizada a su hija, una niña con deseos de ser artista que posee poderes telequinésicos; un policía impotente que se cruzará con Gloria en diferentes ocasiones, fruto del azar; un escritor tunante en horas bajas que decide acercarse a la familia para hacer negocio; su hermano psicólogo, depresivo y alcohólico, recién separado de su cónyuge; y la mujer del escritor, cleptómana. Entrará también en el juego Ingrid Müller, antigua amante de Antonio al borde del suicidio que fue colaboracionista nazi, quien, empujada por el escritor, intentará convencer a Antonio para aceptar una mala propuesta.

Finalmente, Gloria optará por tomar un camino inesperado a merced de las circunstancias que la vida le depara: el homicidio.

Por supuesto, la televisión y algún número musical prototípicos de Almodóvar también los encontramos aquí de cuerpo presente. Un número gay-friendly de La bien-pagá, con Almodóvar cantándole la canción a un hombre travestido en una habitación que parece sacada de un cuento de hadas cutre, algún spot televisivo rebosante de cianuro y un guiño cinéfilo a Esplendor en la hierba.

En un camino llamado Almodóvar

Almodóvar comenzaba a sentar las bases de su estiloEn este desfile imparable e impagable de personajes impropios, las interpretaciones son admirables, de una verosimilitud pasmosa que hacen de éste, un must en la filmografía de nuestro director más internacional. Sólo alguien con una batuta segura y firme puede transformar un pastiche que podría haber caído en el más temido de los ridículos en un collage de situaciones realistas que conjugan el costumbrismo suburbial con el esperpento de manera admirable; también es un retrato certero e incluso simpático del drama de las amas de casa mal casadas que dedican su vida a servir a los demás sin recibir por ello nada a cambio.

Composición kitsch de situaciones, personajes y miserias encadenadas, éste es uno de sus trabajos más dramáticos e inspirados que, además de un guión mecanizado con precisión en torno a sus protagonistas principales, exalta la dirección de actores en el camino del cine social más puro y desnudo.

Es a juicio de muchos una de sus mejores películas, muestra de la maduración estilística de la que empezaba a hacer gala el director manchego. Se la puede considerar básica en su filmografía, por desplegar su universo personal, imprescindible en sus años venideros, pero al mismo tiempo por anunciarnos que no sólo se podía ocupar de la movida madrileña en clave cinematográfica. Las drogas, sexo y rock‘n'roll que había conjugado en sus dos primeras cintas, las cambió de manera radical en su tercer peldaño, Entre tinieblas, resultando un producto meritorio pero irregular, por la apuesta de hacer un tratado de los sentimientos femeninos en el interior de un convento, hasta que encontró el equilibrio milimétrico entre su declarado gusto por la sinuosidad del sexo y la exploración de nuevas temáticas, pero levantando un mundo nuevo a su alrededor: el de las barriadas periféricas de Madrid, al lado de la que por aquel entonces era la inaugurada M-30, y de cómo las familias pueblerinas venidas a la capital luchaban por subsistir.

El guión usa personajes que luego desaparecen misteriosamenteUn análisis más cercano del guión nos muestra que algunos personajes desfilan por la pantalla para luego desaparecer precipitadamente. O incluso, si directamente se eliminaran de la trama no afectarían al resto de situaciones. Pensemos en la figura del escritor y su mujer y el hermano del primero, o pensemos también en el antiguo amor del marido de Gloria, Ingrid Müller: entran en escena casi por casualidad, cogidos con pinzas, y cuando su participación en el entramado llega a su fin, nos percatamos de que su huella no se divisa en el metraje restante.

Seguramente, han sido relleno de un guión que aunque roza la perfección en la descripción de situaciones y personajes, cierto es que quizá la proliferación de secuencias dedicadas a sus protagonistas más directos hubieran acabado por cerrar el círculo perfecto de la narrativa del filme. Pero si tenemos en cuenta que era uno de sus primeros guiones, el error es nimio ya que en su conjunto, su temática cruzada, llena de fresco y pasión, humor y tragedia de voluntad impresionista, cohesiona una obra rica e imperecedera que aún hoy sigue asombrando a propios y extraños.

Las chicas Almodóvar comenzaban a ser una marca reconocible

El camino de la Musa (con M mayúscula)

Carmen Maura, como en todas las colaboraciones que hicieron director y actriz hasta su ruptura oficial como pareja cinematográfica, es la reina de la función. Impecable en prácticamente todas sus películas (veremos qué hace ahora con Coppola y su próximo proyecto), le otorga a Gloria todo el dramatismo y la fuerza de la contención para sobrellevar la vida que le ha tocado vivir, un mal matrimonio que la insta a trabajar día y noche, llevando la casa, la comida, los pisos en los que ejerce de empleada, unos hijos que nunca van a la escuela, un marido machista y una suegra tacaña.

Se trataba del primer papel estelar que le ofrecía Almodóvar, puesto que en sus dos felices enlaces anteriores, Maura se encontraba abrazada por otras heroínas trash (o por monjas, aunque en este caso -y bajo las directrices del director- los términos resulten sinónimos) y el protagonismo recaía equitativamente en su conjunto coral.

Estamos ante el primer papel estelar de Carmen MauraAquí Maura, aún en medio de un torbellino de personajes, lleva el timón como nadie, siendo ella la mandamás de un filme que nadie se plantea con otra actriz una vez visto el resultado. Experta en papeles difíciles, Maura se salda con nota en ésta, su tercera película de la mano de su íntimo amigo Pedro. Aún les quedaba un largo recorrido por delante por supuesto. De hecho, podríamos incluso considerar esta unión precursora de sus contratos futuros.

