El príncipe, de Visconti

  25 Junio 2008

Escribe Daniela T. Montoya

elgatopardo18.jpgDon Fabrizio (Burt Lancaster), Príncipe de Salina, en Sicilia, es el modelo de gobernante que se adapta a las traslaciones de poder que se producen en su entorno. Monarquía y caciquismo, autoritarismo y democracia. A priori, distintos ejercicios de gobierno, pero en la práctica las diferencias quedan reducidas a una mera apreciación conceptual.

La Italia de 1860 parece resquebrajarse con el desembarco de Garibaldi en Sicilia. La confrontación interna viene de la mano de las revueltas populares que se extienden por todo el territorio. Se lucha por la transformación política y social, pero es muy difícil cambiar el carácter que se incrusta en la población local, de ánimo entumecido hasta el aletargamiento. En este ambiente, el poder no hace más que cambiar de manos, ya que siguen siendo los más humildes quienes acatan sus designios. La adquisición de mando ya no se hereda por linaje, sino que se adquiere acumulando riquezas.

Pero aún así, Fabrizio, insignia de los últimos coletazos de la aristocracia, lidia hábilmente los designios del devenir con el fin de mantener la autoridad en su jurisdicción. Haciendo uso de su pericia para la diplomacia, con prudencia y sabiduría, logra mantener el estatus del linaje familiar y hacerse respetar sin necesidad de ejercer la fuerza. Es él quien encarna la figura ideal de príncipe que propuso Maquiavelo en su obra homónima.

El príncipe, de Maquiavelo: pasado, presente… repetición

elgatopardo6.jpgEn el prólogo de El príncipe, Maquiavelo afirma que la obra que ha escrito es un regalo a un gobernante de Italia para que éste pueda, o al menos intente, reunificar Italia. Con estas palabras, Maquiavelo enuncia su deseo de unificación del país, con el objetivo de que el conjunto de la sociedad estuviera bien y se entendiera. Asimismo, responsabiliza al Príncipe la ardua empresa de conseguir la unidad ya que esa es su obligación como gobernante del país. Porque sólo con la instauración de un poder estable los ciudadanos podrán desarrollar sus propias cualidades.

Es decir, debe haber un gobierno fuerte para que cada sujeto pueda desarrollar sus cualidades individualmente. Con ironía, Fabrizio nos deja entrever su escepticismo por cualquier forma de gobierno cuando le pregunta a su sobrino Tancredi Falconeri (Alain Delon), eufóricamente alistado a las tropas rebeldes, por qué luchar: “¿Qué rey? ¿Qué república?”. Poco importa que el sistema de gobierno sea una dictadura o una república, lo que interesa es que funcione.

Esta actitud paciente respecto a las fluctuaciones en la organización estatal se fundamenta en la idea del paso del tiempo. Para Maquiavelo, hay una conexión entre el pasado y el presente. El pasado es una referencia que hay que tener muy presente porque, en cierto modo, la historia se repite. De algún modo, hay unicidad en la naturaleza humana. Hay una unión entre los hombres del pasado y los hombres del presente, lo que provoca que los hechos se repitan con una similitud tal que puedan encararse con las mismas estrategias que se utilizaron en el pasado.

El porvenir es fluctuante y, como el péndulo del reloj, en el proceso histórico se producen cambios para retornar después a periodos que se repiten. Aunque cada situación sea concreta, hay elementos que las asemejan a situaciones anteriores.

Es la seguridad en la repetición de la historia lo que permite mantener la calma ante los períodos de revoluciones. “No sucede nada en absoluto (afirma Fabricio durante la conversación que mantiene con el padre Pirrone en su estudio), sólo una inevitable sustitución de clases”. Los cambios, incluso los que parecen más drásticos, no son sino una oscilaciones entre situaciones similares. Es decir, en último término, nada cambia, por lo que el gobierno dirigido por el príncipe siempre será válido, aunque dependa de cada situación. Por ello, el mejor método para afrontar las alteraciones es ser paciente y cultivar el saber para poder detectar las similitudes y conocer las medidas de acción más idóneas.

