DOLORES PAYÁS: La televisión que ha superado al cine

  12 Enero 2009

Para celebrar nuestros primeros diez años en Internet, desde Encadenados hemos pedido a un pequeño círculo de amigos que se sumen a este aniversario con un artículo en el que hablen de... esto, de... de cualquier aspecto que les parezca interesante de esta última década. Las generosas colaboraciones de este grupo están recogidas en el nº 59 de nuestra revista, publicado en enero de 2009.  


La televisión que ha superado al cine
Escribe Dolores Payás (1)

dolores_payas-2.jpgEs habitual, casi un lugar común, echar pestes contra la televisión, a la que siempre se ha considerado como una declinación un tanto aberrante de la pantalla grande. Algo así como una hermana pequeña y más bien desfavorecida del séptimo arte. Subproducto populista –en el sentido más peyorativo de la palabra– del que tan solo cabe esperar obras de género menor, a lo sumo correctas.

Yo no sólo discrepo de esta opinión sino que sostengo que desde hace varios años el mejor cine del mundo se está haciendo en la televisión anglosajona, muy en especial la inglesa. 

Que la BBC, Channel 4, ITV o Granada son cadenas con enjundia es algo sabido. Todas ellas –sobretodo la BBC– tienen larga tradición y experiencia tanto en el formato narrativo como en el documental. Pero es que en los últimos tiempos sus creaciones televisivas han dado un salto cualitativo tan espectacular –en proporción inversa a lo que ha hecho el cine– que sus virtudes artísticas y narrativas superan ya con creces a las de la mayoría de obras cinematográficas.

Se produce entonces un curioso fenómeno invertido: frente a la televisión británica uno tiene la convicción de estar viendo gran cine y, en cambio, en las salas de cine parecen proliferar los productos televisivos, algunos de ellos de escasísimo fundamento. Al respecto, resulta significativo que Hollywood esté ya buscando inspiración y alimento en la “caja tonta” inglesa. Para muestra un botón: en 2009 se estrenará la versión cinematográfica de State of Play, originalmente un espléndido thriller político periodístico producido por la BBC, 6 horas completas de obra de arte (dudo que la versión cinematográfica consiga superar o tan siquiera igualar a la televisiva)

state_of_play.jpgCuando comento todo esto, colegas, amigos y amantes del cine en general se echan las manos a la cabeza y me miran con incredulidad. En las discusiones que suelen seguir sobre el tema descubro que no puedo argumentar porque nadie ha oído tan siquiera hablar de los títulos que enumero y que desde hace diez años van llenando felizmente las estanterías de mi filmoteca. A lo sumo, los colegas me ensalzan Los Soprano, o esa entretenida peplum soap que es Roma –cuyos actores son todos británicos–; o House, simplonería que tan sólo se sostiene por la creación que Hugh Laurie –británico y pareja artística de Stephen Fry durante años– hace de su personaje (todo lo demás, argumentos y caracteres, es pura vacuidad planchada).

Lo cierto es que casi ningun colega ha oído hablar del mencionado State of play, de Prime Suspect, Perfect Strangers, Cranford o Shameless, por enumerar tan solo cinco títulos emblemáticos de los últimos años. Y cuando les siento frente a mi pantalla y les hago ver algunos de estos u otros trabajos de reciente creación suelen quedarse atónitos. No pensaban que pudiera existir una televisión de tanta riqueza visual y narrativa, de tanto calado y profundidad.

Pero... ¿es que estamos hablando de televisión? Yo lo pongo en duda. No sólo porque las líneas entre un medio y otro se están difuminando cada vez más, sino porque el lenguaje que prima en estas obras televisivas es ya eminentemente cinematográfico, a menudo experimental y más osado –tanto en forma como en contenido– que el de las obras de cinematográficas. Si a todo esto añadimos el cada vez más frecuente uso del digital en el cine nos encontraremos con que esas supuestas fronteras entre cine y televisión pronto dejarán de tener sentido.

El tema es apasionante y creo que merecería un análisis a fondo por parte de críticos y profesionales del medio. En espera de que alguien se anime a ello yo apuntaría unos cuantos elementos que me parece diferencian la televisión actual –inglesa, ojo, la nuestra está aun en pañales– del cine. Una diferencia que yo pienso es a favor de la primera, y por goleada.  

Flexibilidad en los formatos

bleak-house-1.jpgLa producción televisiva anglosajona es muy ágil, entre otras cosas porque tiene menos limitaciones presupuestarias. Al no estar sometida a la presión de tener que ser rentable en sus dos primeros meses admite formatos varios, muy flexibles y no necesariamente ortodoxos.

