Ética y estética en Visconti

  30 Junio 2008

Escribe Arantxa Bolaños de Miguel

visconti1.jpgMucho se ha comentado ya sobre la contradicción entre la cultura aristocrática de Luchino Visconti y su formación marxista. Otros artistas también han sido criticados por el mismo motivo, como si no fuera posible tal simbiosis. Ahora la cultura está al alcance de todas las personas, pero hace tan sólo unas décadas sólo los que pertenecían a las clases medias y altas tenían acceso a la educación. Por tanto, por paradójico que parezca, es entre los pudientes donde van a nacer los primeros ideólogos del socialismo, marxismo y de la reivindicación obrera (de hecho el propio Karl Marx pertenecía a la clase media).

En consecuencia, Visconti no es un caso aislado dentro de esta cierta incompatibilidad a priori que provoca pertenecer a una élite económica y cultural a la par que desarrollar un pensamiento ético de lucha contra la injusticia social y el capitalismo de la burguesía técnica. Pero Luchino Visconti fue un aristócrata, y no pertenecía a la acomodada burguesía, a la que odiaba. Y si recordamos el impulso del marxismo, éste surgió al nacer dos nuevas clases sociales tras la revolución industrial: por un lado, una emergente burguesía, ávida de ambición; y por otro lado, el proletariado. Por tanto, estas dos corrientes, marxismo y aristocracia, se unen por cuanto tienen un enemigo común: la burguesía.
Y Visconti desde luego le tenía un profundo odio a este grupo social que se estaba haciendo con el poder económico y político en una sociedad en descomposición moral y cultural. Ya que la aristocracia (al menos la aristocracia encarnada por el Príncipe Salina de El gatopardo) ejemplificaba los valores y los gustos elegantes en los que había sido educado Visconti y los que expresó en sus películas.

visconti3.jpgAsí, su filmografía está rodeada de un hilo estético exquisito: la ambientación y vestuario siempre están bien cuidados, los diálogos son excelentes y posee una decoración impecable. Fue un estilista y un apasionado del arte (de la música de Nino Rota y de Verdi), del vestuario, de la ambientación del decorado, y de unos diálogos que hacen época: “todo debe cambiar para que todo sigua igual”, la frase mítica que versionó del original de Lampedusa.

El gatopardo es, por todo esto, una obra maestra: por el diálogo (no en vano está basado en la gran novela homónima de Giuseppe Tomasi di Lampedusa), por la historia compleja que desarrolla, por las actuaciones excepcionales y por su estética preciosista y lujosa. En fin, es una gran producción que mejoró con creces la ya ilustre novela en la que se basó.

El personaje principal es una aristócrata culto, Don Fabrizio, que ve con nostalgia y resignación cómo los tiempos cambian, cómo el poder de su clase social se desvanece en pos de otro ambicioso estrato social, pero que no va a recuperar ni los ideales ni sus tradiciones. La nueva clase emergente es la burguesía, que se enriquece y se apodera poco a poco de todos los ámbitos políticos pero sin poseer la cultura y refinamiento necesarios (ya que ha conseguido dinero por meritos propios, pero no por rancio abolengo). 

La historia particular de la familia Salina se entremezcla con los convulsos momentos por los que pasaba Sicilia en el momento de la revolución de Garibaldi: la desaparición de las ciudades-estado provocada por la unificación italiana del año 1860. Este cambio y su adaptación están encarnados por Tancredo (Alain Delon) y la burguesía está personificada por Calogero y su hija (Claudia Cardinale). De forma irremediable, surgirá entre estos dos (Tancredo y la hija de Calogero) el amor, como metáfora de las relaciones simbióticas entre la aristocracia y la burguesía capitalista.

elgatopardocartel3.jpgEsta película es una exaltación hacia esa clase social, la aristocracia, que poseía una exquisitez de formas, de conducta y de gustos. Por supuesto ejemplificada por el personaje de Burt Lancaster (si bien no quiere decir que toda la clase social fuera así, al menos sí la parte que admiraba Visconti). Como buen observador, con un estrato social que conocía a la perfección, también critica los vicios e hipocresía de parte de su clase, y su doble moral.