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Prudencia y componendas

Fabrizio encarna el hombre culto. Ideal renacentista, curtido no sólo en el conocimiento del gobierno de sus tierras y sus gentes, Fabrizio también ha dirigido su curiosidad hacia las lenguas, la cosmología o el arte (1).

En su estudio hace gala de una extensa biblioteca, como así mismo tiene telescopios, astrolabios, globos mundi.  El objetivo: cultivar el mayor número de cualidades para, en la medida de lo posible, tratar de paliar los efectos azarosos de la fortuna. Hay que estar preparado para cualquier situación, aprender a hacer de todo, sólo así se podrá actuar adecuándose de la mejor manera a las circunstancias concretas en que nos adentra la fortuna. El conocimiento posibilitará que la buena suerte sea aprovechada (2).

elgatopardorodaje8.jpgEl virtuoso es aquel que, como don Fabrizio, es capaz de transformar la fortuna en una ocasión para desarrollarse. Incluso aunque tenga que hacer uso de la crueldad… Porque la crueldad debe entenderse como un medio para conseguir el objetivo de la unidad del pueblo, y el gobernante virtuoso es quien la utiliza eficazmente con ese fin. Por ello, Fabrizio no puede ser tildado de déspota o tirano, ya que la pacífica convivencia en común es el fin último que alcanzar, aunque para ello haya que hacer puntuales sacrificios. El príncipe no es malvado, pues el bien y el mal son nociones que atañen a la moralidad, mientras que lo que pretende hacer el gobernante es política.

Se produce una ruptura entre el ámbito divino –la moralidad– y lo terrenal, de lo que se ocupa la política. La moral está impuesta por Dios, es decir, es un ámbito impuesto desde fuera de este mundo y, por ello, no es útil para ser aplicada en este mundo terrenal.

Al igual que Maquiavelo, Fabrizio no cuestiona los conceptos de bien y mal, ni la moral cristiana. Quien debe gobernar no puede cumplir lar normas divinas, simplemente, porque la moral está fuera de la política. El príncipe deberá tomar las decisiones por sí mismo, al margen de cualquier dictamen moral o interés personal, y asumir la responsabilidad al respecto.

La moral adaptada al pueblo

elgatopardo8.jpgNadie ha de resignarse y aceptar su fortuna, es preciso que cada uno haga todo lo posible por cambiarla o reconducirla. Hay que ser pragmático. Durante las revueltas de las tropas garibaldinas, Fabrizio le espeta al padre Pirrone durante una charla en su estudio: “No somos ciegos de espíritu. Solamente seres humanos en un mundo en pleno cambio”.

El individuo no puede aceptar la moral que acompaña su posición social, sino que ha de actuar según lo que necesita. Sólo así se entiende que Fabrizio no censure la incorporación de su sobrino a las tropas revolucionarias: “No es culpa de don Alfonso [Tancredi], sino de los tiempos que corremos”.

Liberado de cualquier dictamen religioso, cada sujeto es libre de tomar sus propias decisiones. La virtud, al igual que la moral, se torna individual. Es decir, es cada sujeto que, sin deberse a una moral común (como, por ejemplo, la cristiana), crea su propia moral. Así, en el caso del príncipe, es una virtud adaptada al pueblo. Es decir, es la población quien juzgará las acciones llevadas a cabo por su gobernante. Por ello, por ejemplo, ya no siente la obligación de confesión que impone la moral cristiana.

Sus actitudes libertinas se aprecian tanto en su concepción de la sexualidad, sin remordimientos por ir a la búsqueda de una amante que compense la actitud ultra pudorosa de su esposa; como en su rutina en la práctica de los hábitos cristianos, sin sentir la necesidad de confesarse más que un día por semana (independientemente de los pensamientos o acciones cometidos) o ritualizando la celebración de la misa, por encima de cualquier barullo o aguantando impertérrito el cansancio tras un largo viaje.

elgatopardo13.jpgFabrizio se esmera en mantener las apariencias, en contentar al pueblo. Debe evitar ser rechazado, por lo que se comporta bien ante los ojos del pueblo. Así, tras su peregrinaje hasta el palacete de verano, la familia al completo debe asistir a la misa que se celebra inmediatamente después de su llegada. Cansados y cubiertos de polvo, cual viejas reliquias venidas a menos, reciben con la máxima dignidad posible los honores que el pueblo les rinde a causa de la tradición. Allí mismo, situados en las banquetas laterales junto al altar, Fabrizio acuerda con su esposa los nuevos caciques que han de invitar a la protocolaria cena-festejo con la que inician sus vacaciones.

