El héroe estoico

  12 Diciembre 2006

Escribe: Daniela T. Montoya

La chica del millón de dólares, Maggie (Hilary Swank), es la aparente protagonista indiscutible de hasta la fecha última película dirigida por Clint Eastwood, Million Dollar Baby. Maggie es una mujer perseverante que ha tenido que hacer muchos sacrificios para salir adelante y cuyo mayor sueño es, literalmente, luchar hasta convertirse en la mejor boxeadora del mundo y así poder dejar de sentirse basura con la vida que le ha tocado vivir. Para lograrlo, su testarudez e ímpetu serán fundamentales porque, si no sacase a flote su rabia interior, jamás sería capaz de ganar a otras boxeadoras mucho más jóvenes, más fuertes y con más experiencia que ella. Tan sólo su convicción y decisión la subirán a los mejores cuadriláteros, noqueando a una chica tras otra, hasta lograr su sueño y convertirse en la ganadora del combate del millón de dólares; la aclamada triunfadora que disfruta oyendo las voces de los espectadores, pero también la perdedora sobre cuyos hombros reposa la mala suerte y la posibilidad de retornar a la deprimente realidad.

Esta historia de superación personal y derrota final a Eastwood le sirve, muy sutilmente, de coartada perfecta para hablar de lo que realmente le interesa: el trasfondo humano de Frankie (interpretado por el propio Eastwood), el abnegado entrenador de Maggie y propietario del gimnasio, auténtico protagonista de la película. Valiéndose del recurso de un narrador participante, el inseparable compañero de fatigas de Frankie, el Sr. Scrap (Morgan Freeman). Éste, a pesar de estar inmerso en el desarrollo de la acción, se permite el lujo de darnos sus juicios valorativos tanto sobre el presente como el pasado que lastra Frankie ya que, como descubriremos al final del metraje, la historia de la chica del millón de dólares es la recapitulación de un acontecimiento decisivo que explica Scrap en una carta que envía a la hija de Frankie para que ésta (no es baladí que se trate de un personaje incorpóreo pero omnipresente mediante referencias indirectas) le perdone los errores que él cometió. Porque para Scrap, conocedor al detalle de cada uno de los golpes y traspiés que ha ido dando Frankie desde el momento en que le enseñó a boxear y defenderse en todo momento, la calidad humana que Frankie oculta tras su áspero carácter es más que suficiente para desear que, sea dónde sea que esté Frankie, finalmente haya encontrado «algún lugar donde hallara un poquito de paz».

SERENIDAD Y TRANQUILIDAD

En el personaje de Frankie de Million Dollar Baby, Clint Eastwood depura al máximo el sujeto imperturbable que ya ha ido perfilando en sus películas anteriores. Un individuo capaz de contener sus impulsos y permanecer impasible ante las adversidades como, por ejemplo, el ladrón (también interpretado por Eastwood) de Poder absoluto (1996), que observa conteniendo la respiración tras un espejo cómo maltratan y asesinan a una chica y, a lo largo de la película, debe mantener la calma para poder ir atando cabos a la vez que evitar que le maten; o el nuevo rico Jim Williams (Kevin Spacey) de Medianoche en el jardín del bien y del mal (1997), quien se esfuerza por no perder la compostura ni aun siendo acusado por la muerte de su amante. Un sujeto que, como el prototipo de jinete solitario que inunda su filmografía (“El extranjero” de Infierno de cobardes (1973), el predicador de El jinete pálido (1985), o el conocido “Harry el Sucio”), debe procurar permanecer siempre con la mente despejada y serena para evitar correr el riesgo de perder el equilibrio y caer sin remedio. Las pautas básicas por las que regirse para tener la vida ideal son el autocontrol de las emociones y el desapego para evitar que los afectos distorsionen el juicio. Cada uno ha de protegerse a sí mismo, tanto física como mentalmente porque, llegando a ser una persona íntegra y lúcida, es el mejor medio para alcanzar el equilibrio. De ahí la imagen constante de duro y solitario que, una vez más, exhibe el protagonista de otra película de Eastwood.

