Marcial: EL SOL DEL MEMBRILLO

  28 Noviembre 2008

Al cumplir 10 años en Internet, nuestra revista dedica el nº 57 de su sección Rashomon (noviembre de 2008) al artículo que cada redactor ha elegido como su favorito entre todos los que ha publicado en esta década. No es que sea el mejor, ni el más largo, ni el más... solamente es ése que cada autor recuerda con especial cariño. Este texto fue publicado inicialmente en dos entregas, en primavera del año 2000, en los números 12 y 13 de Encadenados.


Tiempo, vida y arte
Escribe Marcial Moreno

el_sol_del_membrillo-1.jpgEl reciente pase televisivo de El sol del membrillo nos ha permitido revisar una de las mejores películas (si no la mejor) que ha dado el cine español de los noventa. Bajo la inusual forma de un documental que no se ocupa de renombrados eventos históricos ni de loar a egregias figuras del arte o la política, sino tan solo del hecho aparentemente trivial de un pintor intentando pintar un árbol, esta película encierra una densísima red de propuestas cinematográficas, una profunda reflexión sobre las artes que en ella confluyen y sobre la vida en su conjunto.

Querer dar cuenta exhaustiva de todo ello es una pretensión tan inabarcable que se encuentra condenada desde su misma formulación al fracaso. Sí queremos, sin embargo, ofrecer unas breves pinceladas que apunten al núcleo de lo que puede considerarse la espina dorsal sobre la que se sostiene esta espléndida obra. Se trata del problema del tiempo, el cual surca de arriba abajo el metraje del film y nutre los demás aspectos que con él coexisten.

El tiempo tiene en la película un doble tratamiento. Por una parte se habla del tiempo de la naturaleza; por otra del tiempo del ser humano.

el_sol_del_membrillo-2.jpgEl tiempo de la naturaleza es un tiempo cíclico, y viene representado básicamente por el membrillero y lo que le acompaña. El trabajo del pintor se inscribe en una determinada estación del año, aquella en la que los frutos presentan el aspecto idóneo para ser trasladados al lienzo. A partir de ahí el trabajo de Antonio López es una carrera contra el reloj para aprovechar esa época, esos momentos. Poco a poco vemos cómo el árbol “se descuelga”, cambia de aspecto, se transforma, evoluciona. El tiempo meteorológico acompaña y simboliza a la vez este tránsito del membrillero por delante de los ojos del pintor: Las cada vez más constantes tormentas y la lluvia dificultan su trabajo y acentúan la volatilidad del modelo.

Al final los frutos caen, se pudren, desaparecen, pero el árbol no muere. Llegará una nueva primavera y volverá a florecer, renovará sus hojas y producirá nuevos frutos. Estará presto de nuevo a ser modelo (siempre fugaz) de quien quiera pintarlo. A igual que los breves rayos de sol que ofrecen a unas determinadas horas de la mañana el más bello espectáculo del membrillero, pero que desaparecen rápidamente para volver cada día al encuentro del pintor, la naturaleza se renueva cada año para surgir de sus cenizas e impulsarse más allá de lo que fue. Los planos de los membrillos putrefactos al pie de un árbol que recupera su vigor al final de la película, son un testimonio de esa sempiterna renovación.

el_sol_del_membrillo-4.jpg

¿Pero se trata realmente del mismo árbol, o estamos ante algo completamente distinto? La respuesta de Antonio López, dada desde su trabajo de pintor, es dual. Por una parte nos habla de la escisión irreconciliable entre el árbol que él pinta y el que florecerá en la próxima primavera. Cuando se le pregunta si podrá retomar el cuadro el próximo año, ni siquiera se plantea tal posibilidad, dado que el árbol habrá cambiado y el modelo, por lo tanto, será completamente distinto. Pero, por otra parte, el árbol sigue siendo el membrillero que él plantó, el mismo que el verano anterior ya plasmó en un dibujo de reducidas dimensiones. Como el río de Heráclito, el árbol, la naturaleza, cambia para subsistir.

el_sol_del_membrillo-3.jpgEl tiempo humano, por el contrario, es el tiempo lineal, el que queda constituido de pasado, presente y futuro, el que se agota irremediablemente en su transcurrir. Las conversaciones entre Antonio López y Enrique Gran dan cuenta del pasado. Sus recuerdos juveniles apuntan, no sin cierta nostalgia, a lo irrecuperable. Es cierto que en su presente late lo que fueron, pero al mismo tiempo amenaza en ese mismo presente la destrucción venidera. Así, Enrique Gran reconoce el ímpetu con el que se trabaja a cierta edad, dado que se hace consciente que el tiempo real no puede ser largo. Es así como parece la sombra de la muerte en tanto que futuro ineludible y definitivo, conclusión del tiempo humano. El cuadro que pinta Mari nos adelanta ese futuro, la muerte del pintor. El hecho de que quede dormido mientras posa, dejando caer lo que sostiene entre sus manos, sirve como metáfora de lo que acabamos de decir.

La linealidad del tiempo humano, considerado ahora no como ser individual sino como ser histórico, también está presente en la película. Aparece en la referencia a Miguel Ángel y a su obra, precisamente el Juicio Final. Con Miguel Ángel se nos habla no sólo del pasado glorioso de la pintura (de nuevo asoma la nostalgia), sino también de la peculiar concepción de la existencia que posee el artista florentino y con él su época histórica, por contraposición tanto a la visión griega como a la actual (Enrique Gran, con su gracia habitual, se desmarca de las terribles concepciones tardomedievales).