La veneración que el conjunto del pueblo rinde a la familia del Príncipe de Salina responde al apego a las costumbres, poso de tradiciones que perpetúa las relaciones entre clases más allá de cualquier intento de transformación populista. La celebración de la cena y la congregación entorno a la mesa de las nuevas autoridades locales no son más que la ritualización de la jerarquía que, aún a pesar de las revueltas, mantiene Fabrizio, autoridad simbólica aceptada por los lugareños.

Hay una relación directa entre la ética y la política. El gobernante honesto (3) será respetado (que no temido) por el pueblo. Porque al fin y al cabo, son las gentes las que “otorgan” el gobierno depositando su confianza en quien consideran más diestro para dirigirlos. Es fundamental esta confianza en el buen hacer del gobernante ya que implica una forma de gobierno que refuerza los lazos, apuntalando el servilismo y el respeto en detrimento del hastío o el resquemor.

Así, Fabrizio se congratula de la consideración que, por ejemplo, le presta Ciccio Tumeo (Serge Reggiani), “gentil hombre” que le acompaña en sus cacerías. Muy diferente de la repulsión que despierta Calogero Sedara (Paolo Stoppa), el terrateniente que ha accedido al poder por medio de las artimañas que despiertan la avaricia. Frente a frente, el primero representa la respetabilidad de la que goza la elegante aristocracia, mientras que don Calogero, “nuevo rico” sin linaje, disfruta de una situación económica holgada a pesar de ser el objeto de las mofas por su carencia de educación y buen porte. La unión de ambas líneas sucesorias, a través del sobrino y la hija, respectivamente, permitirá que ambos perpetúen orgullosos su poder (4) más allá de su particular existencia. “Este matrimonio (le espeta Fabrizio a Ciccio) no es el final de nada, sino el comienzo de todo”.

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La política al servicio de la comunidad

La política es un arte. Al príncipe no debe preocuparle ejercer el disimulo ni hacer algo malo siempre y cuando sea para conseguir mantener el orden y, así, permitir que los sujetos puedan realizarse individualmente. Por ello tampoco cuestiona a su sobrino Alfonso Tancredi cuando, superada la revolución por la re-instauración de la monarquía, se incorpora al ejército de su Majestad: “No es un traidor. Es un joven que vive con sus tiempos, tanto en política como en su vida privada”.

A un buen profesional no le importa aplicar métodos drásticos siempre y cuando el fin lo requiera. Si el príncipe no consigue el fin, perjudica a toda la comunidad. Por eso, ha de aceptar que no siga el bien moral, porque lo importante es el bien de la comunidad. Así se lo explica Fabrizio a Ciccio tras el plebiscito, en que se apoyó el gobierno de Victor Manuel como rey constitucional, con que se puso punto final a la revuelta incitada por Garibaldi:

“El pueblo estaba excitado por las victorias de ese Garibaldi. El plebiscito era el único y urgente remedio contra la anarquía. ¡Bien lo sabéis! Pensad que sólo es un mal menor…
Los Saboya, en el fondo, son Monarquía.
Las personas a quien amáis y a las cuales sois devoto salen de estos acontecimientos frustradas, sí, pero con vitalidad, con energía.
Algo había de cambiar para que todo siguiese como estaba.
La hora de la revolución pasó. Confiemos que la Italia nacida, también Donnafugata, pueda vivir y prosperar”.

elgatopardo17.jpgPero a pesar de este ligero optimismo por el futuro de la comunidad, Fabrizio muestra un poso de escepticismo respecto a la mejora de la vida de los sicilianos. Con la visita del diplomático de Turín Chevalley (Leslie French), Fabrizio enuncia su convencimiento de que hacen falta muchas décadas para que esta tierra sea realmente libre: “Dudo sinceramente que el nuevo reino pueda ofrecer maravillas que nos despierten. Todas nuestras manifestaciones, hasta las más violentas, son aspiraciones al olvido”.