Al inicio de Million Dollar Baby, cuando caminando Frankie por los pasillos del estadio mientras el público aún vitorea el KO logrado por su púgil, una chica desconocida se le aproxima para rogarle que la entrene, él le deja muy claro sus principios: «yo no entreno a chicas», aunque si ella quiere, le puede dar los nombres de una docena de entrenadores que sí estarían dispuestos a ello. Pero ella no necesita una docena, ella quiere que Frankie, el único que es capaz de convertirla en la mejor boxeadora, quien le enseñe todo lo que sabe. El valor y el arrojo no es suficiente para boxear, para Frankie es vital ser paciente y esperar el momento idóneo, como así le indica a su púgil recién victorioso Willie quien, de momento, acepta y calla sin rechistar. Pero, aunque Frankie exhiba su férrea negativa a entrenar a chicas, la testarudez de Maggie es aún mayor: su perseverancia, sacrificio y convicción, valores que a él le agradan, captan su atención hasta el punto de hacerle salir de su despacho (una especie de sosegado refugio en el que parapetarse tras sus libros en gaélico) para bajar y arengarle para que abandone en su absurdo empeño. Entretanto, y a pesar de que la tenacidad de la chica atrae la atención en el gimnasio, Frankie se mostrará distante, frío, evitando la más mínima simpatía e, incluso, sermoneándola para que abandone su propósito porque ya es demasiado mayor como para ir peleándose con chicas de veinte años. Finalmente, a pesar de todas las desavenencias e inconvenientes iniciales, Frankie baja la guardia ante la fortaleza que muestra la chica frente a tantas adversidades y opta por darle una serie de instrucciones básicas con las que pueda ir ganando sus primeros combates hasta que encuentre un manager. Maggie Fitzgerald, con su fuerza de voluntad y su inquebrantable determinación, ha logrado un trato con Frankie; ha dado el primer paso para conseguir lo que quiere y él, por contra, ha tenido que renunciar a sus principios y se ha resignado a aceptar las nuevas circunstancias.

El entrenamiento da sus frutos y Maggie solicita su primer combate, pero Frankie no tarda en pasarle el relevo a un manager, Sallie, para que se haga cargo de ella. Aún intentando desvincularse de Maggie, Frankie no puede contenerse las ganas de asistir en la distancia a su primer combate y contemplar lo desastroso que está siendo. Scrap, constante observador en la sombra, se le aproxima y le hace las insinuaciones precisas para que Frankie comprenda que Maggie está siendo utilizada como carnaza por Sallie para conseguir un combate para otro púgil. Semejante falta de ética empuja a Frankie a tomar las riendas del combate y asumir definitivamente (y en contra de sus principios iniciales) el cargo de entrenador de Maggie.

Y ella no le decepcionará. Combate tras combate, Maggie exhibe su fortaleza que, unida a las enseñanzas de Frankie, consigue noquear a sus contrincantes en el primer asalto, sin apenas dificultades. La empatía entre ambos ya es inevitable. Ante las dificultades para encontrar contrincante, Frankie se arriesga y la sube de categoría. El combate pudo ser un error pero la victoria fue finalmente para Maggie: mientras ella alza los brazos con la nariz rota Frankie, desde la esquina, la rebautiza llamándola “Mocuislah”, es decir, mi amor, mi sangre. Ya sólo queda sufrir en el hospital a la espera de que alguien la atienda:

Frankie regruñe en voz alta para sí: «¿Cuándo diablos le tocará a ella?”».
Maggie contesta sonriente: «Estoy bien, Frankie».
[…]
Por fin, una enfermera llama a Maggie, quien se dirige con paso ligero tras ella. Frankie se levanta de su asiento preocupado, ansioso. Finalmente le espeta: «Te espero aquí», y se vuelve a sentar.
Scrap, entre sorprendido y risueño por la obvia angustia de Frankie, le pregunta: «¿Cómo estás»
Frankie — «¿Yo? ¡No soy yo el lesionado!»
Scrap prosigue cuestionando con su habitual sutileza: «Una nariz rota no duele tanto»
F. — «¿A mí porqué me lo explicas?»
S. — «Mmm. Por nada».

