El gatopardo está vivo

  25 Junio 2008

Escribe Patricio Ruiz
 
elgatopardocartel1.jpgY goza de buena salud, acabo de comprobarlo.

No hay nada comparable a volver a ver una película vista hace 40 años: la prueba de Don Algodón. Pocas son las películas que la pasan, pero el paso de los años deja las cosas en su sitio.

Para los no avisados hay que creer poco en las calificaciones de los medios de comunicación: hay Telediarios que dan propaganda como información y los llamados críticos trabajan para sus empresas –como es natural– y sus empresas (periódicos, televisión, radio...) en muchos casos forman parte de la producción de las películas que ellos critican.¿Qué van a criticar? Es por eso que muchas películas alabadísimas en su momento, vistas años después ya no lo son.

No es el caso de El gatopardo de Luchino Visconti, un director italiano aristócrata con alma de proletario.¿O es al revés?

visconti6.jpgVisconti, autor de varias películas memorables, lleva a la pantalla un tema caro a él: el fin de la aristocracia pura a la que se lleva por delante una revolución. La historia es conocida porque forma parte de la Historia: Garibaldi, paradigma del revolucionario itinerante y universal, comienza lo que más tarde sería conocido como la Reunificación de Italia y para ello destrona una Monarquía para entronizar otra. Le da la razón al personaje de Delon: “es necesario que todo cambie para que todo siga igual”. Unas palabras de las que más tarde se apropia el Príncipe Salina.

Visconti cuenta con un plantel de guionistas que incluye lo mejor del cine italiano: Cecchi d’Amico y Festa Campanile; el músico Nino Rota tiene todos los premios conocidos, aunque pasará a la memoria de los aficionados por la banda sonora de El Padrino; en ella y en otra muchas premiadas se encuentra también el fotógrafo Giuseppe Rotunno. La historia, como ya es sabido, proviene de una novela de otro aristócrata, Giuseppe de Lampedusa, de éxito póstumo.

Y los actores: Burt Lancaster es un descubrimiento, ya en su ocaso; el lanzamiento del entonces joven valor Alain Delon (al que ya había dirigido Visconti en Rocco y sus hermanos); los secundarios italianos Giulianno Gemma, Mario Girotti (luego rebautizado como Terence Hill), los mas veteranos Paolo Stoppa, Serge Reggiani...Y Claudia Cardinale.

Gracias, Signore Visconti.

elgatopardo17.jpgCuriosamente, Lancaster y Cardinale volverían a coincidir en un gran western Los profesionales. En El gatopardo, Lancaster encarna la más rancia nobleza italiana que advierte, lúcidamente, que su tiempo ha pasado, pero que todo va a seguir igual; en el western, Lancaster está al otro lado de la ley, con los revolucionarios, pero es igual de pesimista: después de las revoluciones se entierra a los muertos, vuelven a aparecer los políticos y todo sigue igual.

El resto es puro Visconti: esa procesión civil, se diría ahora, a la que respetuosamente se va agregando el pueblo llano conforme va pasando; ese Te Deum (acción de gracias) por la llegada del Príncipe Lancaster... Son escenas que hubieran hecho las delicias de Berlanga, pero en manos de Visconti es un documental intencionado, como lo es el almuerzo campestre, ya que en sus comienzos Visconti fue ayudante de dirección de Jean Renoir en Une journée de campagne.

Con pequeños detalles, el director nos hace transitar de una época a otra de la Historia: Delon va a besar la mano de Cardinale al antiguo estilo, hasta que se percata de ello; Cardinale, que ha contenido su plebeyez, le da rienda suelta con su risa estentórea al final del banquete. El personaje del cura familiar es tan habitual en la época como el médico borrachín en el western. En ocasiones Visconti dirigió ópera. ¿Hay algo más aristocrático?

Vemos encuadres, vestidos y muchísimas flores que lo retratan a él y a sus gustos. En ocasiones, salvando el vestuario, hay estampas familiares que tienen en encuadre y la luz de los cuadros de Velázquez. ¡Qué señor con gustos tan exquisitos!

elgatopardo9.jpgNo es tan benigno con los revolucionarios. Ante la votación para legitimar la Revolución no tiene empacho en mostrarnos públicamente  las papeletas del “Sí” y sólo al Príncipe le ofrece la oportunidad del “No” que este declina. El alcalde se asoma al ayuntamiento, ahora sí con aire berlanguiano, y lanza su proclama entre fuegos de artificio, flores y luminarias con los nuevos colores nacionales: Lancaster/Salina ríe sin disimulo, con socarronería.

¡Qué personaje el del Príncipe Salina! Sería curioso conocer cuánto de Visconti hay en él. Salina es más gestual que locuaz, pero cuando habla... Hay dos escenas en las que se concentran toda la sabiduría del personaje: la de Lancaster y Reggiani en pleno campo, y la entrevista tete a tete entre Lancaster y el enviado del gobierno. El Príncipe está de vuelta y, para bajar de la nube al angelical enviado, al salir de Palacio lo lleva a su vehículo a través de lo más sórdido de Sicilia. Para darle la razón viene el baile final, donde todo ha vuelto a su cauce: ricachones pueblerinos, bersaglieri, fusilamiento de los que ahora son bandidos y antes garibaldinos y, por si faltaba algo, para darle la puntilla a su mundo, se cruza en su camino una auténtica gatopardesa: Claudia Cardinale. Lancaster sale solo al arroyo, pocas veces mejor definido, y después de arrodillarse respetuosamente al paso del Santísimo, va a visitar a un moribundo, eleva su rostro al cielo y se dirige a su estrella, que cualquiera hubiera dicho que era una estrella fulgurante.

A mí, no sé por qué, me recuerda la canción “Estrella errante”, que musita Lee Marvin en La leyenda de la ciudad sin nombre. Otra vida cerrada en falso.

PD: La película no tiene efectos especiales, salvo para los amantes del cine.

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