La espalda de Clint Eastwood

  12 Diciembre 2006

Escribe: Marcial Moreno

Cuenta la leyenda que una vez le preguntaron a John Ford qué era el cine, y éste, siempre tan parco en palabras (“mi nombre es John Ford, y hago westerns”), respondió: “¿Usted ha visto andar a Henry Fonda?, pues eso es el cine”. Sobre las particulares formas de caminar tenemos algún otro testimonio interesante, esta vez no legendario sino real. Es el que nos ofreció Fernando Rey a propósito del rodaje de El discreto encanto de la burguesía, película en la que un grupo de burgueses deambula sin fin a la espera de poder finalmente sentarse juntos a comer. Comentaba el actor español que Buñuel ponía un extraordinario énfasis en conseguir una determinada velocidad en el caminar de los personajes, hasta el punto de que no se daba por satisfecho hasta que conseguía un ritmo que resultaba especialmente incómodo a los actores, pero, añadía, eso se tradujo después en la pantalla en unos movimientos dotados de un magnetismo especial.

Así pues, en el mundo del cine, andar no es cualquier cosa. Y si necesitamos más pruebas no hay más que ver cómo anda Clint Eastwood en Million Dolar Baby. Son numerosos los planos en los que vemos al actor-director de espaldas y alejándose, y lo cierto es que no camina de cualquier forma. Incluso diríamos que en esa manera de desplazarse está contenido todo un tratado sobre el personaje, cuando no sobre la película entera. Sus movimientos son lentos, pausados, pero no cansinos. Parece más bien como si arrastrara una pesada e invisible carga que no le permite mayor velocidad, y, a fuerza de reconocer y soportar ese lastre, ha adoptado finalmente la actitud resignada de quien sabe que no le queda otra alternativa que convivir con él. Además, su espalda, mínimamente encorvada, sus hombros, levemente inclinados hacia delante, o la peculiar disposición de sus brazos, permiten adivinar el peso que soportan.

Todo ello queda perfectamente resumido en el maravilloso plano, casi al principio de la película, en el que Frankie (Eastwood) se arrodilla junto a su cama para rezar antes de acostarse. Tras hacerlo se sienta (de espaldas) en la cama y se detiene un breve momento de abandonarse al sueño. En ese plano, y en las palabras que pronuncia, se desvela la naturaleza de su peso: Frankie es esclavo de su pasado, lleva consigo toda su vida pretérita, sus errores, sus culpas. La escena a la que nos referimos no es otra cosa que el intento frustrado de desprenderse de su carga, como lo son también las constantes visitas a la iglesia, o las insistentes cartas a su hija, siempre devueltas. En cierto modo el futuro de Frankie no es otra cosa que el intento imposible de redención. Su imagen refleja la angustia del esclavo, la lucha por la libertad que se reconoce imposible. La consigna que repite a lo largo de toda la película (“protégete siempre”) no es otra cosa que el intento de hacer retroceder el tiempo, el esfuerzo por borrar algo que ha quedado irremediablemente escrito en su mente, en su cuerpo incluso.

Maggie (Hilary Swank) es todo lo contrario. Ella no quiere borrar su pasado, sino tan sólo huir de él. Al contrario que Frankie, se mueve con rapidez, nerviosa, casi siempre como si el tiempo se le acabase. El contraste entre su ímpetu y la calma del entrenador durante los combates es más que elocuente. Maggie no quiere destruir un pasado, sino construir un futuro, y a ello se dedica con toda la fuerza que es capaz de poner en juego.

Pero el pasado retorna incluso para Maggie. Y ese retorno nos somete, se adueña de nosotros hasta el punto de dinamitar las ilusiones proyectadas hacia el futuro, por mucha intensidad que pongamos en su realización. Dos veces se encuentra la boxeadora cara a cara con él, las dos veces en que entra en contacto con su familia, y ambas suponen un punto de inflexión en su vida. La primera es cuando acude a casa de su madre a regalarle la casa que le ha comprado. Es en ese momento cuando perderá el combate decisivo de su vida, en el que, reconoce, no se protegió como debía, si bien la protección que en verdad necesitaba tuvo que procurársela antes de subir al ring. La segunda vez, ya postrada en el hospital, recibe la visita de su familia, y de nuevo es el momento en que su vida da un brusco giro. A partir de ahí se forja la idea de su muerte.

Finalmente, muerto en vida o verdaderamente muerta, en Frankie y Maggie reconocemos a dos seres que corren en paralelo, dos seres que no han podido vencer la fatalidad con la que sus orígenes o sus actos los atan. Y como estamos ante una película inmensa, basta con una mirada perdida o con un modo de andar para comprenderlo todo. Si John Ford, aquel tipo que hacía westerns, hubiera visto caminar a Clint Eastwood en Million Dolar Baby, perfectamente podría referirse a él para explicarnos qué es el cine. Y lo entenderíamos.