Policías de pacotilla

  24 Febrero 2008

Escribe Daniela T. Montoya

zodiac04.jpgEl cine, al igual que otras artes, es testimonio de la historia. Las películas son pedazos de historia en un doble sentido. Porque, por un lado, pueden recrear períodos históricos o realidades particulares. El imperio romano lo hemos revivido a través de la piel del heroico Charlton Heston. A su vez, Sofia Coppola, sumergiéndonos en la diversión constante de Maria Antonieta, nos ha mostrado un punto de vista diferente de la revolución francesa. Por otro lado, En construcción (2001), de José Luís Guerín, revela los efectos colaterales de la renovación del casco viejo de Barcelona.

Pero también, las predominancias estéticas de un período son huellas difusas del ánimo social. Así, períodos de peplums y grandilocuencia, de forma similar a la ostentación barroca que caracterizó los siglos XVII-XVIII, no reparan en costes para captar la atención mediante el derroche en lo espectacular. O los westerns, que fluctúan entre el afán de conquista y la veneración del héroe solitario.

Asimismo, hay películas que conjugan ambas vertientes. Se alimentan de la documentación histórica para articular una trama (ficticia o, al menos, ficcionalizada) que denota el estado de (des)ánimo del conjunto de la población. Este es el caso de Zodiac (2007), título que apela al nombre críptico de un asesino en serie. Criminal que ha dejado su huella en la historia del crimen en Estados Unidos. Principalmente por la relevancia que obtuvo al poner en jaque a la policía, más que por la serie de asesinatos que cometió. Incapaces de averiguar su identidad, la competencia de los diferentes estamentos policiales se pone en entredicho. La obsesión y el instinto de los agentes sustituyen a la investigación sistemática y la efectividad. Mientras, la proyección pública que le otorgaron los medios de comunicación generó un estado de psicosis colectivo en la población estadounidense. El paso del tiempo ha mitigado la fascinación que causó el asesino del zodíaco, pero el caso, casi 40 años después, sigue irresuelto. Entonces, ¿por qué volver, ahora, a hurgar en un caso tan frustrante?

La forma con que David Fincher aborda en Zodiac la problemática del asesino en serie y la improductiva investigación policial resulta similar a Ciudadano X (Citizen X, 1995) (1). Ambas películas, basadas en hechos reales, muestran un psicópata desarrollando su vida como un hombre vulgar. Un hombre ordinario, hasta cierto punto reprimido y frustrado por la falta de éxito social, que aún así es capaz de generar el pánico entre su población a través de la sucesión de asesinatos inconexos. El criminal, espejo de la ineficacia policial, echa por tierra la imagen de eficiencia que suelen tener las fuerzas de seguridad. La prolongación en el tiempo de casos irresueltos destruye la confianza que los ciudadanos depositan en la policía.

zodiac10.jpgSe rompe lo que Anthony Giddens denomina “seguridad ontológica”, ese abandono cándido ante la creencia de hallarse en buenas manos, de sentirse a salvo de todo mal al repetirse la rutina de la vida cotidiana. Pero esa confianza ciega en la capacidad de la(s) policía(s) se sustenta sobre la imagen fantaseada que se genera al “desear” sentirse en buenas manos. A su vez, las películas y series de televisión sobre investigaciones alimentan esta fantasía de heroicidad ficticia (cuya autoridad suele basarse en tecnicismos, desde las películas de Sherlock Holmes, a las series de CSI). Se ha producido una distancia entre la imagen que se proyecta sobre los agentes de seguridad y la realidad, en donde la solución del caso no está escrita en un guión.

Fincher incide en esta fractura al incluir un fragmento de la película Harry, el sucio (Dirty Harry, 1971), donde los apuestos investigadores, al resolver el caso sin demasiadas complicaciones, siembran la tranquilidad entre la población ofreciendo la dosis oportuna de eficiencia. En ella, la vida común de la población recobra su orden rutinario. Por el contrario, tanto Zodiac como la mencionada Ciudadano X, cuestionan la capacidad que tiene el Estado (delegando en los funcionarios correspondientes) para resolver un problema de amenaza real para la vida de sus ciudadanos.

El asesino

zodiac14.jpgLas películas que versan sobre asesinos en serie tienden a caer en la idolatría. Bien sea por acentuar su excentricidad, bien por “admirar” su salvajismo, abordan la figura del criminal como si fuera un mito. Alguien excepcional, en su locura, cuyas acciones brutales desbordan a los seres mundanos. Ahí están el psiquiatra Hannibal Lecter (Anthony Hopkins) de El silencio de los corderos (The silence of the lambs, 1991); o Ed Gein (quien da título a la película estrenada en el año 2000) y tantos otros psicópatas sanguinarios.

