Israel: LA TIENDA DE LOS HORRORES

  29 Noviembre 2008

Al cumplir 10 años en Internet, nuestra revista dedica el nº 57 de su sección Rashomon (noviembre de 2008) al artículo que cada redactor ha elegido como su favorito entre todos los que ha publicado en esta década. No es que sea el mejor, ni el más largo, ni el más... solamente es ése que cada autor recuerda con especial cariño. Este texto fue publicado inicialmente en verano de 2004, en el nº 44 de Encadenados, puedes verlo en el siguiente link:
http://www.encadenados.org/n45/045remakes/04rashomon.htm


Clorofila encabronada
Escribe Israel L. Pérez

Semillas de maldad

latiendadeloshorrores15.jpgLa historia de La tienda de los horrores (1960) comenzó en algún lugar indeterminado de la retorcida y económica mente de Roger Corman, un director que en sus primeros cinco años como profesional había dirigido veintitrés películas.

Cuando se enteró que el decorado de una tienda de flores estaba a punto de ser destruido, encargó al guionista de su anterior película, Charles Griffith –que aparece en la película interpretando al paciente que huye del dentista y al ladrón de la floristería– que escribiera una historia ambientada en ese lugar. Tomando de un cuento de John Collier la idea de una planta carnívora que refleja los rostros de sus victimas en sus corolas, una semana más tarde el guión de The passionate of people eater –primer nombre que tuvo el filme– estaba terminado.

Veintisiete mil dólares de presupuesto, el mito de dos días y una noche de rodaje, y un fin de semana para el montaje, fue el tiempo que se tardó en hacer la película. Entre navidad y año nuevo de 1959, Roger Corman debía terminarla, ya no sólo por la destrucción del decorado, sino por la entrada en vigor de una nueva normativa de pago a los actores –ascendían los salarios de forma que se le iba de las manos el presupuesto–. Los dos días y la noche fueron para las escenas del interior de la tienda, rodadas con tres cámaras, lo que le proporcionó gran rapidez de trabajo y mayor fluidez a la hora de montar esas secuencias en las que se entremezclan y solapan seis o siete personajes. El resto del rodaje duró una semana más.

latiendadeloshorrores13.jpgLa tienda de los horrores (1960) desplegaba un sarcasmo que hasta ese momento sólo se encontraba en la revista Mad magazine, y un sentido del humor más negro que los ataúdes de las victimas del Ku Klux Klan. Plantas y flores, jugaban con su doble significación, como regalo de celebración o como rito funeral, tomándoselo todo a broma porque a fin de cuentas nadie sobrevive.

Un planteamiento como el de esta especie de ceniciento que habla con una calabaza carnívora y está rodeado de los que parecen pacientes de un psiquiátrico, no fue agotado por Roger Corman, y ha dado lugar a varias revisiones.

En 1972, Eric Norden se inspiró en el guión de Griffith y escribió Please don´t eat my mother (Carl Monson), en la que una planta tenía como dieta a bellas señoritas desnudas. En los ochenta, surgieron las dos grandes aportaciones a la pequeña tienda (de las que se habla más abajo); y en 1991 se emitió Little shop, una serie de dibujos animados con una hambrienta planta que vivía en un laboratorio científico.

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Echando raíces

A principios de los ochenta, Howard Ashman adaptó para el teatro el guión de Griffith, convirtiéndolo en un musical que realizaba una mirada critica y nostálgica de los años cincuenta, tirando por tierra todo lo que significaba el american way of life de la época.

latiendadeloshorrores1.jpgJunto con Alan Menken, encargado de la música, son los verdaderos artífices la versión moderna, ya que la adaptación de Frank Oz –como indican los créditos del filme– está “basada en la obra musical Little shop of horrors a su vez basada en la película de Roger Corman. Guión de Charles Griffith. Originalmente producida en el off-off Broadway por the WPA Theatre”. La obra de teatro resulta pues, el paso intermedio entre las dos versiones cinematográficas y la que aporta la mayoría cambios.

