CÁNDIDO POLO: Alienistas y alienígenas

  07 Febrero 2009

Para celebrar nuestros primeros diez años en Internet, desde Encadenados hemos pedido a un pequeño círculo de amigos que se sumen a este aniversario con un artículo en el que hablen de... esto, de... de cualquier aspecto que les parezca interesante de esta última década. Las generosas colaboraciones de este grupo están recogidas en el nº 59 de nuestra revista, publicado en enero y febrero de 2009.  


Revisión psicopatológica desde la sala de cine
Escribe Cándido Polo (1)

viaje-a-la-luna.jpgUno de los primeros asuntos llevados a la gran pantalla por la fantasía de los hombres en feliz connivencia con la magia cinematográfica fue el Viaje a la Luna (Le voyage dans la lune, 1902), del pionero Georges Méliès, sin duda influido por la prodigiosa  imaginación del novelista Julio Verne.

De este modo, apenas nacido unos años antes, el séptimo arte echaba mano de la literatura y la mitología para nutrirse de motivos con los que dar fundamento a la labor guionística, tanto más exitosa conforme permitiera visualizar los sueños universales. Y eso que las primeras representaciones de esta gesta, cómica antes que épica, no podían ser más grotescas: vehículos espaciales de diseño imposible, tripulados por sabios excéntricos con pocas habilidades para el contacto diplomático con los selenitas, o más bien lunáticos habitantes del satélite, que por primera vez recibía visitantes de la vecina Tierra.

Aún habrían de pasar 67 años hasta que pudiéramos contemplar por televisión las imágenes del primer alunizaje en directo, que confirmaba el potencial profético de la naciente industria al que alude Pablo Francescutti en un ensayo imprescindible.

orson_welles_guerra_mundos.jpgYa en 1938, Orson Welles, uno de los mayores genios de la historia del cine, había conseguido conmocionar a los millares de oyentes norteamericanos de la CBS con una dramatización radiofónica que la víspera de Halloween desató una oleada de histeria colectiva conocida por los sociólogos como la “emisión del pánico”. Se trataba de la retransmisión de La guerra de los mundos, basada en la exitosa novela del visionario Herbert G. Wells, que en 1898 inauguraba desde la literatura esta tendencia futurista, como la película  homónima de Byron Haskin (The War of the Worlds, 1953), llevaría medio siglo después a las salas de cine a la ficción científica.

Pero antes de ambas apariciones en los medios de comunicación, la calle estaba sensibilizada con estos temas y la llamativa expresión iconográfica del arquetipo extraterrestre gracias a las revistas populares del género Amazing Stories, cuyas fantásticas historietas pulp lograron un notable éxito de masas. Otro tanto podemos decir de la iconografía del cómic sideral, que desde los primeros años treinta ya contaba con héroes espaciales como Buck Rogers y Flash Gordon, posteriormente adaptados a la cultura de las series televisivas con mayor fortuna que a la gran pantalla, donde pasaron bastante desapercibidos.

Gracias a la intuición de Hugo Gernsback, la ciencia-ficción era patentada como un nuevo género de afortunada síntesis y posibilidades ilimitadas, tanto como acicate de la ciencia desde su estímulo a través de la fantasía como afirma Isaac Asimov, como argumento de peso para la elaboración de guiones fílmicos, según reconocen directores como Spielberg, Lucas, Cameron y Scott.

En efecto, gracias a esta extrapolación metáforica, igual se podía reflejar la paranoia colectiva ante el “peligro amarillo” de Oriente encarnado por el Dr. Fu Manchú, que el pánico ante los primeros gestos beligerantes de Adolf Hitler, ya en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. De esta manera, con la psicosis atómica resurgían viejos temores apocalípticos y el mundo se aprestaba a alinearse en dos grandes bandos, malos y buenos transmutados en marcianos y terrícolas, que trasladaba los conflictos ideológicos a la inmensidad de los espacios siderales.

