Mirar al enemigo a la cara

  24 Febrero 2008

(el otro en Cartas desde Iwo Jima)
Escribe Daniela T. Montoya

iwojimaclint09.jpgUn mismo director y dos puntos de vista sobre los mismos hechos. Clint Eastwood se puso de nuevo tras las cámaras para brindarnos el pasado año dos películas opuestas, pero complementarias: Banderas de nuestros padres (Flags of our fathers, 2006) y Cartas desde Iwo Jima (Letters from Iwo Jima, 2006). Tomando como vínculo de unión el islote japonés de Iwo Jima, punto de tierra árida en mitad del océano Pacífico, Eastwood se vuelve a la historia para aportar su punto de vista sobre una de las batallas más relevantes de la Segunda Guerra Mundial.

Dos fuerzas adversarias confluyen en la isla japonesa. En un lado, Estados Unidos, ejército atacante, altamente cualificado para apabullar al adversario con su despliegue de medios. Pero también, como queda reflejado en Banderas de nuestros padres, muy efectivos en los mecanismos de especulación (espectacularización) de la figura del héroe, muy eficiente siempre para elevar el ánimo patrio. En el bando opuesto, Japón, cuyo ejército está compuesto por soldados y reservistas recientemente llamados a filas para defender el imperio de la invasión extranjera. Estamos en los meses de febrero-marzo de 1945. Las noticias sobre el devenir de la contienda hacen pensar que en la conquista/defensa de la isla está la clave de la victoria. Situada como una muralla en medio del mar, la caída de Iwo Jima facilitaría la llegada de las tropas estadounidenses hasta Japón.

Conocedores de la historia y, consecuentemente, del resultado final de la guerra, el interés no radica en la dinámica de escaramuzas entre los adversarios. Las escenas de batallas, que suelen ser el centro de cualquier película bélica, en Cartas desde Iwo Jima son puntuales y distantes. Eastwood, especialista en retratar estados psicológicos, elude materializar el dolor en el sufrimiento de los cuerpos, y se centra en la aflicción que padecen los soldados japoneses ante la debacle que les viene. Desde cómo preparan la contienda, conscientes de la carencia de refuerzos de que disponen; hasta el instante en que los marines pisan el último rincón de la isla, Eastwood reconstruye el suplicio que vivieron los soldados nipones, moralmente obligados a no dejarse caer derrotados. Todo un paso en la filmografía estadounidense: mirar a “el otro”.

Conocer al enemigo

iwojima07.jpgEl adversario siempre ha sido sólo eso, el enemigo. Poco importa el rostro que tenga (indio, comunista, japonés, árabe...) porque, al fin y al cabo, es lo mismo. Sus características son indiferentes para el ejército atacante, ya que todos quedan reducidos a una única categoría: son el rival. Lo que tienen en común y, al fin y al cabo, lo que les caracteriza, es convertirse en el contrincante a batir. Ignoradas sus peculiaridades diferenciadoras, toda la atención recae sobre la fuerza con que se aplastan. Pero Eastwood, con Cartas desde Iwo Jima, dedica toda una película a mirar a los soldados que dieron la vida por defender su tierra. No se trata de santificarlos, pero sí de considerarlos personas. Individuos con historias personales que, tras el conflicto, muchos de ellos (en su gran mayoría japoneses) no pudieron continuar.

Entre respeto y curiosidad, Eastwood se adentra en la vida de los hombres que perecieron en las grutas de los montículos de Iwo Jima. Apropiándose de la objetividad científica que le otorga introducirse en la historia a través de los arqueólogos que cavan entre el polvo del pasado, Eastwood reconstruye las historias de los soldados nipones. Las cartas de despedida, las fotos de familiares, las cadenas, los cintos hechos a mano son testimonios inertes de deseos y temores. Reliquias convertidas en rastros de vida. Indicios de aquellos instantes en que, tras prepararse orgullosos para el combate, pasaron a enfrentarse con impotencia y angustia al poderío armamentístico estadounidense, para finalmente resignarse a su destino como servidores del imperio. Honor y disciplina serán los pilares de su cultura; pesadumbre, ante una hazaña que deviene imposible, la característica que tiñe el ánimo social. Peculiaridades de la idiosincrasia nipona que son absolutamente ignoradas por sus contrincantes estadounidenses.

iwojima08.jpgRecurrentes flashbacks al pasado nos remiten a la vida ordinaria antes de la guerra. La modesta vida en un comercio, la formación como militar de élite, o las competiciones deportivas en las olimpiadas. Recuerdos sobre el amor y la familia, la crueldad innecesaria de los mandos, y los momentos de gloria caducos. Momentos extrapolables a cualquier ámbito cultural, sin embargo Eastwood nos los encuadra en el lado enemigo. En aquellos sujetos que también beben whisky, también les cuesta trabajar cavando bajo el sol, y también les duele la tripa.

