El tren (1964)

  26 Abril 2008

¡Nada más que pinturas!
Escribe Daniela T. Montoya

jf-1965eltren0.jpgEn el segundo período de la Guerra Fría, cuando aún estaban candentes las rencillas bélicas, Frankeheimer aportó su correspondiente ensalzamiento patriótico con El tren (The train, 1964).

Situándose en los últimos días de la invasión nazi en territorio francés, Frankenheimer transmuta el banal patriotismo basado en hacer hondear la bandera, por la fuerza incombustible de una nación que se sustenta sobre la unión de los ciudadanos y la férrea defensa de “lo nuestro” frente al enemigo.

Coetánea de la fantástica sátira ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove: or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb), de Stanley Kubrick, Frankenheimer se distancia de cualquier análisis crítico de los delirios políticos (causantes, aún hoy, de masacres humanas en nombre de ideales de grandeza) con el fin de ofrecer una trepidante cinta de acción.

En El tren la contienda se circunscribe en el centro de operaciones ferroviario de París. Allí, desde la oficina de control y los talleres, los maquinistas y técnicos ingenian pequeñas acciones de boicot que, ante la premura del ejército nazi por replegarse, se convierten en graves perjuicios a los planes germanos.

Labiche (Burt Lancaster) es el jefe que coordina las operaciones de los trenes acatando las órdenes del ejército alemán. Pero, al mismo tiempo, es el líder que dirige el grupúsculo de resistencia de los trabajadores ferroviarios. Desde su torre de control, simula distribuir los trenes con eficiencia. Mientras que en sus ratos libres, con los soldados pululando por toda la estación, se reúne en una caseta con sus compañeros para seleccionar los nuevos objetivos y planificar las acciones de sabotaje. Es precisamente en esa caseta cuando entra en contacto con la encargada del Museo del Jeu de Pomme, Mlle. Villard (Suzanne Flon), quien les avisa del expolio de pinturas que planea el coronel Von Waldheim (Paul Scofield) y les requiere para que se lo impidan. En un primer momento, ante las cuantiosas bajas que han tenido, Labiche es reacio a sacrificar más hombres por un puñado de cuadros. Pero Villard trata de convencerle que, incluso más importante que la retención de armamento destinado a reforzar el frente, es impedir que esas pinturas salgan del país porque:

“¡Esas pinturas son parte de Francia! […] Los alemanes quieren llevárselas. Nos han quitado nuestras tierras, nuestra comida. Viven en nuestras casas. Ahora intentan llevarse nuestro arte. Es la belleza, la belleza creada aquí, nacida en Francia. En ella está nuestro sentido de la vida. ¡Es un legado! [silencio] ¡Debemos defenderlo! ¿No lo entiende? ¡Es nuestro deber! Es algo que pertenece a la humanidad y que nosotros debemos conservar para el mundo.”

Patrimonio nacional

jf-1965eltren1.jpgLa cultura no es en absoluto neutra, porque juega un papel crucial en los distintos ámbitos de la sociedad en los que interfiere. Los fenómenos artísticos, al integrarse como un elemento más de la cultura de una sociedad, funcionan como símbolos, esto es, traspasan lo meramente sensorial para convertirse en una forma de comunicación. De aquí que el arte no pueda ser considerado al mismo nivel que un producto cualquiera. Porque, como afirma G. Gennette (en La obra de arte), “una obra no consiste exclusiva y exhautivamente en un objeto”. El fenómeno artístico no puede ser cuantificado como un producto más, ya que su valor vendrá dado por su capacidad de satisfacer las necesidades que se mueven en el terreno de lo imaginario, de lo cultural.

El reconocimiento del valor del arte determinará el esfuerzo humano que se invertirá en su protección. Sólo comprendiendo su significación dentro del entramado sociocultural, siendo capaz de interpretar su capacidad para representar cómo se articula la realidad dentro de una comunidad, se le podrá estimar en su justa medida (1). Por ello, en la cantina, el revisor recrimina a Papa Boule (Michel Simon), el maquinista a quien se encarga el traslado de las pinturas, que menosprecie la importancia del cargamento que le han asignado.

En un primer momento, Papa Boule se siente humillado por el encargo, ya que las armas son el único cargamento que puede considerarse importante para cambiar el curso de la guerra. Pero el revisor, mientras se inserta la melodía extradiegética de la marsellesa, le hace tomar conciencia del valioso significado del cargamento:

“El champán y los perfumes pueden reemplazarse, pero el arte no. ¡Esas pinturas son importantes! ¡Son la gloria de Francia!”.

El mensaje es captado con rapidez por Papa Boule, quien repetirá para sí esta última frase, “¡son la gloria de Francia!, ¡son la gloria de Francia!”.