No es de extrañar que, desde entonces, la representación cinematográfica de los alienígenas haya ido paralela a la evolución de  las circunstancias sociopolíticas, ubicándose como aliados o enemigos, ángeles o demonios venidos del cielo, según su utilidad simbólica en la correlación de fuerzas del orden mundial.

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Guerra fría, paranoia y amenaza extraterrestre

Este desplazamiento de escenarios puede ser visto con nitidez durante los años de la inmediata postguerra mundial, en medio de la “caza de brujas” del senador McCarthy y la “conspiración internacional”, que es cuando aparece por primera vez la plasmación fílmica de un Ovni, resultado de la tecnología alienígena al servicio de la “maldad comunista”.

Precisamente en 1947 tuvieron lugar los primeros avistamientos de objetos volantes no identificados, el testimonio contactista de Georges Adamsky y el famoso incidente Roswell (Nuevo México), que darían lugar a tantas especulaciones y trampas gubernamentales, como estamos conociendo cincuenta años después.

el_enigma_de_otro_mundo.jpgAlgunos de aquellos tópicos serían reflejados por Mikel Conrad en The Flying Saucer (1950), con la que daban comienzo las inolvidables Space Operas de aeronaves futuristas que se prodigaron durante los años 50, desde El enigma de otro mundo (The Thing from Another World, 1951), hasta Invasion of the Saucer Men (1957). Es la época de los monstruos mutantes y el terror urbano ante la aparición de hormigas gigantes y dinosaurios de tiempos remotos resucitados por la radiactividad nuclear, en una clara autoculpabilización de los humanos por las gravísimas agresiones a la naturaleza cometidas en la última contienda bélica.

Se comprende que no tardara en aparecer un personaje benefactor como Klaatu, contrafigura del extraterrestre inquietante, que encarnaba Michael Rennie pletórico de sabiduría y amor, llegado como un mesías de los hermanos del espacio para advertir de la necesidad de poner fin a las guerras entre los humanos, según Robert Wise, en Ultimátum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951).

Se trata de la mejor versión del alienígena bienintencionado, que compone aquí una especie de Jesucristo científico de allende el Sistema Solar que vive su particular pasión y sacrificio en el planeta Tierra. Hasta que resucita y logra imponer a los humanos su alegato expeditivo en favor de la paz y el desarme nuclear, desde el mismísimo corazón de Washington.

Eran los tiempos de competitividad expansionista entre norteamericanos y soviéticos acerca de la capacidad destructiva de las bombas A y H, y parece coherente que se pronunciara sobre esta grave tensión, solamente suavizada por la mediación de la ONU y la política de acercamiento acordada entre Kruschev y Eisenhower. El pulso de fuerzas entre el capitalismo norteamericano y el comunismo soviético sería trasladado entonces al espacio, en una vertiginosa carrera iniciada por los primeros triunfos rusos (los cohetes Sputnik, la perra Laika, el cosmonauta Gagarin…), para terminar con la victoria de Occidente vaticinada por Kennedy tras el alunizaje americano del Apolo XIII y la imagen en la Luna del primer hombre: Neil Armstrong.

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Sin embargo, en el cine todavía resultaban más frecuentes las orientaciones maniqueas, contaminadas de un patrioterismo lindante con la paranoia, como Invasores de Marte (Invaders from Mars, 1953), de William C. Menzies, donde la lucha contra el enemigo alcanzaba dimensiones épicas desde la mirada del niño protagonista, que permitían captar bajo la figura del alien invasor todos los tópicos de la histeria anticomunista.

