Elegía

  24 Febrero 2008

(a propósito de Cartas desde Iwo Jima)
Escribe Patricio Ruiz

Elegía... por un ejército muerto. No es ciertamente el estilo al que nos tiene acostumbrados Hollywood, siempre habituado a transformar desastres militares como El Álamo (El Álamo, El desertor de El álamo...) o Litle Big Horn (Murieron con las botas puestas, Fort Apache...) en grandiosas epopeyas, iwojimaclint03.jpgo a transformar a los espartanos en superhéroes. No es ciertamente el punto de vista actual de Clint Eastwood. Cierto que el ejercito que retrata es el enemigo (los japoneses), pero creo que al humanizarlos los ensalza más que con cualquier otro tratamiento.

El cine americano bélico acostumbra a presentarnos al oficial al mando, en este caso el Comandante en Jefe japonés, como un oriental bajito, barrigudo, con bigote y gafas de muchísimos aumentos. Y torpe, además. En esta película no ocurre eso.

El filme está basado, según se indica en los créditos, en un libro titulado Cartas y dibujos desde Iwo Jima del Comandante en Jefe japonés. Es, él, uno de los protagonistas de la película y no se ajusta al arquetipo de otras películas del género.

Se nos presenta como alguien que compagina totalmente las facetas humana y militar. Es letal con los enemigos y padre para sus subordinados. Tiene en su puesto un fuerte handicap: se siente amigo de los americanos y los admira. En su círculo se habla de  que uno de sus camaradas, perteneciente a la Caballería y Campeón de Salto de los Juegos Olímpicos de EEUU, se encuentra entre los invasores pero admirados amigos. Él sería quien le aconsejaba que dejara las armas y se entregase. He dicho “los invasores” porque Iwo Jima fue la primera batalla de la campaña del Pácifico librada en suelo japonés. Eso provocó que la resistencia del ejército japonés produjese tantas bajas que el gobierno americano desechó la idea de invadir Japón, decidiéndose por el lanzamiento de las bombas atómicas.

La película ofrece una panorámica general sobre el ejército japonés. Así, entre los soldados, aparece el panadero-soldado que no sabe ni disparar y al que sólo le preocupa el pequeño mundo iwojima09.jpgde su familia y no las megalomanías de un Emperador al que casi nadie ha visto, por ser una especie de dios. Los camaradas que le rodean son muy parecidos en sus actuaciones.

Un personaje que parece fuera de lugar en esta isla es el ex aspirante a Oficial que purga allí su falta de cualidades o su exceso de humanidad. Por encima de él se encuentran los oficiales, una casta casi monolítica que no duda del Emperador y su “divinos” designios.

A lo largo del filme coinciden varias veces los dos personajes extremos citados, el panadero-soldado y el Comandante en Jefe. Ambos expresan en sus cartas lo que no pueden decir en voz alta: misivas entrañables y, en las del oficial, incluso se incluyen dibujos.

Curiosamente, lo que cambia el punto de vista del pelotón es la carta, que, desde Oklahoma, lleva el americano herido y que lee en voz alta el oficial. ¡Es tan parecida a las suyas...! A partir de ese momento, y sabiendo que la batalla está perdida, cada militar toma una personal decisión: unos se suicidan, otros de lanzan a un ataque que también significa un suicidio, otros, en fin, desertan.

iwojima12.jpgEl General, encabezando un ataque sin posibilidades, cae herido. Buscando una muerte honorable, según el código militar japonés, pretende que su ayudante lo remate con la espada. No es posible, ante la muerte de éste. Ahí aparece el panadero-soldado, quien consideraba que la isla era una mierda.

El General, una vez asegurado que está en tierra sagrada, se suicida con el revólver obsequio de los americanos, no sin antes pedirle al panadero-soldado que sepulte su cuerpo. Es lo que mejor sabe hacer el panadero-soldado, un mal soldado, pero convertido en un experto “cavador” de tantas trincheras, zanjas y letrinas como ha tenido que hacer. Su experiencia en tan “difícil arte” es tal que el General en Jefe nunca ha sido encontrado. Así se cumple la máxima de Saint Exupery: “los grandes soldados no mueren, se desvanecen”.

iwojimaclint04.jpgEl panadero-soldado volverá para encontrarse con el enemigo que se ha apoderado del arma de su sagrado General, por ello los ataca... con la pala que lleva, el arma (su útil de trabajo) que siempre mejor ha manejado. En ese “encuentro” caerá herido, siendo conducido a la playa.

Eastwood culmina ahí con un plano simbólico la película: el soldado contempla cómo se produce el ocaso del sol. Una forma implícita de contraponer ese instante a lo que representa “su” bandera: el sol naciente.