DANIEL GASCÓ: El cajón oculto

  23 Enero 2009

Para celebrar nuestros primeros diez años en Internet, desde Encadenados hemos pedido a un pequeño círculo de amigos que se sumen a este aniversario con un artículo en el que hablen de... esto, de... de cualquier aspecto que les parezca interesante de esta última década. Las generosas colaboraciones de este grupo están recogidas en el nº 59 de nuestra revista, publicado en enero de 2009.  


El cajón oculto
Escribe Daniel Gascó (1)

daniel_gasco-1.jpgHay un mueble que nadie menciona y que, a mí, personalmente, me obsesiona: el armario de la crítica. Utilizarlo, sea como alguien que trabaja para que vaya creciendo, sea como simple y curioso usuario, implica abrir y cerrar cada uno de sus compartimentos, descubrir felices recovecos, bostezar con sus lugares comunes, también, decepcionarse con sus taras.

Enfrentarse a él, supone en muchos casos, adoptar un papel o, valientemente, tomar un aspecto inédito de nosotros mismos que suponga un mayor rigor, no en un sentido profesional, sino, más bien, sensorial. En definitiva, escribir sobre cualquier obra, implica, bajo mi punto de vista, una toma de postura personal y, si seguimos la metáfora, la elección de uno de los cajones.

Si soy sincero, debo decir que funciono mejor como espectador, que como crítico. Dos conceptos que ahora separo, aunque deberían ir más unidos. No soy un escritor disciplinado, tengo fama de ello, y es difícil que entregue un encargo en el tiempo estipulado. Los que me conocen, y todavía me quieren, me disculpan diciendo que soy un rumiante.

cartelera_levante.jpgVeo la película, a menudo más de una vez, y luego me retiro a masticar, cada pedazo que recuerdo de celuloide, preguntándome qué fragmentos concretos del film siguen inmanentes en mi cabeza. Debo confesar que este procedimiento altera casi siempre mi primer juicio. Ocurre que, a veces, me enamoro literalmente de unas imágenes o tomo plena conciencia de sus defectos. A esto lo llamo proceso, simple y vagamente, porque es impredecible y no viene sazonado con unas reglas o con un criterio estable. Me gusta decir que tengo la suerte de escribir crítica, pese a no haber absorbido ningún estudio, y carecer de una guía clara.

De todas formas, siento lector de revistas, descubrí muy pronto mi desencuentro con los críticos. Algo que, ahora, que publico asiduamente, casi cada viernes, en la Cartelera del Levante, ha tomado una forma real. Como presunto escritor que trata de acompañar películas, que las define de una forma abstracta y narra estados de ánimo asociados a su visión, me separo de muchos de mis compañeros. No menciono premios, no hablo de autores, no emito dignamente juicios de valor. Tan sólo me sirvo, como orientación, de un puñado de estrellas que clarifiquen acerca eso que no está en mis críticas, pero que se detecta en el pulso de cada palabra, en la temperatura escogida del lenguaje, en mi grado de entusiasmo. A veces, aquellas en que soy más transparente, amo unas imágenes y tengo la urgencia juvenil de contarlo. Creo que uno de los deberes del crítico es, precisamente, transmitir que el amor por el cine sigue siendo una cosa lícita, vigente aún si te detienes en determinadas obras muy contemporáneas.

Amor por el cine. Cinefilia. Acabo de mencionar uno de los cajones más peligrosos del mueble. Después de haber asistido a un taller de cine impartido en Castellón por el director portugués, Pedro Costa, he tomado conciencia de que la cinefilia proporciona probablemente un amor que el cine no necesita, que no le hace ningún bien.

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Años antes, en esta misma ciudad universitaria, proclive a encuentros a menudo más íntimos e interesantes que los que se dan en Valencia, tuve ocasión de hablar sobre este tema espinoso con Joaquim Jordá. Textualmente, y a raíz de un desencuentro con la persona que había dirigido una película que yo había criticado con dureza, me dijo: "Si una película no te ha gustado, silénciala siempre que puedas, evita hablar de ella". El pensamiento positivo, un tanto cahierista, de Joaquim Jordà pasaba por el hecho de estar vivo, de seguir paseando por una ciudad. "No puedo leer, no puedo escribir. Y nada de esto ha perturbado mi deseo de seguir existiendo. Estos días son un regalo. Son los días que siguen a una muerte que ya he experimentado. No tengo ningún miedo a morir, podría tranquilamente haber pilotado una de los aviones del 11 de septiembre". Entre uno y otro, la advertencia sobre el amor, la contención crítica sobre algo que no merece ninguna atención, habría quizá que hallar un cajón oculto que me situara en un lugar tangible, reconocible y honesto en el que mi yo personal hablase sinceramente con el lector.

cosas-que-perdimos-en-el-fuego-1.jpgAcabo de escribir una frase extraña a la crítica, lo sé. Uno no debería existir como persona cuando tiene el deber de escribir y orientar sobre una obra. Explicar y razonar con elementos y sentimientos extracinematográficos que una película te parece muy válida, no parece entrar dentro de los cánones. Y, sin embargo, a mí me obsesiona esta posibilidad. La veo muy clara, concisa y sé que envuelve rápidamente al lector.