invasion_de_los_ladrones_de_cuerpos.jpgSi hay una película que recoja con nitidez esta manipulación sin perder un ápice de su calidad cinematográfica, ésta es La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956), el magistral filme de Don Siegel que narra las reacciones psicosociales desencadenadas por los alienígenas camuflados como réplicas exactas de los seres humanos. Asistimos aquí al drama del individuo en conflicto con la comunidad a la que pretende salvar; un médico enfrentado tanto a los ciudadanos normales que no creen su fantástico relato, como a los clones impostores que le persiguen, multiplicándose desde las extrañas vainas vegetales que les sirven de vehículo reproductor. Y no sale mejor parada la psiquiatría normalizadora en esta suplantación general, al terminar participando de la alienación colectiva que se ensaña reprimiendo cualquier oposición, que es simbolizada aquí por el doctor disidente y supuestamente trastornado que representa el último vestigio de cordura. Una durísima metáfora de la delación, la xenofobia y las listas negras, en pleno apogeo de la feroz intransigencia y el delirio persecutorio que contagió a la sociedad norteamericana durante los primeros años de postguerra.

En cuanto a Europa, hay que mirar a las Islas Británicas para localizar el primer abordaje cinematográfico del asunto alienígena, por iniciativa de la cadena de televisión BBC, que emitió una serie dedicada a un personaje popular, condensada después en una película de éxito que inauguraba una serie sobre el tema: El experimento del Dr. Quatermass (The Quatermass Experiment, Val Guest, 1955). El director de una misión espacial fracasada, cuyo único superviviente se habría contagiado de una enfermedad desconocida de origen extraterrestre que le transforma en un peligroso monstruo, deberá poner todos sus conocimientos al servicio de la policía para perseguirle y poner fin al pánico colectivo.

la_amenaza_de_andromeda.jpgEsta idea del mal contaminante de características letales llegado desde fuera de nuestra galaxia daría lugar, años más tarde, a otra película de éxito basada en la novela homónima de Michael Crichton, en manos de uno de los maestros del género, Robert Wise: La amenaza de Andrómeda (The Andrómeda Strain, 1971).

Otra cinta inglesa de factura posterior, igualmente motivada por las repercusiones comunitarias de la llegada de los invasores y quizás la más atrevida en cuanto al procedimiento colonizador empleado por ellos sería la impactante El pueblo de los malditos (Village of the Damned, 1960), que Wolf Rilla dirigió basándose en una novela sobre la costumbre de los cucos de incubar sus huevos en nidos ajenos.

El argumento lleva a la ciencia ficción al extremo de hacer posible la inexplicable inseminación de las mujeres fértiles de una pequeña población inglesa, tras caer simultáneamente todo el vecindario en un profundo sopor que meses después causaría el nacimiento de una docena de niños semejantes. Todos ellos rubios, de ojos dorados y extremadamente inteligentes, dotados de energía y poderes paranormales, que siempre actúan en grupo y se comunican telepáticamente, hasta el extremo de rebelarse contra el orden social y pretender sojuzgar a los ciudadanos, incapaces de someterlos. Así llegan a causar graves incidentes, hasta provocar un intento de linchamiento contra ellos por el pueblo amotinado, que debe rendirse a la evidencia de su inferioridad ante los extraños seres, como hubo de resignarse ante el origen sobrenatural de los embarazos de los que proceden. Lo que aquí interesa resaltar es el innegable parecido de los pequeños protagonistas con algunos tópicos de dos de los grandes temores de la época, el delirio de superioridad aria del nazismo y la rigidez de la conciencia colectiva comunista, que resultan aunados en una imagen metafórica cuya representación visual alcanza un logrado efectismo.

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Algunas películas preferían centrar el interés en las experiencias de sujetos abducidos por los extraños visitantes en un secuestro temporal mediante sus prodigiosas aeronaves, con fines de investigación biológica, preferiblemente genética o reproductiva. Sobre todo, a partir del famoso rapto de Betty y Barney Hill, un matrimonio estadounidense que en 1961 narró con todo detalle su experiencia de contacto con seres alienígenas, hasta lograr que aquellas imágenes de pequeños humanoides grises de apariencia hidrocefálica y ojos felinos quedasen grabadas en el imaginario colectivo.

