Antonia: SOLAS

  21 Diciembre 2008

Al cumplir 10 años en Internet, nuestra revista dedica el nº 57 de su sección Rashomon (noviembre de 2008) al artículo que cada redactor ha elegido como su favorito entre todos los que ha publicado en esta década. No es que sea el mejor, ni el más largo, ni el más... solamente es ése que cada autor recuerda con especial cariño. Este texto fue publicado inicialmente en abril de 1999, en el nº 6 de Encadenados, puedes verlo en el siguiente link:
http://www.encadenados.org/6_encadenados/cercacielo.htm 


Una joya de bajo presupuesto
Escribe Antonia del Rey

solas1.jpgHacía tiempo que los cinéfilos no recibíamos un regalo como éste, y es que son cada vez menos las ocasiones en que productos cinematográficos de esta honestidad llegan a las pantallas. Cuando lo hacen, como es el caso, dejan al espectador con la sonrisa en los labios y el convencimiento añadido de que si hay talento y una buena historia que contar no son imprescindibles los grandes presupuestos para que una película salga a flote.
 
Eso es precisamente lo que sucede con la opera prima de Benito Zambrano que, pese a la austeridad de medios de la que hace gala, pone en pie un relato sólido que va adueñándose del espectador según progresa la trama y lo guía subyugado hasta el final, a fuerza de coherencia, compromiso con la realidad de la que habla y buen hacer actoral.
 
La propia historia es tan sencilla y complicada como la vida misma, como el fragmento de realidad que parece querer atrapar entre sus imágenes. Situando a sus personajes en un pequeño universo de miseria y soledad, donde la pobreza es la compañera de viaje con la que hay que contar y aprender a sobrevivir, dibuja el panorama de las pobres gentes, aquéllas que viviendo en los solas-ana_fernandez.jpgmárgenes de nuestra opulenta sociedad encuentran pocos huecos por los que asomarse a las pantallas, más preocupadas por exhibir historias complacientes donde, como mucho, la miseria se ofrece como espectáculo, alejada de su callada y real cotidianeidad.
 
El relato se fragua sobre un triángulo de personajes principales admirablemente conjugados. Dos mujeres, madre e hija, y un anciano vecino permitirán al realizador contraponer las diferentes actitudes con las que se puede afrontar la existencia y sus problemas. Por medio de ellos y de otros tantos personajes secundarios se ejercita una reflexión en torno a las relaciones humanas definidas por el egoísmo o la generosidad de los sujetos que las articulan. Al final, la historia se cierra con una suerte de epílogo, que casi resulta innecesario, con el que se restituye la armonía que parecía irremediablemente perdida.
 
Con estas bazas la película se sostiene firmemente, sin acusar las limitaciones del presupuesto, que no obstante quedan evidenciadas en la simplicidad del acabado formal, donde ningún alarde tiene cabida. Y es que la brillantez del envoltorio es totalmente prescindible cuando la densidad del contenido cubre con holgura los límites que se marca el relato. Una densidad que resultaría inconcebible sin la espesura dramática que le aporta la riqueza de registros interpretativos exhibida por sus actores protagonistas (esencialmente María Galiana y Carlos Álvarez) que, haciendo suya la historia, la transforman en un arma contundente con la que sacudir la sensibilidad de los espectadores.

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