No es la única cinta que ensalza los valores aristocráticos frente a los toscos de la burguesía (la burguesía industrial, no la intelectual ni liberal, se entiende), como luego demostró el realizador italiano sus dotes estéticas y de representación fastuosa en El Inocente (1976), Ludwig (1972) y en La caída de los dioses (1969), donde criticaba y describía el esplendor y decadencia de los nazis. Y es que ha estado siempre preocupado por la relación entre ética y estética, causa también de la contradicción que se le adjudica y de la que él era consciente.

Quizás la obra que más expresó esta inclinación fue Muerte en Venecia (1971), aunque también en Ludwig  (donde retrató la personalidad de Luis II de Baviera, un enamorado de la música y poseído por la personalidad arrolladora de Wagner) plasmó su obsesión por cuidar la estética fastuosa junto a una crítica social y moral. Este rey no separó la admiración que sentía por el artista (Wagner) de la persona (un Richard Wagner engreído, de escasa moral y nula exquisitez) y sucumbió a todos los caprichos de un personaje ambicioso que no estaba a la altura moral de su inmensa genialidad artística (este es un claro ejemplo de que ética y estética no siempre van de la mano pese al ideal platónico admirado por Visconti).

Del mismo modo, expresó su excelsitud en El inocente (1976), un nostálgico drama sobre la fidelidad y el amor y las complejidades de la vida en pareja (eso sí, de una pareja aristócrata, pero al fin y al cabo, de una pareja).

visconti7.jpgDesarrolló también desde temprana edad una inclinación hacia el socialismo. De hecho, en su primera etapa Visconti se adscribió al neorrealismo, a la corriente cinematográfica que pretendía mostrar una crítica hacia la pobreza de la posguerra italiana. Aunque esta corriente no tiene un enfoque unitario, podemos matizarlo hablando de dos sub-corrientes: una idealista, encabezada por Rossellini, y otra marxista, liderada por Visconti.

Así, corresponde a esta etapa Obsesión (1942), La terra trema (1948), Bellísima (1951) y Rocco y sus hermanos (1960). Pero también fue un apasionado de las artes, de la estética, de la cultura y, como sabemos que ética y estética no son contradictorias, supo aunar un estilo artístico impecable con un fondo crítico y social. Seguidor de Guido Aristarco y éste probablemente de la escuela de Francfort (Theodor W. Adorno), favorecieron ambos un pensamiento ético-estético marxista en la obra de Visconti. Y esta aparente contrariedad quizás sea su mejor baza: esa mezcla única entre una estética refinada aristocrática y un pensamiento progresista. Su “estética marxista” es lo que hace de Visconti uno de los grandes directores de la historia del cine, porque aunó la importancia del fondo y la forma para crear una obra maestra total: El gatopardo.

Esta pasión por el arte, en especial la música, quedó expresada en El gatopardo a través de la genial partitura de Nino Rota, uno de los grandes compositores de cine del siglo XX, colaborador habitual de Visconti y, sobre todo, de Federico Fellini.

De esa misma época, pero con música esta vez de Maurice Jarre, es La caída de los dioses (1969), en donde retrata los errores del nazismo como causantes de la pobreza en la posguerra italiana, de la fatalidad de sus ideales de grandeza y de la ineptitud de la burguesía industrial. De su pasión literaria nos queda su maestría a la hora de adaptar sus novelas preferidas a la pantalla (Lampedusa, Fiodor Dostoievski, Thomas Mann…), pero se truncó la idea de adaptar a su admirado Marcel Proust con En busca del tiempo perdido (probablemente por inseguridades del director ante tamaña novela), aunque seguro que habría llegado a buen puerto el proyecto, dadas las satisfactorias adaptaciones anteriores.

visconti10.jpgY, si en la primera etapa se inclinó por el socialismo, en la última etapa nos presenta unas cintas pesimistas sobre la soledad de la vejez (ya apuntada esta idea en El gatopardo) y el cambio (o más bien la inadaptabilidad a él): Muerte en Venecia (1971), Ludwig (1973), y, por supuesto, El inocente (1975), un melodrama muy apasionado sobre el amor y la pareja. Visconti realizó sus últimas obras con una aire taciturno, el propio de un hombre que ve cómo los tiempos cambian a peor, cómo el orden social está cambiando y cómo la nobleza cultural va dando paso a una sociedad capitalista donde lo importante son los intereses económicos por encima de la tradición familiar y social.

La cinta es sencillamente sublime, de una belleza impresionante tanto por el contenido como por la forma. Es un clásico que ganó la Palma de Oro en Cannes en el año 1963 con merecido reconocimiento. Una joya.

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