Esta descripción física era quizás lo más novedoso, pues ya existían con anterioridad libros y películas sobre extraterrestres que, sin duda, esta popular pareja de aficionados al fenómeno ovni pudo haber conocido. De hecho, ambos se sometieron al examen pericial de un especialista que les dedicó numerosas sesiones a explorar su inconsciente bajo hipnosis, en busca de las claves psíquicas de su experiencia, finalmente recogida en un libro prologado por el Dr. Benjamín Simon y escrito por John Fuller: El viaje interrumpido (The Interrumpted Journey, 1966).

Durante la primera mitad de 1964, este psiquiatra trabajó con ambos hasta llegar a la conclusión de que el “caso Hil” era un clásico ejemplo de folie à deux, en el que la mujer aportaba el núcleo delirante y su esposo resultaba arrastrado en el delirio, posteriormente consolidado por la presión de los medios de comunicación. Una experiencia semejante de alienación compartida, pero con un final trágico, se produjo en el caso de los dos contactistas catalanes que en 1972 se inmolaron en la vía del tren para emprender su viaje iniciático al más allá, como recoge con fidelidad la película Platillos volantes (Oscar Aibar, 2003), una adecuada plasmación de los excesos más peligrosos del delirio ufológico.

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Pero en el caso de Betty Hill todo fueron parabienes, con notable éxito de audiencia en sus entrevistas y conferencias, tras conseguir que su versión alcanzara mayor credibilidad que la opinión de los profesionales, contrarios a conceder verosimilitud a su experiencia de abducida. Sin duda influirán las diferentes coordenadas sociológicas y ambientales en que se produjeron ambas manifestaciones de un fenómeno genuinamente producido por la cultura made in USA.

Lo único cierto es que Mrs. Hill terminó por transformarse en una auténtica gurú del fenómeno ovni y su narración alcanzó la categoría de best seller, deparando sustanciosos beneficios a cuantos tuvieron algo que ver con su divulgación, incluyendo reporteros y psicoanalistas. Tanto es así, que su historia fue finalmente convertida en un drama televisivo de éxito fulgurante a través de la NBC (The UFO Incident, 1975), reemitido con asiduidad desde entonces para el público más fiel. De este modo se acuñaban los tópicos reconocibles de la abducción alienígena, que a partir de entonces se repetirían con sospechosa frecuencia en los sitios más dispares, en una verdadera epidemia de mimetismo cultural y deseos de protagonismo, no exentos de intereses materiales. En adelante, cualquiera podría convertirse de la noche a la mañana en una estrella televisiva, del mismo modo que triunfaban en la pequeña pantalla por entonces series como Expediente X o Los invasores,  basadas en el mismo tema.

El único requisito era tener suficiente imaginación como para escenificar un secuestro de difícil demostración, que invariablemente terminaba con el trance disociativo del protagonista, tras una pasajera desorientación espacio-temporal. Y, desde luego, en medio de una llamativa amnesia; pero de carácter necesariamente reversible, para que no se impidiera transmitir el mensaje íntegro de los alienígenas.

No es de extrañar que el psiquiatra Carl Gustav Jung, que fue testigo de la popularización de estos hechos en sus últimos años de vida, llegase a escribir una obra sobre dicho acontecimiento, motivado por el “rumor visionario” que desprendían. Se trataba, según él, de una proyección mental de símbolos arraigados en el inconsciente colectivo por haberse repetido en otras épocas históricas como arquetipos muy reconocibles. Así podría explicarse una extraña paradoja que se estaba produciendo entonces y que se sigue repitiendo en  nuestros días: las noticias sobre los ovnis son siempre mejor recibidas que las dudas sobre su credibilidad que suelen plantear los portavoces del saber científico.