Sabotear, engañar y sacrificarse

jf-1965eltren2.jpgDecidido a salvar “la gloria de Francia”, Papa Boule se encamina hacia su máquina. En cuanto recibe la orden de salir, pone la máquina a todo gas. Su acción coincide con el bombardeo de las vías que habían planeado los aliados, muy a pesar de que Villard hubiera advertido del tremendo error que supondría volar por los aires el tren ya que “esa pinturas jamás podrían sustituirse”. Pero los aviones enviados desde Londres, desconocedores del cargamento especial del tren que conduce Papa Boule, tienen por objetivo dañar las infraestructuras y el abastecimiento de armas que sale desde la estación. Por suerte, el veterano maquinista logra sacar al tren serpenteando entre las bombas.

Con esta escena, constatamos cómo uno de los pilares de El tren es el efectismo que Frankenheimer logra imbuir a las escenas de acción. Explosiones muy verosímiles, choques y descarrilamientos reales, junto con planos aéreos y el dinamismo del montaje dan un resultado atractivo. Asimismo, la intriga en torno a la estrategia que maquina la resistencia capta nuestra atención hasta el desenlace final.

Durante el metraje, se sucederán pequeños boicots, y las represalias que comenten los nazis cuando las descubren: nerviosismo en los cambios de agujas, que pueden conducir a colisiones si no se abren a tiempo; descarrilamientos y choques; bombardeos, explosiones, ametrallamientos y descarrilamientos. Nada es casual, su preparación es a veces sofisticada, y otras veces ingeniosa. Asumir el riesgo de traspasar ciertos límites podrá suponer la muerte, pero también renunciar a resistirse supone aceptar la derrota.

Coste económico y humano

jf-1965eltren3.jpgNo es baladí que las pinturas disputadas pertenezcan a nombres vanguardistas como Gauguin, Renoir, Lautrec, Van Gogh, Manet, Picasso, Braque, Cezanne, Miró, etc. El arte clásico refleja una determinada idea de belleza, a partir de criterios inamovibles, y se sustenta en el valor de la simetría (valor inamovible, eterno). Pero durante el siglo XIX, la irrupción de estilos artísticos que presentan cierta deformación en la representación de la realidad figurativa, hizo que se cuestionara el criterio belleza.

Teóricos como Arnold Hausser llegaron a postular teorías reduccionistas (en el marco del marxismo) que hacían una interpretación clasista en función del estilo pictórico. Éstos priorizaban el arte realista como el modelo a seguir, ya que es un arte comprensible para las masas; mientras que tildaban de decadente la nuevas formas artísticas surgidas al amparo del capitalismo.

Frente a estas posturas, Walter Benjamin defendió la independencia del arte al considerar que éste queda totalmente al margen de cualquier determinismo social, religioso o, incluso, moral. Esta postura, también extrema, propugna que el arte sólo debe rendir cuentas a criterios artísticos, es decir, el artista debe ser totalmente libre en su forma de expresarse, no debiendo estar limitado a cumplir con unas pautas representativas que se ciñan al realismo figurativo. Con todo esto, los nombres de los  pintores cuyas obras vemos empaquetar en la película El tren, hacen referencia a una lucha por lograr mayores cotas de libertad (2); el enfrentamiento de los artistas vanguardistas por romper el encorsetamiento clásico de la representación realista.

En este contexto, resulta significativo el personaje del coronel Waldheim. Sujeto dicotómico que, cuando Villard le descubre atónito, admirando a solas en la penumbra, las obras de la polémica, es capaz de afirmar:

“¡Este es sin duda un arte degenerado! ¡Como militar consciente del III Reich debería detestarlo! En muchas ocasiones me ha admirado la curiosa fatuidad de quienes pretenden imponer las ideas y los gustos por decreto”.

Ella, responsable del cuidado de las obras, es plenamente consciente del valor que tienen por sí mismas, independientemente del bando que ocupe cada uno. Pero el coronel trata de mantenerse fiel a las consignas del nazismo rechazando cualquier criterio que pueda sugerir bajeza y sobreestimando, como excusa para llevárselos, criterios estrictamente económicos.

Coronel: 
-Un libro vale unos pocos francos. Los alemanes podemos permitirnos el lujo de destruirlos. No todos nosotros sabemos apreciar el mérito artístico. Pero el valor del dinero sí.
Villard: 
-No sea cínico. Sé lo que estos cuadros significan para usted.
Coronel: 
-Es usted muy perspicaz.

Pero, independientemente del interés personal que tiene el coronel en las obras de arte, es consciente de que los argumentos basados en el valor económico de las pinturas serán el mejor camino para convencer a sus superiores. Porque unos cuadros no son un cargamento relevante como para darle prioridad por sobre un envío de armas. Pero las pinturas que quiere el coronel tienen un valor añadido a su calidad pictórica; son unos cuadros únicos que se han convertido en parte de la historia del arte de la humanidad.