Entre la obra de teatro y la versión de Frank Oz, las modificaciones son mínimas, una adaptación que llevó a cabo el propio Ashman. En cuanto al reparto, solamente llegó de la obra Ellen Green; el resto de diferencias, además del posible final que iba a tener, fueron ajustes de tiempo con las consiguientes desapariciones de números musicales:

  1.  Un tema llamado Ya never know dio lugar a Some for now y la secuencia del programa de radio de John Candy.
  2.  La cancion Mushnick and son pasó a ser una frase de Seymour en la que comenta como Mushnik le sacó del orfanato y adoptó, dándole un sótano y mil cosas que limpiar.
  3.  Cuando moría el dentista, cantaba Now (It’s just the gas) lo que se remplazó por una súplica de ayuda.
  4.  Precediendo a la firma de los contratos por parte de Seymour, había un numero en el que éste expresaba sus dudas éticas sobre la alimentación de la planta, y el miedo a que Audrey dejara de quererle si no fuera rico y famoso; esto se cambió por diálogo.

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Trasplantando a Audrey

En 1986 se estrenó The little shop of horrors de Frank Oz, con un reparto que aglutinaba a algunos de los más famosos y mejores cómicos del momento. Un musical de comedia negra –o verde–, de planificación exquisita que mantenía la crítica a ciertas tendencias de la cultura americana, las cuales continúan vigentes.

Compararla con la versión de Corman resulta una tarea más que agradable, debido a su capacidad de mejoría y de aportación a la nueva versión. Se trata de un remake ejemplar que cambia de género la historia ampliando sus posibilidades. Resulta ahora paradójico ver cómo al señor Mushnik, de la de Corman, le molestaba que Seymour cantara. Pero este no es el único gesto del original que apuntaba hacia el musical.

latiendadeloshorrores2.jpgFrank Oz abre su filme como La guerra de las galaxias, un texto –en verde– sobre un fondo de estrellas que, como la de Lucas, ancla la historia temporal y espacialmente, además de advertir sobre la “amenaza que pone en peligro la existencia humana”. Corman abría su relato mediante una voz en off, la del Sargento Joe Fink, un narrador que contaba las cosas de oídas, ya que no hacía acto de presencia hasta mitad de metraje. Su voz se encontraba ilustrada, mientras salían los créditos, con una panorámica sobre un dibujo –que suplía un decorado o rodaje en exteriores– del barrio de Skid row.

Este inicio situacional tiene su correspondiente en el remake con la aparición del trío de cantantes, negras y apasteladas, que muestran la suciedad y oscuridad del barrio –mientras aparece el genérico–, acompañando a la cámara hasta el sótano donde se encuentra el protagonista. The little shop chorus greek son un prototipo de los grupos vocales femeninos que cantaban soul allá por los cincuenta y sesenta. Cristal, Ronnette y Chiffon, son como un coro griego, se dedican a contar (cantando) y a comentar la historia, apelando directamente al espectador, y convirtiéndose en su vinculo con la diégesis (cuando intervienen en ella cambian sus vestidos pastel por el gris dominante), como ese momento en el que preguntan a Audrey por qué sigue con su novio –una pregunta que todo espectador se hace–. Parecen el eco del narrador Fink, policía para dar veracidad al relato, que aparece y desaparece sin motivo aparente.

Todo musical que se precie contiene un número que representa el cortejo de la relación entre los dos protagonistas y terminan sucumbiendo a sus pasiones. La tienda de los horrores no podía ser menos. En el tema Suddenly Seymour, los enamorados cantan primero sus penas para a continuación expresar definitivamente su amor a los cuatro vientos y acabar en un beso.

En la versión de Corman, Audrey y Seymour hablaban atolondradamente de quedar, de que se gustaban, y de los besos que se estaban dando; todo ello ante la atónita mirada de Mushnik que tras ellos, como un espectador delegado en medio de una representación, únicamente podía limitarse a mirar y a hablar mientras que ninguno de los dos le prestaban la más mínima atención.