Algunos grandes creadores lo han comprendido bien y trabajan ya directamente para televisión obviando por completo la posibilidad de la gran pantalla. Es el caso del dramaturgo Stephen Poliakoff, cuyos apasionantes dramas llegan a durar entre dos y cinco horas, dependiendo de las necesidades narrativas de la obra en concreto. Y un trepidante thriller como State of play –creación de Paul Abbott– puede estirarse sin ningún problema, manteniendo la tensión debida al género a lo largo de 6 horas en las que el espectador se queda completamente clavado en la butaca.

En Bleak House, el guionista Andrew Davies reconvierte esta obra de Dickens en una grandiosa, muy cinematográfica e inquietante soap opera de 465 minutos de duración que en su momento se emitió en capítulos de 30 minutos; algo dramáticamente coherente pues también Dickens publicaba sus novelas por entregas.

Cabe decir que todas estas obras se comercializan luego en forma normalizada, de tal modo que uno puede sentarse en la butaca de su casa con el whisky en la mano dispuesto a pasar horas y horas de puro disfrute cinematográfico. Les aseguro que es un placer difícilmente superable.

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El guionista es la estrella, at last!

En la mayor parte de obras televisivas inglesas de cierta envergadura el crédito mayor se lo lleva el guionista y no el realizador. Hasta tal punto que muy a menudo en los títulos de crédito se prima al primero sobre el segundo.

harold_pinter.jpgLa varias veces galardonada The street –impresionante serie de largometrajes sobre personajes que habitan en la misma calle–, por ejemplo, se anuncia como una obra del guionista Jimmy McGovern. Y Prime Suspect es, sin duda, una obra de Linda La Plante, su estupenda guionista.

En la misma línea, los guionistas toman parte activa en la promoción, son entrevistados por los medios y a veces gozan de más fama que los que dirigen sus obras (¿cuando hemos visto en España a un guionista entrevistado por algún medio?, creo que ni siquiera los especializados se ocupan de ellos...). El fenómeno es fascinante porque supone la entronización del guionista como autor principal del trabajo, considerándose al realizador como un simple intérprete de la partitura, uno más además de actores, fotógrafo, director de arte, montador... Dicho de otro modo, la correcta sintaxis cinematográfica se da por supuesta. Lo que cuenta y se prioriza es la creación de los contenidos: personajes, texto y diálogos.

Los guiones de estas obras suelen ser espléndidos, tanto en la habilidad y rigor de sus argumentos como en los matices y riqueza de la creación de personajes. Pero además, yo enfatizaría la brillantez de los diálogos, magníficamente estilizados, como debe de ser en una ficción que se precie de tal. En España solemos creer que para dar realismo a una historia los personajes tienen que hablar como en la calle, es decir, mal; con repeticiones, tacos, vacilaciones, dudas. Un error garrafal que empobrece nuestros trabajos: la labor de un buen guionista consiste, precisamente, en crear ficciones que transmitan la “idea” de la realidad en forma estilizada y artística.  

No hay temas tabú

La osadía, el descaro y la más sana desvergüenza presiden la gran mayoría de las creaciones televisivas británicas. Los guionistas ingleses la emprenden con todo lo habido y por haber sin ningún tipo de autocensura previa. No hablo sólo de las obras satíricas sino también de las obras serias, melodramas, psicodramas y thrillers

shameless.jpgA juzgar por lo que nos presentan, los autores británicos consideran que su audiencia tiene un nivel alto, la suficiente inteligencia y sensibilidad como para comprender y disfrutar cualquier tema que se le proponga, por complejo y controvertido que sea. Y estos afortunados autores parecen tener productores que no sólo están de acuerdo con semejante premisa sino que les estimulan en el intento. Benditos sean –a ver si los españoles se animan–, porque una de las cosas más gozosas de sentarse a ver una de estas obras es sentir que el que la ha escrito te respeta, dialoga contigo y pretende hacerte participar de un mundo personal –el suyo– que es inteligente, poético, humorístico y refinado. En definitiva, que no te considera un imbécil descerebrado capaz de tragar cualquier inanidad.

Por otra parte, el hábito de la sátira salvaje y la caricatura feroz está tan arraigado que aquí –escribo esto desde Londres– nadie parece inmutarse u ofenderse aun cuando los autoretratos de la sociedad y los personajes que la pueblan sean a menudo feroces. Tal es el caso de Benidorm (adivinen dónde transcurre la acción), sitcom ganadora de los último premios BAFTA, en la que Derren Litten despelleja salvaje y cruelmente, nada más lejos del humor naif, a la fauna británica que pasa sus vacaciones “todo pagado” en nuestra encantadora ciudad costera.