Frankie ha roto su propia norma de “protegerse en todo momento” al establecer un vínculo de afecto con su chica boxeadora, pero es que era inevitable. Incapaz de perdonarse que su propia hija renunciase tajantemente a seguir en contacto con él, Frankie entrega a Maggie (sin que ésta se de cuenta) todo el amor que su hija le reniega. Y es que Maggie no es una chica cualquiera: ella es cabezota y terca, pero también reflexiva y risueña ante las adversidades. Poder entrenarla, poder darle la oportunidad de su vida, es el mayor aliento vital que podía recibir Frankie tras el cúmulo de derrotas personales que meticulosamente guarda en caja de zapatos. Lamentablemente, ambos parecen estar destinados a sufrir hasta el final. Ambos han bajado la guardia, han dejado de protegerse en todo momento. Ahora toca asumir el error.  

FORTALEZA FRENTE A LA ADVERSIDAD

Tras rozar la gloria con las yemas de los dedos, Maggie despierta postrada en la cama de un hospital. Inmóvil, conectada a varias máquinas, ni tan siquiera es capaz de articular palabra. Rápidamente se da cuenta de que está en el peor de los combates.

Al contrario que Scrap, a quien se le refleja en el rostro la pena y el dolor por las consecuencias del último combate, Frankie se esfuerza por permanecer impertérrito. El único sentimiento que muestra Fankie es la ira. Su rabia por la situación de Maggie se la escupe a Scrap a la cara cuando le responsabiliza de la situación actual. Tras desfogarse contra Scrap, Frankie recobra la serenidad y se marca el arduo objetivo de sacarla de ahí y arreglar la situación. Pero hay problemas que no tienen solución; son hechos irreversibles que, por mucho empeño que se ponga en ello, por muchos esfuerzos que se hagan, no está dentro de sus posibilidades remediarlo. De forma similar a los intentos baldíos que hace Frankie por intentar reestablecer el contacto con su hija, la perseverancia a veces no es suficiente y es más racional aceptar la desgracia. Comprender y aceptar el nuevo orden natural es fundamental para aplacar el dolor. De nada sirve resistirse al destino cuando no queda más remedio que seguir hacia adelante.

Definitivamente, Frankie se resigna a acompañar a Maggie en cada día que pase en el hospital. Ninguno de los dos emite la más mínima queja por su nueva situación, al contrario, siempre mantienen la calma y no pierden su sentido del humor. Maggie espera paciente junto a la ventana a que vengan a visitarla sus familiares y, además, ayudar a Frankie a compartir su carga. Por su parte, Frankie se sumerge en la lectura. Pero los problemas no tardan en agravarse. Tras varias semanas, seguramente meses, de estar postrada en cama, la pierna de Maggie empieza a oler bastante mal. La cámara nos muestra la mala pinta que tiene la pantorrilla mientras el doctor la examina y éste le advierte de que puede que tenga que perderla. Otra pérdida más. La cámara pasa a aproximarse a su rostro, ceño fruncido, su mirada se pierde en el infinito mientras el tubo sigue insuflándole el oxígeno que necesita para no morir. Otro golpe bajo que noquea a Maggie. Frankie observa impasible cómo su mejor púgil cae derrotada cerrando los ojos; él también debe retirar la mirada. Como si ella formara parte de él, los golpes que ella recibe también repercuten en su estómago.

En la escena inmediatamente anterior, Frankie no pudo evitar que la familia de Maggie, tras disfrutar de unas largas vacaciones lúdicas en California, la agobiaran preocupados exclusivamente por solventar los asuntos legales referentes a su dinero, la casa que compró a su madre o los gastos del entierro. Inicialmente, Maggie se siente muy feliz con esta visita que hacía semanas ansiaba recibir, pero la carencia de afecto y reconocimiento de su propia madre acaban por derrumbarla. Su madre no reconoce su triunfo como boxeadora; para ella Maggie sólo es una perdedora: «Perdiste Marie M. No fue culpa tuya por lo que oí, pero perdiste. ¿No querrás perder el resto de lo que te queda?». No, Maggie lo arriesgó todo por su sueño y no está dispuesta a perder lo que le queda, no va a permitir que sigan quitándole aquello por lo que tanto luchó, el sueño que tanto ansiaba. Una noche, ya que el carácter de Frankie le recuerda a su padre, Maggie aprovecha para pedirle un favor: al igual que hizo su padre con Axel, el perro al que tanto quería, cogiendo una pala y llevándolo al monte para que no sufriera más, ella le pide que ahora él se comporte con la misma integridad que su padre.

