El amor en tiempos de guerra

  24 Febrero 2008

(el clasicismo de Cartas desde Iwo Jima)
Escribe Eva Cortés

iwojima06.jpgClint Eastwood, como ya sabéis, dirigió el año pasado dos películas de una misma batalla Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima, para mostrarnos los dos bandos, las dos verdades, para que no hubiera buenos y malos, para ver los sentimientos de todas las personas. Una gran idea. La que me ocupa ahora, es la que cuenta la versión japonesa.

Por desgracia, nunca se puede ser tan verosímil cuando se rueda una película histórica como a uno le gustaría y hay que buscar recursos para aumentar espectadores. Está comprobado que ninguna película que se dedique a contar punto por punto una batalla, y ofrecernos datos históricos sobrevive a la taquilla. Es por esto que Cartas desde Iwo Jima sigue un planteamiento bastante clásico en cuanto al cine de batallas se refiere, esto es, dos acciones paralelas: la de los personajes reales que ofrecen una visión general de la contienda y suministran los datos históricos imprescindibles, y luego la de los personajes ficticios, soldados de a pie que ofrecen una visión más humana con la que el espectador puede identificarse.

iwojima13.jpgAsí, esta película es, entre otras cosas, un repaso a los sentimientos que todo soldado siente cuando está lejos de su casa. Historias cotidianas que hacen que veamos al soldado como una persona corriente lejos de un súper héroe y que recordemos que están allí por obligación, sacando fuerzas para sobrevivir y recuperar su anterior vida. Entre estas historias descubrimos la del panadero, Saigo, que se entristece cada vez que recuerda que no ha conocido a su bebé; la del policía al que nunca se le ha reconocido su labor; y la del el general Tadamichi Kuribayashi, con un gran conflicto en su fuero interno, al tener que combatir contra quienes consideró un pueblo amigo hasta antes de la guerra.

Como digo, nada nuevo en este género cinematográfico. Al igual que ha narrado tanto en ésta como su inversa, Banderas de  nuestros padres, lo hizo en su momento Steven Spielberg al rodar Salvar al soldado Ryan. En ella se contaba la búsqueda entre trincheras de un soldado, único superviviente de una familia de cuatro hermanos. También lo utilizó Terrence Malick cuando grabó La delgada línea roja, en la que se preocupó por que conociéramos las motivaciones de los soldados por la lucha.

Y no es que esté mal esto de mezclar el amor y la guerra, al contrario, creo que es un buen recurso que, usado adecuadamente, puede enriquecer mucho la narración. Sin embargo, creo que Clint Eastwood se excede un poco en todo ello. Porque no conforme con esto, recurre también para conseguir su objetivo (comprender la cultura japonesa y sus motivaciones), al amor hacia los débiles, a la sensibilidad excesiva.

iwojima14.jpgPara aumentar la carga dramática de un filme es todo un tópico recurrir a que uno de los personajes más carismáticos quede inválido, incluso a veces va unido al suicidio de éste mismo por impotencia. Por poner un ejemplo, y siguiendo así con la comparación, en Salvar al Soldado Ryan encontramos a Tom Hanks, protagonista del filme que interpreta al capitán John H. Miller, a quien una de las bombas lo deja sordo. Este escena fue una de las más entrañables de la película y de las más recordadas. En Cartas desde Iwo Jima, un oficial queda ciego por una de las bombas cuando se encontraba dentro de una de las galerías subterráneas y después de que su tropa lo deje solo para continuar con la lucha se suicida. Esta vez, en mi opinión una escena totalmente innecesaria, que podía haberse resuelto de otra manera mucho menos dramática.

No puedo terminar sin hablar del otro sentimiento latente, el amor por la patria. Un amor comprensible siempre que no se llegue a extremos. El problema es que, por desgracia, muchas ideologías hacen de él toda una masacre. En la actualidad son de sobra conocidos ejemplos de los que estoy hablando.

iwojimaclint10.jpgEntre estas crudezas a las que se llegar por amor a la patria está la inmolación, como ocurrió entre los soldados japoneses en la Segunda Guerra Mundial y como sucede hoy en Palestina con los iraquíes. Este punto, sí creo está tratado con una genialidad inmensa en la película. El Teniente Ito inculca a sus hombres el sentimiento del honor. Para él, ante una situación vencida es mejor acabar uno mismo con su vida a que lo haga el enemigo. Idea de crueldad extrema y, como digo, muy bien resuelta, porque Clint nos hace pensar con ello en la diferencia de la cultura japonesa con otras. Como ellos lo hacen únicamente por honor y no por la búsqueda del reconocimiento de su Dios, matando también a inocentes, como en el ya citado caso iraquí o iraní. 

En resumidas cuentas, Cartas desde Iwo Jima es una película bélica, con mucho amor, demasiado podría decirse. Contada de forma clásica y con todos los recursos dramáticos de una película de este género; eso si, con un buen objetivo, mostrarnos el otro lado de la moneda, conocer mejor la cultura japonesa y la realidad que los soldados vivieron en el subterráneo de la isla.