Por otra parte la alusión al pasado abre la posibilidad de la pervivencia más allá de la muerte (más allá del tiempo real, por seguir con las palabras de Enrique Gran): La única vía de escape sería la eternización en la obra de arte. Pero una eternización que es doble: Por un lado el artista se eterniza en tanto que creador de una obra, y con ello se hace acreedor al reconocimiento y la admiración de las generaciones venideras; y por otro lado se perpetúa en tanto que personaje de la obra, y ahí tenemos a Miguel Angel apareciendo en su pintura o a Antonio López como protagonista del cuadro de Mari. Aunque parece decirnos el autor (Víctor Erice en este caso) que tal pretensión de pervivencia será siempre vana, o cuanto menos subsidiaria, dado que tal subsistencia es, en ambos casos, subsistencia en la muerte (Antonio López muerto, Miguel Ángel como protagonista del Juicio Final).

La interacción del tiempo natural cíclico y el tiempo humano lineal es el ámbito en el que se desarrolla El sol del membrillo, y el instrumento mediante el cual se produce esta interacción es la pintura y su relación con el cine. Se nos abre desde aquí un nuevo campo de reflexión sobre el papel del tiempo en la película. Esta reflexión, que estaría guiada por la dualidad que se establece entre el tiempo de la pintura y el tiempo del cine, completaría el análisis que en estas líneas hemos tratado de llevar a cabo, pero para cuya finalización no disponemos de espacio. En próximos números de En Cadena Dos quizá haya ocasión de retomarlo.

el_sol_del_membrillo-34.jpg

El transcurrir del tiempo

Decíamos en la primera parte de este artículo que El sol del membrillo escenifica una doble concepción del tiempo: el tiempo cíclico propio de los fenómenos naturales y el tiempo lineal, mediatizado por la muerte en tanto que concepto terminal, específico de lo humano.

Sobre este planteamiento, que sirve de marco de referencia, transcurre la película. Y lo que acontece es el intento de un pintor (perteneciente por tanto a la dimensión humana) de apresar con su pintura un membrillero (ejemplo del transcurrir cíclico del tiempo natural). Y todo ello filmado por una cámara que nos ofrecerá como resultado la película que contemplamos.

El propósito de Antonio López es transportar milimétricamente al lienzo aquello que transcurre ante su vista. Sus minuciosos preparativos indican hasta qué punto le preocupa la fidelidad del cuadro respecto al árbol: la fijación a un punto concreto del terreno, la perspectiva ligada a la altura de los ojos, el respeto a cada uno de los frutos o las hojas, o la protección de las inclemencias meteorológicas, van dando cuenta de ese esfuerzo del pintor.

Sin embargo la pretensión del artista aparece transida por la imposibilidad de la plena realización. Antonio López no es ajeno al hecho de la imposible adecuación plena entre cuadro y árbol, inadecuación que no es sino la plasmación del distinto modo que tienen de materializar el tiempo uno y otro. Mientras el cuadro tiene que apresar su modelo en un instante, ajeno a cualquier evolución, el árbol es un elemento cambiante, contrario a la permanencia a la que la pintura lo quiere someter.

Antonio López, decíamos, es consciente de esa disparidad, y así queda reflejado cuando afirma que su misión como pintor es acompañar al árbol, dicho con otras palabras, hacer de la pintura un arte capaz de captar ese devenir, ese movimiento, ese transcurrir vital. En cierta manera el pintor quiere romper los límites de la pintura. Su renuncia a utilizar una fotografía como modelo a partir del cual desarrollar su obra, así lo indica. Para Antonio López lo esencial es estar junto al árbol, acompañarle en su evolución, integrar su obra, y con ella a sí mismo, en el tiempo de la naturaleza, en el tiempo eterno de la vida.

el_sol_del_membrillo-24.jpg

Pero, como ya quedó dicho, hombre y naturaleza soportan sobre sí dos modos distintos, incompatibles, del transcurrir temporal, y en la medida en que la conciliación última ente ambos no es posible, la tarea del pintor está abocada al fracaso. El hecho de que el cuadro del membrillero quede inacabado testimonia la imposibilidad que asiste al pintor de acompañar realmente al árbol. De alguna forma Antonio López quedará en el camino de eterna renovación propio de lo natural. Y al final de la película comprobaremos cómo en la regeneración del árbol está ausente tanto el pintor como la pintura.

Tan sólo una cámara de cine acompaña al árbol.

Y esa es la propuesta que nos lanza Víctor Erice. Es el cine quien, más allá de la pintura, es capaz de ofrecernos la evolución del árbol, de integrarse en su tiempo. A lo largo de la película ha sido el propio cine quien nos ha devuelto el trabajo del pintor expandido en su transcurrir temporal. Los subtítulos que van anunciando los días en los que se desarrolla la acción, insertan el trabajo pictórico en el devenir cotidiano, y de alguna manera lo acercan al ser mismo del árbol, pero en la medida que el resultado de ese trabajo pictórico es instantáneo, fijo, inmóvil, muestra también sus carencias.

El cine, más allá de estas limitaciones, es capaz de acompañar a ambos en toda su evolución, hasta el punto de mostrar su radical desavenencia y las razones de ese desencuentro. Las emisiones radiofónicas, la televisión, los noticiarios, van jalonando un proceso que solo en apariencia resulta coincidente, ya que en última instancia no hace sino testimoniar la radical disparidad del tiempo humano y del tiempo natural, abocados a soluciones inconciliables.

El cine, liberado incluso de la presencia humana (y la cámara solitaria junto al membrillero así lo indica), es capaz de integrarse en ese tiempo cósmico y ofrecernos la poderosa reflexión que El sol del membrillo representa. Lo que aquí hemos hecho no es otra cosa que acompañar brevemente un trozo de cine que renacerá más allá de todos nosotros.

el_sol_del_membrillo-14.jpg