Así se lo hace saber Waldheim al general, afirmando que “el dinero es un arma” y que “el contenido de ese tren es tan negociable como el oro, ¡y mucho más valioso!”. Sabedor de la premura de medios de que dispone su ejército, Waldheim le pone la miel en los labios al general sugiriéndole que con el traslado y la posterior venta de ese cargamento, el ejército alemán podría reforzarse con diez divisiones blindadas. El general no se lo piensa más y accede a priorizar el cargamento de las obras antes que el de armamento. Con esta autorización, se inicia el rocambolesco periplo del traslado de los cuadros y el boicot del mismo.

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Simplemente, libertad

Tradicionalmente, el arte ha sido utilizado como un dispositivo más para establecer y perpetuar las diferencias de clases. Su elevado coste debido a la escasa producción (3), tienden a convertirlo en un hecho de exclusividad, sólo accesible para las élites. De esta forma, su trascendencia pública queda restringida (o es nula) simplemente porque un trabajador no se lo puede costear por sí mismo.

Pero es a raíz del siglo XIX, cuando se empezaron a crear espacios que facilitaban el acceso de la gente común al arte. Con la apertura de museos, el arte alcanzaba una dimensión pública haciendo posible que cualquier persona pueda aproximarse a una experiencia estética. De esta forma, si bien su posesión sigue siendo exclusiva de grandes haciendas, su aproximación ya no queda limitada a las élites. Es, por tanto, ridícula la postura histriónica del coronel cuando, al descarrilar el tren que debía portar las pinturas a Berlín, persiste en su idea de llevárselas a un lugar donde sean valoradas como corresponde. Con el tren descarrilado, las cajas con los cuadros esparcidas por el suelo, con los alemanes desfilando en retirada por la carretera adyacente y dejando atrás decenas de hombres ametrallados junto a las vías, el arrebato le lleva a enfrentarse a Labiche:

“¡Aquí tiene su premio: algunas de las mejores pinturas del mundo! Le ha acompañado la suerte. ¡Es [usted] un simple bruto! Las pinturas son mías. ¡No podrá arrebatármelas! La belleza pertenece a los hombres que saben apreciarla. Esos cuadros volverán a mí o a hombres como yo. ¡Estoy convencido de que en este momento ni podría usted decirme por qué ha hecho lo que ha hecho!”.

Pero Labiche lo tiene claro. Sabe bien a quién pertenecen esos cuadros. No tiene más que mirar a su alrededor, donde yacen sus compañeros asesinados vilmente. Resuenan las reticencias iniciales que tenía a la hora de rechazar la misión de detener o retrasar la salida del tren: “Las personas son tan insustituibles como insustituibles son las pinturas. No sacrificaré vidas en vano”. Pero, el valor patrimonial de las obras, hicieron que él junto a decenas de personas se implicaran en retener ese tren. Más de cien personas dispuestas a dar su vida por ese cargamento de… ¡pinturas! Sólo son pinturas pero, como le dijo a la encargada de hotel que le ocultó: “Son el orgullo de Francia. El patrimonio nacional”.

Quizás el propósito de estos hombres parezca una locura, pero lograr la retención del tren ha sido la gran victoria que les enorgullece. Dar su vida por obras de semejante calibre les dignifica como personas. En contraste, la brutalidad del nazismo se agrava con la rapiña del intento de expolio y la masacre indiscriminada ante la frustración al no conseguir su objetivo. Ha sido la resistencia de estos hombres que, con sus pequeños sabotajes, han ido minando al enemigo hasta expulsarlo. Por tanto son ellos, y los hombres que como ellos están dispuestos a dar su vida por la libertad, los verdaderos dueños de las pinturas.

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(1) Un ejemplo próximo de la infravaloración del patrimonio cultural lo tenemos en nuestro país cuando hablamos de cine. Como apuntaron Enrique González Macho y Joaquín Oristrel, a raíz del espacio que dedicó en noviembre del 2007 el suplemento El cultural respecto la (entonces) inminente Ley del Cine, es fundamental trabajar en torno a la “desafección” (a pesar de la calidad contrastada) que padece nuestra cinematografía por parte del público, y el grave problema que esto conlleva.

(2) Asimismo, con la cantidad de museos que hay (y había en la época de ambientación de la película) en París, es precisamente en el Jeu du Pomme donde se ubicaron las obras. Un lugar de innegable referencia a los inicios de la República francesa, con la articulación de incipientes códigos civiles basados en la libertad individual.

(3) Hay que tener en cuenta que uno de los criterios esenciales para valorar una obra viene dado por su "originalidad", esto es, su carácter original, primario, único. Otra cosa es que, a partir de esta primera obra o idea o planteamiento estético, los medios técnicos de que disponemos hoy día permitan reproducirlo hasta la saciedad.

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