Mi querida, mi sangre

  12 Diciembre 2006

Escribe: María Sánchez Robles

“Lo que más me interesó es el hecho de que no se trata de una historia de boxeo”, dice Clint Eastwood acerca de su oscarizada película Million Dollar Baby. Esta frase constituye una gran revelación, porque para muchos esta película sería precisamente eso, una historia de boxeo. De boxeo y de eutanasia, y tal vez de sueños rotos. Pero el filme, por llano que parezca, habla de muchas más cosas. La cantidad de cosas que sugiere es inversamente proporcional a los pocos diálogos de que consta el guión.

Frankie (Eastwood) musita las palabras en lugar de pronunciarlas. Es terco, hosco e incómodo. Maggie (Hilary Swank) es una yegua pero salvaje, una flor pero silvestre, una piedra sin pulir pero preciosa. Scrap (Morgan Freeman) es un tipo sonriente, con una vida partida por la mitad. Los tres son personajes complejos pero limpios, que no ocultan su desazón ante la vida.

Desazón: pesadumbre, congoja, sinsabor, pena, tormento, remordimiento, desesperanza. Million Dollar Baby es una película que canaliza la pulsión escópica del individuo, su necesidad de ver, su rabia, pero sin embargo, de nada sirve porque la sensación final es la de desazón, en todas sus acepciones. No nos conduce a la implorada catarsis o purificación, no nos deja mansos, tranquilos y reconciliados. La sensación es la contraria: mucho más cercana a la indignación y la traición que a la de paz. Aunque todos, aparentemente, queden en paz.

Frankie, Maggie y Scrap son tres seres traicionados. A cada uno les traicionó la vida en algún momento, o en varios. El momento en que la vida le dio un revés a Frankie, el entrenador cascarrabias, y a Scrap, el “pinche de cocina”, o el empleado que sirve para todo pero porque en realidad no sirve ya para nada, tuvo lugar al mismo tiempo, en pleno combate. Pelea 110, Scrap recibe un puñetazo desatinado: él pierde un ojo y su entrenador, media vida.

Éste es uno de los temas que subyacen en Million Dollar Baby y que Clint Eastwood refleja nítidamente con sus ojos, sus manos, el tono de su voz, las palabras. Todo ello hace que su interpretación sea espléndida y redonda, no en vano él es también el director de la película, función por la que recibió un Oscar de la Academia. Frankie se culpabiliza por haber permitido a su boxeador batallar una pelea más de las que su cuerpo aguantaba, y se convierte en el ojo del que Scrap carece, en su más firme apoyo, aunque lo exprese gruñendo y distante.

La comunicación, como si de un anuncio por palabras se tratara, también es un tema latente, así como la frustración, la fe, el mérito, el éxito, la felicidad como imposible. El ambiguo clasicismo de Clint Eastwood rompe con la articulación simbólica de la experiencia, de manera que lo que se debe hacer no es hecho, sino deshecho. La familia de Maggie, en lugar de socorrerla y arroparla, se derrumba como pilar fundamental de apoyo y la religión es desoída completamente, e incluso trivializada: “¿Podemos charlar un rato sobre la Inmaculada Concepción?”, le dice Frankie al cura del barrio, al que marea con preguntas absurdas sobre la religión cristiana.

Pero el eje central sobre el que gira la película es el que traza la figura de Maggie, una chica dura que se presenta ante Frankie para ser entrenada y convertirse en la boxeadora del “million dollar”. Maggie le devuelve al “jefe” esa mitad de vida que había dejado morir cuando Scrap pierde el ojo. Así, Clint Eastwood rejuvenece hasta el último tercio de película, donde se produce un cambio de tornas abrupto y demoledor. Para el director del filme, Maggie viene a sustituir a la hija de Frankie que no responde a sus cartas y niega el cariño a su padre. Sería entonces “su sangre”, pero también es “su querida Maggie”, una mujer joven a la que promete a regañadientes ayudar a conseguir su sueño. Será, como le dice al comienzo del largometraje, un sueño que sólo ella podrá ver.

“Mi querida, mi sangre”... Entre silencios y luces mate, la segunda parte de la película transcurre en un hospital. Maggie, que nunca lleva vestidos a lo largo del film, dibuja su contorno femenino al cubrir su cuerpo con una toalla blanca. Entonces su aspecto inmaculado contrasta con los borbotones de sangre que salen de su boca, y su terca decisión de seguir luchando (todos los boxeadores son unos cabezotas), hacia donde sea pero luchando, sobrecoge al espectador.

Un espectador apesadumbrado, acongojado, apenado, atormentado y desazonado, pero invadido por una historia de amor y lealtad que rompe con las estereotipadas tramas con boxeo de por medio.