Saigo o el pragmatismo

  24 Febrero 2008

(los personajes de Cartas desde Iwo Jima)
Escribe Gloria Benito

iwojima15p.jpgEsta película de género bélico transmite un mensaje pacifista, porque presenta diferentes actitudes ante la guerra, conformando un tejido argumentativo y narrativo, destinado a suscitar el rechazo del espectador ante la barbarie y crueldad de las confrontaciones bélicas en general.

El aparente distanciamiento del director Clint Eastwood se disuelve en sutiles implicaciones en la historia narrada y, sobre todo, en uno de sus protagonistas, Saigo (Kazunari Ninokaya), ese soldado que es el hilo conductor del relato y testigo de los hechos que rodearon la derrota del ejército japonés, confinado en la isla de Iwo Jima, por el ejército estadounidense, en la segunda guerra mundial.

En este filme, Saigo representa al hombre común, a la gente sencilla sin intereses políticos, forzada a participar en un conflicto que siente ajeno. Es la imagen del sentido común, de los valores de la vida sencilla: su trabajo de panadero y su familia. No cree en esta guerra ni en ninguna, y su mayor deseo es volver a casa con su mujer Hanako, a la que dejó embarazada, y conocer a su hija. Saigo es un personaje-testigo, que sobrevive milagrosamente a los ataques de un enemigo mucho más poderoso, y va evolucionando a la vez que se desarrolla el argumento.

Pasa de una actitud lejana e irónica al asombro y el dolor por la crueldad de la muerte de sus compañeros. Al comienzo, Saigo se expresa de forma desenfadada e irónica ante sus colegas,  mientras cava  zanjas inútiles:

“¡Maldita isla!  Por mí que se la queden ... No tiene nada de sagrado” (refiriéndose al monte Suribachi).
–“Podríamos regalársela a los americanos... así podríamos irnos a casa”.

iwojima10.jpgSus héroes no son sus mandos militares, sino personas como el Capitán Nashi, campeón olímpico, apuesto y supuestamente mujeriego. Saigo se fija en su pistola y piensa que quizá se la haya robado a un soldado americano, identificando así el valor militar con  el del atleta que gana galardones sin pegar tiros.

Saigo muestra siempre de forma contundente su rechazo a la guerra y se resiste a participar en ella de forma voluntaria. Manifiesta su disgusto ante las expropiaciones militares (“se llevaban el pan, la carne... y  finalmente las bandejas para fundirlas”)  y su rechazo a la tradición representada por la madre de su mujer, que considera un deber y un honor ir a luchar al frente (“todos hemos colaborado con hijos y esposos”).

Sus valores giran alrededor del dolor por la separación de su mujer y la ternura con que la tranquiliza en la inevitable despedida, cuando pone el oído en el vientre de su esposa embarazada y habla con cariño a su futuro hijo, transmitiendo a los suyos serenidad y esperanza.

Sin embargo, Saigo, como en tantas películas de Clint Eastwood, es consciente de su destino trágico hacia la muerte, consciencia de la que participan sus compañeros soldados. Su mujer le dice: “¿Qué voy a hacer cuando no vuelvas?”; y el amedrentado Shimizu (Ryo Kase) se sujeta la cabeza y, aterrorizado ante las terribles explosiones, desea y espera la muerte.

Pero la evidencia de la muerte no impide el rechazo de un concepto de valor asociado al patriotismo. De nuevo el sentido común se impone al discurso patriotero de la jerga militar y sus tópicos. Saigo y su amigo Nozaki conversan entre explosiones. La imagen del caballo muerto del capitán Nashi se superpone a la conversación:

–“Tendremos suerte si nos cavan una fosa”.
–“¿Todos moriremos, no? Ese es el plan".
–“Morir por la patria es un honor”.
–“Murió de honorable disentería”.

iwojima04.jpgTampoco entiende después, cuando las cosas se ponen feas y la derrota es inminente, la reacción de sus superiores al suicidarse como kamikazes. Y es que Saigo es la representación del pragmatismo del superviviente. Lo que más desea es que no le maten, y por eso siempre atiende aquellas órdenes que más le convienen a su fin. Desoye las de los mandos fanáticos como el general Hayashi y más tarde el capitán Hito, que poseído de “ardor patriótico” acaba tumbado entre cadáveres con dos minas sobre el vientre para así hacer el mayor daño al enemigo yanqui.

Es ese pragmatismo el que hace que Saigo se arrastre y corra detrás de su grupo con el único fin de salvar su vida. “Un soldado muerto no sirve para nada”, le dice a Shimizu. “Podemos morir aquí o continuar luchando”, es su argumento para continuar vivo. Es, pues, la necesidad de esperanza lo que mantiene a este personaje en pie, y le obliga a avanzar y a resistir a pesar de las privaciones y del miedo. Su mirada expresa el terror y el dolor de la misma forma en que la sangre salpica las fotografías que sostiene en sus manos.

Ese mismo pragmatismo se contagia al débil y atormentado Shimizu, cuyo problema conocemos por la retrospección en la que se muestra su degradación y destierro a Iwo Jima: su delito fue no haber realizado una acción de crueldad innecesaria, como matar el perro de una familia que no ha colgado en su casa la bandera imperial. De nuevo se denuncian la arbitrariedad y barbarie de un ejército impregnado de valores como el honor de una patria despiadada que devora a sus hijos.

iwojima05.jpgPero la esperanza de Shimizu es vicaria, delegada por la seguridad de Saigo y los propios acontecimientos. Asombrado de la humanidad del capitán Nashi cuando atiende e interroga a un prisionero estadounidense, siente que puede salvarse si deserta, pues el enemigo será igualmente compasivo. Curiosamente, es su “fajín de las mil puntadas”, aquel que, según la superstición, impediría que una bala lo matase, lo que enarbola como bandera blanca. Y con ella muere en la mano al ser fusilado por un soldado yanqui que no quiere hacer guardia.

Saigo es también un personaje tocado por la buena suerte. Sus superiores, Nashi y Kuribayashi, lo salvan de la muerte: una vez mandando detenerse al fanático Hito cuando está a punto de decapitarlo por desobedecer la orden de suicidio; y otra, cuando el general le ordena quedarse en la cueva para destruir fotos y documentos, mientras el resto de la tropa sale a combatir y morir.

Aunque Saigo no está dispuesto a morir por su patria, sí lo está por las personas a las que admira y respeta. Por eso se lanza contra los soldados americanos, enloquecido y violento, con una pala como única arma, al ver la pistola del general en manos del enemigo. Sus lágrimas al despedirse del general Kuribayashi y enterrarle después, nos hablan de la humanidad de la gente excepcionalmente sencilla, de sus miedos y del dolor por unas muertes absurdas.

Al acabar el filme, Saigo vuelve la mirada hacia el espectador, desde la camilla en que se encuentra tendido. Es una despedida, pues la película se acaba, pero también un gesto de complicidad hacia todos aquellos que, junto a Clint Eastwood, sienten la guerra de la misma forma que este personaje. Y es que Saigo es un hombre de ideas claras. Cuando Kuribayashi le felicita por ser un buen soldado, aquel contesta: “Yo sólo soy panadero”.

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