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Fertilizante orgánico

Todo jardinero sabe a ciencia cierta que para que las plantas crezcan es indispensable una tierra bien abonada. Por los resultados en Audrey parece ser que no hay mejor fertilizante que el humano. El suelo que pisa el hombre, con sus residuos sociales de miseria y bajeza, enriquecen la tierra de tal forma que, en ese rincón tan olvidado por sus clases superiores, una planta de dos metros pasa desapercibida.

latiendadeloshorrores5.jpgSi los vagabundos (reales) de Corman, eran utilizados como actores, porque no había suficiente dinero para pagar extras; los vagabundo de Oz, son actores que cantando reivindican una oportunidad que se les niega. Con el número Skid row (downtown) protestan porque no ven un posible progreso, quieren pero no pueden salir de esa decadente atmósfera urbana, de ese barrio de mierda (subtítulos de la letra de la canción que tenía la copia VHS de los ochenta). Solo dos iluminados –sobresalen del gris predominante–, los protagonistas muestran su deseo de salir de allí; solo ellos dos, que casi no juntan ni medio cerebro, y quizás por eso, piensan en la posibilidad.

Audrey (1986) sueña en voz alta y canta Somewere that’s green, proyectando su ideal de vida, un matrimonio con dos niños y una casa de tonos pastel, reuniones de tupperware, y ver juntos la televisión; el prototipo de la clase media americana de los cincuenta. Para desvelar la falsedad, qué mejor que mostrarlo con una casa de cartón que, irónicamente, tiene las paredes grises, al contrario que su hogar de Skid Row, que con un el envoltorio gris y su contenido de color de rosa; la ceguera provocada por el modelo impuesto no le permite verlo.

Ese barrio era el lugar idóneo para que crecieran las plantas. Ejecutivos, prensa y televisión acuden raudos al olor del dinero. Los medios de comunicación enriquecen la descomposición de la tierra de la que se nutren los vegetales. Los pobres entrarán al cielo, si es que tienen el dinero suficiente para pagar la entrada. El Skid row de 1960 no era mejor. El barrio era una zona peligrosa donde el índice de criminalidad superaba la media, y anexo a él tenía un vertedero lleno de trastos: ruedas pinchadas o retretes, sugiriendo que ese podría ser el final de la espalda del mundo.

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Comer, beber… matar

Si Roger Corman se decantó más hacia la coralidad en su filme, Frank Oz apuesta por unos protagonistas mas perfilados y llena el relato de apariciones estelares que sirven de comparsa en busca de pequeñas piezas humorísticas. Es el caso del espacio radiofónico de que dirige John Candy, Mundo raro, la aparición al final de James Belushi como representante de Empresas Botánicas Internacionales (en detrimento de Los observadores de plantas silenciosas del sur de California), o el cliente masoquista que va al dentista, interpretado por Bill Murray, que en que hace una magnifica imitación paródica de Jack Nicholson. Un personaje para Nicholson, que en el sesenta, supuso su cuarta interpretación, pero la primera vez que se metía en la piel de un neurótico. 

latiendadeloshorrores6.jpgComo la película trata de una hortaliza con apetito voraz y su alimentación se basa en lo que se basa, cualquiera de los personajes es susceptible de ser devorado.

Los protagonistas –humanos– son dos personajes con complejo de inferioridad, en un barrio inferior. Seymour es extremadamente torpe, no puede ser culpable de sus crímenes porque es demasiado estúpido para ser responsable. La diferencia entre los Seymour está en que el antiguo (Jonathan Haze, actor fetiche del director, dieciséis películas juntos) mata por accidente la primera vez –tira una piedra a una botella, le da a un hombre en la cabeza, lo atonta y le arrolla un tren–, la segunda en defensa propia –el dentista estaba haciéndole mucho daño– y la tercera porque lo han hipnotizado.