INNISFREE

Maggie está decidida a poner fin a su situación. Ella no es exactamente como Frankie, a ella no le basta refugiarse en los libros para aplacar su dolor. Como al inicio de la película, Maggie está dispuesta a hacer todo lo que esté en su mano para lograr sus objetivos. Pero Maggie no quiere pelear con Frankie para conseguir sus fines, por ello sólo se lo va a pedir a una vez intentando convencerle de que él le ha dado todo lo que necesitaba para ser feliz:

Maggie — «Tengo lo que necesitaba, lo tengo todo. No permitas que sigan quitándomelo. No dejes que me quede aquí echada hasta que ya no pueda oír gritar a esa gente [los que la aclaman en cada combate]».
Frankie — «No puedo. No puedo. Por favor, eso no me lo pidas»
M. — «Te lo pido»
F. — «No puedo»

Los esfuerzos de Frankie por alejarse del dolor refugiándose, primeramente, en el gimnasio y, posteriormente, en sus libros de gaélico, han sido en balde. Ha llegado la hora de afrontar sus demonios y realizar su último combate a pesar de que haciéndolo, como le augura el Padre cuando acude a pedirle consejo, acabará perdido en un lugar tan profundo que jamás volverá a encontrarse.

Definitivamente decidido, Frankie aprovecha la oscuridad de la noche para cumplir lo que Maggie le pide. Nadie le ve entrar en el hospital y él se dirige derecho a su habitación. Escuetamente, le explica los pasos que va a hacer y las consecuencias que comportan sus acciones. Le confiesa el significado del apodo con que la rebautizó cuando ella entró en el mundo del boxeo. Un beso de despedida, una inyección y la máquina deja de marcar los signos vitales. Todo realizado en la mayor intimidad, a excepción de Scrap, siempre observando entre sombras, la sombra de Frankie desaparece en el infinito cual silueta del vaquero que se aleja hacia el ocaso entre el polvo.

Como ya expusiera en películas anteriores, el perfil de héroe que nos propone Eastwood está vinculado a los valores de renuncia y sacrificio silencioso. Un acto íntimo que, a lo sumo, no precisa de más admiración que el que puedan profesar las personas amadas. Aceptar sin rechistar la derrota y, como el fotógrafo de Los puentes de Madison (1995), llevar el recuerdo de los buenos momentos juntos como única carga del solitario viaje final hacia un lugar recóndito. «Un lugar enclavado entre cedros y robles, a mitad de camino entre ninguna parte y el olvido», como afirma Scrap en el cierre de la película. Un lugar apacible y tranquilo en el que, al igual que hace Sean Thornton (John Wayne) en El hombre tranquilo (1952) de John Ford, refugiarse para lamerse las heridas. Y ese lugar de leyenda, el edén, para quienes han compartido sus temores y deseos más profundos degustando una tarta de limón en un antro apartado de las carreteras concurridas, existe.

Días o semanas antes, estando en el hospital en un día soleado, Frankie le leyó a Maggie un fragmento de su libro: «Me levantaré y partiré ahora. Partiré hacia Inisfree y construiré allí una pequeña cabaña hecha de arcilla y cañas. Y algo de paz encontraré porque la paz gotea lentamente. Gotea desde los velos de la mañana hacia donde el grillo canta». A lo que Maggie le contesta: «No me cuesta nada imaginarte con tus libros y tartas de limón».

El último plano, aproximándose con letanía a través de la oscuridad mientras la aletargada melodía de un piano acompaña las últimas palabras de Scrap, nos retorna al restaurante en el Maggie y Frankie soñaron con la felicidad.