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Viajeros de las galaxias: ángeles, robots y replicantes

Lejos de la trayectoria circense y fraudulenta que los sectores más interesados estaban dando del fenómeno ufológico, algunos cineastas comprometidos aprovecharon las posibilidades del tema para acentuar la vertiente más crítica del peligro nuclear. Otro tanto hacían paralelamente los médicos más sensibilizados desde Physicians for Social Responsability, una asociación que exigía la supervisión más rigurosa del poder subliminal que contenían las películas y series televisivas en el imaginario colectivo.

Así surgieron crudos documentales de denuncia destinados a provocar la indignación de los pueblos y sus gobernantes, como El juego de la guerra (The War Game, 1965) a cargo de Peter Watkins y El día después (The Day After, 1978), de Nicholas Meyer. El temor generalizado al fin del mundo que se respiraba con fundamentos de verosimilitud durante los años de postguerra pudo calar en forma de catastrofismo pesimista, haciendo reaccionar también a los científicos bajo sospecha mediante campañas de propaganda como la famosa Átomos para la paz, empeñada en divulgar la faceta más positiva de la investigación nuclear.

También el cine de ficción demostraría su capacidad de incidencia con algunos filmes que destacaremos por su notable impacto cultural, impulsados por cineastas que buscaron más allá del efectismo promover acciones colectivas de protesta.

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Así lo vemos en películas como El planeta de los simios (The Planet of the Apes, 1968), donde Franklin J. Schaffner logra con una sola imagen denunciar de manera contundente la locura autodestructiva de la humanidad, que aparece bien visible a los ojos del último ser racional sobre la Tierra. La estatua de la Libertad semienterrada y casi irreconocible permite comprender al astronauta cautivo que ha regresado del futuro el devenir que esperaba a su avanzada civilización, ante el triste panorama de un planeta sometido por una estirpe de monos evolucionados desde la regresión filogenética. Y en una parodia del juicio a Galileo, la nueva ciencia dominante no dudará en reprimir la insolente oposición de este vestigio del antiguo régimen de los humanos belicosos con la prescripción de una lobotomía, que el protagonista sólo evitará fugándose con ayuda de algunos simios disidentes.

También destaca el componente autodestructor de la tecnología elevada a razón suprema, cuando se llega a la impostura de querer sustituir la cualidad racional del hombre en la magistral obra de Stanley Kubrick 2001: una odisea del espacio (2001: A Space Odissey, 1968). A través de la enajenación subversiva que se apodera de Hal 9000, el peligroso ordenador de la nave Discovery  que va eliminando uno a uno a los tripulantes, asistimos a esta disquisición cibernético-moral en medio de un ambiente claustrofóbico que culmina con el triunfo del hombre sobre la máquina, entre los valses y la música clásica que sirven de sonido ambiental a los paisajes siderales.

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La película, estrenada meses antes de la llegada del hombre a la Luna, consiguió un notable éxito proporcional a las discusiones sobre la interpretación semántica de sus claves, algunas de las cuales ya habían sido apuntadas con mayor firmeza en un filme previo de final muy diferente. Entonces se parodiaban los peligros de la carrera armamentística y las previsibles consecuencias de la sinrazón que anidaba en las cabezas nucleares de los responsables del orden mundial. Un riesgo demasiado real como para delegarse en la dudosa infalibilidad de los hombres, que es la contundente denuncia de aquel film magistral: Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? (Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1963).

Habría que esperar hasta finales de los setenta para que la vieja concepción del alienígena como peligro colectivo, por deslizamiento metafórico de la polaridad de fuerzas rivales que ponía en peligro el equilibrio del universo, fuera dando paso a otra visión no beligerante que apostara por la aproximación amistosa entre las culturas respectivas.

Steven Spielberg sería el mago capaz de impulsar este prodigioso cambio de actitudes tan arraigadas con Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, 1977), gracias a una reconversión ideológica entre la religión y la ciencia que algunos sectores críticos han tildado de mística. Incluso se habla de una lectura judeo-cristiana del enigma tradicional acerca de la existencia de otros seres vivos, aquí ejemplificados como individuos angélicos de apariencia bien reconocible y disposición a confraternizar con la humanidad. Un deseo recíproco que en la película alcanza su clímax culminante en la montaña donde se producirá el encuentro trascendental entre humanos y extraterrestres, en medio de revelaciones, delirios e interpretaciones de signos, que llevó en aquel tiempo la pasión del contactismo al momento más entusiasta de la ufología.