En cuanto al Seymour moderno (un estupendo Rick Moranis) ni siquiera mata, la intención que lleva de acabar con el dentista, no es consumada ya que fallece por accidente laboral. De este personaje se desprende otro que se perdió en la nueva adaptación, la madre de Seymour, una mujer maniaco hipocondríaca (pide el periódico porque lleva un concurso de autodiagnosis en el que el premio son dos noches gratis ingresado en una residencia). Una madre sin desperdicio, una enferma imaginaria típica del mundo de Corman, sólo soportable por alguien con la carencia de luces de Seymour, porque Winifred brinda con jarabe y piensa que no es fácil respirar bien si no se tiene un pulmón de acero.

latiendadeloshorrores11.jpgAudry Fulquard (Jackie Joseph) es una chica guapa, falta de autoestima, a la que le encantaría ir bien vestida y que le hicieran caso. Asimismo, Audrey (Ellen Greene), siendo la misma, además de maltratada por un novio, por un cambio de tinte responde al estereotipo de rubia tonta despampanante cuya voz es tan ridícula como sus reflexiones en voz alta. Un mismo sueño, mismas virtudes y defectos, pero no los suficientes como para ser merendadas, pero casi.

No como le sucede al señor Mushnik (Mel Welles y Vincent Gardenia) cuya codicia les pone a tiro de maceta. Sin embargo, el primero, a pesar de su ambición, no merecía morir porque ayudaba a la policía; mientras que la avaricia del segundo le llevaba a ver el fondo de la atrapamoscas; y lo hacía pistola en mano amenazando a Seymour, emulando al ladrón que intentaba robar a Mushnik en la versión del sesenta.

Sin lugar a dudas, una de las grandes ideas del remake, es el cambio en la vida del dentista: de simple médico que pedía un ridículo encargo de flores al que más tarde visitaba Seymour por un dolor de muelas, a centro de atención por ser el novio maltratador de Audrey. En cualquiera de los dos casos, por ser aficionado al dolor, no sale impune y se le procura similar final.

Orin Scrivello médico dentista (hilarante Steve Martin), tiene su aparición estelar rodeada de suspense –han hablado de él pero no se le ha visto–; Mushnik pregunta a Audrey sobre el novio que en lugar de hacerle regalos le hace fracturas múltiples: “¿Qué clase de profesional es uno que va en moto y lleva cazadora de cuero?”.  Sobran las palabras, por fin se presenta, y lo hace cantando, Dentist. Un doctor violento y medio sádico, que aparca la moto sola, y ríe casi como Amadeus, sobre todo por su adicción al gas de la risa; y tiene un pequeño templete con la estampa de lo que parece una madre opresiva. Todo vale en el musical, que sus pacientes se suban por las paredes o que la cámara realice el punto de vista del paladar de un paciente.

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Flores de otro mundo

Audrey Junior, salió de las semillas que le dio un jardinero japonés, no come fertilizantes exóticos, ni alimento atómico para plantas, ni agua mineral destilada. Fue criada por los instintos botánicos de Seymour en casa de su madre, y parece un cruce entre una Grosera y una Atrapamoscas Venus, con lo cual probablemente sólo comerá tres veces en su vida. Y es capaz de hipnotizar a Seymour para conseguir sus propósitos. La voz de Audrey Jr. Es la de su propio creador, el guionista Charles Griffith.