Sin embargo, David Fincher no se deja fascinar por el asesino del zodíaco. En Zodiac, el criminal en sí mismo no es el protagonista de la historia. No es la figura principal, sino el motivo que vehicula el centro de atención de la película, a saber, la investigación.

Para los espectadores, el asesino del zodíaco no tiene apenas misterio. Desde la primera escena aparece sin tapujos su figura en la oscuridad. Incluso en poco tiempo, gracias a las declaraciones de testigos, la policía cuenta con un retrato dibujado. Pero con todo, no se desvela su identidad, porque ni aún hoy en día las autoridades saben a ciencia cierta de quien se trata. Fincher no oculta su apariencia, pero tampoco sentencia quién es Zodiac. Un hombre de complexión ruda aparece en los lagos, a plena luz del día; una voz grave acude a la cita telefónica; y una caligrafía alocada e infantil transcribe sus deseos al papel. Su aspecto no inquieta a las parejas a las que merodea. Ni siquiera dos agentes de policía, al cruzarse con él ante la llamada del asesinato de un taxista, le prestan demasiada atención. Porque, en definitiva, quien dice llamarse Zodiac es un hombre corriente. Uno más de entre los trabajadores anodinos de la América de finales de los años sesenta. Su mayor incógnita, su identidad. Su rasgo psicológico más destacado, su afán de notoriedad. Y su entretenimiento más divertido, flirtear con los “maderos” hasta mofarse de ellos en sus narices (2).

La policía

zodiac4.jpgPrincipalmente, son dos los detectives que protagonizan la investigación policial. David Toschi (Mark Ruffalo) y William Armstrong (Anthony Edwards) ponen rostro a los investigadores que han de capturar al psicópata. Aparentemente serios y sistemáticos, su eficacia se hunde ante la ineficiencia del sistema. Aunque tengan sus pequeñas manías (como estar constantemente pensando en comer galletitas), no son estúpidos. Están bien instruidos en el buen hacer policial. Saben rastrear las pistas; tratan de contrastar datos; y, muy a su pesar, se mantienen dentro de los márgenes de la legalidad. Aún así, sus pesquisas quedan en mero papel mojado. Cuantiosos detalles, numerosos indicios, pistas vagas, pero ninguna prueba útil. La incompetencia de los investigadores, incapaces de hallar pruebas incriminatorias, junto con la carencia de coordinación entre las distintas jurisdicciones, hunde en la frustración a David y William. Las únicas pruebas fehacientes con las que cuentan son las elucubraciones mentales que Zodiac les envía en forma de mensaje críptico. A partir de ahí, sólo les queda divagar sobre análisis grafológico, que finalmente les conduce a un camino sin salida.

Siempre a remolque de los mensajes cifrados que envía Zodiac a la prensa (3), su deambular por la redacción del San Francisco Chronicle se convierte en rutina. La sala de juntas del periódico se transforma en centro neurálgico de la investigación. Allí acuden habitualmente, arrastrando su resignación ante la dimensión pública que ha adquirido el caso. Los medios de comunicación, que tanto fascinan al psicópata como al conjunto de la población, les han robado el caso. Es espectáculo se apodera del juicio analítico. La prensa, la televisión, la radio e, incluso, el merchandising, ha arrebatado a los detectives la “propiedad” del caso. El asesino del zodiaco es ya un asunto público.

zodiac13.jpgZodiac se les escapa de las manos porque éste se ha convertido en una representación de sí mismo. Él tiene el control de la investigación. Fue él quien inició la representación de su búsqueda enviando unos mensajes tramposos a algunos periódicos locales. La publicación de sus misivas, a las que accedieron las redacciones bajo las amenazas de realizar matanzas, alimentan su ego. Las ansias de ser el centro de atención le llevan a apropiarse de asesinatos cometidos por otros. Zodiac se autoadjudica decenas de crímenes que despistan aún más a la policía.

Los agentes no son estúpidos, pero la sobredimensión que ha adquirido el caso les sobrepasa. Solicitan la ayuda ciudadana, pero el efecto del llamamiento es contraproducente. Se produce una avalancha de llamadas, anecdóticas la mayoría, inquietantes otras. En cualquier caso, la escasez de recursos para gestionar la abundante información que reciben, acaba por colapsar sus posibilidades. Ni tan siquiera hay medios para cruzar los datos con otras jurisdicciones. La descoordinación entre las distintas policías, siempre contactando por vía telefónica, se hace evidente entre el caos de llamadas. Las distintas policías, funcionando como entes autónomos dentro de su demarcación, coartan las posibilidades de hallar un culpable. Como en el viejo oeste, el sheriff sólo es responsable de lo que ocurre en su cerco. La indeferencia (¿insolaridad?), pues, ante lo que le pase al vecino, es el pesado lastre que arrastran los investigadores estatales. Ante esta desoladora incomunicación, sólo el empeño puede dar algún fruto.