De esta manera quise resolver un desencuentro que he tenido con la crítica española en general a raíz del estreno de un film americano dirigido por una directora danesa: Things we lost in the fire (Cosas que perdimos en el fuego). Una conmoción personal, más que una película. Experimenté un sentimiento natural y real que quise describir muy convencido de que otros críticos habrían experimentado lo mismo. Curiosamente, no, de ningún modo fue así.

Frases como la que figura en vuestro espacio web, Encadenados, gran ejemplo de resistencia, no tenían nada que ver con aquello que visceralmente me había impresionado. Cito de memoria: “Esta película desgraciadamente incumple estas dos reglas…”. En Cahiers du Cinema España, también de memoria: "Incurre en los vicios de Hollywood. (…) A la directora danesa, cuando ha trabajado para la Hollywood, le ha salido el tiro por la culata". En la revista Dirigido, mi querido amigo Hilario J. Rodríguez prefiere hablar de otras cosas, llenar el espacio con impresiones que muy tangencialmente comunican con la película, mientras se detiene en un adjetivo que denota su falta de entusiasmo ante el film: demasiado amable.

cosas-que-perdimos-en-el-fuego-2.jpgHablemos pues de esa postura crítica mía ante Things we lost in the fire, que de una manera gráfica describe ese desencuentro mío con la crítica española, que es la que mejor conozco, lógicamente. Algo que tiene que ver con mi persona, ocurrió la primera vez que visiono este film. En una copia clandestina (destinada a los miembros de la academia de Hollywood  de habla hispana), debo confesar, con buena calidad de imagen y un subtitulado más que correcto. Después de su última escena, tocado por su in crescendo emotivo, no podía dormir. Ésa fue mi primera impresión real. La falta de sueño y el deseo de salir de mi habitación. Pero, ¿tendría que explicarlo en una crítica? ¿Tiene el crítico derecho a revelarse como simple sujeto sensible? Tuve tiempo de reflexionar sobre esto antes de su estreno y tomar una decisión. Finalmente escribí, se publicó de hecho: "Un tipo de crítica que nunca se hace consiste en reconocer abiertamente tu reacción emotiva ante una película. Describir los efectos secundarios, hablar de empatía personal, mencionar las lágrimas o relatar un extraño paseo a las 5 y media de la madrugada… El tiempo de una buena película se extiende, quieras o no, más allá de sus imágenes. Uno podría llenar ese espacio crítico con todas estas extrañas acciones y sentimientos íntimos que la obra te ha despertado. Y seguiría siendo una lectura contundente y muy válida"…

Quería contarlo. El crítico, pierde el sentido, y una obra le roba el sueño. Le ha ocurrido algo que difícilmente ocurre: se ha visto reflejado, ha comunicado directamente con ese mundo expuesto en imágenes, ha sido tocado. Entonces, se levanta sonámbulo y se pone a caminar. No puede hacer otra cosa que sentir la asfixia y retirarse sobre sí mismo, perdiendo esa distancia que, puestos a pronunciarse y dictaminar, aconsejan que deben tener la crítica.

Recuerdo de esa primera visión, que me había emocionado especialmente una carta cuyo contenido nunca sabremos, y cómo la personita receptora, una niña, corría casi sin aliento detrás del emisor: Wait! Wait! También pienso en las lágrimas que finalmente libera Halle Berry: "He’s gone! He’s gone!" Y, de qué modo tan conciso describen el estallido de ese estado de ánimo común a todos los que hemos perdido a alguien en el incendio de nuestra vida. Son sólo dos ejemplos que uno silenciaría en una crítica y que, por lo visto, siempre que la distancia crítica lo dicte, hubieran permanecido en ese cajón oculto. Así sea. O no.


(1) Daniel Gascó es crítico de cine de Cartelera Levante. Colabora con la revista de cine Cahiers du Cinema de España. En Valencia tiene un vídeoclub que es un paraíso para el cinéfilo: todos los grandes títulos y todos los títulos que uno querría ver antes de morir, estan allí. Insistimos, todos.

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