Parece al hablar sólo de la actriz que ella sea la única digna de mención. Nada más lejos de la realidad pues todo el grupo demuestra su valía interpretativa, incluso se puede aprobar la curiosa decisión del director de incluir en el reparto a Gonzalo Suárez, director base del cine español experimental que aquí efectuaba su primera oportunidad delante de la cámara y no detrás. Lo cierto es que su ilusión más parece un guiño-homenaje al cineasta que otra cosa. Y lo mismo podemos decir del cameo que aquí ofrece Javier Gurruchaga como el dentista que adopta a uno de los hijos de Gloria.

Aún así, algo hace sospechar que el cincuenta por ciento de los honores de su metraje se los debemos a Maura. Su fuerza, su técnica, el aguante más plural de sus primeros planos hacen que sus momentos, que son todos, porque en todos luce como pocas, permanezcan en la memoria colectiva.

Los actores satélite de Maura, Ángel de Andrés López, Chus Lampreave, Kitti Manver, Verónica Forqué... fueron rescatados en otras futuras obras del manchego. De hecho, su primer acercamiento a Hollywood lo hizo con una comedia que podemos considerar perpendicular de este filme en el que tres de los citados repetían experiencia bajo la misma tutela, Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988).

Algunos intérpretes repitieron con Almodóvar

El camino para la posteridad

Almodóvar hizo aquí lo más escandaloso de todo lo que había hecho hasta el momento. Tener la arbitrariedad deliberada de introducir su cine hacia la narración más convencional, sin por ello caer en el descalabro, sino muy al contrario, navegar en la sobriedad de un fresco social a la española, metido de lleno en los suburbios madrileños, con sus momentos de disparate pero rodados como parte de la cotidianeidad de la vida.

El universo del descalabro femenino comienza a forjarse en este filmeAdemás, tuvo la confianza de delegar en sus actores una labor única y de demostrar que la dirección de actores era lo suyo, sin elegancias ni ornamentos (éstos vendrían años más tarde), sin la explosión cromática a la que actualmente nos ha acostumbrado. Con unos medios más bien escasos, que aportan esa sensación de miseria desgarrada a la tonalidad de la obra, y una partitura de Bernardo Bonezzi, grande de los grandes entre los compositores españoles, que resume el espíritu grotesco, hilarante y desgraciado de las peripecias de Gloria.

De hecho, podemos afirmar que aquí decidió iniciar el punto de partida de su etapa narrativa más clasicista, aunque siempre tirando del corrosivo "drama más comedia", estudio de sentimientos y estudio de pasiones exacerbadas con sus personales notas de color surrealista. Algunos de sus siguientes filmes, La ley del deseo (1987), Átame (1989) o Tacones lejanos (1991) por citar algunos, siguieron la estela que parecía haber inaugurado en ¿Qué he hecho yo...?, dejando de lado la gamberrada más transgresora  como una decisión voluntaria y consciente para adentrarse en los nuevos territorios que le quedaban por descubrir.

En este filme, y esto ya lo habíamos apuntado antes, encontramos algunas de las claves de su cine posterior: el universo del descalabro femenino que desplegó en Mujeres al borde... presentado en forma también de mosaico coral situado en Madrid, pero esta vez con personajes de alto rango adquisitivo, podríamos interpretarlo como la consecuencia lógica, cuatro años después, del que supuso el primer gran papel de Carmen Maura. Ésta repite como estrella indiscutible del grand guignol emocional acompañada de otro reparto de excepción. Si observamos ambas obras en una distancia corta de tiempo, podemos comprobar como las similitudes se acumulan. Podríamos incluso decir que se trataba de un reencuentro encubierto con Gloria venida a más, convertida en actriz de doblaje soltera, abandonada y sin novio, que pierde los papeles, esta vez llamada Pepa.

El planeta Almodóvar continúa alimentándose de sí mismoSi las semejanzas se acumulan en cuanto al planteamiento argumental de las mencionadas, aunque llevadas ambas por unos derroteros muy diferentes, éstos resultan mucho más cercanos si cogemos su celebérrima Volver (2006) y desgranamos su esbozo inicial, es decir, una ama de casa malcasada con un obrero machista y con una hija adolescente que, un buen día, asesina a su marido y se las apaña para salir hacia delante, salir indemne y salir victoriosa de todo lo que le ha tocado vivir.

El planeta Almodóvar, de hecho, tiene una doble dialéctica que le constituye como referente imprescindible de los directores más aplaudidos del hoy.

Por un lado, su mundo se alimenta de sí mismo, sus historias giran en torno a otras ya contadas a través de sus ojos, sus personajes se entroncan entre ellos mismos con una sinonimia pasmosa, sus modos se reiteran y se defienden como propios y, sin embargo, y aquí viene la segunda verdad, siempre están trufados de elementos divergentes y veraces, de la inconmensurable mezcla de lo nuevo y lo ya ondeado.

Por eso, esta película inauguró el puente, el primero de muchos, en el que abría el camino del cine español social de antaño con la catarsis de su experimentación provocativa y dadaísta que ha hecho que se la recuerde como una de las bases manifestantes de su cine, y dicho sea de paso, de la modernidad cinematográfica.

Almodóvar, por fin, tomaba las riendas de su carrera cinematográfica