A ritmo de Da-doo, Seymour cuenta en un colorido flash-back, cómo encontró a Audrey II, en la tienda de un chino, inmediatamente después del inesperado y sorprendente eclipse de sol y un zumbido de otro mundo. Audrey II ha sido criada con la curiosidad de Seymour en el sótano de la misma tienda y es una especie de planta atrapamoscas no catalogada. A Audrey II el ritmo le corre por la sabia y eso le basta para persuadir apelando a los deseos de su propietario. Su voz le pertenece a Levi Stubbs, uno de los miembro de los Four tops.

latiendadeloshorrores7.jpgLa transición a musical era de lo mas lógica teniendo en cuenta la costumbre que tiene el hombre de hablar o cantar, a las plantas; era cuestión de tiempo que surgiera alguna respondona. Hablar con una planta es un acto se realiza en la intimidad, se le dice lo bonita que es, que beba y coma para hacerse grande; son pensamientos en voz alta que Seymour (Haze) llega a expresar incluso tarareando “es tiempo de estar alegre”, mientras la extraña planta se alimenta del protagonista. Lo que empieza con la cura de la herida provocada por el pinchazo de una rosa, acaba en una verdadera sangría.

Lo que no se esperaban era que tanto Junior como Segunda, crecieran más rápido que la mala hierba, y se desmayara si no estaba bien alimentada, con lo que dejaba de servir como reclamo para la tienda. El grito de Feed me! (comida o dame, según versiones y doblajes), agudo o grave, es el fruto de su insaciable apetito que hacen que los pulgares de Seymour no sirvan ni de aperitivo. Le reclaman más comida con su capacidad parlante, pidiéndole que mate, sólo a quien lo merece, porque aunque no lo parezca Audrey tiene conciencia social, es como una ONG, un bien común que depura la atmósfera de dióxido de carbono, arraiga en terrenos fertilizados y se alimenta de desechos humanos como prostitutas, maltratadotes o ladrones, “gente que no merece vivir” y “son comida ideal para mí”. Esta planta justiciera, que no entiende de lo políticamente correcto, ofrece a cambio éxito, fama o cualquier cosa que se le ocurra a su poseedor: está dispuesta a todo.

latiendadeloshorrores10.jpgSólo tiene un grave problema, uno de los males que pretende erradicar, la ambición, es algo que ella padece, y su primer síntoma es su gula. Cada vez se hace más grande y difícil de controlar (Audrey II), sus nueve pies de alto y una tonelada de peso, complicaron el manejo a los sesenta marionetistas de la tropa de Jim Henson. La animación de la secuencias en las que aparecía Audrey II se hicieron eternas, debido a que se filmaban lentos movimientos a 16 frames por segundo, para luego proyectarlos a 24 en busca de la naturalidad, esto hacía que cuando coincidían los actores con Audrey, debían ralentizar sus interpretaciones para que las velocidades ajustaran

Mean green mother from other space fue la única canción escrita para el filme, y nominada para un Oscar, hecho que Audrey se pasó por el forro de los pistilos con su particular mal carácter y peor vocabulario. En esa canción en la que cuenta sus orígenes e intenciones, ayudada por pequeños capullos de Audrey a los coros –sin las caras de la victimas en esta ocasión–, explica que es “un ser todopoderoso verde que ha venido del espacio”. En otra traduccion –la edición española del VHS– se simplificaba con que era un “un cabrón verde”, y también tenían razón. Su afán imperialista es extremadamente peligroso, una Audrey en cada uno de los hogares de América, o un Bush en cada ayuntamiento, supondría la extinción del ser humano.

La poda

latiendadeloshorrores3.jpgEl arte de la poda tiene su máxima expresión en los bonsáis, a la búsqueda de la armonía y el equilibrio, y aún alcanzando estos conceptos puede resultar un arbolito hermoso pero que algunos no soporten. Algo así le sucedió a Frank Oz durante los pases previos de La tienda de los horrores en los que el lujoso e irónico final era incomprendido por los asistentes, sumándose a la tendencia popular que rechazaba los finales tristes en los años ochenta.

