José Luis Barrera: STEVEN SPIELBERG

  22 Noviembre 2008

Al cumplir 10 años en Internet, nuestra revista dedica el nº 57 de su sección Rashomon (noviembre de 2008) al artículo que cada redactor ha elegido como su favorito entre todos los que ha publicado en esta década. No es que sea el mejor, ni el más largo, ni el más... solamente es ése que cada autor recuerda con especial cariño. Este texto fue publicado inicialmente en octubre de 2001, en el nº 25 de Encadenados, puedes verlo en el siguiente link:
http://www.encadenados.org/n25/los_paraisos_perdidos.htm


Los paraísos perdidos
Escribe José Luis Barrera  

stevenspielberg1.jpgViendo el otro día ese filme en su tiempo un tanto maltratado por la crítica llamado El imperio del sol, cuyo fracaso parece haber provocado una inflexión definitiva del director Steven Spielberg, de dejarse de hacer un cine más adulto e independiente para inclinarse por lo más comercial, como ha sido hasta ahora su camino cinematográfico habitual, pensaba en la tozuda insistencia del cineasta de presentar siempre en sus filmes a sus personajes en una actitud constante de búsqueda, en un afán de hallar algo que se ha perdido.

Este algo perdido se encuentra a veces representado en su cine de aventuras en “arcas perdidas”, en su cine bélico en “soldados Ryan” que hay que salvar, en padres desaparecidos (la misma El imperio del sol), en madres que se quieren encontrar (su última A.I. Inteligencia Artificial), o para terminar, en infancias que no se quieren abandonar (véase Hook).

stevenspielberg5.jpgSin duda, mucho tiene que ver en esta temática la biografía íntima de este cineasta: sabido que Spielberg se crió prácticamente sin padre, ya que éste abandonó el hogar cuando era muy niño, pero también la educación religiosa judía que habría recibido. Sospecho que ésta no sería estrictamente semítica sino que también elementos cristianos se colarían de rondón en su educación familiar religiosa. El judaísmo con su mesianismo intemporal, su tierra prometida y su paraíso perdido. Y la infancia como un tiempo de inocencia y gracia donde Dios puede resplandecer (“Dejad que los niños se acerquen a mí, porque de ellos es el Reino de los Cielos”, se dice en el Evangelio).

Es por eso que muchos de sus filmes, a veces de tapadillo otras muy abiertamente, toman un cariz muy religioso, un  deseo de que el ser humano encuentre la felicidad a través de un encuentro, de un hallazgo de la plenitud del ser que es el estado de suma felicidad que –para Spielberg– se encuentra en el goce de las seguridades de la infancia, del hogar perdido, de la madre acogedora, de la patria segura.

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El grito de E.T., el extraterrestre –“¡Mi caaasa!”–, no es entonces una anécdota sino toda una declaración de principios. Igualmente, el sufrimiento del pueblo judío en La lista de Schindler y el deseo expresado con la frase de “¡El año que viene en Jerusalén!” es una manifestación de esto que decimos. El mismo arranque del filme sobre el comerciante alemán que salvó a los judíos, una vela que se enciende a la vez que se recita la oración judía de Shemá, Israel, da al filme un fuerte carácter religioso, de nostalgia de una patria perdida, de reafirmación de una promesa de Yavhé sobre una tierra de promisión que fue antaño paraíso perdido. Igualmente en El imperio del sol, junto a una canción que se canta varias veces y que habla de promesa de futuro de un mañana mejor, el filme concluye con una bellísima canción coral religiosa ¡que es un Te Deum!

stevenspielberg8.jpgNo en vano muchos de los protagonistas de los filmes de Spielberg son niños, e incluso si no lo son, nuestro cineasta nos los recuerda como niños en los prólogos de sus filmes (véase al scout River Phoenix encarnando a Indiana Jones adolescente). Y es que Spielberg piensa que la infancia es la única edad del ser humano donde éste es realmente humano, donde la dicha de ser hombre se da en toda su plenitud: está llena de todas las posibilidades, la vida se convierte para el niño en un reto, la unión por el cariño de los padres hace posible esa felicidad.

Cuando este cariño desaparece, cuando falla la familia, el hombre es un desdichado y, como nuevos Adán y Eva, es expulsado del paraíso. Por eso el afán constante de volver, de encontrar lo que se ha perdido. Se llame mi casa, se imagine como un campo lleno de flores de color púrpura, se denomine “el País de Nunca Jamás” o sea algo tan fúnebre como la tumba de un soldado en su tierra patria. En Inteligencia Artificial el niño robot no cesa en su empeño y no llega a la plenitud de su felicidad hasta que éste logra realizar el encuentro con su madre perdida.

stevenspielberg9.jpgResumiendo un poco todo lo que aquí hemos ido reflexionando sobre ese sueño eterno de regresar al paraíso deseado, cuando la infancia y su inocencia se pierden, podríamos sintetizarlo siguiendo el recorrido que el protagonista de El imperio del sol realiza.

En un primer período el protagonista es feliz, vive sumido en la más inocente de las infancias: no se entera prácticamente de lo que ocurre a su alrededor, aunque éste sea a veces amenazador; disfruta de sus juegos, del cariño de sus padres. En un segundo período viene la ruptura, que es brutal: en el filme es separado bruscamente de sus padres y arrastrado por la multitud, los pierde y va a parar a un campo de concentración; allí empezará un tercer período de prueba, de pérdida definitiva de la inocencia, de iniciación a la vida. El período final (y éste es el que suele muchas veces estropear las intenciones de Spielberg, pues suele recargar este tramo de sus películas de excesivo acaramelamiento) es el encuentro del paraíso perdido, donde se reencuentra con sus padres: ahora es feliz pero con una felicidad que la da también la madurez, la conciencia, el vivir la vida como un adulto, el conocer el mal (¡esa luz brillante que ve en el horizonte de la bomba sobre Nagasaki!). Al final, es necesario decir adiós a la infancia para poder ser feliz.

Curiosamente, este esquema que se puede seguir en muchos de los filmes de Spielberg se sigue casi muy literalmente en su última película, A.I. Inteligencia Artificial. Pero esto merecería otro artículo.

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