Autores y productores televisivos tienen el instinto agudizado y los reflejos veloces. En las obras contemporáneas la elección de los temas suele ser de rabiosa actualidad y a menudo abre el camino a cuestiones antes consideradas casi “intocables”.

Hace ya más de diez años que Channel 4 produjo la primera serie centrada únicamente en el mundo gay. Queer as Folk fue un hit y más tarde los americanos hicieron su propia versión, mucho menos interesante, por supuesto. Poco después de que la iglesia anglicana decidiera la ordenación de mujeres, la BBC rodaba ya una deliciosa sitcom con una mujer vicario como protagonista. The Vicar of Dibley, con la divertidísima actriz cómica Dawn French en el papel principal, se convirtió de inmediato en serie de culto. La creación del personaje, una sacerdotisa simpática, gorda y glotona, que engulle compulsivamente chocolates, helados y dulces entre sermón y sermón; y a la que le encantan los hombres –liga, por supuesto– hizo las delicias de todo el país. Y no recuerdo yo que nadie se echara las manos a la cabeza o que el Arzobispo de Canterbury comentara algo al respecto (¿se imaginan la que se hubiera armado en España?).

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Y qué decir de Shameless, otro trabajo emblemático, en el que Paul Abbott narra las peripecias de una familia en los suburbios de Manchester. La madre ha huido con otra mujer y el padre, totalmente alcoholizado, no solamente es un constante quebradero de cabeza para su camada sino que además dilapida el subsidio del paro –único ingreso familiar– en los diversos pubs del barrio. Y entretanto, su numerosa y desamparada familia, hijos entre los 19 y 5 años, sobrevive como puede a una vida por completo caótica. Todo ello visto con una mirada ácida y absolutamente burlona de la que es prácticamente imposible extraer ninguna lección moral.

Y en cuanto a las series más clásicas, las famosas period series, hay que decir que de alguna manera guionistas, actores y directores se las arreglan para darles un enfoque moderno que las hace siempre apasionantes. La última adaptación que Andrew Davies ha hecho de Sense and sensibility es ejemplar y le da varias vueltas a la famosa versión cinematográfica. Bajo el aparentemente inocente y encantador mundo de Jane Austen, el guionista ha sabido encontrar una sórdida trama de dinero, abuso de poder y sexo totalmente actual (y que, desde luego, está en la novela, aunque la muy astuta auntie Austen nos la escamotee dejándola siempre muy decorosamente en segundo plano).  

Los actores. No al estrellato, sí a la disciplina

no_mans_land-michael_gambon.jpgExisten los grandes actores y existen los actores ingleses. Estos últimos son diferentes y tienen rasgos propios que les caracterizan. Para empezar, son extremadamente disciplinados y no se les caen los anillos por nada; sirven lo mismo para un barrido que para un fregado. Así, es fácil encontrar a los más reconocidos haciendo un pequeño papel en una obra y luego en la siguiente verles de absolutos protagonistas y luego de nuevo en un pequeño papel. Y no contentos con eso hacen cine, teatro y televisión indistintamente; mucha televisión, sobretodo, pues parece encantarles y encima hay trabajo a espuertas para todos ellos (la producción televisiva británica es enorme). Da la impresión de que lo que desean es trabajar mucho y muy a menudo, en cuantos más papeles mejor, así sean grandes o pequeños. De ahí que una de las virtudes más notables de todas estas obras televisivas sea la excelencia de los secundarios; y terciarios, ¡¡si hasta los niños actúan bien!!

Hagan lo que hagan, estos espléndidos actores saben encontrar siempre la sustancia y esencia de sus personajes. Disfrutan actuando y se les nota, nos transmiten el placer de su trabajo Y así, un grande como Sir Michael Gambon puede ser protagonista en Perfect Strangers, hacer luego un pequeñísimo papel en la joya que es Cranford (BBC, 2008) y ahora estar creando un Hirst inolvidable –él solo vale la pena un viaje a Londres– en No man's land de Harold Pinter, actualmente en la cartelera teatral londinense.

Lo mismo sucede con Helen Mirren, Colin Redgrave, o Judi Dench, Rupert Graves, Jeremy Northam, Francesca Annis, Eileen Atkins o tantos otros, por hablar de la generación de los mayores; los jóvenes son igual de espléndidos, hay “relevo” generacional de la misma calidad y eso es algo maravilloso. Lo importante es que todos trabajan, trabajan y trabajan. Y su versatilidad es impresionante, cambian de piel, de color, de peinado, de dientes, de tonos de voz, de gestualización... A veces los admiro y –no tengo inconveniente en confesarlo– se me afilan los dientes, sana envidia. ¿Cómo demonios pueden ser tan buenos? ¿Tan precisos, tan sutiles y creativos? Y encima cantan, tocan el piano, bailan y montan a caballo.