Los sujetos de ambos bandos llegan al máximo grado de similitud a raíz de la lectura de una carta escrita por la madre de un soldado estadounidense que ha sido capturado. En ella se cuenta una anécdota banal sobre la fuga de los perros, escapándose por debajo la verja, y aterrorizando a las gallinas de los vecinos. La lectura en alto de la simple carta de una madre hacia su hijo asimila ambas culturas. Por medio de esta historia, Eastwood destapa el miedo; saca a flote el deseo infantil de retornar a la vida civil y cobijarse en el calor del hogar. Tanto para los japoneses como los estadounidenses. 

Entre la multitud de soldados, hay dos personajes clave que ejercen como bisagra entre ambos bandos reduciendo, así, las diferencias entre los supuestos enemigos. Éstos son el comandante Kuribayashi (Ken Watanabe) y su amigo el apuesto jinete Nishi (Tsuyoshi Ihara) que compitió en las olimpiadas de Los Ángeles de 1932. Los dos únicos personajes de los que se sabe han tenido un contacto directo con los americanos. Figuras intermedias que, al canalizar dignamente instantes de conflicto, logran intensificar las similitudes entre los soldados de cada bando. Este es el caso de la captura del soldado herido antes mencionado. Ante esta situación, el gallardo Nishi se “enfrenta” a los prejuicios de sus soldados al solicitar que le traten “como un amigo”. Sólo así, considerándolo como uno más de los suyos, podrán utilizar la morfina que les queda para curar sus heridas.

Derrotar. Vencer. ¿Cómo poner fin a la guerra?

iwojimaclint05.jpgPara Eastwood, en Cartas desde Iwo Jima, carece de interés exaltar el espíritu bélico de las partes beligerantes. Acudir a la contienda es un deber moral para los nipones. Muy a su pesar, los soldados se muestran agradecidos cuando les comunican que deben incorporarse a filas. Es una obligación como ciudadano defender su imperio. Así lo especifica el comandante Kuribayashi, quien convivió un tiempo con mandos militares estadounidenses, cuando la esposa de uno de éstos le pregunta por una posible guerra entre ambos países:

Kuribayashi: –Tendría que seguir mis convicciones.
Militar USA: –¿Quiere decir sus convicciones o las convicciones de su país?
Kuribayash: –¿No son las mismas?

Contrapuesto a los filmes bélicos sobre combatientes estadounidenses, los nipones de Cartas desde Iwo Jima no muestran afán por aplastar al adversario. El combate entre fuerzas beligerantes suele conllevar la demostración de la autoridad, el sometimiento del otro. Pero en esta película, se incide en la soledad de los soldados desamparados en la isla. Se evidencia la falta de refuerzos y la escasez de hombres. La única forma de enfrentarse a la avalancha de soldados y armas de los estadounidenses será mediante la disciplina, el coraje y, principalmente, la estrategia. Y, además, preparase para morir. Despedirse de sus seres queridos a través de las cartas, cual condenados a muerte que les conceden su último deseo. Ante la imposibilidad de salir victoriosos, morir con honor. Porque huir, dejar su país a merced de las fuerzas invasoras, sería una deshonra indigna para el resto de la vida.

“Lo mejor sería hundir esta isla hasta el fondo del mar”, confiesa el jinete Nishi a su amigo Kuribayashi. El despliegue marítimo estadounidense es abrumador; mientras que por aire sus aviones bombardean la moral de los nipones. Tal vez sea inútil defender Iwo Jima, pero en la mentalidad japonesa no cabe la posibilidad de la rendición.

iwojima03.jpgIwo Jima se ha convertido en una isla simbólica por la repercusión que tuvo su conquista. Por una parte, la derrota abriría las puertas a la entrada hacia Japón. Y por otro lado, la férrea defensa que ejercieron los soldados nipones, que implicó un elevado número de bajas entre los estadounidenses, forzaría el lanzamiento el 4 de marzo de la bomba atómica que pondría punto final a la guerra. De esta forma, el enfrentamiento entre hombres queda zanjado mediante la sofisticación técnica.

