La amistad traicionada

  04 Enero 2008

Escribe Marcial Moreno

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  Sam rodando Grupo salvaje

Los hombres duros del lejano oeste también tienen sentimientos. No son exhibicionistas con ellos, pero si prestamos atención encontraremos detalles que los delatan. Entre esos sentimientos es recurrente el de la amistad, casi siempre entre hombres, y siempre sobreentendida, lejos de cualquier proclamación. Quizá ni siquiera ellos mismos sean conscientes de poseer semejante debilidad, no podrían permitírselo, pero nosotros, que los conocemos más de lo que se conocen ellos, podemos atestiguarlo.

Las películas de John Ford están repletas de gestos, miradas, risas, ademanes sutiles, elementos todos ellos que apuntan a lo esencial, a fidelidades inquebrantables que siempre acaban superando las disputas momentáneas para proyectarse en el tiempo. Es uno de los recursos de los que se vale Ford para humanizar a sus personajes, inmersos casi siempre en situaciones agresivas y enmarcados en escenarios violentos, sirviendo además para trazar con la maestría que le caracteriza el perfil psicológico del vaquero. Estamos en la plenitud del western, en una mirada hasta cierto punto idealizada hacia una época y un lugar, donde hasta los comportamientos inmorales poseen grandeza, y donde los sentimientos y valores más elevados acaban siempre imponiéndose.

Pero llega Sam Peckinpah, y con él esta idílica comprensión se degrada. La grandeza de sus películas debe mucho a su extraordinaria capacidad para dar la vuelta a las claves del western, a todas ellas, pero al mismo tiempo haciendo posible que sigamos percibiendo el aroma de los grandes clásicos. Y como resultado de esa inversión nos encontramos ante una conducta que difícilmente asumiría un héroe fordiano, esto es, traicionar a un amigo. La amistad sigue presente, como lo están todos los elementos definitorios del género, pero teñida por la amargura que acompaña a su perversión.

duelo_alta-1.jpgTres películas nos servirán para mostrar el tratamiento que da Peckinpah a este tema, tres películas que además, tomadas en orden cronológico, nos servirán para entender la evolución que experimenta su visión del problema. Se trata de Duelo en la Alta Sierra, Grupo salvaje y Pat Garrett y Billy the kid.

En la primera de ellas dos vaqueros venidos a menos (una constante en todos sus westerns) se reencuentran casualmente y acuerdan colaborar en un trabajo de riesgo, sobre todo para la integridad moral de quienes lo realizan: transportar un cargamento de oro y defenderlo de los bandidos. La honestidad del personaje interpretado por Joel McCrea (Steve Judd) permanecerá intacta durante toda la película, pero no así la de Gil Westrum (Randolph Scott), quien se embarca en la aventura con otras intenciones, es cierto que no con el propósito deliberado de traicionar a su amigo y hacerse con el botín, pero sí con la esperanza de convencerle para que se lo repartan. Ante la solidez moral de Judd, Westrum acaba optando por la traición, aunque la vieja unión con su amigo acabará imponiéndose cuando, aún arriesgando su vida, vuelva para ayudarle.

Los viejos valores del western se imponen al fin, si bien el carácter terminal que poseen esos valores queda sobradamente remarcado: por una parte, en la actitud del joven, para quien la honradez no juega ya ningún papel; y por otra, en la magistral resolución de la película. Peckinpah planifica el duelo que da título al film de modo que los viejos amigos Judd y Westrum aparecen en el mismo plano, mientras que el contraplano de los hermanos nos lo presenta individualmente. El resultado no puede ser otro que la muerte, en este caso de Westrum, es decir, la destrucción de la unión de los viejos vaqueros, o lo que es lo mismo, de un modo de comportarse, la de una moral que ya no existe, que desaparece con ellos. Duelo en la Alta Sierra es la despedida a una actitud extemporánea, y que ni siquiera Peckinpah volverá a retomar.

grupo_salvaje-1.jpgEn Grupo salvaje ya no existe el viejo oeste. El marco geográfico se ha trasladado desde Monument Valley (Ford) a la frontera mexicana, y los héroes son delincuentes enfrentados a otros delincuentes. De nuevo dos antiguos amigos cruzan sus caminos, pero esta vez sin posible reconciliación, abocados a la mutua destrucción. Y aunque el recuerdo de la amistad permanezca, no deja de ser una nebulosa de algo que se sabe extinto. No importa que cada uno de los ahora rivales reconozca las virtudes y los motivos del otro, no importa que su enfrentamiento se viva con dolor (Dek Thornton sólo sonríe al final de la película, cuando se ha liberado de la presión al cumplir su trabajo), ni que se sea consciente de la inmoralidad de la propia inmoralidad, nada de ello impide consumar la traición. Y los motivos, de nuevo, están desprovistos de toda grandeza: cumplir la palabra dada al ferrocarril para librarse de la cárcel. No caben subterfugios ni excusas, el interés propio prevalece sobre cualquier valor que se le contraponga.

Como Harrigan dice en un momento dado a Thornton: “Tú eres mi Judas favorito, querido Thornton”. La vieja amistad, por tanto, no pasa de ser un recuerdo más molesto que otra cosa, en ningún caso una guía que respete viejas fidelidades. La redención final que Duelo en la Alta Sierra proponía está aquí completamente ausente, y aunque Thornton reconozca al final que los trabajitos no serán lo mismo, ello no ha alterado su implacable persecución.

El último escalón en esta degradación lo constituye Pat Garrett y Billy the kid. Si en Grupo salvaje Thornton se veía obligado a colaborar con la ley, aquí el viejo amigo es la ley misma. Si allí la traición era llevada con incomodidad, ahora está perfectamente asumida, sin remordimientos que la pongan en duda. “Es como si los tiempos hubieran cambiado”, le dicen a Billy. “Los tiempos sí, yo no”, responde éste. Y vaya si han cambiado. Billy es quizá el último héroe del cine del oeste. Con él se puede decir que queda clausurado un género. No más idealismo, no más nostalgia, la crudeza de la realidad se impone. Como dice Pat, él sólo quiere ser rico y llegar a viejo, ¿qué importa lo demás? Para conseguirlo puede venderse incluso a los que quieren encerrar el viejo oeste con alambradas, a quienes representan lo que él fue y ya no es.

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  Peckinpah rodando Pat Garrett...

Toda la película es la búsqueda del viejo amigo para acabar con él, pero en realidad Pat Garrett a quien persigue es a sí mismo, a lo que fue y ya no quiere o puede ser. Cuando finalmente se encuentran y Billy intenta localizarlo contándole historias de su vieja amistad, Pat permanece inmutable; ese tipo de argumentos ya no tienen efecto sobre él, pues él mismo ya no es quien rememora Billy en sus recuerdos. El asesinato de Billy es en realidad un suicidio (el disparo en el espejo lo muestra con total claridad), y es a la vez el golpe de gracia al viejo héroe fordiano.

Con el asesinato de Billy el niño a manos de Pat Garrett se inaugura una época, la nuestra, la que se sustenta en los ideales de la comodidad y el bienestar propio por encima de cualquier otra cosa, ajena por tanto a reliquias como la solidaridad o el sacrificio a favor de los demás, ajena también a la auténtica libertad. La fidelidad del viejo vaquero, ese reconocerse y aceptarse en el otro resulta ya ininteligible. Mostrándonos hasta dónde hemos llegado, Peckinpah está enalteciendo a John Ford, a su visión del mundo. Y aún hay quien sigue tachándolo de reaccionario.