Preparación, educación, disciplina y rigor, si leemos sus historiales educativos veremos que han pasado todos, o casi todos, por el peaje de la Royal Shakespeare Company; durante años y años, bolos en provincias, en pueblos y ciudades. Probablemente por eso tienen esa dicción perfecta, algo que falla a nuestros actores más jóvenes, muchos de ellos incapaces de articular las palabras de forma comprensible (algunos de los nuestros suelen saltar de esas insustanciales series de adolescentes directamente a la pantalla y a menudo sin previa preparación, ¿cómo van a tener rigor en sus trabajos?).

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Creo que las actrices inglesas maduras merecen capítulo y homenaje aparte. Pues no tienen prejuicios ni problemas a la hora de presentar personajes degradados o negativos. En el último capítulo de Prime Suspect, Helen Mirren interpreta a una detective a punto de retirarse, mujer completamente acabada, pos menopáusica, alcoholizada y destruida. En suma, nada más alejado de la belleza, el carisma o el glamour. Su creación del personaje es sobrecogedora: pelo grasiento,  uñas sucias, el cuerpo hinchado, la cara sin cuidar, golpeada por el alcohol, los gestos desabridos, la voz áspera. Dudo que ninguna de nuestras actrices se atreviera a presentar semejante facha en pantalla, pues demasiado a menudo viven más pendientes de la imagen estética que proyectan que no de la verosimilitud de sus personajes.

Como Helen Mirren hay otras muchas... permítanme que les nombre tan sólo una parte del casting femenino de Cranford, una de las últimas producciones de la BBC (2008) que narra la vida y costumbres de un montón de comadres talludas y carentes por completo de atractivo: Eileen Atkins, Judi Dench, Francesca Annis, Imelda Staunton, Barbara Flynn... Todas con la cara limpia, las arrugas a la vista y a menudo representando personajes de más edad de la que ellas realmente tienen. Impresionante e inaudito, ¿verdad? Yo me quito el sombrero frente a estas maravillosas, valientes actrices.  

prime_suspect-2.jpgPara concluir con el tema actores, no debemos olvidar que de la televisión inglesa han surgido también muchos de los nombres revelación de estos últimos años: Samantha Norton, Keira Knightley, Paul Bettany, James McAvoy, David Morrissey, Billy Night, Damian Lewis, Rufus Sewell, Ralph Fiennes... Todos ellos empezaron en la televisión inglesa y es un placer encontrárselos de vez en cuando. No hace mucho descubrí a un jovencísimo Ralph Fiennes en uno de los primeros capítulos de Prime Suspect. Y a una preadolescente Keira Knightley en Coming Home (por cierto, bastante más entrada en carnes de lo que está ahora pero ya apuntaba a la buena actriz).

No me queda espacio para continuar cantando las alabanzas de una televisión que me parece extraordinaria. Pero a todo lo ya expuesto habría que sumar también el habitual trabajo de unas direcciones artísticas cuidadísimas y unas bandas sonoras brillantes, algunas de las cuales se han convertido en auténticos fenómenos de ventas (se han vendido cientos de miles de discos de la banda sonora de Dr. Who –otra serie de culto– compuesta por Murray Gold).

Todos estas obras de las que hemos hablado se pueden comprar en el Reino Unido vía Internet, pero por desgracia casi ninguna de ellas tiene subtítulos en español. Desconozco el porqué y creo que sería muy interesante que alguna distribuidora se animara a tomar cartas en el asunto.

Por otra parte, creo que el visionado de estos trabajos ayudaría a acrecentar la calidad de nuestra televisión. Pese a los notables esfuerzos hechos en estos últimos años, nuestras obras son aún  pobres en forma y contenido; demasiado a menudo herederas de un teatro costumbrista francamente pasado de moda (¿Carlos Arniches?).

Esperemos que con el tiempo consigamos mejorar.

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(1) Dolores Payás es directora y guionista de cine. Ha dirigido los cortos Ejercicio colectivo (1983), Salome, virgen y mártir (1986) y los largometrajes Me llamo Sara (1998) y Mejor que nunca (2008). En esas películas también era la autora del guión. También ha escrito, entre otros, los guiones de Gaudi (1989) de Huerga, Cucarachas (1993) de Toni Mora, No se puede tener todo (1997) de Jesús Garay, Subjudice (1998) de Josep Mª Forn, En la vida en el amor (1998) de Jesús Garay…

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