La lucha cuerpo a cuerpo produce estupefacción. En Cartas desde Iwo Jima, un soldado incrédulo con los altos valores de honor y disciplina vacua, permanece atónito ante la crueldad con que sus compañeros se ensañan con un soldado estadounidense capturado en las trincheras. El ensañamiento descarnado produce asombro e, indirectamente, inhibe los deseos de agresión. Es una acción bárbara que directamente provoca la repulsa del soldado y, como correlación, también la del espectador. Igualmente, es repudiada la acción inhumana en que un par de estadounidenses asesinan a dos prisioneros por pura pereza de tener que vigilarlos. Ambas escenas, son dos ejemplos muy precisos de la brutalidad implícita al enfrentamiento bélico.

Lanzar bombas desde el aire, lanzar fuego en los agujeros o, incluso, apretar un botón que lance una bomba a miles de kilómetros acarrea menos conflictos psicológicos al soldado que ha de ejecutar la orden de matar al enemigo. El no tener frente a sí al adversario, no verlo, no conocerlo, facilita la eficacia del ataque. Tener tan sólo una imagen demonizada del enemigo “amarillo”, basada en estereotipos que la propaganda militar se encarga de propagar, acentúa la furia del combatiente.

Por el contrario, con Cartas desde Iwo Jima, Eastwood se esmera en poner rostro a aquellos soldados nipones que, acatando órdenes, dieron su vida por defender su tierra. Mirando con objetividad, el director estadounidense pone rostro a “el otro”. Así, el enemigo deja de ser el contrapunto que acentúe el valor de los propios, para convertirse en una realidad que pueda inhibir la agresión del ejército invasor.

Siguiendo las propuestas del sociobiólogo Konrad Lorenz, el enfrentamiento cara a cara permite desarrollar mecanismos de mediación que pueden cambiar la conducta de los enfrentados. De esta forma, combatir hasta la muerte sería innecesario ya que existen conductas, gestos y acciones que conducen a la inhibición de la agresión para poder sobrevivir. Pero el desconocimiento sobre el enemigo, que a su vez suele acarrear el menosprecio de su cultura, permite aplastarlo sin remilgos. Eliminarlo sin el menor escrúpulo.

Conquistar, por los siglos de los siglos…

iwojimaclint02.jpgPelícula rodada en versión original en japonés (sin opción a versiones dobladas), denota una clara actitud de respeto hacia esa cultura. Pero esta aproximación a un “célebre” enemigo de la nación de las barras y estrellas, obviamente, no es muy del gusto del estadounidense común. Acostumbrados históricamente a lanzarse a grandes conquistas (bélicas o comerciales), pocos miramientos han tenido respecto los efectos que han provocado sus invasiones entre la población autóctona.

Ya lo enunció Wim Wenders en la post 11-S Tierra de abundancia (Land of plenty, 2004) cuando, a través del personaje de la joven voluntaria Lana (Michelle Williams), quien regresa a su país tras varios años colaborando con ONGs en África y Europa, se pregunta por qué la población no-estadounidense tiene tanto odio hacia ellos; por qué gente ordinaria, que profesa distintas religiones, puede celebrar un ataque brutal al símbolo del éxito y el poder de Estados Unidos. En frente, su tío Paul (John Diehl), fanático ex-marine, ejemplifica la simplificación reduccionista con que la mayoría de ciudadanos mira al mundo exterior.

Ensimismados en sus mundos de fantasía y entretenimiento (desde los deportes, hasta el cine y los parques de atracciones), evidenciando un supino desinterés por el conocimiento del mundo exterior a sus fronteras, y aferrados a la fe como guía de la salvación (con las interpretaciones de la Biblia que más convengan según el momento), el país permanece estupefacto cuando la sangre empieza a manar de sus heridas. Ante conflictos que se les atragantan, caso de Vietnam o Irak, empiezan a proliferar películas antibélicas como Nacido el cuatro de julio (Born on the fourth of July, 1989), El cazador (The deer hunter, 1978) de Michael Cimino, o hasta Grace is gone (La vida sin Grace, 2007). Pero su argumentación siempre parte de premisas egocéntricas, es decir, sobre lo que padecen los soldados o las familias de éstos una vez finalizada la contienda.

En cambio, Cartas desde Iwo Jima de Eastwood supone una profunda reflexión sobre el enemigo. Comprender su actitud y su entrega, aproximarse a sus temores y su sufrimiento, su lengua y sus costumbres. Esta mirada a “el otro” puede ser una buena forma de inhibir futuras agresiones, ya sean sobre Japón o cualquier otra civilización.

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