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Algunos años después, el realizador insistiría de nuevo en su particular visión optimista con E.T., el extraterrestre (E.T., The Extraterrestrial, 1982), un drama familiar ambientado en escenarios intergalácticos que tiene la originalidad de incluir a los niños como protagonistas. En efecto, son ellos los principales destinatarios del mensaje profético del filme y los únicos capaces de conectar con la sensibilidad y los poderes paranormales del monstruo mesías con su empeño en defender su lado más entrañable, a pesar de la implacable persecución de la comunidad científica.

Quizás el relanzamiento definitivo de la épica espacial se deba en mayor medida a otro coetáneo de Spielberg, George Lucas, quien, el mismo año que aquél, exhibía la primera entrega de su trilogía sobre La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977) con la que se haría posible la entrada triunfal del subgénero en el universo vedado de las superproducciones.

Esta obra mítica está considerada como la película de mayor éxito de masas dentro de la ciencia-ficción, debidamente adaptada a la estructura narrativa de los relatos de aventuras o incluso del western, lo que explica la inmediata seducción que el tema ejerció sobre el presidente Reagan, empeñado en incorporar el modelo a su estrategia bélica.

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Uno de sus mayores logros fue su particular revisión de los tipos fisiognómicos que podrían llegar a reclutarse entre los extraterrestres, en cuya representación visual se hizo un auténtico derroche de fantasía que armonizaba la iconografía oriental de los samurais con el motivo del héroe mesiánico. Ya no se trataba  de aquellos hombrecillos verdes con trompetas por apéndices que salían en los primeros comics, ni de los enanos grisáceos de ojos rasgados que habían descrito con detalle los protagonistas de las increíbles abducciones. Ahora podíamos asistir al desfile de una serie de humanoides con diferentes rasgos antropomórficos y faciales, preparados para invadir e incluso devorar a los hombres, en la más pura tradición psycho-killer de sujetos protervos en lucha con héroes benefactores.

Y tras la estela abierta por esta epopeya guerrera, no tardarían en producirse para la gran pantalla otras teleseries que habían triunfado en las grandes cadenas, con éxito de taquilla garantizado, como la saga comenzada por Robert Wise a partir de Star Trek (1979).

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Pero si de un personaje salvador se trata, dotado con todos los atributos de la predestinación caprichosa de los dioses y el carisma de los viejos comics, ese es Superman, el superhéroe por antonomasia de todas las epopeyas galácticas, que llegaría desde el planeta Krypton para cumplir en la Tierra su sagrada misión de elegido. El malogrado Christopher Reeves se encargaría de ponerle rostro humano y reclamo erótico al  protagonista en la pantalla, iniciando una exitosa saga desde la primera entrega, Superman (Richard Donner, 1978).

Otras heroínas como Barbarella (Roger Vadim, 1968) y Supergirl (Jeannot Szwarc, 1984) pasarían fugazmente por las salas de cine, a pesar de su innegable sex appeal y el colorido de fantasía futurista que se empleaba para reforzarlo, eclipsadas inevitablemente por un arquetipo pensado a la medida de los tópicos masculinos.

En cambio, una protagonista posterior, la teniente Ripley, habría de enarbolar años después la reivindicación más heroica del sexo femenino, aunque fuera a costa de  reforzar en sucesivas entregas el personaje por su lado más andrógino. Una representación singular de los seres extraterrestres, en esta ocasión con pocas intenciones confraternizadoras incluso desde antes de llegar a la Tierra, podemos encontrarla en la saga Alien, una popular recreación del fenómeno invasor a partir de la exitosa Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979), de Ridley Scott.