Porque no basta con que deje de ser una colonia invadida por un país extranjero, para Fabrizio es preciso que el poder déspota deje de pasar de unas manos a otras, ya que el resultado sigue siendo un pueblo que no progresa a ninguna parte. Es preciso, pues, que las gentes repudien esos “deseos de voluptuosa inmovilidad” que les conducen inevitablemente a la muerte.

Perfecto conocedor del pueblo siciliano, Fabrizio sabe cuáles son las posibilidades y limitaciones del mismo. ¡Pocos buenos modales les va a enseñar Garibaldi a gentes que se creen dioses! De aquí que, muy a su pesar, la miseria continuará existiendo. Y es algo que no podrá cambiar ni la eficiente administración de Turín, porque es el carácter orgulloso el que corroe hasta la médula la capacidad de cambio real. “Alimañas, leones, chacales y gatos salvajes… Todos juntos continuaremos creyéndonos la sal de la tierra”, se mofa Fabrizio ante la inminente marcha de Chevalley.

El relevo del poder

Cansado, Fabrizio se aparta. Tras resolver el futuro de su sobrino Alfonso, planificando su boda y recomendándolo para puestos diplomáticos, implícitamente ha delegado en él la responsabilidad de hacer respetar el buen nombre de la familia. Ahora Fabrizio ya se siente viejo, muy viejo. Renuncia a la participación activa en política e, incluso, en las fiestas, y se aleja del bullicio.

Su sobrino Alfonso da buena muestra de haber asumido su ética del mal menor:

“Al nuevo reino le hace falta legalidad, orden. Pero sobre todo, y en primer lugar, sofocar cualquier intento de anarquía. ¡Ay, ya está bien de aventuras! Aunque haya que aplicar métodos severos y, a veces, dolorosos… como es fusilar a unos cuantos locos que han desertado para irse con Garibaldi. Y es justo, ¡son desertores!”.

elgatopardo11.jpgComo también Calogero quien, al salir de la fiesta al amanecer, responde a los disparos de los fusilados diciendo alegremente para sí: “¡Qué gran ejército! Esto es lo que todos queríamos para Sicilia. Ahora podemos estar tranquilos”.

Pero tanto Alfonso como Calogero son signos del poder despótico, aplicado sin consideración por quienes ahora se han acomodado. Una posición muy diferente de la adoptada por Fabrizio, quien tenía una amplia visión de futuro, quien prefería esperar pacientemente el fin de las fluctuaciones para retornar con calma a la senda del camino.

Fabrizio, Príncipe de Sicilia, es un humanista que siente compasión por los fusilados y busca amparo moral entre la soledad de los más humildes. Una vez más Fabricio da buena muestra de ser el gobernante ideal.

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(1) En el flashback en que se alude a la visita que hace Alfonso a su tío, acompañado de dos soldados vestidos todos con el uniforme de las tropas garibaldinas, éste hace gala de un amplio conocimiento en mitología describiendo los frescos pintados en el interior del salón del palacio.

(2) Pero también hay que tener presente que puede haber casos en que las circunstancias son tan adversas que ni el hombre más sabio puede encararlas. Ante tales situaciones, tan sólo cabe ser paciente y no perder la integridad.

(3) Retomando la idea de virtud de Cicerón, la grandeza del alma viene dada por la honestidad. El sujeto honesto es quien concentra las cuatro virtudes clásicas: bondad, buena fe, razón y fuerza. Con todo, la grandeza del alma implicará ser capaz de soportar todos los males.

(4) Fabrizio es muy consciente de las posibilidades que, sólo entonces, tendría su sobrino, pudiendo llegar a embajador siempre y cuanto cuente con una esposa que responda a su ambición y, además, cuente con una dote amplia para cubrir los gastos que conllevaría su nuevo estatus social. Por ello, aunque Fabrizio es plenamente consciente de que “es algo innoble” interceder en la petición de mano de la hija de Calogero, en contra de los deseos de su propia hija Concetta, es algo necesario. Rápidamente zanja la discusión con su esposa: “¿El amor? ¡Pamplinas!”.