La secuencia en cuestión duraba veintitrés minutos, y era una de las más caras y llena de efectos especiales. Cuando Seymour salvaba a Audrey en última instancia, ésta moría en sus brazos, entonces entraba a vengarse –en el numero que hoy se conoce como final– y también moría. Después de esto, Audrey II, asumía su destino y controlaba el mundo, viéndose cómo diferentes Audreys gigantes destrozaban la ciudad de Nueva York, mientras cantaban Don’t feed the plant  (No alimenten a las plantas). Llegando incluso hasta estrangular a la Estatua de la Libertad.

latiendadeloshorrores8.jpgEntre el cambio de tono con la muerte de los dos protagonistas y la escena catastrófica, no se entendió el devastador final como un guiño a las películas de monstruos que destrozan ciudades; y tuvo que ser eliminado. Esa secuencia intentaron incluirla como una pesadilla de Seymour, pero llegaron a la conclusión de que situada antes del final, hubiera supuesto un anticlímax para la historia. 

Pasado el tiempo, su productor David Geffen, deseó reestrenar en cines la película con ese final alternativo, pero siempre recibió negativas por parte de Warner. Cuál fue su sorpresa cuando en 1998 Warner editó por primera vez la película en DVD, e incluyó como extra un montaje sin pulir de ese final, sin su consentimiento –ni el de Oz–, lo que restaba posibilidades futuras de sorprender en un reestreno. El DVD fue retirado del mercado por razones legales.

David Geffen parece tener todavía los derechos y puede que un mejor montaje del desenlace, que Frank Oz nunca terminó de montar definitivamente. Ese final no debería ser escondido para siempre.

Mala hierba nunca muere

latiendadeloshorrores12.jpgAl quitar ese final en el que por donde pasaba Audrey II no crecían los humanos, hubo que poner soluciones. Un pequeño resto queda del arreglo. Cuando Seymour salva a Audrey y se la lleva al callejón de atrás, ésta tiene una mancha de sangre en el vestido, que por arte del raccord desaparece en un cambio de plano. El siguiente ajuste fue insertar planos de Audrey contemplando, a través de la venta, cómo Seymour se las ve con el vegetal en Mean green mother from outher space. La batalla entre el creador y su criatura, finaliza con el aparente éxito de Audrey II, pero Seymour resurge de los escombros y se deshace de su antagonista de la misma manera que vino al mundo, con la descarga de un rayo, ahora se marcha mediante una descarga eléctrica. Luz de vida y de muerte, una sobredosis de fotosíntesis que se la lleva a otro barrio, o a otro mundo con unos efectos especiales que saben a poco después de lo visto.

Roger Corman en 1960 propone un final inconcluso en el que solamente cierra la trama policíaca iniciada a mitad del metraje. Se encuentra la solución al misterio de los asesinatos, y la posterior búsqueda de un culpable, Seymour, que se da a la fuga después de que se abran los capullos y muestren los rostros de las victimas. Seymour es un inocente que huye por miedo y por torpeza; mientras lo persiguen los policías por el vertedero con el wellesiano cartel de No trespassing. Ver al protagonista saliendo de un retrete, que lo dice todo acerca de cómo se siente, y verle meterse dentro de la planta armado con un cuchillo y ser devorado al grito de “Fue sin querer”, sirve para cerrar un caso, pero también para preguntarse qué harán con Audrey Junior.

Muerta Audrey II, nada impide que Seymour y Audrey alcancen su sueño y consigan el idílico final deseado, vestidos de novios entran en su casa de revista. Pasa el trío de cantantes –para despedirse, sonriendo– vestidas de damas de honor, las sigue la cámara, que, desciende a sus pies y muestra otra sonrisa, la de una nueva Audrey II plantada en el jardín. No es tan espectacular como el original, es más sutil, y sobre todo sirve de happy end para el que lo desee. Ni el efecto invernadero ni una naturaleza muerta, mala hierba nunca muere.

Ambas tiendas de los horrores están cargadas de rico humor negro. Donde las sonrisas surgen de cosas que en otro contexto no lo harían. Sin embargo, pensar el devenir de los acontecimientos fuera del tono ligero, al margen del absurdo de los planteamientos, produce verdadero espanto. Por lo que es recomendable tomarse la vida broma, no orinar fuera de tiesto y tener cuidado con lo que comen sus ficus.

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