Lo más novedoso de esta cinta es la hibridación de géneros, entre el terror y la ciencia ficción, concretada en la presencia de un monstruo foráneo de connotaciones vampíricas. Este engendro siniestro consigue camuflarse como polizón entre los tripulantes de la nave Nostromo que regresa de una misión espacial, a los cuales irá atacando mientras repele los sucesivos intentos de exterminarlo. Ahora el ente alienus se metamorfosea en un proteico reptil de pesadilla, capaz de ocultarse en los lugares más inverosímiles para llevar a cabo sus propósitos destructores, con insaciable voracidad, atreviéndose incluso con su repulsivo aspecto a entablar una erotizada persecución de la protagonista principal, una espléndida Sigourney Weaver.

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Otra atípica protagonista femenina sería la de Expediente X (The X-Files, 1998), una doctora racionalista que asume el rol pragmático del investigador a la vista de las veleidades mágico-supersticiosas de su compañero de tarea, según el perfil acuñado desde la serie televisiva de la que procedían. Esta pareja de  detectives lograría exportar  una franquicia de éxito garantizado por el FBI en su manera de llevar el seguimiento de supuestos casos reales, con el fin de desentrañar la enrevesada red de conspiradores alienígenas que se habría infiltrado en nuestro planeta con las peores intenciones para la civilización terrestre.

Y éste es precisamente el argumento que nos permite enlazar con una de las películas más emblemáticas del subgénero alien, con la que pondremos fin a nuestra apretada aproximación al tema: la espléndida Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Se trata de una película de culto entre los aficionados al tema por su innovadora estética futurista y su inspirada ambientación de Los Ángeles en 2019, una metrópoli en penumbra asfixiante que apenas resulta aliviada por la persistente lluvia ácida que cae entre luces indirectas de neón multicolor. Sus calles están repletas de gente que apenas se dirige la palabra, entre miradas de desconfianza cruzadas por la abigarrada multitud que transita vestida con una dispersión de modas y estilos acorde con la procedencia multiétnica de sus habitantes y la variedad de vehículos que utilizan para desplazarse.

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El protagonista principal es un policía en pleno desencanto vital y profesional, un vapuleado y antiheroico Harrison Ford, al que se obliga a dar caza a varios “replicantes” que se han rebelado. Así se denomina una especie de robots fabricados en el laboratorio a imagen y semejanza de los humanos, tan difíciles de distinguir que sólo los agentes especializados y los científicos que los diseñaron son capaces de hacerlo a través de sofisticados tests psicotécnicos y medición de respuestas neurovegetativas. Se trata de una reflexión fílmica acerca de la vida artificial y el mito prometeico, encarnado aquí por estos androides que se rebelan contra los dioses humanos, en su desesperación porque se les prolongue la caducidad prevista de su existencia física.

Pero la perfección técnica de su génesis llega a extremos tan perversos como la necesidad de someter su cerebro a implantes de memoria que puedan rellenar las lagunas amnésicas que aparecen en sus vidas, hasta hacerles dudar de su réplica. De ahí la afición casi infantil de estos seres clónicos a coleccionar fotos de supuestos antepasados y familiares con las que tratar de sostener una genealogía difícilmente explicable, o su triste dificultad para poder trabar sentimientos entre los hombres. Sería el precio final que habrían de pagar tras haber pasado de temidos demonios extraterrestres a ángeles de la guarda ultratecnificados, por una extraña inversión ideológica de sus papeles que reflejaba el cambio del contexto histórico y sociocultural, como observara con lucidez Roland Barthes.


(1) Cándido Polo es Psiquiatra y Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación. Ha escrito entre otros los libros La sanidad en las Brigadas Internacionales y Crónica del manicomio: prensa, locura y sociedad. Forma parte del Grupo Embolic, con el que ha intervenido en títulos tales como Cine y Filosofía: como enseñar la filosofía con la ayuda del cine, Locuras de cine y Psiquiatras del celuloide.

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