El periodista

zodiac09.jpgComunicar la noticia antes que los demás es el aliciente de cualquier periodista. Como tal, Paul Avery (Robert Downey Jr.) se lanza sobre el caso del asesino del zodiaco. Avezado veterano, sigue sus propios medios para indagar cualquier dato que le desvele la identidad del psicópata. Este instinto cazador de noticias, le aproximan a el novato caricaturista Robert Graysmith (Jake Gyllenhaal). Tímido, inseguro, procurando estar siempre presente, pero en la sombra, recuerda al superman-periodista Clark Kent (Christopher Reeve). Sus poderes especiales se concretan en su capacidad (heredada de sus entrenamientos de scout) para descifrar criptogramas. Ambos, de forma paralela a la investigación policial, realizan sus peculiares pesquisas. Y ambos, al igual que los dos agentes, David y William, se adentran en un pozo sin fondo. La obsesión será la piedra que les hunda hasta el fondo.

Es notable la degeneración que sufren aquellos que se involucran en la investigación del caso de Zodiac. La frustración que arrastra la pareja de agentes por las calles de San Francisco acaba jubilando a William. Por su parte, Paul, el periodista experimentado y carismático, queda sentenciado por el alcohol y la coca. Refugiados en su hogar, optan por apartarse, tratar de olvidarse de Zodiac. El nuevo objetivo que se imponen es dejar atrás el quebradero de cabeza en que se ha convertido la identidad del psicópata.

Continúan con su particular obsesión el detective David y el caricaturista Robert. Convertidos en nuevos compañeros de viaje, el policía encauza los envites del dibujante. Su pasión es enfermiza. Hasta tal punto llega el ensimismamiento de éste último, que es incapaz de ver cómo se hunde su familia. Con el paso de los años, en paralelo a la investigación, Robert ha encontrado una nueva chica. Una mujer sencilla, preocupada por la obcecación de su marido. Él no logra pasar página. David le advierte: “La gente se hace mayor, se olvida”, le grita en el portal de su casa, pero él sigue obstinado en descifrar la identidad encriptada. Con la mirada perdida entre miles de recortes de periódico sobre Zodiac, sacrifica su familia por su obsesión. Al fin y al cabo, la fascinación que genera Zodiac sobrepasa todos los límites.

zodiac07.jpgEl asesino del zodiaco, un hombre que seguramente pasaba desapercibido entre sus vecinos, se apoderó de las vidas de una parte de los estadounidenses durante los años setenta. Lo que comenzó siendo un juego de habilidad descifrando mensajes, se convirtió en el deleite de un psicópata por convertirse en el centro de atención de los medios. Siendo el protagonista de su propia función, Zodiac controló la psicosis de la población y el rumbo de la investigación. Hechizados, seducidos o aterrorizados, tanto la gente común como los policías y los periodistas bailaban la música que él les ponía.

De igual forma, la película Zodiac queda subordinada al personaje que le da título. Rehuyendo el fácil deslumbramiento que genera un personaje tan suculento, Fincher escruta el proceso de desánimo y decaimiento de los involucrados en su persecución. El asesino del zodiaco, junto con el espectáculo que generó en su entorno, se mofó de la confianza que los estadounidenses habían depositado en la policía. Se apropió de sus vidas, les infundió pavor, y hasta les robó el ánimo de luchar por la justicia.

*****

(1) Si bien en la película que dirigiera el polifacético Chris Gerolmo el asesino mostraba una evidente patología sexual, en Zodiac, Fincher no se arriesga a determinar el perfil patológico del asesino. Tampoco es que sea de interés centrarse en hallar los orígenes psicológicos que den una explicación a sus acciones.

(2) En uno de los mensajes que envía a la redacción del periódico, Zodiac afirma: “Disfruto ridiculizando a los maderos”.

(3) Ya en su segunda película, Seven (Se7en, 1995), David Fincher concebía al psicópata como el motor de la acción. Los investigadores interpretados por Brad Pitt y Morgan Freeman, por más que se esforzaban en anticiparse, siempre iban a rebufo del asesino. Incapaces de alcanzarle, el hecho de que el criminal logre su objetivo, al igual que en Zodiac, deja un regusto pesimista. Ni en una ni en otra, la ley puede imponerse por sobre la voluntad del asesino.